Un verano en el Parque de las Ciencias.

Breve guía para pragmáticos y los que no lo sean tanto

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 29 de Mayo de 2016
Marta Beatriz Monsalvo (www.minube.com)

            "Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga"

(El Quijote, capítulo LXIII, 2ª parte)

El mundo parece dividirse en dos tipos de personas, los quijotes y los sanchos, o si preferimos decirlo menos literariamente, los soñadores y los pragmáticos. Aquellos que prefieren arriesgar y buscar algo que podrían o no conseguir, que podría o no existir, que pudiera o no estar a nuestro alcance, pero que sienten una atracción irresistible de luchar por aquello que colma sus sueños. Idealistas se les suele llamar, y nunca ha habido mejor encarnación literaria que la plasmada por Miguel de Cervantes en la figura de Don Quijote de la Mancha. Y el otro tipo de personas, pragmáticos, se llaman, adalides del sentido común, de la conformidad con lo real, tal y como señala el refrán de la cita, de atenerse a lo que hay y de ahí sacar el mejor provecho posible, de hacer de la necesidad, virtud. Y probablemente, hay pocos personajes imaginarios que mejor encarnen a este tipo de personas, que la figura de Sancho Panza.

Constantemente alabamos a los locos que siguen sus sueños, eso sí, alentándolos desde una distancia segura, no vayamos a dejarnos atrapar por el enloquecido perfume de sus desquiciados sueños y nos arrastren en su caída. Claro, que siempre estaremos atentos a estar a su lado como sus más firmes adalides, por si acaso una mágica conjunción de los astros, logra que realicen sus sueños, pues rara vez les otorgamos a los soñadores el mérito de haberlo logrado por sí mismos, sino por una afortunada red de casualidades que les ha otorgado tal premio. Al igual que debemos nuestra situación, no a haber abandonado nuestros sueños, sino a una catastrófica y azarosa cadena de desdichas, que en nada se deben a nuestro conformismo.

Sanchos y quijotes no son sólo dos tipos de personas, también son dos tipos de actitudes ante la vida, que a veces mal conviven en el mismo individuo, síntomas de ese haz de contradicciones que somos, como diría Unamuno. Y que nos vuelve impredecibles en esas ocasiones en la que la lógica de la razón pragmática que nos ancla al peso de la realidad, lucha denodadamente por evitar que levitemos liberados de esa cadena, por el frágil encanto de las promesas susurradas por sueños y deseos. Gane quien gane, algo en nosotros mismos, o alguien  cercano, siempre pierde en esa lucha.

Pero qué filosofía hay detrás de esa apelación a lo pragmático. A aferrarse a lo útil que está en nuestra manos. No todo puede ser soñar en este mundo o terminaríamos por ser capaces de construir una sociedad que nunca renunciara a la felicidad, conjugada en común, y eso parece ir en contra del sentido común. O quizás termináramos por malvivir en una sociedad paralizada por nuestra incapacidad de gestionar la realidad. Quién sabe, puede que necesitemos tanto a quijotes que nos hagan volar, como a sanchos, que eviten que nos estrellemos. Hay dos pensadores que encarnan las mejores virtudes que pueden alumbrar el camino a todos aquellos que se identifiquen entre los pragmáticos, ambos norteamericanos,  William James y Richard Rorty. Desvelemos algunas de las claves de su pensamiento. Una breve guía para los sanchos del mundo, acompañadas de algunas quijotescas críticas.

Al pragmático le interesa una cosa básicamente, las consecuencias prácticas de nuestras acciones. Premisa que tiene lógicamente consecuencias de carácter moral y gnoseológico (que no es otra cosa que la forma pija que tenemos los filósofos de referirnos a lo que tiene que ver con el conocimiento). La verdad no se encuentra necesariamente en algo que debamos salir a buscar ahí fuera. La verdad es aquello que funciona, que necesariamente repercute en mejorar las condiciones de nuestra vida. Claro, que al bueno de James, que se hizo muy popular en su tiempo dando conferencias y escribiendo libros en torno a esta sencilla, pero práctica premisa, se le podría objetar que habría que aclarar qué es aquello que funciona. Porque está claro que si lo preguntáramos a 10 personas diferentes, probablemente nos darían 9 respuestas dispares y coincidirían tan sólo en una.

