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'Tres preguntas y tres respuestas para aprender qué es la moral'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 4 de Abril de 2021
'El triunfo de la Muerte', ( 1562 - 1563) de Pieter Bruegel El Viejo.
www.museodelprado.es
'El triunfo de la Muerte', ( 1562 - 1563) de Pieter Bruegel El Viejo.
'La moral es la ciencia por excelencia, el arte de vivir bien y de ser dichoso'. René Descartes

'No hay precepto moral que no tenga algún inconveniente'. Charles Dickens

La moral, ese sustantivo que todos empleamos y que sin embargo tan complicado nos resulta definir. A no ser que lo empleemos como sinónimo de: lo moral es aquello que corresponde a mis creencias, lo demás es inmoral. Algo que sucede bastante a menudo. Para tratar de aclarar un poco qué hay detrás de eso que hemos venido a llamar ámbito moral, nos haremos unas preguntas que deberíamos ser capaces de responder antes de emplear la moral tan gratuitamente para darnos la razón porque sí, y de paso, para orientarnos en la jungla en la que hemos convertido la convivencia entre seres humanos.

El pluralismo de valores morales no implica que todas sean equivalentes en su validez, ni mucho menos, ni que algunas no sean más elevadas, más útiles, o mejores que otras, pero respetarlas como principio, estemos o no de acuerdo con ellas es un buen comienzo

Primera pregunta: ¿La moral es única o hay tantas como estrellas en el universo?

Ni lo uno ni lo otro; ni hay una única moral verdadera, ni podemos llamar a cualquier cosa moral. Por moral entendemos cualquier sistema coherente de valores, acompañados de prescripciones que nos orientan sobre qué comportamiento es bueno, correcto o válido. Hay diferentes morales que predominan en distintos tiempos históricos, culturas o sociedades. Algunas coexisten más amigablemente, otras menos, ya que suelen contradecirse preceptos y principios de unas y de otras. Ni siquiera podemos decir que hay porqué atenerse a una moral de por vida; puede que nuestra evolución vital nos haga descartar principios morales en los que creíamos, y adoptar otro sistema de valores en los que confiamos más. Por tanto, a la hora de juzgar nuestro comportamiento o el ajeno, deberíamos, primero, tener claro si somos coherentes con nuestra propia jerarquía de valores, y segundo, aceptar que hay otras morales con valores diferentes. El pluralismo de valores morales no implica que todas sean equivalentes en su validez, ni mucho menos, ni que algunas no sean más elevadas, más útiles, o mejores que otras, pero respetarlas como principio, estemos o no de acuerdo con ellas es un buen comienzo. No zanja las polémicas, pero ayuda a resolverlas, comprendiendo que no somos el centro del universo moral. Ese egocentrismo que nos hace creer que nosotros somos los buenos, y los que no son como nosotros los malos.

Segunda pregunta: ¿A qué nos referimos cuando hablamos de llevar una vida moral?

Depende precisamente del sistema de valores, o moral concreta, que hayamos decidido es mejor, más válida, o que encaja con nuestros valores. O por vagancia intelectual, si eres de los que aceptas las cosas por mera tradición, por  seguir fiel a los valores de tu cultura o familia, y decides no cuestionarte nada. No es la opción ideal, ya que adoptar una escala de valores morales, una jerarquía de comportamientos consigo mismo y con los demás, debería hacerse tras una reflexión crítica. No porque sea lo que se lleva dónde vives, o porque te han enseñado que eso es lo correcto y todo lo demás no. Decidir por ti mismo que consideras bueno o malo, y tratar de seguir ese código racional y críticamente, debería ser el rito de paso a la madurez. Aprender a responsabilizarse de los actos propios, especialmente de aquellos que afectan a los demás, es lo que diferencia a un ciudadano de un individuo.

Tercera pregunta: ¿Qué esperas conseguir al actuar acorde a unos principios morales?

Todo se basa en calcular qué nos producirá más placer y menos dolor al final, en el cálculo de nuestras acciones, y considerar, si no eres un egoísta moral, que el sujeto de ese cálculo no solo soy yo, sino la sociedad en su conjunto

La felicidad: Si esa es tu respuesta, estarías en plena consonancia con el espíritu de los antiguos filósofos griegos. Si prefieres a Aristóteles, te lo tomaras como un ejercicio prudencial de tus actividades, a lo largo de toda la vida. Pensaras a largo plazo en las consecuencias de tus acciones y elecciones de vida, tratando racionalmente de dilucidar qué medios te ayudarán a este objetivo. Objetivo que no es otro que comprender el mundo, y maravillarnos ante tal conocimiento. Así alcanzaremos la felicidad;  estudiando, pensando, reflexionando. No es que no tengamos que atender a otras consideraciones cotidianas, pero éstas son medios para conseguir esta felicidad que  nos produce comprender el universo, nuestro lugar en él, un poco al menos. Exigente, ingenuo o idealista, el aristotelismo en su abstracción, pero por pedir que no quede. Otros filósofos algo menos exigentes con esa idealización de la felicidad entendida como una vida dedicada a la búsqueda del conocimiento, creyeron que la moralidad debía de darnos herramientas para conseguir la felicidad, pero entendida como aquello que nos hace sentir bien, nos produce placer, y por tanto disminuye el dolor. Qué acciones a nivel individual y colectivo hemos de perseguir para que disfrutemos más que suframos. Una concepción utilitarista, que más allá de lo que terminemos considerando placer, a algo más físico o más intelectual, nos aconsejará que calculemos bien las consecuencias. Por ejemplo, ahora que estamos hasta las narices de pandemias; a corto plazo el cálculo nos dirá que salgamos, socialicemos, llenemos centros comerciales, y demás cosas que tanto placer nos dan. Si somos jóvenes, estamos sanos, qué más nos da. A medio o largo plazo ya sabemos las consecuencias; hospitales saturados, miles y miles de muertes. Todo se basa en calcular qué nos producirá más placer y menos dolor al final, en el cálculo de nuestras acciones, y considerar, si no eres un egoísta moral, que el sujeto de ese cálculo no solo soy yo, sino la sociedad en su conjunto.

