Granada mil y una

El club de los ofendidos

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Mayo de 2019
'Figura en rojo' (1989), Rufino Tamayo.
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'Figura en rojo' (1989), Rufino Tamayo.
'Una nimiedad nos consuela, porque una nimiedad nos disgusta'. Blaise Pascal

Si hubiera un club en nuestra vida del que todos nos mostráramos seguros de pertenecer, e incluso orgullosos, es el de los ofendidos. Ofensas reales o imaginarias que llenan hasta reventar los tanques de la indignación de nuestra vida. Otra cosa, es el club de los ofensores, si se nos acusara de pertenecer a ese infame club, apuntaríamos otra muesca más en el revolver con el que estamos dispuestos a disparar a quienes presuntamente nos ofenden con tal acusación. Ofendidos siempre, ofensores jamás. Ni qué decir de eso tan arcaico que se llama pedir disculpas, en caso de que las pruebas de nuestra ofensa sean tan evidentes, que sería inútil negarlas. Todo es relativo, en nuestro papel de ofensores haciéndonos los ofendidos. A quién le importa la culpa, cuando ser víctima resulta tan estimulante.

Es sintomático nuestro amor por aquellos que piensan lo mismo, y el odio por aquellos que no, ¡cómo se atreven a ser diferentes! Su diferencia les hace culpables de ofendernos, gravemente, y merecedores de arder en un infierno de fuego valyrio

Un laberinto existencial, el virtuoso arte de hacerse el ofendido, que complica nuestra existencia más de lo que debería, amargándonos por nimiedades, a las que como mucho deberíamos mirar con cierta displicencia, como diría Pascal. Pero, ahí estamos, convirtiéndonos en encolerizadas victimas de ofensas por parte de todos aquellos que no comparten nuestra religión, modo de vida, sexualidad, cultura, equipo de futbol, o llegados a este punto paranoico de nuestra sociedad, nuestros héroes favoritos de Marvel o los creadores de una serie que no le dan dado el final que nos gustaría. Es sintomático nuestro amor por aquellos que piensan lo mismo, y el odio por aquellos que no, ¡cómo se atreven a ser diferentes! Su diferencia les hace culpables de ofendernos, gravemente, y merecedores de arder en un infierno de fuego valyrio.

Hubo un tiempo en que aquellos que sacrificaban seres humanos al altar de los dioses, o del Dios único, se sintieron ofendidos por la manía de otras civilizaciones de impedirles hacer uso de su santo derecho. No digamos la lista de ofensas de las iglesias y religiones monoteístas que dominan el mundo, con los no creyentes, sacrílegos que se atreven a dudar de sus dogmas, ya sean criticándolos desde la razón o satirizándolos, ¡cómo se atreven! En cualquiera de los casos, su misma existencia les ofende, a algunas más que a otras, cierto. Todo vale para aquellos dominados por el dogma, por incoherente que sea, tomemos como ejemplo a esos que se denominan creacionistas, bailando al sol del absurdo con cada excusa que dan para refutar las evidencias científicas, y que siguen sintiéndose ofendidos por que los científicos les digan que ni la Tierra, ni la humanidad, nacieron cuando les dice la biblia, al igual que todos los que condenaron a Galileo por afirmar que la Tierra giraba alrededor del sol. Se ve que no les sentaba nada bien a los tribunales eclesiásticos que nuestro acogedor planeta no fuera el centro del universo, algo parecido a lo que les sucede a los miembros del club de los ofendidos, que no soportan no ser el centro de la existencia.

