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Cómo educar en un mundo que va a velocidad de vértigo

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 16 de Febrero de 2020
'Madre e hijos' (1905) Gustav Klimt.
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'Madre e hijos' (1905) Gustav Klimt.
'La alegría de “librarse de”, “acabar con”, desechar y tirar es la verdadera pasión de nuestro mundo líquido'. Zygmunt Bauman    

Distinguir lo importante de aquello que lo parece, pero no lo es, en un mundo que va a velocidad vértigo no es una tarea sencilla. Todo parece desechable, nada está hecho para perdurar. El vértigo asociado a una revolución tecnológica que no queda claro si conducimos o ella nos conduce a nosotros, provoca un precio elevado; las generaciones se suceden al mismo ritmo de vértigo con el que salen al mercado nuevos modelos de móviles, y lo más dañino es la confrontación de valores e intereses que abre una brecha intergeneracional difícil de cubrir. En el mundo en que nos ha tocado vivir hay muchas amenazas, también innumerables oportunidades, pero esa incapacidad para controlar el ritmo al que progresamos, los tiempos líquidos, en términos del sociólogo Bauman, que fragilizan los vínculos sociales y culturales que antaño nos unían, nos está pasando una factura cuyos costes veremos en las próximas décadas. No hay una solución única, porque los problemas tampoco lo son, pero si hay un elemento clave, que puede ayudarnos a pagar las enormes deudas que estamos contrayendo, para generaciones presentes y futuras, y es la educación. Parafraseando la famosa frase que tanto llamó la atención en la política estadounidense hace alguna década: "¡Es la educación, estúpido!".

Hoy día es muy difícil convencer a los jóvenes del valor de conocer, no ya la filosofía, o la ética, sino literatura, idiomas clásicos como el latín o el griego, historia del arte, técnicas artísticas, o tantas otras disciplinas a las que ven escasa utilidad

Cómo pues podemos preparar a nuestros adolescentes y jóvenes para el vértigo y el caos que traiciona cualquier idea de perdurabilidad en los valores, en especial en la educación, que trata de sostener todo lo contrario; el valor de lo que aprendes siempre te será útil, independientemente de la aplicabilidad práctica de aquello que te enseñan. Hoy día es muy difícil convencer a los jóvenes del valor de conocer, no ya la filosofía, o la ética, sino literatura, idiomas clásicos como el latín o el griego, historia del arte, técnicas artísticas, o tantas otras disciplinas a las que ven escasa utilidad. Todo ello ayudado por las poco acertadas, dejémoslo así, leyes educativas, que han confundido adaptar la educación a este nuevo mundo tan frágil y cambiante, con convertir al estudiante en mano de obra especializada para todos esos precarios trabajos con los que se van a encontrar. A  ser posible, dúctilmente moldeados para que su capacidad crítica, que se despertaba tradicionalmente gracias a esas disciplinas que no sirven para nada, no importune a sus futuros jefes, esas corporaciones y empresas dispuestas a exprimir la utilidad de la educación. Ahí tenemos la primera piedra de la reconstrucción de la educación; convencer a los políticos de que los retos del mercado, su flexibilidad, no deberían impedir, especialmente antes de la entrada en la universidad, una sólida formación en toda esas inútiles disciplinas, que disciplinan la mente, riegan la capacidad crítica, y permiten preparar mejor a los jóvenes para ese cambio perpetuo.

