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El amor es una fábula

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 3 de Marzo de 2019
'Los amantes' (1928), de René Magritte.
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'Los amantes' (1928), de René Magritte.

Le preguntó el comediante al seductor: ¿qué añade la pasión al amor?, algo excepcional dijo éste: la voluntad del corazón a un delirio sin guía. ¿Qué añade el amor a la pasión?, le preguntó el seductor al comediante, algo inestimable: la amistad de un corazón a una voluntad sin guía.

Parafraseando a un antiguo sabio, que en un atisbo de lucidez extrema balbuceaba; debatamos, pero no sobre cualquier cosa, sino sobre si volvernos locos o no. Debatamos, pero no sobre cualquier cosa, sino sobre qué es eso que llamamos amor: aquello de lo que todo el mundo habla, pero nadie entiende, salvo los españoles, que como el ínclito filósofo Ortega y Gasset señalaba en sus Estudios sobre el amor, los nativos patrios desconocemos muchas cosas, pero del amor y la política, aparentamos conocerlo todo. El amor, ese intangible, que  nos exalta y nos deprime por igual, en un carrusel de emociones, que todo el mundo experimenta, pero que nadie es capaz de describir. El amor, esquiva y traicionera inspiración, que los poetas emplean para justificar sus diatribas y versos, pero  que ninguno  es capaz de definir sin hermosos desvaríos. El amor, al que responsabilizamos de lo bueno y de lo malo en nuestras vidas, como si fuera el cajón de sastre en el que arrinconar todas nuestras inseguridades.

El amor, analítico objeto de la aséptica observación de la ciencia, que pretende desgranar en una sencilla formula química, la adicción que nos producen esas dopantes sustancias despertadas por las emociones que lo acompañan, como si pudiéramos justificar las estupideces que decimos cometer por amor, por el subidón que nos producen

El amor, analítico objeto de la aséptica observación de la ciencia, que pretende desgranar en una sencilla formula química, la adicción que nos producen esas dopantes sustancias despertadas por las emociones que lo acompañan, como si pudiéramos justificar las estupideces que decimos cometer por amor, por el subidón que nos producen. Y no es que el amor no sea una droga, con buenos y malos viajes, como cualquiera de ellas, pero ante todo lo que es, es un cuento, un relato, una fábula. A veces compartido, a veces no, a veces un drama, a veces una comedia, la mayoría de las ocasiones una tragicomedia. A veces termina bien, a veces termina mal, a veces, simplemente se desvanece, como si el transcriba de nuestras andanzas amorosas se hubiera hartado de tanta hipérbole innecesaria, en nuestras aciagas narraciones amorosas. Debatamos, pues, pero no sobre cualquier cosa, sino sobre aquello que desde que nacemos estamos determinados a encontrar, y aquello que, al morir, inevitablemente solos, nos reconforta, pues lo vivido, vivido está. O nos hunde en la lamentación, al mirar atrás, y ver lo que se perdió en el cementerio de ocasiones fracasadas, por temor, timidez, o estupidez. Hablemos, pues, de las fábulas del amor.

Emile Cioran ponía el foco en la búsqueda de la dignidad del amor, que en sus palabras consiste en el afecto desengañado que sobrevive a un instante de baba. El amor, en sus pesimistas píldoras filosóficas, desgranadas en Silogismos de la amargura, nace bajo el signo de la volubilidad, no puede perdurar, porque no está hecho para perdurar, el hastío y la decepción, siempre esperan en los oscuros callejones del deseo, acompañante ineludible del amor en sus inicios, chispa que inicia la hoguera que alimenta su fuego, hasta que las frías cenizas consumen hasta el último hálito, y el deseo desaparece, despojando al amor de su combustible, dejándonos un afecto, desengañado por la pasión desvanecida, pero que conserva un diamante escondido entre las cenizas, la dignidad de habernos ofrecido al otro, incondicionalmente, durante el tiempo que fuera, incluso segundos, no importa, pues el ámbar de la dignidad de ese amor incondicional perdurará siempre, más allá del lineal y destructor ciclo del tiempo, que vira desde el pasado al futuro, sin detenerse en el presente. Dos vías se ofrecen al hombre y a la mujer: la ferocidad o la indiferencia, nos dice con pesar, en un contundente epitafio al desgarro del amor, pero, a  pesar de todo, continuamos amando; y ese “a pesar de todo” cubre un infinito, sentencia Cioran.

Stendhal, novelista francés del siglo XIX,  más allá del rojo y del negro, demostró no ser sino otro naufrago, en su búsqueda de las fabulas del amor, pretendió teorizar, como tantos otros antes que él, y como otros tantos después, buscando la sustancia que definiera aquello que tiene, sin duda, esencia, pero cuya  esquiva sustancia siempre escapa a cualquier escrutinio, incluso de literatos tan dotados como el precursor del realismo literario, y una de las plumas, quizá junto a Dostoievski que mejor ha comprendido los claroscuros de la febril psique humana. El fracaso, sea en la búsqueda del amor, como en su práctica, nunca debería agostar la compleja indagación, ni su vivencia, pues ésta en sí, ya es de por sí una meta, y el mérito no se encuentra tanto en concluir respuestas, o encontrar un amor que perdure. El mérito lo encontramos en la  eterna búsqueda de preguntas que nos ayuden a comprender y seguir adelante, y en experimentar sus agridulces sabores, una y otra vez, pues entre el hambre y el hastío, que nos impulsan a amar, o a dejar de hacerlo, algo perdura, algo que nos dignifica, o que nos destruye, si nos mostramos incapaces de abandonarlo cuando él nos abandona. Toda viaje a Ítaca tiene su precio, todo viaje al hogar anhelado del amor paga un tributo, que hemos de solventar, queramos o no.

