Un verano en el Parque de las Ciencias.

El cientifismo o cuando la ciencia se torna dogma

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 12 de Junio de 2016
Fotograma de 'The Matrix Reloaded'
Warner Bros
Fotograma de 'The Matrix Reloaded'

"Al igual que todos los jóvenes, me proponía ser un genio, pero afortunadamente intervino la risa".

Clea, Lawrence Durrel.  

Jacqueline Russ define en su Léxico de filosofía al cientifismo como aquella tendencia a considerar que las ciencias, especialmente las ciencias físico-químicas, ofrecen el único modelo de verdad y de conocimiento válido. Las palabras tienen poder, los lenguajes delimitan los sentidos y los significados que están detrás de los mundos en los que vivimos. Las palabras son peligrosas. Y pocas palabras tienen tanto poder y autoridad, tanto en su uso cotidiano, como académico, como la palabra ciencia. Por eso mismo deberíamos conocer con precisión el uso que le damos. Con tan sólo hacer referencia a ella pretendemos cargar de peso nuestros argumentos. Y en muchos casos, estaríamos en lo cierto, porque nada es tan peligroso para la sabiduría humana, y lo que es peor, para nuestra propia integridad, vital y moral, que caer en la seducción de la apariencia de conocimiento de aquellas disciplinas que pretenden aprovecharse de la reputación de los conocimientos científicos, en su alcance y resolución predictiva. Esas llamadas pseudociencias, algunas reconocidas en su falsedad por la mayor parte del mundo académico, y otras que aun esconden su perverso juego de seducción bajo su paraguas. Pero el poder y la autoridad que se oculta tras el uso de la palabra disimulan otro extremo, igualmente peligroso. Pretender que el único conocimiento valido y por tanto verdadero, es aquel que sigue las estrictas normas de objetividad y causalidad que fundamentan los paradigmas bajo los cuales funcionan esas ciencias (física, química, biología). A esta pretensión que contamina la amplia pluralidad de valores sociales y éticos de nuestras sociedades se le suele llamar cientifismo, y vamos a conocer un poco más de qué se trata y de sus peligros. Pretender aplicar esos criterios a otras formas de conocimiento humano, puede resultar tan peligroso y falaz, como el pretendido pedigrí de verdad científica bajo el que otras disciplinas que carecen de ningún rigor pretenden refugiarse.

El autor de la Crítica de la Razón Pura, responsable del giro copernicano que limitó el ámbito de la filosofía y las ciencias humanas, y elevó al altar del reconocimiento a las nuevas ciencias empíricas, mantiene que la clave está en la causalidad. En las ciencias naturales todo proceso explicativo se basa en la cadena causa-efecto, pretender que todo comportamiento humano se reduzca a esa pretensión es una obsesión peligrosa. Indicaba Kant que precisamente la raíz del querer moral se encuentra en la capacidad humana de romper esa causalidad e iniciar nuevas cadenas causales, más allá del mundo fenoménico de la experiencia empírica. La libertad es posibilitada por la espontaneidad de la razón humana, su capacidad a través de la determinación de la voluntad de extraerse de la necesidad natural, y ser capaces de insertar una radical causa diferente a la natural. Las acciones de los seres humanos están condicionadas por hechos  internos y externos, y en tanto sea así, insertos en series causales, que es posible determinar, o eso pensaba Kant. Pero, en tanto interviene la espontaneidad de la razón se sustraen de la necesidad empírica. La ética es posibilitada por este principio. El deber ser se abre paso sobre el ser. Y la libertad encuentra una puerta de salida al determinismo de la naturaleza.

El filósofo británico Michael Oakeshott distingue entre procesos y prácticas, los primeros, por ejemplo, la producción de clorofila de una hoja, es algo ajeno al ser humano, es posible determinar la ley natural que los rige. Las prácticas son las acciones humanas, desde el simple hecho de decidir leer este artículo, al complejo de decidir (o no) enamorarse. Y dependen de la inteligencia humana, definida en un sentido cualitativo amplio, y no meramente cuantitativo. Y aunque sea posible establecer alguna regularidad, no es posible reducirla al determinismo que encontramos en las leyes que rigen las cadenas de causa-efecto en la Naturaleza. Una pretensión del cientifismo destinada al fracaso.

