Los Almendros: construyendo comunidad en torno a la música alternativa

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 28 de Enero de 2026
Una Fuerza Hostil tocando ante un público fascinado.
Reportaje gráfico: J.M.S.
Una Fuerza Hostil tocando ante un público fascinado.

Ya desde antes de que acabase el 2025 tenía claro uno de los primeros conciertos a los que asistiría este año: el viernes 23 de enero había evento de Los Almendros. Este colectivo DIY, del que ya he hablado en alguna ocasión, lleva cerca de tres años dinamizando la escena underground de la ciudad con conciertos en los que siempre han abundado el punk y el hardcore, pero cuyas fronteras sonoras cada vez han ido ampliando más. El pasado septiembre, ya habían organizado un concierto de ambient y arte sonoro en un espacio diferente a las salas de conciertos habituales: el carmen y centro cultural Go With the Wind. En aquella ocasión no pude asistir, pero los relatos que me llegaron de esa noche me dejaron los dientes largos, de modo que, cuando se anunció esta nueva fecha de “noise, ambient y drone”, tenía claro que no me lo iba a perder, sin importar que no conociera a los artistas en el cartel.

El aura semilegendaria que rodea al espacio se entiende tan pronto como pones un pie dentro: se trata de un edificio precioso con un amplio jardín y una finca gigantesca, en pleno Albaicín y con vistas a la muralla zirí (siglo XI)

Al llegar el día, el mal tiempo, lo remoto del lugar (en lo alto del Albaicín, junto al mirador de San Cristóbal) y el hecho de que fuera una propuesta de nicho me hacían temer que no acudiese demasiada gente. Ante las dificultades que genera siempre la lluvia en esta ciudad, salí con tiempo de sobra y llegué muy temprano, lo cual me permitió explorar el carmen, sobre el que había oído muchas cosas, pero que aún no había tenido oportunidad de conocer en persona. El aura semilegendaria que rodea al espacio se entiende tan pronto como pones un pie dentro: se trata de un edificio precioso con un amplio jardín y una finca gigantesca, en pleno Albaicín y con vistas a la muralla zirí (siglo XI). Al parecer, ha sido remodelado y decorado recientemente por la dueña, una mujer china que solo pasa algunas temporadas aquí, y que en su ausencia lo deja al cuidado de una asociación cultural. Durante el rato que estuve allí hasta que empezó el concierto, formé parte del cada vez más nutrido grupo de gente que se dedicaba a pasear por el jardín, admirando en voz alta este peculiar lugar.

Asistentes al concierto conversando en el jardín del carmen Go With the Wind.

Eso sí, antes de deambular había entrado a la sala en la que iba a tener lugar el concierto y cogido sitio al fondo, en un sofá. Y menos mal, porque mis temores demostraron ser del todo infundados: no paraba de entrar gente en esa especie de lounge lleno de cojines en el suelo, iluminado con una cálida luz roja y al fondo del cual estaban dispuestas las mesas con todos los aparatos que los artistas necesitarían. De fondo se escuchaba un suave bombo, constante como un pulso, que invitaba a ponerse cómodo para disfrutar de lo que se avecinaba. Pero, a pesar de lo extraordinario del espacio, la comodidad no fue el punto fuerte de la noche: contra todo pronóstico, la sala se llenó por completo y hasta hubo una buena cantidad de gente que se quedó fuera. Una vez que estuvo claro que no cabíamos más personas, José López y Pepe Benítez, los miembros del dúo sevillano Una Fuerza Hostil, se situaron en torno a su amplia mesa: el primero de pie, el segundo sentado. Ante esta señal, se hizo el silencio y dio comienzo el concierto.

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, disfrutamos de un constante ir y venir entre momentos de inquietante serenidad y tormentas de ruido industrial, una dinámica muy bien controlada por el dúo que pudimos apreciar en todo su rango gracias al excelente trabajo del colectivo para sonorizar el espacio con los recursos justo

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, disfrutamos de un constante ir y venir entre momentos de inquietante serenidad y tormentas de ruido industrial, una dinámica muy bien controlada por el dúo que pudimos apreciar en todo su rango gracias al excelente trabajo del colectivo para sonorizar el espacio con los recursos justos. En los pasajes más tranquilos, en los que se pudo ver a muchos entre el público cerrar los ojos para dejarse llevar, la presencia de samples de extrañas conversaciones en inglés y pequeños chirridos y sonidos cuasi-animales aportaban un aire siniestro que cogía más y más fuerza conforme la distorsión iba ganando terreno. Los picos de intensidad ruidista resultaban avasalladores; incluso hubo algún momento puntual en el que resultó algo excesivo para mi gusto. En cambio, disfruté especialmente de las partes en las que combinaban los sonidos metálicos y la distorsión con beats más rítmicos, casi bailables; de hecho, los pocos asistentes que estaban de pie empezaron a moverse en esos momentos.

