Un verano en el Parque de las Ciencias.

En busca del tiempo vivido

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 30 de Abril de 2017
'Reloj blando en el momento de la primera explosión', de Salvador Dalí.
IndeGranada
'Reloj blando en el momento de la primera explosión', de Salvador Dalí.

A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan las cosas que más deseamos. Marcel Proust.

Esperas impaciente en un bar a tu cita. Has llegado con cierta antelación, y no queda mucho para la hora en la que debería llegar, la impaciencia te come, el tiempo se espesa como el chocolate, cada segundo se hace eterno, la incertidumbre se apodera de tus sentidos, los encadenan, y todo se vuelve más lento. Tan solo han pasado unos minutos, pero son como horas. Por fin llega, y de repente, sin darte cuenta, se ha acabado. El tiempo ha volado, tan ensimismado estabas en la búsqueda de otro tacto, en tocar y escuchar la sinfonía de las palabras que surgían al unísono, como si os hubierais conocido toda una vida, que ni siquiera te diste cuenta que lo que para ti fueron minutos de dicha, en realidad, el obtuso e impío reloj marco el transcurrir de horas, y el tiempo se acabó. La cita ha de terminar. ¿Qué tipo de  universo es éste en que dos tiempos rivales coexisten tan antagónicamente? El tiempo de la alegría y de la felicidad vuela, el tiempo de la tristeza y del pesar se ancla a nuestra alma y rehúsa desaparecer. El tiempo nunca es el mismo para ninguno de nosotros, depende de cómo lo vivimos, depende de cómo lo sentimos. Su duración nunca es igual.

Hay pues, dos tiempos, el real por el pretendemos a través de la ciencia medir los procesos del antes y el después. Y el de nuestra consciencia, que apenas coincide con la medida de los relojes. El tiempo de lo que sentimos, de lo que queremos, de lo que pensamos...

Hay pues, dos tiempos, el real por el pretendemos a través de la ciencia medir los procesos del antes y el después. Y el de nuestra consciencia, que apenas coincide con la medida de los relojes. El tiempo de lo que sentimos, de lo que queremos, de lo que pensamos y de todo lo que vivimos y experimentamos. Ambos cohabitan en el mundo, ambos existen y de la conflictiva confluencia de ambos surge nuestra acción sobre la materia. Así pensaba un singular filósofo, Henry Bergson, premio nobel de literatura, que nos indica el atractivo de sus escritos, y cuyo pensamiento fue bandera durante finales del XIX y principios del XX de la resistencia y de la rebeldía ante el positivismo científico que pretendía colonizar todos los saberes humanos. Paul Valery, el poeta y escritor francés, escribió en su discurso sobre Bergson: Se atrevió a pedir prestadas a la poesía sus armas encantadas. Combinando su poder con la precisión a la que un espíritu criado en las ciencias exactas ya no podía renunciar.

Y como en todo, o en casi todo lo importante, sobre cualquier reflexión acerca del sentido de nuestra existencia, el problema de la libertad es la clave para encontrar respuestas. ¿Cómo es posible ser libre en un mundo tan aparentemente determinista y mecánico? Para John Stuart Mill la respuesta se encontraba en ser conscientes, antes de tomar una decisión, que es posible hacerlo de otro modo. Bergson renegaba de ésta y de otras consideraciones parecidas. No es posible entender el acto libre en torno a una decisión, si tan solo, consideramos los motivos que nos han llevado a tomarla como representaciones objetivas. Pongamos un ejemplo; eres un joven estudiante que necesita estudiar toda la noche para tener posibilidades de aprobar un examen que tienes al día siguiente. Tus amigos, que siempre fueron un poco incordio, te invitan a una fiesta donde, además, va a asistir una chica que siempre te llamó la atención. La responsabilidad pesa más y les mandas a paseo, a pesar del atractivo de la fiesta, y de la chica. Transcurren las horas, el tiempo, y un irrefrenable impulso se apodera de ti, arrojas los apuntes y los libros de tu mesa y decides llamar a tus amigos y salir. Los motivos objetivos para tomar una decisión no habían variado, seguían siendo los mismos, pero en un momento anterior decidiste una acción, y en uno posterior, otra. ¿Por qué? Porque tu vivencia de los motivos ha variado. Estos eran aparentemente iguales al ser objetivados, pero lo cierto es que no es posible que se mantengan iguales.  Así no funciona el tiempo de la consciencia, el tiempo vivido, siempre acumula algo que varía lo anterior, el antes nunca es igual al después.

