Un verano en el Parque de las Ciencias.

Cómo filosofar para inadaptados

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 17 de Marzo de 2019
Tyrion Lannister.
Extraído dela serie 'Juego de Tronos'.
Tyrion Lannister.

'Nunca olvides lo que eres. El resto del mundo no lo hará. Llévalo como una armadura y nunca podrá ser utilizado para hacerte daño'. Tyrion Lannister, Canción de Hielo y Fuego.

Cómo filosofar para inadaptados, o mejor inquirido, cómo es posible filosofar sin serlo. La filosofía nace, también, de la desazón de no encajar en el mundo, de no encontrar un lugar en ese laberinto de convenciones en que hemos convertido la sociedad, de no encontrarnos a gusto con nosotros mismos, de despreciarnos o infravalorarnos, de no encajar en los moldes que otros construyeron para nosotros, y que nos limitan como si nos obligaran a vestir con dos tallas menos. De ser pues, inadaptados. A su pesar, reconocido o no, la mayoría de filósofos lo fueron, de qué otra manera inquirir a esa existencia que tanto nos acuna como nos angustia, y  a esa nada de la que venimos y tanto tememos volver.

De ser pues, inadaptados. A su pesar, reconocido o no, la mayoría de filósofos lo fueron, de qué otra manera inquirir a esa existencia que tanto nos acuna como nos angustia, y  a esa nada de la que venimos y tanto tememos volver

Decía Nietzsche en esa fábula filosófica llamada Así habló Zaratustra que: Yo y Mí están siempre ocupados en hablarse. Después, a veces, llega un amigo y somos tres. El tercero, el amigo, es un corcho que nos impide hundirnos hasta el fondo. Toda una declaración de intenciones de uno de los más ilustres inadaptados de la historia, que en tan sencillo aforismo nos explica las claves del problema y a su vez, su solución; somos inadaptados porque algo se quiebra en nuestro interior, no terminamos de encajar las piezas que han de orientarnos moral y socialmente en un mundo que se nos revela hostil, porque lo es, o suele serlo la mayoría de las ocasiones, y nos retiramos a nuestro interior, aislándonos, convirtiéndonos en inadaptados, o eso nos llaman. Un mundo lleno de extraños que pretenden ser amigos, y amigos que no son sino extraños, pero a su vez, es en ese mundo que tanto nos cuesta comprender, donde a través de la amistad, podemos encontrar, sino la salvación, sí evitar ahogarnos en tanta hipocresía y tanta falsa seguridad de un orden social impuesto, y ser nosotros mismos. En palabras del pensador alemán: Temo que un día se me pueda considerar un Santo. Pues bien, para que se sepa, no quiero ser llamado Santo. Prefiero que se me crea un payaso. Mejor dicho: soy un payaso. Lo diferente no es un problema, es un orgullo, es la mentalidad de rebaño, la comodidad de que otros piensen por ti, te digan cómo amar, cómo vivir, cómo sentir, cómo vestir, qué ver, a quién votar y mil cosas más, que pretendidamente nos uniforman, las que nos arrastran al rincón de la mediocridad, esas imposiciones son el problema.

Lo diferente no es un problema, es un orgullo, es la mentalidad de rebaño, la comodidad de que otros piensen por ti, te digan cómo amar, cómo vivir, cómo sentir, cómo vestir, qué ver, a quién votar y mil cosas más, que pretendidamente nos uniforman, las que nos arrastran al rincón de la mediocridad, esas imposiciones son el problema

La clave del orgullo que uno debe sentir cuando se siente rechazado, se encuentra, primero en aceptarse uno tal y como realmente es, y después, en la búsqueda de la verdadera amistad, y por qué no, especialmente de otros rechazados, de otros inadaptados, tan peculiares como uno mismo. Pocas palabras hay más hermosas, y llenas de sentido en el horizonte de la diferencia, que ser peculiar. La amistad, como en todas las cosas importantes de la vida, y en todos los ámbitos; trabajo, familia o amores, es tan complicada como encontrar un diamante en una mina de carbón, porque en un mundo donde todo ha de encajar en un molde preestablecido, no es fácil encontrar el verdadero significado de la amistad. Por el contrario, nos encontramos con banales sucedáneos que actúan como opiáceos que nos hacen olvidar la miseria de un exilio social, al no encajar donde te dicen que debes hacerlo, ocupar el lugar que debes ocupar, pensar al estilo que se supone que has de pensar, hacerte amigo de quienes te dicen que debes ser, sentir como te dicen que es correcto sentir, o vivir, más pendiente de la aprobación ajena, que de la propia.

