Recicla la ropa que ya no usas. Es un mensaje del Ayuntamiento de Granada

La razón como arma de destrucción masiva

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 16 de Septiembre de 2018
P.V.M.

Guía práctica para no convertirse en un ignorante (Segunda parte)

                                 La razón acabará por tener razón. Jean Le Rond d`Alembert

La razón es un arma de destrucción masiva para sus principales adversarios, por eso, la ignorancia humana encarnada en la estupidez, la idiotez y otros parásitos de los nuevos tiempos, la temen tanto. Prefieren enfrentarse a ella con directa brutalidad, refugiándose en el fanatismo político o religioso, negando cualquier confrontación argumental y apelando a los instintos más viles de los seres humanos.Sin embargo en la mayoría de las ocasiones, ante el fracaso, inevitable a largo plazo, acuden a la sutileza, se refugian en los hijos bastardos de la propia razón; escepticismo, relativismo, subjetivismo, convenientemente manipulados y descontextualizados, para que eviten su misión original, evitar abusos dogmáticos de la propia razón, y se encarnen en sus antagonistas, provocando el rechazo a cualquier tipo de raciocinio que nos haga libres, abriendo la puerta a la esclavitud a la que nos condena renunciar a la búsqueda de conocimientos críticos. Conocimientos que nos hagan algo más sabios, y por tanto, menos manipulables.

La razón es un arma de destrucción masiva para sus principales adversarios, por eso, la ignorancia humana encarnada en la estupidez, la idiotez y otros parásitos de los nuevos tiempos, la temen tanto. Prefieren enfrentarse a ella con directa brutalidad, refugiándose en el fanatismo político o religioso, negando cualquier confrontación argumental y apelando a los instintos más viles de los seres humanos

Imaginemos que en ese espacio filosófico amante del saber y de los buenos vinos, que en un texto anterior llamamos La Taberna de Kafka, entran un escéptico, un relativista y un subjetivista. Allí se encuentran con una querida y vieja amiga, antigua maestra, llamada Razón, aposentada en una esquina, cerca de esos libros de segunda mano, guardianes de antiguos saberes, con los que se siente tan cómoda, degustando un agradable caldo, peculiar, uno de esos vinos a los que cuesta acostumbrarse, pero que una vez que ha entrado en el singular paraíso de tus gustos, ha decidido vivir eternamente allí. Sus antiguos discípulos deciden acercarse a ella e incordiarla. Inicia el dialogo el escéptico, que al igual que en su época al lado de su maestra, se muestra brillante; maestra, le dice con la voz aterciopelada del que esconde sus dudas en un mesurado tono de voz: tú, que siempre nos hablaste de la virtud de la duda, deberías empezar por dudar de tus frágiles conocimientos, sabes que no tenemos ninguna posibilidad de alcanzar ninguna verdad que merezca la pena, la duda no es un camino, es un destino, nunca sabremos nada. Tú misma sabes que nada de lo que crees saber acerca de la realidad, tiene ninguna garantía de que su verdad se mantenga más tiempo del que tardarás en terminar tu vino. Toda aproximación a la realidad que intentemos hacer está destinada en última instancia al fracaso, insiste. Solo sé que no se nada, te repito siguiendo tus enseñanzas.

La razón, con la paciencia propia de una maestra, le responde: Si sabes que no sabes, entonces ya sabes algo, al menos una verdad sobre la que empezar a construir posees. Tu conversación ya es una muestra de que admites que hay un camino al conocimiento, renuncias a imponer, y tratas de argumentar, que no es sino razonar. Ni siquiera ves posible renunciar al raciocinio sin emplearlo. Admitir que uno se puede equivocar, es admitir que uno puede igualmente acertar, o al menos que es posible. Negar la posibilidad de acercarnos a la verdad, es negar la posibilidad de que podamos afirmar que algo es igualmente falso, y como podrás comprobar, lo que estoy bebiendo es vino, y no un refresco. Si en lugar de estar de jarana, con tus amigos aquí presentes, hubieras acudido a mis clases más a menudo, hubieras recordado lo que nos decía Kant sobre el conocimiento; tenemos límites para alcanzar la verdad de la realidad, pues dependemos de nuestros sentidos para captar los datos que las cosas en sí nos mandan y nunca podremos acceder a ellos directamente, pero poner límites al conocimiento no es renunciar al mismo. El conocimiento proviene de esos datos de la realidad, convenientemente matizados por las formas de nuestra sensibilidad y las categorías de nuestro entendimiento, lo que nos permite conocer, de la manera más exacta posible el mundo. Por ejemplo, así funcionan los conocimientos que tenemos acerca del universo, como nos enseña la física o las ciencias de la naturaleza, es posible delimitar la exactitud de los conocimientos que aprendemos, y ver en que ámbitos la veracidad depende de un salto de fe, y en aquellos que no.

Interviene precipitadamente en la conversación, sin permitir que termine sus argumentos la razón, el relativista, que en connivencia con su aliado y amigo el subjetivista, advierte con un tono autoritario,  propio del que pretende imponerse en un debate por el hecho de ser más agresivo o gritar más, que su antigua tutora se extralimita, que pretende imponerles un conocimiento objetivo, una verdad, que no existe, lo único que se impone a la hora de conocer la verdad es lo subjetivo; uno nace en una determinada cultura, con un determinado lenguaje, con unos determinados valores, en una determinada clase social y con un determinado género, todo eso determina nuestro conocimiento del mundo, nuestra realidad, que no puede sino colisionar con otros cuyos contextos personales, sociales, religiosos, culturales, económicos, sexuales, son diferentes. Mi verdad, no tiene por qué coincidir con tu verdad, termina enfáticamente su alocución el relativista, acompañado por el vigoroso asentimiento de cabeza de su colega  el subjetivista.

