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Ciencia y ética, ¿un matrimonio imposible?

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 13 de Enero de 2019
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'La ciencia se suicida cuando adopta un credo'. Thomas Henry Huxley

'La ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la naturaleza, porque  en el último análisis nosotros mismos somos parte de la naturaleza, o sea parte del misterio que tratamos de resolver'. Max Planck

Estos dos aforismos, con mensajes bien distintos, por un lado de un biólogo darwinista, Huxley, y por otro, de uno de los grandes físicos del siglo XXI, Max Planck,  reflejan la dificultad de un debate que no es sencillo, pero que no podemos rehuir, porque nos jugamos mucho en una sociedad como la nuestra, tan dependiente de las derivadas tecnológicas que devoran los avances científicos, y su influencia, cada vez mayor, en las decisiones que tomamos sobre cómo vivir nuestra vida. No llamamos ciencia a cualquier cosa, la ciencia podemos definirla como aquellos conocimientos de carácter discursivo que son capaces de establecer leyes entre los fenómenos estudiados, y que son recogidas en teorías. Hablamos de física, química, biología, geología, por ejemplo. Es un debate complejo, porque hoy día oímos a menudo como disciplinas útiles, y con un importante valor predictivo, buscan desaforadamente añadir el apellido de científicas a su nombre; ciencias sociales, ciencias políticas, ciencias económicas, y otro numeroso índice de prácticas humanas. En realidad, lo que buscan es una equivalencia en su prestigio predictivo con otras ciencias, más exactas, y compartir metodologías, lo que no está tan claro que sea posible, ni en lo predictivo ni en la metodología, pero ese es un debate que dejaremos para otro día.

Es un debate complejo, porque hoy día oímos a menudo como disciplinas útiles, y con un importante valor predictivo, buscan desaforadamente añadir el apellido de científicas a su nombre; ciencias sociales, ciencias políticas, ciencias económicas, y otro numeroso índice de prácticas humanas. En realidad, lo que buscan es una equivalencia en su prestigio predictivo con otras ciencias, más exactas, y compartir metodologías, lo que no está tan claro que sea posible, ni en lo predictivo ni en la metodología, pero ese es un debate que dejaremos para otro día

Se añade más confusión al debate cuando oímos que alguien habla de ciencia en quimeras como el reiki o la homeopatía, por poner algunos ejemplos, como podría haber otros. En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millar no es superior al humilde razonamiento de una sola persona, pronunciaba en susurros, para evitar males mayores por la persecución religiosa, Galileo, destacando el decisivo papel del razonamiento en la ciencia, frente a las creencias que se siguen por fe, o por fantasía, no por ningún proceso en el que intervenga la razón, ni ningún método que pueda considerarse, ni siquiera ligeramente, científico.

El problema de la relación entre las disciplinas racionales, sus métodos, y los valores que subyace a cada una, es un problema que viene de lejos, en el siglo XVII, dos grandes filósofos, y primigenios científicos, Locke y Spinoza mantenían una agria confrontación entre la separación de las diferentes disciplinas que comenzaban a perfilarse en el conocimiento humano; Locke distinguía en su Ensayo sobre el entendimiento humano entre filosofía natural (las semillas de la física clásica), filosofía practica (la ética) y la semiótica (la lógica), a las que infundía fronteras intraspasables. El positivismo de  la física se movía a través de la especulación en la búsqueda de la verdad. La ética no busca la verdad, según el filósofo inglés, sino la justicia, y cómo vivir acorde a ella.  La lógica y las ciencias formales mantienen su dominio bien alejado de las otras disciplinas. De esta categorización tan estricta se burlaba irónicamente Leibniz; vuestras tres grandes regiones de la enciclopedia estarán siempre en continua guerra, pues cada cual se inmiscuye siempre en los derechos de las otras. Locke se llevó el gato al agua, pues las disciplinas siguieron separándose y atribuyéndose dominios autónomos que reclamaban plena independencia y metodologías propias, sin embargo, como hemos visto, la acuciante critica de Leibniz sobre la constante pretensión de traspasar las fronteras propias, se encuentra hoy día más presente que nunca.

En este debate tan espinoso; cuál es la relación entre la ciencia y la ética, o los valores, si preferimos otra denominación, todos, salvo algunos políticos, parecemos tener claro que hay una vinculación esencial entre teoría y práctica política y la ética. Todos, salvo casi todos los economistas, parecemos tener claro que la economía, ni es neutral en su funcionamiento, ni es una ciencia que acierte mucho. Todos, salvo algunos sociólogos, parecemos tener claro que las ciencias sociales son valorativas en sus análisis, y por tanto, dependen de las perspectivas históricas, culturales o metodológicas que las fundamentan. Todos, salvo las empresas farmacéuticas, parecemos tener claro que sin una ética que guie la práctica de la medicina, y su investigación, el mundo es un lugar más cruel. Pero, ¿qué ocurre con la ciencia en su sentido más estricto y contemporáneo? En un principio, todos estaríamos de acuerdo que es la más neutral, en lo referido a valores morales, de todas las prácticas humanas.

Todos, salvo las empresas farmacéuticas, parecemos tener claro que sin una ética que guie la práctica de la medicina, y su investigación, el mundo es un lugar más cruel. Pero, ¿qué ocurre con la ciencia en su sentido más estricto y contemporáneo?