Al igual que atribuimos al individuo la necesidad de proyectar finalidades que le permitan realizarse, con un continuado trabajo de hábitos, es esencial que una sociedad en su conjunto tenga claro hacia dónde quiere ir, y qué hábitos ha de practicar si quiere conseguirlo; ya depende de qué tipo de sociedad queramos

Autorrealización: Para otros la respuesta no tiene por qué implicar necesariamente la búsqueda de la felicidad, la entendamos como la entendamos, sino tratar de crear un proyecto vital coherente. Tener valores morales implica ante todo construir un carácter robusto que sea nuestro caparazón ante los retos de la vida. Debemos tener claro un proyecto de vida, y la formación de nuestro carácter  ha de prepararnos para conseguir el objetivo que consideremos realiza nuestra vida. Es interesante que los filósofos partidarios de esta concepción insistan en que nada de esto es posible sin trabajar la autoestima. No para quedarse en ella como el final del viaje, sino como el paso que permite, a través del aprecio a uno mismo, valorar a los demás. Si no nos apreciamos, dífilamente llegaremos a apreciar a los demás. La autorrealización, estar satisfechos con uno mismo como primer paso para alcanzar el altruismo. Un salto de fe, quizá tan optimista como el aristotélico, pero qué le vamos a hacer, los moralistas, hasta los más pesimistas, algo de fe en la bondad de la naturaleza humana han de tener. Al igual que atribuimos al individuo la necesidad de proyectar finalidades que le permitan realizarse, con un continuado trabajo de hábitos, es esencial que una sociedad en su conjunto tenga claro hacia dónde quiere ir, y qué hábitos ha de practicar si quiere conseguirlo; ya depende de qué tipo de sociedad queramos; más o menos egoísta, más o menos solidaria, más o menos prospera en salud, ciencia y bienestar, o próspera en bienes de consumo, que es otra alternativa, no muy moral, pero sí muy capitalista.

Está bien apelar a la felicidad como objetivo de una vida, dirán estos moralistas, pero alcanzarla o no, es un ámbito diferente al de la moralidad. Si hacemos depender la moralidad de alcanzar la felicidad, el riesgo de que, con ella como excusa, dañemos a otros es demasiado elevado

El deber: Está bien apelar a la felicidad como objetivo de una vida, dirán estos moralistas, pero alcanzarla o no, es un ámbito diferente al de la moralidad. Si hacemos depender la moralidad de alcanzar la felicidad, el riesgo de que, con ella como excusa, dañemos a otros es demasiado elevado. La vida humana no tiene precio, posee dignidad, dirá Kant. Por tanto, no puede ser motivo de cálculos, ni de consecuencias. El valor moral por excelencia es la dignidad de cada vida, cada vida importa, ese es el deber moral. Preservarlo puede hacernos felices o todo lo contrario, pero es el precio de una vida moral. Es lo que nos hace verdaderamente humanos. Una ética que apuesta por valores morales elevados, hacer lo correcto por deber no es sencillo, ¿pero cuál es la alternativa? Kant centra el concepto del deber en el individuo, otros pensadores como G.H. Mead, en el siglo XX cree que la moral debe ser un problema de filosofía política, ya que para armonizar intereses ha de construirse contratos sociales, que deben estar legitimados por una moralidad aceptada por una sociedad, un contrato social. La política no podría entenderse pues sin la ética. Desvincular ambas en la práctica supondría traicionar el corazón de la política.

La política no podría entenderse pues sin la ética. Desvincular ambas en la práctica supondría traicionar el corazón de la política

 El bienestar de tu comunidad (social, no política): Hay que comprender la comunidad,  en este plano, no como una entidad política o burocrática, sino en un sentido más identitario, más como un grupo social que se siente fuertemente vinculado por cultura, tradiciones y valores.  En el último siglo una corriente filosófica, el comunitarismo, con implicaciones políticas, sociológicas y morales, cree que gran parte del problema de las sociedades modernas recae en poner el foco en el individuo, no en la comunidad. No se trata tanto de derechos y deberes del individuo, concepción excesivamente liberal (ética no económicamente), critican, sino en que el individuo adapte sus valores a los comunitarios. Las virtudes comunitarias son la vara de medir el comportamiento de cada uno. Es una concepción que asume que somos seres sociales por naturaleza en lo abstracto, y en lo concreto lo vemos plasmado en que vivimos en comunidades con valores y tradiciones propias. La moralidad ha de recaer en la solidaridad grupal que pone por encima los valores comunitarios. Es una teoría controvertida, porque si no asumimos que hay una comunidad universal, la formada por todos los seres humanos, con valores morales más allá de los de una comunidad singular, esto puede dar lugar a fuertes conflictos, más que a resolverlos. Filósofos morales como Kohlberg hablan de un nivel postconvencional de conciencia moral, universal, que ha de seguirse y servir de guía para sopesar críticamente si hemos de seguir o no los preceptos morales de la comunidad en la que vivimos.

Todas estas preguntas, y sus consiguientes respuestas, solo arañan la superficie de las ricas posibilidades que hemos de considerar sobre nuestro comportamiento moral. Son un primer paso, pero sin ese primer paso nunca aprenderemos a caminar por nosotros mismos (moralmente), y siempre dependeremos de pisar exactamente donde otros pisaron, sin preguntarnos si debemos seguir su mismo camino o no.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”