Es importante el trabajo en equipo y en solitario, aprendiendo a interpretar conocimientos, compararlos, saber separar lo que es verdadero de lo que no lo es

Un segundo reto, más allá de la necesidad de consolidar saberes, como las lenguas clásicas, el arte, la historia, la literatura o la filosofía, que ayudan a adaptar esas dúctiles mentes al vértigo al que vamos, es cambiar por parte de los educadores el valor que se da a la memoria. No es que la memoria no sea útil, claro que lo es, pero tiene poco sentido convertir a los adolescentes en meros receptáculos de conocimientos memorísticos, que no saben interpretar. Menos sentido aún en un mundo que premia la interconectividad de los conocimientos, la flexibilidad para adaptarse a los desafíos. Y donde todos esos conocimientos los tienes al alcance de un clic. Otra cosa, es saber filtrarlos, diferenciar lo valioso de lo que no lo es, lo veraz de lo falso. Se ha de trabajar en mayor medida esa capacidad en los niños y en los jóvenes. Es importante el trabajo en equipo y en solitario, aprendiendo a interpretar conocimientos, compararlos, saber separar lo que es verdadero de lo que no lo es. Han de aprender los adolescentes y jóvenes a no caer en el mercado del conocimiento, apropiado calificativo con el que Bauman bautiza las pretensiones del capitalismo por colonizar una esfera que hasta hace no mucho se le escapaba: el mercado del conocimiento, para el cual (como para todos los mercados de todos los productos) la lealtad, los vínculos irrompibles y los compromisos a largo plazo son estorbos execrables, que deben retirarse del camino. Ese capitalismo depredador nos ha convencido que dejar que las empresas, las grandes corporaciones, decidan contenidos, currículos académicos, las materias que se han de estudiar y las que no, es la mejor decisión. Todo para convertir las escuelas y las universidades en su coto de cacería preferido, de futuros trabajos en precario. Qué ingenuos si creemos que estas empresas se guiaran por el bien mayor de la sociedad, y no por el beneficio para sus accionistas y propietarios. 

Buscar que el mérito no sea llegar cada uno a lo más alto, sino que lleguen el mayor número de compañeros de viaje, a través del diseño de metas colectivas, de trabajo en equipo que nos enseñe, a través de la búsqueda de un conocimiento crítico  y flexible, el valor de una sociedad cooperativa frente a una sociedad diseñada para que haya depredadores y presas, donde eres uno u otra. O eso, han tratado de hacernos creer, apoderándose del mismo corazón de la educación

Otro de los retos que debe afrontar la educación, si quiere sobrevivir a este asedio, es adaptarse para combatir lo que el pensador polaco define como uno de los principales problemas de nuestra sociedad para su salud democrática; en este nuevo mundo se espera que los humanos busquen soluciones particulares para los problemas generados socialmente, en lugar de buscar soluciones generadas socialmente para los problemas, sean particulares o sociales. Combatir la meritocracia absurda basada en el egoísmo y no en la cooperación. Buscar que el mérito no sea llegar cada uno a lo más alto, sino que lleguen el mayor número de compañeros de viaje, a través del diseño de metas colectivas, de trabajo en equipo que nos enseñe, a través de la búsqueda de un conocimiento crítico y flexible, el valor de una sociedad cooperativa frente a una sociedad diseñada para que haya depredadores y presas, donde eres uno u otra. O eso, han tratado de hacernos creer,  apoderándose del mismo corazón de la educación. 

Bauman analiza en sus escritos como una de las principales necesidades del mundo líquido, para sobrevivir a la permutabilidad, los cambios continuos y la velocidad a la que estos se producen, es aprender a ser uno mismo, y para ello  afirma: lo que se necesitan son ideas inusuales, distintas de cualquier otra, proyectos excepcionales que nadie haya sugerido antes. Si queremos convertir a nuestros adolescentes y jóvenes en adultos preparados para estos retos la educación ha de cambiar, apostar por crear personas habituadas a pensar creativamente, y a cooperar con los demás, ya que la fortaleza se encuentra en superar nuestras debilidades a través del trabajo en grupo, diseñado de tal manera que el modelo jerárquico de ordeno y mando, tan presente en nuestra sociedad, no agoste cualquier atisbo de iniciativa y pensamiento creativo que se pueda tener. 

