Un verano en el Parque de las Ciencias.

Cómo educar para no crear cretinos

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 11 de Agosto de 2019
Fotograma de 'La lengua de las mariposas'.
Fotograma de 'La lengua de las mariposas'.
'La buena vida es la vida inspirada por el amor y guiada por el conocimiento'. Bertrand Russell, 'Lo que yo creo'.

El filósofo británico cuya cita encabeza este texto tenía claro, en un sencillo argumento capaz de persuadir al más tarugo, por qué deberíamos preferir amar que odiar, que sería lo contrario de las preferencias de los cretinos, odiar antes que amar. El sencillo argumento es el siguiente: el amor es mejor que el odio, ya que cuando dos personas se aman pueden ambas hallar la mutua satisfacción, mientras que cuando se odian solo una a lo sumo podrá alcanzar el objeto de sus deseos. Pareciera lógico creer que si juntos somos capaces de conseguir algo parecido a la satisfacción, mientras que enfrentados, como mucho uno lo conseguirá, cuando no perdamos todos, elegiríamos con claridad amar a odiar, e incrementaríamos exponencialmente nuestras posibilidades de tener una vida buena, y a ser posible evitar convertirnos en un cretino más de esos que hacen la vida imposible a los demás por costumbre. No parece ser nuestra primera elección, dado el estado del mundo.

Aprender a través de la educación cómo gestionar nuestros deseos no es sencillo, pero es relativamente posible si empleamos un poco de fuerza de voluntad a la  hora de forjar el carácter, y se trabaja con nosotros desde que somos niños, en las familias y en las escuelas. Como decía el cantante Fito, no siempre lo urgente es lo importante

En un texto sobre el sentido de la ética Russell trata de explicar la raíz del problema; la dificultad para armonizar una vida buena en nuestras comunidades, sin tanto odio y rechazo al otro. Problema que procede del conflicto a la hora de gestionar nuestros deseos, que se presentan de manera acuciante; hambre, sed, sexo, amar, y ser amados, trabajar, descansar, vivir con alguna que otra satisfacción, y todo lo que ello conlleva. Algunos deseos son más fuertes que otros, algunos son más urgentes, otros más necesarios. Toda una jerarquía que no parecemos entender, ya que no nos educan para ello. El problema es que si nos dejamos guiar a la hora de buscar su satisfacción por el que más imperativo se nos presenta, el que más despierta nuestra ansia de satisfacerlo, más urgencia, eso nos guía directos al desastre. Parece que ya  tenemos uno de los primeros elementos necesarios para ayudar en la educación que permita evitar la creación de cretinos: La paciencia guiada por la inteligencia a la hora de gestionar nuestras pulsiones. Un deseo que nos produce satisfacción inmediata, pero que sabemos nos llevará a una posterior desesperación, tiene poco sentido. Algo evitable, si tan solo educáramos nuestra voluntad a través de la fortaleza de nuestro carácter. No en aras a una ortodoxa e idealizada visión del bien moral o para seguir las hipócritas normas morales de las religiones, sino en la búsqueda de nuestra propia satisfacción, placer y beneficio, cuyo disfrute a más largo plazo y de manera más continuada dependerá de nuestra capacidad para gestionar adecuadamente nuestros deseos, las prioridades de su satisfacción y aquello que merece la pena sacrificar y lo que no, para cumplir nuestros objetivos de una vida digna y satisfactoria. O al menos con un mínimo de ambas cosas.

Aprender a través de la educación cómo gestionar nuestros deseos no es sencillo, pero es relativamente posible si empleamos un poco de fuerza de voluntad a la  hora de forjar el carácter, y se trabaja con nosotros desde que somos niños, en las familias y en las escuelas. Como decía el cantante Fito, no siempre lo urgente es lo importante. Algo más complejo es gestionar el choque de trenes de los conflictos entre deseos propios y ajenos en la vida social. Tan complicado es la gestión del conflicto en las sociedades humanas que los líderes políticos, los menos escrupulosos moralmente, claro está, suelen utilizar tretas para que los individuos olviden las propias carencias de las que proceden los conflictos de sus deseos y las proyecten en un enemigo exterior al que culpar de tales males. Odiar al otro es esencial para que nos olvidemos de odiarnos a nosotros mismos. Así de dúctiles somos los seres humanos, y tan fáciles de manipular. Siempre es más sencillo cargar nuestra frustración en los demás, que asumir la responsabilidad propia. Ya tenemos una segunda clave para educar para una vida buena: educar con espíritu crítico, desde que somos niños y en las familias, para ser capaces de asumir nuestra responsabilidad a la hora de gestionar nuestra vida y no ser engañados por quienes quieren manipularnos por interés propio. Culpar a otros, especialmente si en algo se diferencian de  nosotros, en color de la piel, religión, o costumbres, parece ser muy satisfactorio, aunque no solucione nada a medio o largo plazo, tal y como la historia nos enseña, sino que provoque más odio, pero es una maniobra de distracción perfecta para convertirnos en rebaño pastoreados por lobos. A no ser que se nos enseñe a no ser cretinos, con un poco de criterio crítico propio.