En realidad, si vamos más allá, la pretensión del cientifismo resulta aún más absurda si recurriendo a la filosofía de la ciencia aprendemos que no es posible probar o refutar de manera concluyente las teorías propiamente científicas. Funcionan explicativamente y predictivamente, sin duda, pero, por ejemplo, Neal Postman, autor de Tecnópolis, nos recuerda las tesis del filósofo Karl Popper; Una teoría es científica única y exclusivamente si está formulada de tal manera que pueda haber experimentos que demuestran su falsedad. Por ejemplo, es imposible encontrar una prueba que demuestre que Dios no existe, pero eso no es una prueba de lo contrario, que existe, sino de que nunca podrá haber ciencia de las creencias religiosas. Ese es otro de los motivos por el que muchos pensadores critican, no la validez en tanto análisis y crítica social del método marxista, sino en tanto pretensión de conocimiento científico que eleva a dogma su capacidad predictiva. Lo mismo podría decirse del psicoanálisis freudiano, es una teoría que está básicamente preparada para dar explicación de cualquier fenómeno. De ahí que muy pronto se desvaneciera para muchos investigadores su uso científico, más allá del valor que su disciplina pueda tener para ayudarnos a entender un poco mejor la narrativa del comportamiento humano. Otra cosa es el debate sobre su valor terapéutico,  que desde hace décadas se encuentra en la balanza de la duda.

 Postman cree que la ciencia social cae en muchos de sus planteamientos teóricos, en sendas cercanas a la infalsabilidad de sus teorías. Sus diseños son tales que es imposible determinar que son falsas, en algunos casos, y por tanto no pueden ser calificadas como científicas en un sentido estricto. Recurre al ejemplo de unos de los experimentos sociales más famosos realizado por Stanley Milgram. Reunió a una serie de sujetos en un laboratorio y bajo técnicas de presión psicológica les convenció de aplicar electrochoques peligrosos a una serie de víctimas inocentes (que eran conocedores de que no eran reales las cargas eléctricas). Su conclusión fue que el 65 por ciento de los sujetos son susceptibles a técnicas de control social. Pero lo único que demuestra este estudio es que, en determinadas condiciones, en determinados lugares, con técnicas de control muy elaboradas, es posible encontrar alguna regularidad, pero en la vida real es imposible encontrar esas condiciones. El mundo no es un laboratorio donde podamos controlar las variables. En la Segunda Guerra Mundial, una parte muy importante de la sociedad danesa bajo ocupación nazi arriesgo su vida para salvar a los judíos. Y ciertamente no consideraban autoridades legítimas a los ocupantes alemanes, pero aun así ese experimento de laboratorio tampoco explicaría por qué sociedades como la francesa o la polaca fueron en general más proclives a seguir la autoridad de los ocupantes alemanes.

Las verdades de los experimentos sociales dependen más de la fuerza narrativa, insiste Postman, literaria, si se me permite la licencia, que de sus procedimientos. Interpretan acontecimientos humanos en base a ejemplos. En realidad, lo mismo que un novelista, y es verdad que en ambos casos aprendemos cosas interesantes sobre el comportamiento humano, pero el novelista no pretende decirnos que es científico. No hay leyes naturales de las que se deriven sus conclusiones. Eso no quiere decir que sus conocimientos no tengan validez y rigor, pero sí que está muy condicionada por los prejuicios del investigador, al igual que la narración en un novelista por su propia personalidad y prejuicios. Unos y otros nos dan poderosas imágenes metafóricas que nos ayudan a comprender el inabarcable fundamento del comportamiento humano, pero que difícilmente podemos pretender que sea científico en el mismo sentido de precisión que una ley natural.

Weber realizó un magnifico análisis del comportamiento de los trabajadores influenciados por lo que él llamó ética protestante, pero igualmente Kafka realizó metáforas muy poderosas sobre el hombre urbano moderno alienado y asqueado de sí mismo. Flaubert plasmó un magnifico retrato de la burguesía romántica y reprimida con Madame Bovary, Marx describió perfectamente al capitalista despiadado, Dostoyevsky al egomaníaco que pretende a través del éxtasis religioso redimirse, y Skinner al hombre automatizado, que pretende utilizar una tecnología benefactora para su redención. De todos aprendemos, del científico a conocer la naturaleza y ser capaces de predecir acontecimientos desencadenados por sus fuerzas, y comprender los complejos mecanismos de las leyes que rigen lo micro y lo macro, desde la biología a la cosmología. En el literato prima la recreación a través de las acciones y los sentimientos de seres humanos concretos, el investigador social, trabaja con la razón, la lógica y la argumentación. Pero ha de tener mucho cuidado en que su definición de ciencia, no vaya a convertir su disciplina de conocimiento científico, en mero cientifismo. Aprender a convivir con el valor que hay detrás de conceptos pluralistas de la verdad o de las verdades, es esencial para el avance no invasivo de la ciencia,  sea humana o natural.   

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”