Cada vez que en tu mente repasas los motivos para tomar una decisión u otra, vas añadiendo matices, sentimientos, recuerdos de experiencias anteriores, deseos de nuevas experiencias. Quizá recuerdas una mala experiencia con una historia de amor anterior, y deseas abrirte a una nueva, quizá recuerdas como esa chica te sonrió en un momento anterior de desesperación y el triste lunes se convirtió en un festivo fin de semana, quizá simplemente recordaste que solo se vive una vez y qué diablos, vida hay tan solo una, pero exámenes muchos. Y no, no se trata del viejo dilema entre la razón pura y los contaminados sentimientos y las perversas pasiones.  A esa objeción se adelantó nuestro pensador. No funciona así, porque las razones vienen acompañadas de sentimientos y los sentimientos devienen en razones. En nuestra psique todo se mezcla.

El tiempo vivido, siempre acumula algo que varía lo anterior, el antes nunca es igual al después

La libertad de nuestra acción procede de todos esos procesos que se acumulan en nuestro interior. Para Bergson la libertad queda definida como la relación del yo concreto con el acto que realiza. Muchas veces cuando miramos hacia atrás, a las decisiones que tomamos en nuestra vida, apenas nos reconocemos. Y ese yo concreto que está escribiendo este artículo, no es el mismo que escribió el anterior, ni será el mismo que escribirá el siguiente. Según el momento vital variaría, en mayor o menor medida. Y eso sucede porque no soy la misma persona que hace una semana, y soy diferente de la que seré la semana que viene. Variaciones sutiles, si no nos han sucedido experiencias de carácter extraordinario, pero aun así pueden hacer que variemos nuestro comportamiento y nuestras decisiones. Aún recuerdo cómo hace muchos años debía escribir un texto sobre un plúmbeo tema que no merece la pena recordar. El hecho es que mi torpeza informática provocó que perdiera todo lo que había escrito. Era muy largo, de al menos 30 o 40 páginas. Recordaba el sentido de lo que había escrito, pero al volver a escribirlo fue variando cada apartado, a veces ligeramente, a veces más significativamente. Cuando descubrí que había una copia a la que podía recurrir, sí, siempre sucede esto cuando has duplicado el trabajo, y comparé ambas, el sentido de algunas de las cosas que quería expresar era bien diferente. Y esto sucede, porque no somos exactamente la misma persona siempre, ni mucho menos, independientemente de que tengamos una personalidad más o menos asentada. Todos los procesos acumulativos que vivimos; razones, sentimientos, deseos, experiencias, que van acumulándose junto a los restos de lo vivido anteriormente, nos cambian, quizá ligeramente, quizá con mayor intensidad. El tiempo que nos define no es el tiempo cronológico, el del cosmos, el tiempo que nos define es el que percibimos y modificamos continuamente en nuestro interior. Esa dúctil memoria que nunca se está quieta, siempre en continua reescritura según vamos viviendo unas y otras experiencias, según vamos sintiendo unas y otras alegrías y tristezas, según vamos sufriendo unos y otros amores y odios.

El tiempo que nos define no es el tiempo cronológico, el del cosmos, el tiempo que nos define es el que percibimos y modificamos continuamente en nuestro interior

Pasado y presente se fusionan en nuestra consciencia. En un escrito de Gilles Deleuze, el filósofo francés que nos enseñó a deconstruir cada significado del pasado para hacerlo significativo en nuestro presente, llamado El bergsonismo, queda definida esta fusión; “Del pasado puro hay que decir que ha dejado de actuar o de ser útil. Pero no ha dejado de ser. Inútil e inactivo, impasible, el pasado es”. Somos lo que somos en este instante debido a la fusión de millones de fugaces instantes cuya huella ni siquiera recordamos. No podemos huir de esas experiencias cuyo poso nos ha creado, y no hemos de tener miedo de  quedar atrapados en ellas, pues el yo concreto que vive este mismo instante, pronto perecerá bajo un cumulo de instantes venideros que mudaran la piel de nuestra existencia. Amar el presente bajo el encanto del pasado y la nebulosa del futuro, ¿qué otra opción nos queda?

Onfray en su búsqueda de un contratiempo que refleje con mayor fidelidad el tiempo vivido nos proporciona una receta; lo que ha de definir en verdad una vida filosófica no es el interminable peregrinar erudito de la polvorienta historia de un pensamiento filosófico a otro, sino buscar la armonía entre lo que uno piensa y lo que uno cree, lo que uno enseña y lo que uno profesa, y por tanto, de lo que somos, con como decidimos vivir cotidianamente. Si sumamos instantes así vividos, seremos capaces de bucear en el eterno retorno soñado por Nietzsche, y de esta manera, amar nuestro presente como si hubiéramos de vivirlo una y otra vez, y no caer en esa huida permanente plagada de tristes y apagados momentos, inertes como el mineral que yace escondido en las montañas. Entre construir nuestro quebradizo y dinámico yo en torno a la coherencia de instantes bañados en la sonrisa hedonista que nos produce abrazar sin miedo la vida, y la huida de la amorfa cotidianeidad del tiempo informe, muerto y triste que corroe nuestra existencia ¿qué  vamos a elegir?

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”