Relacionar la verdad con la funcionalidad pragmática tiene sus consecuencias teóricas, en todos los ámbitos. Por ejemplo, ¿Dios existe?, para William James, sí, no porque crea haber encontrado pruebas de su existencia, o por cuestión de fe, sino porque creer en Dios resulta útil a la mayor parte de la especie humana. Le da consuelo en momentos difíciles, y ayuda a inculcar determinados códigos morales apoyándose en la idea de una justicia divina de la que nadie puede escapar. Cierto es que Bertrand Russell, tan descreído como James pragmático, llevó esta afirmación al absurdo, indicando que en ese caso Papa Noel existiría también, dada la ilusión y el bienestar que la premisa de su existencia trae a los niños y niñas de este mundo. Menos mal, que los padres han dejado de creer, y se hacen cargo ellos de esa tarea, o puede que los pequeños y las pequeñas en lugar de felicidad y paz en esas fechas encontrarán unos sentimientos bien distintos, como un mágico berrinche al no encontrar sus regalos.

Ya en el siglo XX nos encontramos con otro pensador que refinó el pragmatismo de James considerablemente, Richard Rorty. Parte de una idea sin duda atractiva, relacionada con el giro pragmático en el uso de nuestro lenguaje. Para el filósofo las palabras que utilizamos no tienen que ver con la verdad del mundo, sino con nuestra forma de tratar simbólicamente con ese mundo. De hecho, su definición de verdad es sin duda una de las más pragmáticas que jamás se hayan escrito; la verdad es lo que tus contemporáneos te permiten decir. Hay cierto relativismo, que es un acompañante ineludible del buen pragmático.  Lógicamente, consecuencias éticas y gnoseológicas se derivan de su forma de ver lo verdadero. No podemos juzgar el comportamiento en determinadas épocas históricas desde el prisma de la nuestra, seríamos terriblemente injustos. Y lo mismo deberíamos pensar, en cierta forma, del presente. No hay una lectura correcta del mundo, que valga eternamente. Puede haber diferentes formas de interpretarlo. Y como consecuencia lo más importante en nuestra actitud ética y vital en el mundo, es la escucha, más que el dogmatismo, es persuadir más que convencer, es aprender a ver la perspectiva del otro (que también es posible) en una discusión, más que cerrarnos a demostrar un argumento. No se puede ser pragmático, sin  ser irónico, al menos así lo entendía Rorty, que no coincidía en absoluto con la necesidad de tener fe en un Dios, de su precursor James. Preguntado sobre lo sagrado en el mundo, respondió: Mi sentido de lo sagrado está unido a la esperanza de que algún día mis remotos descendientes vivirán en una civilización global en la que el amor será con creces la única ley. Como vemos, no sólo ser pragmático no está reñido con una sana ironía, sino que tampoco cabe descartar un toque de romanticismo que lo aderece de vez en cuando, un poco de quijote que embellezca el lustre de nuestras desgastadas maletas de sanchos.

Si la primera Ilustración dijo adiós a la idea de Dios (entiéndase en el sentido de decir adiós a saberes absolutos o interpretaciones absolutas de esos saberes), es hora de ser consecuentes y no caer en creer en substitutos. El buen pragmático ha de aprender a confiar en uno mismo, y  no caer en ninguna tentación autoritaria. Una de las enseñanzas más fructíferas de su pensamiento, consecuente con su premisa de origen, es la valoración de la cultura popular. Tanto nos puede ayudar a lidiar con el mundo, entenderlo en su complejidad y su relativismo a la hora de interpretarlo sin caer en dogmatismos, como un buen cómic o una buena serie de televisión, igualmente que la alta cultura.

¿Por qué la ironía es tan necesaria en nuestras sociedades? Porque es la única forma de aprender a ser tolerantes, y sin tolerancia que nos enseñe a ver que no sólo los demás tienen defectos, sino también nosotros, la convivencia en sociedades liberales y democráticas se resiente. Peor aún, se cae en la peor deriva que se puede dar, el autoritarismo y el dogmatismo. La separación en trincheras entre los unos que comparten mi visión del mundo y los otros, que no pueden sino estar equivocados. La tolerancia es el elemento esencial que debe preservar los procesos de socialización a través de los cuales educamos e incluimos a los nuevos miembros de nuestra sociedad. Sin ella, la política se convierte en ese Juego de Tronos tan admirado por algunos, en los que la única manera de hacerse con el poder es destruir al adversario. Pero si la política, como la vida, nos enseña algo, es que si aprendemos a convivir definiéndonos por nuestros enemigos, por muy reales que sean, siempre encontraremos unos nuevos, por muy imaginarios que terminen siendo.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”