Fundamental para no crear cretinos, o no convertirnos en uno: el método verdaderamente vital es la educación, en el amplio sentido que incluye el cuidado del cuerpo y la formación de los hábitos en los primeros años. Mediante la educación pueden cambiarse los deseos de los hombres, de tal manera que obren espontáneamente de una manera social, nos aconseja Russell

Bertrand Russell cree que las fuentes de nuestros deseos son tres: a) las disposiciones naturales, que todos tenemos, aunque varían de una persona a otra en intensidad. Todos venimos a compartir las más básicas, que responden a necesidades de nuestra naturaleza animal. La segunda fuente procede de b) las circunstancias que nos rodean, del contexto personal y social en el que vivimos, y que nos hacen desear unas cosas u otras. Dependen de una interacción entre lo que somos como individuos y aquello que nuestra sociedad nos hace creer que debemos necesitar para cumplir nuestro papel, estatus, etc. Desde la reputación, a objetos que deseamos, los necesitemos o no; cosas que necesitar no necesitamos para vivir o ser felices, pero que se nos hacen imprescindibles. La codicia y el temor al castigo a nuestra codicia, juegan un papel, si nos pillan, o no cumplimos adecuadamente las reglas punitivas de las autoridades  que definen los límites de estos deseos. Hay delincuentes  que pagan por sus excesos y otros que parece que nunca lo hacen. Sea como sea, el miedo siempre gana. El pensador británico establece una tercera fuente de nuestros deseos, que tal y como hemos venido indicando a lo largo de todo el texto es la esencial, c) la educación en tanto fuente creadora y moderadora de deseos.  Fundamental para no crear cretinos, o no convertirnos en uno: el método verdaderamente vital es la educación, en el amplio sentido que incluye el cuidado del cuerpo y la formación de los hábitos en los primeros años. Mediante la educación pueden cambiarse los deseos de los hombres, de tal manera que obren espontáneamente de una manera social, nos aconseja Russell.

Saben muy bien lo que hacen, aquellos que presionan para que en la escuela pública o en la concertada, que en ambas debería ser algo obligatorio, no haya charlas, ni información, ni enseñanza, sobre valores que haga que los niños y las niñas se educen en tolerancia, que aprendan a respetar a aquel que es diferente, en su sexualidad, o en otras cuestiones. Que aprendan que el sexo no se basa en el dominio sino en el respeto, que las mujeres viven en un mundo donde se las cosifica, que se les enseña sumisión a los deseos de los hombres, les dicen cómo es correcto sentirse, cómo es correcto vestirse, cómo es correcto manifestar su amor, y hasta cómo deben sonreír, y mostrarse felices cuando las golpean, maltratan, o asesinan, porque la vida te da golpes. Por qué culpar a la violencia machista en particular, si podemos generalizar.  Y esa profiláctica sonrisa es la mejor respuesta a la violencia ejercida contra ellas, para qué mostrar el sufrimiento o dolor, qué cosas se nos ocurren a los que criticamos las campañas de la Junta de Andalucía.

Todo depende de si nos enseñan que es malo que hombres y mujeres no sean iguales en derechos y oportunidades, que el respeto a los deseos ajenos, y no la imposición, es algo bueno, que ser inmigrante no define la naturaleza buena o mala de una persona, y otros tantos valores tan necesarios que nos jugamos en la educación, como la tolerancia y el respeto a la pluralidad de maneras de vivir

Y sin educar en esos valores, esto nunca cambiará, ni otras conductas que producen odio, y no amor, que abogan por el egoísmo, y no por compartir. Russell insiste en una idea, es imposible actuar con criterio moral y hacer obras socialmente beneficiosas, si nuestros deseos íntimos no nos incitan a hacerlas, y sin educarnos en ellos, imbricándolos en nuestro carácter y hábitos es imposible. Bueno y malo, el uso que de esos términos hacemos socialmente y que se filtran en nuestra educación alimentará unos deseos u otros. Todo depende de si nos enseñan que es malo que hombres y mujeres no sean iguales en derechos y oportunidades, que el respeto a los deseos ajenos, y no la imposición, es algo bueno, que ser inmigrante no define la naturaleza buena o mala de una persona, y otros tantos valores tan necesarios que nos jugamos en la educación, como la tolerancia y el respeto a la pluralidad de maneras de vivir. Si por el contrario, la intolerancia y el odio impregnan lo que es bueno, y tergiversan el uso de aquello que es malo, o lo banalizan o minusvaloran, como la violencia machista, el daño será considerable. El pensador británico lo expresa con estas sencillas palabras: Obra de modo que produzcas deseos armoniosos más bien que discordantes.  

El ámbito que debe garantizar que esto sea así se divide en dos frentes para Russell; el político, que debe armonizar la economía para producir una sociedad más solidaria, justa y tolerante, y el ámbito formativo en la infancia donde debería gozarse de salud, felicidad, libertad, e iniciarse en el desenvolvimiento gradual de autodisciplina. Es en esta etapa de nuestra vida donde el ansia de poder sobre los demás puede moderarse, mostrar las ventajas de la cooperación y de compartir, sobre el egoísmo y la posesión propia. Si desde niños nos enseñaran el respeto a la libertad de los demás, que no nos ofendieran otras maneras de vivir, pensar, o amar, quién duda que el número de cretinos descendería proporcionalmente a la cantidad y calidad de esas enseñanzas. En lo que hagamos ahora en las escuelas enseñando o no cómo gestionar los deseos naturales y sociales, es donde nos jugamos el futuro. Si en lugar de mostrarnos la vida académica como una escalera en la que ir ascendiendo para poder poseer más y más cosas, se nos incitara a crear, a amar el arte, al respeto por el conocimiento científico, a eliminar las supersticiones, a mirar todo conocimiento con espíritu crítico, a dudar, más que a las certezas ortodoxas, entonces podríamos avanzar  hacia esa máxima moral de nuestro filósofo con la que abríamos este texto, y con la que terminamos, pues debería ser el principio y el final de nuestra guía moral: La buena vida es la vida inspirada por el amor y guiada por el conocimiento.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”