En el XXI tenemos al feminismo, que tanto ofendió, y tanto ofende, a los guardianes de las esencias masculinas, que graciosamente le ofrecen la libertad a la mujer de peinarse como quieran, o de ser más o menos gordas, pero sin pasarse en otras cosas, como la manera de vestirse, no vaya a ser que pidan a gritos ser violadas

El absurdo de la historia de la ofensa no parece tener fin, en el pasado siglo XX, teníamos a los blancos ofendiéndose porque Martin Luther King se atreviera a ofenderles pidiendo los mismos derechos y libertades para cualquier etnia. En el XXI tenemos al feminismo, que tanto ofendió, y tanto ofende, a los guardianes de las esencias masculinas, que graciosamente le ofrecen la libertad a la mujer de peinarse como quieran, o de ser más o menos gordas, pero sin pasarse en otras cosas, como la manera de vestirse, no vaya a ser que pidan a gritos ser violadas. No deberíamos olvidar, cuando saltan en la prensa noticias de que determinados partidos políticos critican manifestaciones artísticas, mejores o peores, de mejor o peor gusto, que el arte no hace daño a nadie, que el problema se encuentra en la mente del que juzga porque le ofende que otros critiquen sus creencias. Los nazis quemaron no solo libros, que les ofendían, sino muchas obras artísticas de las vanguardias que denominaban arte degenerado. No es lo mismo, dirán aquellos que no soportan que un artista en su libertad pinte, por ejemplo, en una cruz una mujer en lugar de un hombre, para a través de la estética artística sacar del olvido a las mujeres a las que las religiones institucionalizadas han denigrado y olvidado tantos siglos. Pero sí, es lo mismo. Una opinión, una manifestación artística que ponga en juicio tus creencias, acertada o no, no puede hacerte daño, el daño lo hace pretender prohibirla porque no es de tu gusto.

Todo procede de un error básico: Confundir ofensa con daño. Que la gente piense de manera diferente, que lo manifieste, que viva diferente, no nos hace más daño que el dejarnos llevar por la estupidez propia al creerlo

Todo procede de un error básico: Confundir ofensa con daño. Que la gente piense de manera diferente, que lo manifieste, que viva diferente, no nos hace más daño que el dejarnos llevar por la estupidez propia al creerlo. Que nos ofenda que alguien emplee la sátira sobre nuestras creencias religiosas, o políticas, o por la manera que llevamos el pelo, nos enerva, como si debiéramos tomarlo personalmente, y no en el ámbito de libertad que debería ser el caldo de cultivo de una sociedad tolerante. Si con tanto gusto nos adscribimos al club de los ofendidos, deberíamos ser conscientes de que renunciamos a nuestro derecho a ser libres, a pensar diferente, y especialmente, a otra de las pocas cosas que nos diferencian de los animales, el sentido del humor, primordialmente de aquel que nos permita reírnos, en primer lugar, y como premisa previa de la tolerancia, de nosotros mismos.

Friedrich Nietzsche expresaba su estupor en un acertado aforismo; encontramos a menudo una benevolencia inexplicable que nos ofende, porque demuestra que no se nos toma bastante en serio. Es, no nos engañemos, nuestro ego el barómetro que mide nuestra capacidad para sentirnos ofendidos; a más ego, mayores ofensas sufrimos. Se trata de no pasar desapercibidos, algo exacerbado en la era de los selfies. El culpable es ese ego, contaminado por prejuicios, que a pesar de los avances en libertades de nuestra cultura somos incapaces de desterrar. Un ejemplo que no hace tantos años podríamos vivir en nuestras calles, y que desgraciadamente, aun sucede: imaginemos que vamos por la calle, y observamos a una pareja cogida de la mano, en un momento deciden besarse, para mostrar su amor, su afecto. Sonreímos, qué suerte tienen de sentir el uno el calor y el afecto por el otro. Pero cuidado, siempre que sean hombre y mujer, incluso que tengan la misma etnia, si fueran dos hombres, o dos mujeres, o dos personas de etnias diferentes, algo salta en nuestro interior, un estúpido prejuicio. Qué daño nos han hecho, ninguno, salvo mostrar su amor, su afecto y la suerte que tienen de haberse encontrado el uno al otro. Sin embargo, los más extremos del club de los ofendidos, si viven en una sociedad con libertad, en las otras los transgresores terminarían en la cárcel o muertos, dirán que se sienten ofendidos, que pueden hacerlo, siempre que no lo hagan en lugares públicos, o como algún nuevo bárbaro ha dicho recientemente, que se vayan a celebrar su orgullo a cualquier sitio donde no les vean las personas decentes.