Tal y como decía nuestro maestro común, el filósofo Karl Popper, les recuerda a sus antiguos alumnos, la razón y la búsqueda de la verdad ha de preocuparse más de purgar de errores en nuestros argumentos, a medida que los vamos descubriendo, que establecer verdades dogmáticas, pues éstas, han de estar abiertas a posibles revisiones siempre

Cierto es, responde la razón, con tono sosegado, convencida que la fuerza de los argumentos descansa en la lógica y en las pruebas, y no en quién chille más, que nuestro contexto personal, social, cultural, económico, lingüístico o religioso, entre otros, determina parte de nuestro conocimientos; establece nuestros gustos musicales, gastronómicos, literarios, y hasta cierto punto, nuestros valores, pero no determina ciencias como las matemáticas, la física o las que desvelan cómo funciona la naturaleza. Ni tampoco es cierto que el hecho de que cada cultura tenga valores diferentes, evita que como seres humanos hayamos de buscar una ética universal, unos mínimos éticos que afecten por igual a todos los seres humanos, independientemente de etnia, religión, credos políticos, genero, o cualquier otro criterio similar; mujeres y hombres tienen el mismo derecho a ser libres, a tener cualquier tipo de creencias, a no ser discriminados por sus opciones de vida, sexual o de cualquier tipo, y otra serie de valores que no dependen, o no deberían, del pensamiento que delimita nuestra cultura. Cierto es también, continua con un tono mesurado, que el subjetivismo y el relativismo deben hacernos reflexionar sobre la necesidad de renunciar a verdades absolutas, y quizá apostar por verdades consensuadas en su máximo posible, abiertas a revisión, contrastadas tras debates públicos rigurosos. Tal y como decía nuestro maestro común, el filósofo Karl Popper, les recuerda a sus antiguos alumnos, la razón y la búsqueda de la verdad ha de preocuparse más de purgar de errores en nuestros argumentos, a medida que los vamos descubriendo, que establecer verdades dogmáticas, pues éstas, han de estar abiertas a posibles revisiones siempre. Que la verdad dependa de perspectivas, no implica que no existan criterios intersubjetivos, sino que estos no son absolutos, y que si encontramos y nos ponemos de acuerdo en esos criterios en base a argumentos racionalmente consensuados, podemos alcanzar nuevas definiciones de esa verdad plural.

Y por eso les dice la razón, con una amable sonrisa, todos nosotros estamos siendo razonables, porque estamos conversando, y se puede conversar sin razonar, pero no razonar sin conversar; preguntas y respuestas, pruebas y refutaciones, perspectivas, datos, dudas sobre los datos, consensos, todo ello es parte del proceso que a través de la conversación, que siempre ha de ser social, nos lleva a razonar y encontrar a través del uso de la razón, razones para convivir

En lo que sí estaremos de acuerdo, continua la razón, dirigiéndose a sus antiguos estudiantes, es en rechazar de plano todas esas verdades visionarias que se nos presentan con mayúsculas, verdades que vienen envueltas en revelaciones divinas o en inevitables devenires históricos, que en la historia se plasmaron en fundamentalismos religiosos, en fascismos y últimamente en populismos de distintos pelajes, que niegan cualquier valor de verdad que no sea la suya, impuesta a sangre y fuego. La razón nunca es revelada, siempre surge de un proceso, con unas reglas bien establecidas, y es una facultad que está disponible para todo ser humano, si está dispuesto a ejercerla, al contrario de esas verdades reveladas o intuitivas de la que solo disponen los individuos privilegiados que dicen haber accedido a ellas, esperando que el resto les siga como corderos al sacrificio. Y por eso les dice la razón, con una amable sonrisa, todos nosotros estamos siendo razonables, porque estamos conversando, y se puede conversar sin razonar, pero no razonar sin conversar; preguntas y respuestas, pruebas y refutaciones, perspectivas, datos, dudas sobre los datos, consensos, todo ello es parte del proceso que a través de la conversación, que siempre ha de ser social, nos lleva a razonar y encontrar a través del uso de la razón, razones para convivir, razones para el conocimiento, razones para ponernos de acuerdo en verdades que nos hagan mejores seres humanos, y nos ayuden a comprender mejor el mundo, natural, social, político, humano.

Y si me permitís, una última reflexión, mientras el tabernero nos llena nuestras copas; vuestras opiniones son valiosas por sí mismas, y tenéis el natural derecho en una sociedad democrática a plantearlas y defenderlas, pero eso no significa que todas las opiniones sean igualmente validas, ni que tengáis ningún derecho a ofenderos si alguien las rebate. Todas las opiniones tienen el derecho a ser contrastadas, públicamente, racionalmente, debatidas, y son las que mejores argumentos presenten, las que mejores pruebas presenten, para aceptar sus fundamentos argumentativos, las que son más válidas. No toda verdad presentada tiene el mismo valor, sino las que pasan la prueba del contraste, las que son resultados del debate intersubjetivo y alcanzan mayores consensos en base a la razonabilidad de los argumentos. El maestro Habermas nos decía, hay una Razón, pero sus voces son múltiples. 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”