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'Nuestros Vecinos del Este'

Blog - Cuestión de Clase - Manuel Morales - Miércoles, 17 de Marzo de 2021
Uno de los habituales carritos para transportar chatarra.
Médicos del Mundo.
Uno de los habituales carritos para transportar chatarra.

“Una civilización se mide por cómo trata a sus miembros más indefensos. La cita es de Pearl S. Buck, la escritora norteamericana que ganó el premio nobel en 1938, cuando el Leviathan del fascismo se cernía sobre Europa, después de haber engullido Alemania e Italia y estaba a punto de devorar España. Podría haberla escrito hoy, pensando en nuestras sociedades en general y en Granada en particular.

Son familias trabajadoras, que se levantan todos los días temprano para tirar de sus ciclo-carros y recorrer toda el área metropolitana recogiendo chatarra de la más diversa, que cargan pesadamente en sus vehículos, que almacenan, separan y clasifican esforzadamente para poder vender como un valioso material para el reciclaje

Tenemos en Granada un grupo de familias que son sin duda las más indefensas de todas. Viven en viviendas precarias, alrededor de la ciudad, en una corona de espinas éticas clavadas en cada salida de la circunvalación: Norte, Chana, Méndez Nuñez y Campus de la Salud. Las he podido visitar recientemente gracias a Médicos del Mundo, que están haciendo un trabajo hermoso y desinteresado con ellas, y quiero compartir algunas de las cosas que he aprendido:

En primer lugar, que estamos hablando de ciudadanos y ciudadanas de la Unión Europea que viven la extranjería interior de no ser reconocidos como ciudadanos en la práctica, pese a serlo formalmente.

En segundo lugar, que son familias trabajadoras, que se levantan todos los días temprano para tirar de sus ciclo-carros y recorrer toda el área metropolitana recogiendo chatarra de la más diversa, que cargan pesadamente en sus vehículos, que almacenan, separan y clasifican esforzadamente para poder vender como un valioso material para el reciclaje.

En tercer lugar, quieren progresar y por eso se preocupan de que sus hijos vayan al colegio sin falta y de que vivan en pisos con algún familiar. Algo obligado, pues los servicios sociales no tolerarían que los niños vivieran en esas viviendas, que me niego a llamar chabolas, por el cariño y esfuerzo con que han sido construidas, y que necesitan para poder disponer un amplio espacio para gestionar su medio de vida: la chatarra.

Jamás, repito, jamás, ha pasado por allí un funcionario o funcionaria municipal o autonómico a ver qué atención o ayuda necesitan para mejorar su situación. Sin embargo, basta que salgan a comprar algo por el barrio para que todas las cabezas se vuelvan, los dedos señalen y se movilicen las gorras de la policía loca

En cuarto lugar, que poseen el don de la invisibilidad, pero sólo para algunas entidades y según zonas y horarios. Cuando están en sus viviendas, rodeados de polvo o barro, mal alimentados y con problemas de salud, son invisibles para la Concejalía de Familia y la de Bienestar Social, así como para las Consejerías de los mismos ramos o de vivienda de la Junta de Andalucía. Jamás, repito, jamás, ha pasado por allí un funcionario o funcionaria municipal o autonómico a ver qué atención o ayuda necesitan para mejorar su situación. Sin embargo, basta que salgan a comprar algo por el barrio para que todas las cabezas se vuelvan, los dedos señalen y se movilicen las gorras de la policía local.

Porque en quinto y último lugar, he aprendido que son culpables de un triple pecado original que los convierte en chivo expiatorio del malestar social. Son pobres, extranjeros y gitanos ¿Qué más quieres? Poco importa que sean europeos y realicen un trabajo necesario y considerado absolutamente prioritario por la Unión Europea: el separado y reciclado de metales valiosos. Un trabajo que vale mucho más de lo que ganan con él. Sin embargo, sufren el rechazo social más absoluto. Desde hace 20 años, desde que Rumanía entró en la Unión. No voy a ocultar que las peculiaridades de su cultura y forma de vida requieren de un doble aprendizaje para facilitar la convivencia con personas que hablan otra lengua (de Europa), con costumbres propias de la comunidad gitana rumana (que es tan parte de la cultura europea como Los Beatles o el Rigodón) y que para dedicarse a la chatarra necesitan de unas instalaciones de las que no disponen.

No voy a ocultar que las peculiaridades de su cultura y forma de vida requieren de un doble aprendizaje para facilitar la convivencia con personas que hablan otra lengua (de Europa), con costumbres propias de la comunidad gitana rumana (que es tan parte de la cultura europea como Los Beatles o el Rigodón) y que para dedicarse a la chatarra necesitan de unas instalaciones de las que no disponen.

Se inventan bulos, se atribuyen culpas y se señala. Sobre todo se señala, porque las coloridas faldas largas de las gitanas se ven mucho y es fácil señalar

La cuestión es que este reducido grupo de familias viven al margen de la ciudad, en unas condiciones deplorables y la administración local, igual que las 5 anteriores, se limita a mirar para otro lado. La cuestión es que, cuanto más tiempo pasa, más crece el sentimiento de rechazo en los barrios populares, atizado por los enemigos de la convivencia. Se inventan bulos, se atribuyen culpas y se señala. Sobre todo se señala, porque las coloridas faldas largas de las gitanas se ven mucho y es fácil señalar.

Acompañado de un programa de integración social para ellos, y de educación social y convivencia para nosotros, los payos españoles pata negra, que tenemos nuestro poquito de racismo metido en la médula

Con un poco de voluntad política no debería ser difícil encontrar una solución. Estas familias tienen recursos económicos. Escasos, pero suficientes como para poder afrontar un alquiler social. No de un piso, sino de algunas viviendas, quizá en régimen de autoconstrucción, en la periferia de la ciudad. Allá donde se pueda acordar la cesión de uso de suelos, en condiciones de salubridad y seguridad, para almacenar y procesar la chatarra con orden. Esto, acompañado de un programa de integración social para ellos, y de educación social y convivencia para nosotros, los payos españoles pata negra, que tenemos nuestro poquito de racismo metido en la médula.

No hay tiempo que perder. Los agitadores del odio, siempre prestos a dividir a los españoles por el bien de España, ya han empezado una campaña de xenofobia y mentiras, llamando a la guerra entre pobres, a ver si así ganan cuatro votos en La Chana. No hay tiempo que perder. No sólo por elevar un poquito el nivel moral de nuestra ciudad. También para que no se deslice hacia el horror, como en 1938.

El domingo, a las 12, estaré en la Plaza del Carmen, diciendo no al racismo. No al de las películas de esclavos en Estados Unidos o de discriminación en Suráfrica. Eso es fácil, porque es el racismo de otros. Yo estaré contra el racismo nuestro, el de los granadinos. El que señala y margina a la comunidad Roma por eso, por ser extranjeros, pobres y gitanos. Porque por encima de eso son vecinos de Granada.

 

Imagen de Manuel Morales
Hijo de padres andaluces, crecí en Madrid y vivo en Granada desde los 19 años. Casado y padre dos hijas.
Me licencié en Física por la Universidad de Granada y realicé un master universitario en energias renovables. Trabajo como funcionario de la Agencia Estatal de Meteorología. Realicé en el Instituto para la Paz y los Conflictos, los cursos de preparación para un doctorado que nunca terminé, al interponerse la política en el camino.