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El camino equivocado (II)

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Domingo, 20 de Noviembre de 2016
María Bullón
En el capítulo I de El camino equivocado, el protagonista de esta novela inédita de Guillermo Ortega nos descubre sus primeras andanzas y amistades en el Madrid de 1985. No te la pierdas. Te ofrecemos el segundo capítulo, ilustardo por la gran artista María Bullón.

Antes de proseguir, y a modo de inciso, debo aclarar que en aquel año de 1985 se dio una extraña paradoja: en España entera se hablaba sin parar de la Movida Madrileña y, precisamente en Madrid, aquella moda había pasado a mejor vida. Sus protagonistas ya se habían retirado a sus cuarteles de invierno y no frecuentaban fiestas y bares nocturnos. Jamás me encontré en ellos a Carlos Berlanga, Alaska, Santiago Auserón o Ceesepe. Sí que vi una vez a Almodóvar, en La Vía Láctea. Iba con tres chicas y aquello estaba lleno de humo, apenas se podía respirar. Lo que le dio pie a preguntarle a una de sus acompañantes:

-“¿A ti qué te pica más: los ojos o el chocho?”

A lo que ella, ligeramente molesta, contestó:

-“Los ojos, Pedro, los ojos”

A lo que iba. Decía que, entre una clase y otra, el Viejo Cana y yo rompimos a hablar mientras dábamos cuenta de un par de cigarrillos. Yo acababa de empezar a fumar y el tabaco todavía me daba dolor de cabeza y de estómago, pese a lo cual me empeñaba en aumentar día a día mi consumo. Ese malestar, acompañado a veces de mareos y pequeñas nauseas, era el precio que pagaba a cambio de mi socialización. ¿Joven, rockero, asiduo a Malasaña y no fumador? Eso, necesariamente, tenía que estar mal visto.

Después de un breve intercambio de frases de introducción (yo soy de La Coruña, yo de Algeciras; tengo 19 años y empiezo ahora porque repetí COU; a mí lo que me pasó fue que perdí el año pasado en Derecho), la conversación derivó hacia el terreno musical. Como ya dije, nada en el aspecto externo del Viejo Cana hacía sugerir que era un rockero de pro. Antes al contrario; su vestimenta era de lo más clásica, hasta el punto de parecer un cuarentón.

Pero hablaba como un rockero. Cuando la conversación derivó de los bailes regionales al ocio nocturno y, de ahí, al panorama local de bares, locales y salas de conciertos, el hombre se fue viniendo arriba progresivamente, animado sin duda por la cálida acogida que recibían sus palabras. Huelga decir que el sentimiento de afinidad fue mutuo. Al cabo de un rato, y después de decidir sin mayores miramientos que lo suyo era saltarse la siguiente clase y continuar la charla en un bar, entre los dos ya se habían levantado los cimientos de una camaradería auténtica.

“¡Tío, conoce a Nick Cave!”, fue lo primero que Cana le soltó a Puchón cuando, de regreso a la quinta planta del edificio, fuimos a recogerlo a la puerta de su clase, contigua a la nuestra. No lo recuerdo bien, pero casi estoy por asegurar que dijo que conocía a Nick Cave antes de informarle de que me llamaba Guillermo. Se le notaba realmente entusiasmado ante tamaño descubrimiento, y desde luego su actitud distaba mucho de esa prepotencia de los camareros de Malasaña. Lo cual era sin duda gratificante para mis oídos.

A Puchón me lo presentó por su nombre de pila, pero inmediatamente me advirtió de que era mucho más conocido por su apodo, algo que el propio aludido admitió sin ambages. Más tarde me explicó que se lo pusieron años atrás, un día que apareció ante sus amigos vistiendo un anorak con una gigantesca capucha. Se quedó de inmediato con ‘capuchón’ y la fuerza de la costumbre hizo que desapareciera la primera sílaba.

Casi de inmediato me di cuenta de que Puchón y Cana eran bien diferentes. Se parecían en que los dos ejercían de gallegos, pero en lo demás había pocas similitudes. Puchón, saltaba a la vista, no tenía nada de blandengue. Irradiaba inteligencia y carisma y se notaba claramente que tenía madera de líder. Cana asumía esa circunstancia casi con naturalidad, de hecho, y en su trato hacia él había una punta de sumisión. En su manada, Puchón era el jefe.

Me miró con ojos penetrantes y me tendió la mano con cierta reserva, una condición que por lo demás, y según pude comprobar después, es muy común en el norte de España. En Andalucía somos más cercanos y tratamos al recién llegado como a un amigo del alma, aunque también somos más falsos y luego podemos dejar tirado a las primeras de cambio al incauto que se ha confiado a nuestros encantos. Un gallego no te lo dará todo de golpe y de entrada hasta lo podrás notar frío y distante, pero si te ganas su confianza, no te defraudará. Aunque bueno, tampoco siempre es así ni en un caso ni en el otro; las generalizaciones pueden llegar a ser muy dañinas.

Si Puchón transmitía sensación de poderío ya en un primer vistazo, cuando tomaba la palabra no quedaba ninguna duda de que era un líder natural. Polemista vocacional y hombre con amplios conocimientos en multitud de campos, era capaz de hacer cuestión de Estado de cualquier menudencia con tal de dejar claro que sus razonamientos eran los válidos, y no los del que tenía enfrente. Muchas veces, ese de enfrente fui yo, y discutir con él me resultó muy enriquecedor. Como creo que también lo fue para él, aunque sólo fuera porque encontró un adversario que no estaba dispuesto a darle la razón porque sí, sino a alguien con puntos de vista sobre las cosas y con capacidad para rebatir. Ganarme dialécticamente se convirtió para él en un reto.