El fracaso, sea en la búsqueda del amor, como en su práctica, nunca debería agostar la compleja indagación, ni su vivencia, pues ésta en sí, ya es de por sí una meta, y el mérito no se encuentra tanto en concluir respuestas, o encontrar un amor que perdure

El amor, para el literato francés, es pura ficción, es puro relato, pura fábula, nos convierte a todos en novelistas, dramaturgos, comediantes o poetas, generalmente sin el talento necesario para embellecer esas narraciones que escribimos, más a trompicones, que con la elegancia con la que deberíamos asumir el reto. No es que el amor sea ciego, es visionario, nos cuenta Stendhal, lo que hace es suplantar la realidad, lo que no ve, lo recrea a su albur, y aquello que ve, lo distorsiona. Nos resulta relativamente fácil enamorarnos, porque al principio lo hacemos de una idea, de una proyección en la que ponemos partes de nuestras propias expectativas, que creemos es real, rara vez de una persona de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Cuando esa idea no encaja con la persona que llegamos a conocer, se produce la herida y es fácil olvidar que fuimos nosotros los que nos inventamos esa persona que ahora nos defrauda. Y por el contrario, a su vez sucede, que en alguna ocasión nos resulta tan difícil desenamorarnos porque hemos de hacerlo, ya sí, de una persona que hemos llegado a conocer más de lo que pensábamos fuera posible, y entonces ya no importa lo diferente que fuera de la imagen que creáramos de ella al principio, porque lo verdaderamente real y lo que amamos son esos defectos que antes ocultábamos con el maquillaje de la fabulación, como esas pecas o esas arrugas que dotan de personalidad a un rostro y dignifican el amor que despierta en nosotros, más allá de la obsesiva banalidad por ocultar lo que no son defectos de un rostro, sino la escritura de su personalidad, a lo largo del tiempo.

Stendhal, cae en una trampa, al validar solo el amor-pasión como el único que merece la pena, el más auténtico, ese sueño romántico, que te venden, sin avisar de sus contraindicaciones, de los peligros de derivar en pesadilla. El problema de confundir amor con pasión, únicamente, es que diluye la generosidad del amor en el egoísmo de la pasión. Lo que en realidad muestra, no es amor al otro, sino a uno mismo, pues esa pasión responde a nuestro deseo egoísta de no estar solo, y fabular un personaje propio con el objetivo de encantar al otro, para que corresponda a nuestra propia ilusión. Y entonces, el amor se puede volver toxico, convertir en una marioneta a quien decimos amar, con la excusa de hacerle recipiente de una pasión desbordada, que no respeta sus límites, pues el amor ni es, ni puede ser, incondicional, generoso hasta la extenuación sí, pero cuando hablamos de un amor sin condiciones, cuidémonos de no esconder más pasión ciega, que amor consciente. La ceguera en el amor nunca es buena, por muchas fábulas que desde que somos adolescentes nos cuentan. Pensemos en aquellas parejas tan disfuncionales en las que una siempre da la razón a la otra, y ese tipo de pasión, no puede sino lindar con el odio, tan fronterizo al amor, y o bien amas a esa persona por las razones equivocadas, o ella lo hace contigo.

El amor no solo ha de aprender a sobrevivir, con naturalidad, en esos océanos de duda, sino que es la duda, como en el conocimiento, la que nos lleva a la sabiduría. Porque el amor, no lo olvidemos, es un tipo de conocimiento, no el que produce la aséptica disección de los hechos que nos ofrece la ciencia, sino que en tanto fábula, narración, es un arte, y el arte es empatía, es buscar un horizonte que trascienda lo que ofrece cada uno de sus autores, es una narración compartida a dos manos, dos corazones, dos mentes

Nos enseñan a no dudar del amor, a verlo todo en blanco o negro, de o me amas incondicionalmente, o no me amas, y ésta es precisamente una de las semillas de su destrucción, pues no puede sino derivar en resentimiento, que suele terminar en desafecto en algunas ocasiones, en desprecio en otras. Ofrecemos vacuos gestos de afecto, grandilocuentes en su mayor parte, más destinados a anestesiar las dudas que creemos entrever en el otro, que a mostrar la generosidad del amor. El amor no solo ha de aprender a sobrevivir, con naturalidad, en esos océanos de duda, sino que es la duda, como en el conocimiento, la que nos lleva a la sabiduría. Porque el amor, no lo olvidemos, es un tipo de conocimiento, no el que produce la aséptica disección de los hechos que nos ofrece la ciencia, sino que en tanto fábula, narración, es un arte, y el arte es empatía, es buscar un horizonte que trascienda lo que ofrece cada uno de sus autores, es una narración compartida a dos manos, dos corazones, dos mentes. Un cruce de sentidos, de significados, con la salvedad de la importancia de que cada autor de nuestra fábula ha de conservar su propia perspectiva y estilo, entretejerlo con otro, sí, pero no difuminarle. Un arte definitivamente complejo. Parafraseando al filósofo español Ortega y Gasset, sobre esa extraña hermandad entre el amor y la política; no son las dudas, ni las discrepancias, las que debilitan en uno, el amor, o en la otra, la política, su vivencia, son la carencia de ellas, y son las adhesiones incondicionales las que convierten una dinámica y hermosa fábula, en una narración destinada a la ferocidad que augura una destrucción mutua, o un desafecto que corroerá las entrañas de un ritmo compartido que nunca fue perfecto, pues, porqué buscar la perfección, cuando son  los pequeños desajustes y diferencias las que dotan de sentido a un viaje común, a un concierto desconcertado, lleno de dudas, encrucijadas, y virajes, pues el camino a la sabiduría, también en el amor, o en la política, nunca nos lleva por un camino recto.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”