Los dueños del lenguaje
Las sociedades modernas llevan un tiempo debatiendo (o debatiéndose) el complejo asunto del uso del lenguaje para posicionarse, de una u otra manera, en el debate público. Qué palabras, qué contenidos, qué formas o qué expresiones consiguen un mayor impacto en la opinión pública o logran captar más la atención de una ciudadanía que, por lo general, dispone de menos tiempo y por tanto de menos capacidad, que quienes dedican horas, días y meses (o más) a preparar, diseñar y difundir un mensaje, una opinión, una propuesta, una idea, un insulto, una mentira, un bulo o una infamia.
Me permito traer a la reflexión dos hechos que considero claves al respecto de este artículo y que se remontan a la década de los 60 del siglo pasado
Este no es un debate de ahora. Me permito traer a la reflexión dos hechos que considero claves al respecto de este artículo y que se remontan a la década de los 60 del siglo pasado. Es un clásico de la moderna teoría de la comunicación política que John Kennedy alcanzó la presidencia de Estados Unidos en 1960 porque ganó con claridad el debate previo a la votación al otro candidato Richard Nixon, y lo hizo básicamente por el llamado “lenguaje no verbal”, es decir, su presencia, sus gestos, la mirada, la serenidad que mostró frente a un cierto nerviosismo del adversario, etc. Sin duda que también influyeron sus propuestas y su programa, pero existe general consenso en que la clave residió en lo que he señalado. Por otro lado, algunos años después, el filósofo canadiense Marshall Mc Luhan hizo famosa la frase “el medio es el mensaje”, es decir, el impacto de un medio (no ya, por ejemplo, la imprenta, sino los medios tecnológicos) en la sociedad y en su opinión es más relevante que el contenido concreto que se transmite. Es decir, el medio moldea la percepción y las reacciones sociales siendo el mensaje la transformación individual y colectiva que produce.
Ha transcurrido más de medio siglo desde ambos momentos y se puede decir que estamos en una fase muy avanzada de ambos. El lenguaje no verbal es cada vez más importante a la hora de trasladar mensajes del tipo que sea y los medios tecnológicos han alcanzado tal nivel de generalización y expansión que resulta fácil disponer de uno o varios aparatos tecnológicos y de conexiones adecuadas para que el flujo de información (y también de no información) resulte por un lado universalmente extendido, y por el otro imposible de abarcar, filtrar o seleccionar.
Estamos ante el perfecto manual de una cierta, determinada y concreta política: la verdad ha dejado de importar, los datos son algo secundario y sólo importa el relato (falso, sesgado o tergiversado) y su difusión a todos los niveles
En esas estamos y desde luego no ha sido por casualidad. Ha existido y existe una estrategia, bien pensada y mejor financiada, para que esto sea así. Para que sea casi imposible la comprensión y el manejo global del fenómeno y, por tanto, al margen de la veracidad, la conversación pública se llene de desinformación en sus diversas expresiones, es decir, mentiras, insultos y bulos, que sólo buscan la deshumanización y cosificación de quien no piense, sienta o viva lo mismo que quienes fabrican esa desinformación, quienes los dirigen o quienes se benefician políticamente de la misma. Estamos ante el perfecto manual de una cierta, determinada y concreta política: la verdad ha dejado de importar, los datos son algo secundario y sólo importa el relato (falso, sesgado o tergiversado) y su difusión a todos los niveles. Y naturalmente, todo este arsenal de estrategias y de mecanismos, no está diseñado por el gusto de usar la mentira, el insulto o un lenguaje erróneo. Esto va, lisa y llanamente, der alterar y dinamitar las reglas de convivencia y la democracia misma.
Todo este arsenal de estrategias y de mecanismos, no está diseñado por el gusto de usar la mentira, el insulto o un lenguaje erróneo. Esto va, lisa y llanamente, der alterar y dinamitar las reglas de convivencia y la democracia misma
Que algunas medidas (tibias y parciales) de las esbozadas para hacer frente a este ataque carezcan aún de consistencia o que la respuesta a esta estrategia global y fuertemente financiada todavía adolezca de mayor coordinación y efectividad, en modo alguno es razón suficiente, en mi opinión, para negar la mayor o para hacer oídos sordos a la tremenda gravedad de la situación. Que se hayan tenido que constituir en varios países, entre ellos España, asociaciones en defensa del periodismo frente al bulo (¡¡ y frente al odio!!); que se hayan creado organismos de “verificación” de noticias para contrarrestar la desinformación y la manipulación. O que se esbocen y anuncien por algunos mandatarios medidas legales para impedir el acceso de menores a determinadas redes sociales o determinados contenidos. Todo ello puede parecer ingenuo o insuficiente pero no deja de ser un intento legítimo de llamar la atención sobre algo que quizá nos esté sobrepasando y que exige una respuesta y una alternativa contundente y perentoria.
Más perentoria aún si tenemos en cuenta el calibre de los calificativos con el que dos magnates de las redes sociales han señalado al presidente del Gobierno de España, ante el anuncio de éste de regular determinados aspectos del uso de las redes sociales. Por cierto, anuncio que se suma a otros, incluso a medidas ya adoptadas por otros países. Pero todavía mucho más perentoria si constatamos que estos magnates (pese a todo) están muy por debajo de los insultos que ya ha recibido el Presidente Sánchez en su propio país y por parte de representantes públicos de este país.
De modo que los dueños del lenguaje cierto que lo son. Procuremos que no lo sean también de nuestras democráticas sociedades. Toca, pues, concienciación y acción. Aunque claro, siempre tendremos a mano entretenernos con algún ómnibus o con alguna boina.