Sin embargo, los más extremos del club de los ofendidos, si viven en una sociedad con libertad, en las otras los transgresores terminarían en la cárcel o muertos, dirán que se sienten ofendidos, que pueden hacerlo, siempre que no lo hagan en lugares públicos, o como algún nuevo bárbaro ha dicho recientemente, que se vayan a celebrar su orgullo a cualquier sitio donde no les vean las personas decentes

La gran mayoría de los que lean este texto se mostraran de acuerdo con la barbaridad que supone este ejemplo, o con otros similares que podríamos poner, y dirán que afortunadamente es algo minoritario, salvo para que quieren esconder las manifestaciones del Orgullo gay porque les ofende que estas personas celebren la libertad de poder vivir su amor y su sexualidad libremente. Sin embargo, en su vida diaria, cometen el mismo error, de confundir ofensa con daño. No nos puede hacer daño que alguien critique, o se burle, o satirice, sobre  nuestras creencias, especialmente si lo que muestran es una opinión o critica, y no se vierten mentiras o infundios, que sí pretenden provocar daño. Incluso si así fuera, tan solo nos dañan esas opiniones si las dejamos hacerlo. La tolerancia sigue siendo el mejor antídoto contra la ofendiditis que tanto pulula hoy día. No es nada nuevo, ya Marco Aurelio, que siendo Emperador de Roma tenía en su mano castigar gravemente a aquellos que le ofendieran, procuraba evitar caer en esa espiral, y nos advertía: elimina tu opinión y eliminarás la queja “me han ofendido”. Elimina la queja “me han ofendido” y la ofensa desaparecerá. Porque otro de los problemas de sentirnos ofendidos por nimiedades, o por que otros no admiren, adoren, amen, crean, lo mismo que nosotros, y ejerzan su derecho a mostrarlo, es que entramos en un ciclo que nunca va a parar. Calderón de la Barca, en sus sabias obras de teatro decía: la venganza no borra la ofensa. Vengarnos solo añadirá más daño a una espiral que nunca acabará. Ahora, que debido a la desgracia de Notre-Dame, se ha puesto de moda Víctor Hugo, no estaría de más recordar una de sus más singulares afirmaciones; Quién me insulta siempre, jamás me ofende.

También la madurez de una sociedad se mide, más que por herramientas legales para evitarlo, que todos sabemos fallan, por una educación moral destinada a evitar tanto el número de ofensores, como enseñar a aquellos que pudieran sentirse ofendidos a lidiar con los sentimientos que le provocan, restándole una importancia que nunca debemos darle

Hobbes, que del depredador que habita escondido en la humanidad sabia un rato, nos advierte de la violencia que por, otra vez la dichosa palabra, nimiedades, ejercemos; nimiedades tales como una palabra, una opinión distinta o cualquier otra muestra de infravaloración, ya sea directamente contra la persona o por extensión contra sus familiares, amigos, nación, profesión o nombre. Todo parte de la susodicha confusión entre ofensa y  daño, que a pesar de tanto avance en ciencia y educación, es algo que se resiste en nuestra adoctrinada conciencia. Ya hemos señalado que hay veces que sí  que se pretende hacer daño a una persona o colectivo, no desde luego a través de una obra de arte, que por ejemplo critique la religión, o por chistes o memes, por muy estúpidos o barbaros que sean, sino cuando se busca hacer daño a una persona vulnerable. También la madurez de una sociedad se mide, más que por herramientas legales para evitarlo, que todos sabemos fallan, por una educación moral destinada a evitar tanto el número de ofensores, como enseñar a aquellos que pudieran sentirse ofendidos a lidiar con los sentimientos que le provocan, restándole una importancia que nunca debemos darle. No ofende quién quiere, sino aquello a lo que le damos el poder de hacerlo. Deberíamos grabarnos en el frontispicio de nuestra cultura plural que las opiniones no hacen daño, por muy desacertadas que sean, o por muy hirientes, lo que hace daño, es prohibirlas y censurarlas.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”