El conocimiento de la naturaleza; la física, la biología, la geología, y cualquier otra rama que se considere con un amplio consenso ciencia, en un sentido estricto, no posee más valor que el del conocimiento de por sí, de cómo funciona nuestro universo,  ya sea en esa escala microscópica que nos hace olvidar lo pequeños que somos, o macroscópica, que nos lo recuerda, o eso se afirma en principio. Gran parte de los científicos defenderán la neutralidad de sus investigaciones en base a la búsqueda del conocimiento, desligando el uso o la aplicación que se dé a los mismos de su trabajo, de sus descubrimientos. La mayoría pareciera que se encuentran instalados en una burbuja libre de influencias que contaminen su trabajo, desgraciadamente, la historia y la experiencia da suficientes muestras de que esto no es cierto. No es que pretendamos que la máxima del político y filósofo romano Cicerón sea aplicable hoy día en su integridad; la ciencia que se aparta de la justicia, más que ciencia debe llamarse astucia, pero es evidente que los científicos que desarrollaron la bomba atómica eran plenamente conscientes, ideológica y éticamente, de las implicaciones de sus descubrimientos científicos. Hoy día, con la genética en el estado de ebullición en el que se encuentra, y con miles de millones de avariciosas empresas dependiendo de sus avances, y de su mercantilización, es evidente que los valores, del puro beneficio, no precisamente éticos, no solo tienen algo que decir, sino que se encuentra presentes a la hora de decidir qué tipo de medicamentos se investigan, qué precio alcanzan, más allá de sus costes, qué enfermedades son más rentables de investigar y cuáles permanecen en el olvido, por no reportar beneficios económicos su investigación. En el siglo XXI  la manipulación genética abre abismos éticos, difícilmente evitables, a pesar de las presuntas burbujas neutrales de los científicos a la hora de investigar.

La ciencia es social, todas, las naturales y las humanas, y en tanto que es social, sus investigaciones, sus aplicaciones técnicas, su financiación, sus objetivos, dependen de valores, y su vinculación con la ética es inevitable. La  física, si la ponemos como ejemplo de ciencia en el más estricto sentido, tiene dos objetivos, uno producir conocimientos, otro, utilizarlos para intervenir en el mundo. Dos objetivos que todas las ciencias comparten, más allá de sus metodologías, más allá de la exactitud de sus predicciones, más allá de su capacidad explicativa de los fenómenos, sean físicos o sociales. No hay ninguna duda que el pensamiento ilustrado, caldo de cultivo de las ciencias tal y como hoy día las conocemos, promovía este segundo objetivo en tanto que nos permitía a los seres humanos, comprender, sí, pero para transformar, como la historia ha demostrado desde el siglo XVIII en adelante, y a pesar de las buenas intenciones ilustradas iniciales, no siempre para mejor. No cabe duda que los avances científicos han mejorado considerablemente la calidad de vida de los seres humanos, pero eso no puede evitar que potencial, y prácticamente, haya usos que perjudiquen esa misma calidad de vida y que pongan en cuestión la ética de sus posibles aplicaciones.

Si sumamos a eso las ventajas sociales de aquellos que lo poseen todo y las desventajas de aquellos que poseen bien poco ¿estamos dispuestos a pagar el precio de dividir a la especie humana  en clases con diferentes capacidades y destinos ya desde su concepción? 

Tenemos el reciente caso de la manipulación genética de embriones para evitar enfermedades congénitas, algo muy loable en su pura intención, y a lo que es difícil poner un pero previo, pero esa misma investigación, si no se controla éticamente por comités con capacidad de vigilar activamente su aplicación, puede dar lugar a situaciones claramente inmorales, como que aquellos con dinero puedan tener hijos con mayor potencial genético, no solo libres de enfermedades posibles, sino con otras mejoras. Si sumamos a eso las ventajas sociales de aquellos que lo poseen todo y las desventajas de aquellos que poseen bien poco ¿estamos dispuestos a pagar el precio de dividir a la especie humana  en clases con diferentes capacidades y destinos ya desde su concepción?          

La ciencia, en sus diversas ramas, exactas o sociales, independientemente de su metodología, buscan el rigor, la coherencia, la fiabilidad de sus teorías, que pueden caer y ser sustituidas por otras con mayor capacidad predictiva, o que corrijan errores, porque la duda constante en la búsqueda de la verdad es otra variable que diferencia a las ciencias de las meras creencias. La búsqueda de la verdad, no es además, el único objetivo de la ciencia, porque esa búsqueda la practicamos seres humanos, con nuestros límites, nuestros contextos personales y sociales, con determinados valores, y a eso se suman los valores colectivos de empresas o sociedades que a su vez determinan los caminos hacia esa búsqueda de la verdad. Rigor y dependencia de valores no son incompatibles en la ciencia, son un hecho, y como tales, aparte de ser exigentes en mantener la coherencia, el rigor, las pruebas constantes que pongan en duda las teorías científicas, debemos analizar igualmente los valores que dirigen la investigación científica, y los valores que determinan la aplicación técnica de los resultados encontrados. Y como todo valor ético, debemos someterlos a debate social y a control social, no vaya a ser, que el mundo se transforme para unos pocos para bien, y para otros muchos para mal.                                                                    

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”