Pero que no se entienda de lo anterior que nuestra relación estaba basada en las discusiones y las contiendas. Las más de las veces fue cordial y casi siempre estuvo cargada de un humor fino e irónico que los dos compartíamos, aunque cada uno a nuestra manera. Puchón era un maestro del sarcasmo y, como buen gallego, muchas veces, al oírle, no sabías si estaba subiendo o bajando la escalera. Me reveló que tenía la carrera de piano y que había sido cantante de un grupo punk y no me llegué a creer ninguna de las dos cosas, aunque las dos fueran plausibles, sólo por la forma en que me las dijo. A veces conectábamos de tal manera que uno sabía seguir los puntos del otro hasta completar una secuencia hilarante, al menos para nuestro consumo interno.

Puchón era, además, un auténtico entendido en música pop. En eso le sacaba una cuarta a Cana y por lo menos dos a mí. Solía decir que si se pasaba más de una semana sin adquirir nuevo material, le entraba algo parecido a la ansiedad. Dominaba muchos estilos y estaba siempre dispuesto a abrirse nuevas rutas.

Él fue el que me habló de un programa de radio que escuchaba en su tierra, que el responsable tuvo el acierto de bautizar como 'El camino equivocado' y donde sonaba lo mejor de lo mejor. Me pareció un nombre de lo más sugerente, me daba la sensación de que era una especie de guiño al oyente (él y pocos más, porque su repercusión, según me confesó, era casi nula), una manera de decirle que podría haber tirado por la vía de los 40 Principales, más transitada y sencilla, que debería haber optado por no complicarse la vida y limitarse a lo fácil, a la música de consumo rápido y olvido aún más fugaz. Pero no, se había desviado y ahora iba por el camino equivocado, del que además ya no iba a poder salirse. Pero que en el fondo eso era lo suyo, el pertenecer a esa tribu, minoritaria pero orgullosa, cuyos componentes gustan de meter las manos en las cubetas de saldos intentando encontrar la rosa en el estercolero, o de juntarse para, visiblemente agitados, recitar nombres impronunciables y tararear coplas que a los demás no les suenan. Los demás: esos que invariablemente terminan preguntando: “¿Y tú cómo te enteraste de que existía ese grupo?” O bien: “¿Pero tú cómo consigues todos esos discos tan raros?” A los demás, muchas veces, los de la tribu tienen ganas de mandarlos a la mierda.

No fue ese programa de radio su única fuente de conocimientos musicales, claro está. Sibilio, un compañero suyo y del Viejo Cana en el colegio mayor que les sirvió de hogar en Madrid (y que lógicamente no se llamaba así, lo de Sibilio era un mote que le pusieron porque tenía el pelo muy rizado y la tez morena, algo no habitual en los gallegos), le empapó de música negra en general y de soul en particular. Yo, modestamente, le descubrí al gran Silvio, el “rockeiro sevillano”, como él le llamaba. Y Malasaña le sirvió en abundancia ritmos garajeros protagonizados por guitarras fuzz, órganos Farfisa, flequillos imposibles y camisas de paramecios. Se apuntó sin dudarlo a la religión de la psicodelia y la colección ‘Nuggets’ fue su biblia particular. Le atraían especialmente los berridos, hasta el punto de que una buena noche, mientras nos atiborrábamos de garaje y mejunjes de alta graduación alcohólica en no sé qué antro oscuro y maloliente, dijo que lo suyo sería que las bandas tuvieran, además de un cantante,  otro tipo que se limitaría a dar alaridos. Claro que, como casi todo lo que contaba cuando estaba en modo distendido, uno no se lo acababa de creer.

Llegó un momento en el que temimos que Puchón abriera demasiado el abanico de sus referencias musicales. Un paisano le aconsejó a Amancio Prada y a partir de ahí, más en serio que en broma, nos castigó los oídos durante un par de meses con la cristalina voz del bardo atlántico. Que sí, que cantaba muy bien y demás, pero que era un coñazo.

Aunque no fue ahí cuando tocó fondo, cosa que sí ocurrió cuando un día nos soltó de sopetón que Joaquín Sabina le gustaba. La conversación se desarrolló más o menos como sigue:

- Puchón: “Pues he estado escuchando a Sabina y, coño, mola”.

- Cana y yo (casi al unísono y con las caritas descompuestas): “¿¿¿¿Cóóóómooooo????”

- Puchón (con menos convicción): “Bueno, lo que quiero decir es que, en fin, que lo que hace el tío está bien, que es un tipo rojillo, comprometido y tal…”

- Cana y yo (decididamente incrédulos y a punto de rasgarnos las vestiduras): “Pero Puchón, tío, recapacita. Estás hablando de Sabina. Sabina, tío, ¿cómo coño te va a gustar a ti Sabina?”

- Puchón (perdiendo entusiasmo por momentos): “No, joder, yo lo que quiero decir es que, coño, que no está mal…”

- Cana y yo (como el padre que trata de disuadir a su único hijo de su idea de apuntarse a la Legión, manifestada justo después de que le mostrara el enorme dragón que se ha tatuado en la espalda): “Venga, cojones, Puchón, haz el favor de no decir tonterías… ¡Que es Sabina, hombre, por Dios!…”.

- Puchón (entregando la cuchara y asumiendo su error): “Es cierto, es cierto… ¡¡¡Sabina es un hijo de puta, jajajaja!!!”

Lo que demuestra que con los argumentos más torpes, incluso recurriendo a la simple tautología –Sabina es Sabina, en este caso- se puede llegar a convencer a alguien, con tal de que ese alguien ponga algo de su parte.

El próximo domingo, 27 de noviembre, Capítulo III

 

 

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).