Se nos ha dicho por activa y por pasiva que los retos del mercado laboral implican un reciclaje continuado de conocimientos, adaptar la educación a la necesidad de adaptabilidad laboral, pero eso en sí mismo está destinado al fracaso si ese aprendizaje se queda en meros conocimientos técnicos, porque el problema es el enfoque que se ha de dar; la educación durante toda la vida no puede estar limitada a aprender trabajos o técnicas que nos permitan sobrevivir a uno u otro trabajo frágil y flexible, todo lo contrario. Si ese es el mundo en el que vamos a vivir, la educación ha de preocuparse  por formarnos durante toda la vida como ciudadanos para los cuales lo más importante es comprender que nunca hemos de dejar de aprender, todo tipo de conocimientos, especialmente los inútiles, arte, historia, filosofía, literatura y tantos otros, porque más importante que adaptarse a múltiples tipos de trabajo, es crecer día a día en el moldeado de nuestra personalidad, convertirla en más dinámica que estática, pues ese continuo aprendizaje, ayudará a que esa vida tenga significado y sentido, algo que nos arrebata esa velocidad de vértigo y esa fragilidad de sentido del mundo contemporáneo. Y de paso nos dotará de esa flexibilidad necesaria para un mundo que no espera a nadie, donde el ahora ya no es, y el futuro es ahora.

La democratización del conocimiento no ha venido acompañada del filtro del saber; de tal manera que informaciones aparentemente contradictorias tienen visos de veracidad, desconcertando a ese individuo, que ha de buscar por sí mismo, sin que las diferentes estancias educativas le hayan preparado para ello, cómo decidir qué es verdad, qué no lo es, qué le es útil, qué ha de desechar, qué valores ha de adoptar, qué valores ha de rechazar

Un último aspecto en el que es necesario hacer hincapié, íntimamente relacionado con los otros que hemos comentado, es que el sistema educativo, no meramente académico, sino en cualquier otro ámbito político, social y cultural, ha de hacer el diagnóstico adecuado de cómo se encuentra el conocimiento aparentemente al alcance de todo el mundo, mientras el saber, entendiendo éste como el filtro critico que nos permite distinguir lo falso de lo verdadero, lo esencial de lo vacuo, la cantidad de la calidad, se encuentra en proceso de descomposición, o como poco desconcertado. La democratización del conocimiento no ha venido acompañada del filtro del saber; de tal manera que informaciones aparentemente contradictorias tienen visos de veracidad, desconcertando a ese individuo, que ha de buscar por sí mismo, sin que las diferentes estancias educativas le hayan preparado para ello, cómo decidir qué es verdad, qué no lo es, qué le es útil, qué ha de desechar, qué valores ha de adoptar, qué valores ha de rechazar. 

La democratización y masificación del conocimiento disponible encuentra otra tara, más allá de la carencia del filtro del saber crítico, que ya hemos vislumbrado; se nos ofrece ese conocimiento jerarquizado, por quién sabe quién,  dando relevancia a unos temas que no la tienen, mientras otras materias susceptibles de información, que deberían ser relevantes, quedan sepultadas. Informaciones que nos hicieron creer relevantes durante unos instantes, para en los siguientes, ser desechadas. Todo esto no añade sino más desconcierto al individuo, que si ya no estaba preparado para tanto conocimiento a su alcance sin filtro crítico, además, lo que ayer era esencial, hoy no es relevante, y lo que hoy es relevante, mañana se habrá olvidado. Si esa educación para toda la vida no nos dota del timón de una personalidad crítica, que esté en continuo crecimiento, flexible donde ha de serlo, como en el comprender la pluralidad del mundo, pero inflexible en la fortaleza de carácter y valores, para no diluirnos ante tanto cambio, habremos fracasado a la hora de prepararnos para el futuro que es ya nuestro presente.

O nos preparamos, a través de la educación para estos retos, y estamos en un momento de inflexión crucial, o el fracaso arrasará con el futuro de las venideras generaciones, dejando desolación y desesperanza.  

 

Puedes leer un compedio de sus artículos en La soportable levedad, de venta en la Librería Picasso.
Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”