Artículo de Opinión por Gorka Rodríguez

'Ser padre es esperar'

Ciudadanía - Gorka Rodríguez - Viernes, 6 de Febrero de 2026
Lean a Gorka Rodríguez, que firma otro maravilloso artículo.
Manos.
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Manos.

Ser padre es esperar. Coger tu tiempo, ponerle un lazo y enviarlo a algún lugar del que nunca volverá. Es violencia vital. Opresiva y lacerante. Un sacrificio que se mide en décadas y una locura colectiva socialmente normalizada. La paternidad te pilla, te consume, te revienta, te deja exhausto y te mata de amor. 

En cualquier trabajo te piden un mínino de aptitud pero esto es gobernar una vida. Y para el sistema, todos valemos

Si lo piensas bien, no lo haces. Pero lo haces. Maldita programación genética y maldito instinto de reproducción. Alguien te entrega un bebé y confía en que lo cuides, te lo lleves a tu casa y que todo le siga funcionando. No te hacen un test ni una prueba. En cualquier trabajo te piden un mínino de aptitud pero esto es gobernar una vida. Y para el sistema, todos valemos.

Un día tomas conciencia de que te necesita. Algo hace click y te enamoras. Y te sorprendes a ti mismo apretando su cuerpo y mordiéndote el labio hasta hacerte daño, como si no pudieras abarcar todo ese amor solo con la fuerza de los brazos. Y entonces empiezas a regalar días a manos llenas. 

Construyes un universo de ternura, de intimidad que es solo vuestra. Vives momentos tan perfectos que no lo puedes creer. Una mañana de sol en una cama revuelta envolviendo su cuerpo. Horas de charlas surrealistas, palabras inventadas y mil preguntas para cada respuesta. Mirarla mientras duerme, salir en silencio y sentirte alguien importante. Grande, sabio y orgulloso. Dejar su puerta entreabierta y quedar en paz con el mundo.

Inventas amenazas nunca dichas antes y haces millones de fotos porque los momentos irrepetibles se repiten una y otra vez

Las toallitas te huelen a mierda y te escondes para comer chocolate. Regalan cosas a tus hijos en vez de a ti. Ya no importas demasiado y lo asumes. Te toca el filete más feo, la croqueta abierta, la parte pocha del plátano. Masticas sin ganas, tragas y sigues adelante. Encadenado a una rutina que acaba por gustarte. Inventas amenazas nunca dichas antes y haces millones de fotos porque los momentos irrepetibles se repiten una y otra vez. Te sientes mal, te sientes genial, te quieres morir, estás agotado, la echas de menos, quieres que se calle, vivir todo con ella, escaparte muy lejos y volver a su lado.

Ser padre es tener miedo para siempre. Asomarse al abismo del dolor humano. La sensación de estar donde tienes que estar. Una estampida de bisontes retumbando en tu pecho cuando sonríe y un microinfarto por cada segundo que la pierdes de vista. Océanos de tiempo dedicados a pequeños detalles que no importan y, a la vez, son muy importantes. 

Al final ya no sabes ni quién eras. Has entregado a la causa tu esfuerzo, tu energía, tu dinero y lo que te quedaba de vitalidad. Y un día no muy lejano serás, sencillamente, irrelevante. Habrás cumplido. Tu voz se escuchará más bajita y ocuparás menos espacio en las reuniones familiares. 

Ellos no te necesitarán pero, tal vez, te querrán. Y esta versión mejorada de ti mismo será, con suerte, la que defiende al niño con gafas, la que se levanta y protesta, la que pasea despreocupada por una tienda de libros. Valiente, buena y generosa. Entonces, el trabajo estará hecho y, por fin, podrás descansar tranquilo.