La sala semivacía, minutos antes del comienzo.

En cualquier caso, todos quedamos admirados con la variedad de sonidos y de herramientas que desplegaron: Pepe usó una enorme radial como campana, estirando digitalmente los sonidos que extraía de ella con una maza; José se pasó unos minutos llevándose a la boca un aparato que transformaba su voz en ruido puro. Hacia el final, un pasaje marcado por un drone oscuro fue dejando paso a un sample de una voz de mujer entonando lo que parecía una canción tradicional, filtrada por el eco hasta ser irreconocible. La melancolía que desprendía la melodía, que resultó ser de la de “The Last Rose of Summer” en esta grabación de la cantante de ópera Adelina Patti en 1905, nos permitió volver poco a poco a la realidad tras este paseo por otra dimensión. Me sorprendió enormemente descubrir que este era solo el segundo concierto del grupo, habiendo sido el primero el día anterior: su sonido está muy bien perfilado y la ejecución fue admirable. El proyecto parece estar ya maduro.

El proyecto de Miguel Palou, músico sevillano afincado en Asturias, bebe también del drone y el ambient, pero en su caso toma más elementos del folk y la música antigua

En el descanso, mientras la mayoría de gente salía a tomar el aire y estirarse, José y Pepe retiraron su mesa, de modo que quedó más espacio para que la gente pudiera sentarse a ver el concierto de Doce Fuegos. El proyecto de Miguel Palou, músico sevillano afincado en Asturias, bebe también del drone y el ambient, pero en su caso toma más elementos del folk y la música antigua. Pertrechado con instrumentos de percusión (campanas, algo que parecía un tambor de lengüetas…), un violín y una mandolina electrificadas y un pedal de loops, Palou empezó a construir capas y capas de sonidos improvisados en el momento, creando un ambiente de sombría solemnidad. Su estilo interpretativo es, con todo, bastante expresivo dentro de la contención, y tocaba mirando al público cuando se lo permitía la complejidad técnica de su propuesta, lo cual, en conjunción con lo atestado del espacio, creó un ambiente de cercanía. Quizás, después de lo fluido que había sido el set anterior, el visible proceso de construcción de los loops hizo que resultase más difícil dejarme atrapar; aunque también es posible que la culpa la tuviera mi sensación de prisa, ya que tuve que irme cuando apenas llevábamos veinte minutos de concierto.

Doce Fuegos toca en la penumbra.

En cualquier caso, me fui a casa con el corazón calentito. Al hablar con los allí presentes, muchos de los cuales eran caras conocidas de otros conciertos, me pareció que la mayoría de ellos, como yo, no había venido porque conociera a los grupos. Más bien, me dio la impresión de que su asistencia contra todo pronóstico se debía a su confianza en el criterio de quienes forman Los Almendros. Este colectivo ha conseguido, a base de trabajo, crear una comunidad de personas que buscan algo que se sale de los circuitos habituales de consumo musical en Granada. No ya por el sonido o el género concretos; de hecho, han organizado eventos que se escapan incluso del formato concierto. Se trata, en general, de disfrutar de cultura alternativa (y, por qué no decirlo, barata, sabiendo además que la prioridad es pagar bien a les artistas) en un ambiente acogedor, amable y a la vez abiertamente politizado. En los tiempos que corren, con lo difícil que es sostener cualquier tipo de proyecto cultural, esta fidelidad es lo que permite que algo como Los Almendros sea viable. Ya sabéis: support your local scene.

 

 

 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

(Osuna, 1992) Ursaonense de nacimiento, granaíno de toda la vida. Doctor por la Universidad de Granada, estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Aficionado a la música desde la adolescencia, siempre está investigando nuevos grupos y sonidos. Contacto: jesus.martinez.sevilla@gmail.com