Actuamos cegados por abalorios que confundimos con gemas, que nos ofrecen si nos conformamos y encajamos, como si la vida real fueran las redes sociales, y no fuéramos sino los idealizados y adaptados perfiles de nuestros muros, creados para encajar en esa orgia de mediocre postureo que nos embriaga y nos hace creer que la popularidad del número de amigos o seguidores, se traduce en el número de amigos que realmente tenemos. Las palabras, como las usamos, definen los límites de nuestro mundo, y nuestra práctica moral; palabras como disfuncional, que aplicamos a familias que no encajan en la idealizada versión que les compramos a esos vendedores de humo que esclavizan nuestras mentes. Lo normal debería ser, ser diferente, incluso en las familias,  porque, y perdón por el momento Paulo Coelho, como si lo que importara en una familia no fuera el amor, la solidaridad, la comprensión que con generosidad unos y otros se den, y sí encajar en los corsés de esos vendedores de odio que pasean en autobuses. Cierto es, que el mercado tan estandarizado y adaptado a la normalidad, máxima expresión de la mediocridad consumista, elabora nuevos ropajes adaptados a aquellos  a los que en el fondo no dejan de señalarles como inadaptados o disfuncionales, pero siguen siendo igualmente susceptibles de ser explotados. Esa es la gloria del capitalismo, su capacidad de adaptarse para que todo cambie a cambio de que todo siga igual.

La  amenaza a la libertad de expresión, en una de sus formas, ser y parecer lo que uno es, bajo la excusa de que tu diferencia les ofende, les da excusas para arrinconarnos en clichés, que no deja de ser otra manera de pretender controlar nuestras vidas. Qué otra opción nos queda sino aceptar la máxima del emperador filósofo Marco Aurelio, que nos instaba a defendernos de  parecernos a ellos, no siendo como ellos.

Tyrion Lannister, ese genial personaje, icono de los inadaptados, creado por George R R Martin, que existir no existe, salvo en el paraíso de lo disfuncional que es la imaginación, denuncia esa obsesión por tapar y esconder debajo de la alfombra todo lo que no nos gusta: Cuando le arrancas la lengua a un hombre no estás demostrando que sea un mentiroso, simplemente le estás diciendo al mundo que te da miedo lo que pueda decir. La  amenaza a la libertad de expresión, en una de sus formas, ser y parecer lo que uno es, bajo la excusa de que tu diferencia les ofende, les da excusas para arrinconarnos en clichés, que no deja de ser otra manera de pretender controlar nuestras vidas. Qué otra opción nos queda sino aceptar la máxima del emperador filósofo Marco Aurelio, que nos instaba a defendernos de  parecernos a ellos, no siendo como ellos.

Entre los más inadaptados, rechazados, y mal comprendidos filósofos de la historia, nos encontramos con Epicuro, y su Jardín, su escuela, donde aquellos que no encajaban en los moldes de la sociedad del momento encontraron un hueco para aprender a vivir, cuya clave es una amistad más allá de estereotipos y clases sociales, una hermandad, al margen de hipocresías sociales. Esa y no otra era la principal motivación del filósofo nacido en la ciudad de Samos, pero ateniense por herencia, y por convicción. Pocos pensadores han sido tan maltratados, ya desde su misma época, y objeto de injurias, falsedades e insultos, rechazado él y sus seguidores por no adaptarse a lo que supuestamente debía ser una escuela filosófica, como las complacientes herederas del todo poderoso platonismo, cuya herencia utilizaría la propaganda de los primeros jerarcas cristianos para excluir a los que consideraban sus máximos rivales a la hora de ganarse el corazón de los desheredados. Una anécdota relatada por Sexto Empírico nos muestra la peculiaridad de su carácter, y su rechazo a una educación acrítica, algo que durante milenios ha unido a la pléyade de inadaptados cuyo pensamiento y obras cambiaron a mejor, la faz de la humanidad. Siendo estudiante, su maestro pronunció una enigmática frase: En un principio surgió el Caos, a lo qué el muchacho con presteza preguntó ¿y de dónde surgió?, el maestro irritado por que un imberbe adolescente pusiera en evidencia su ignorancia, le respondió que eso era cosa de los filósofos, que ellos sabrían. Ni corto, ni perezoso, le dijo: ¿a qué vengo aquí, a perder el tiempo? Iré a ver a esos filósofos.

La normalidad que nos venden es una sociedad de consumo, unida a la vampirización capitalista de su repudio, para convertirla en una moda más de la que sacar beneficio, agosta la vitalidad de nuestra sociedad

Nobles, esclavos, metecos (inmigrantes), mujeres, incluyendo bellas heteras (mujeres que destacaban por ser independientes, libres en su comportamiento, cortesanas con una amplia educación en música y danza, o en otras artes como la retórica), todos por igual eran bien recibidos, sin clasismos de ningún tipo. La presencia de mujeres, incluso más que la de esclavos fue motivo de chanza e indignación por los guardianes sociales de la corrección, casi como hoy día. La propaganda muy pronto se puso en marcha para desacreditar, al por otro lado, bastante moderado en el consumo de placeres, Epicuro, para desacreditar a su escuela de inadaptados que desafiaban las convenciones y normas sociales de la época. Se les acusaba de practicar orgias y de cualquier tipo de bulos con tal de no permitir que ese afán democratizador que trataba a todo el mundo por igual; mujeres, hombres, inmigrantes, esclavos y ciudadanos, se extendiera. Se les persiguió con saña durante siglos, hasta que prácticamente quedaron extinguidos con la llegada del cristianismo, que no soportaba a aquellos que desde el reconocimiento de la mortalidad del alma humana, ofrecían paz, felicidad y amistad en esta vida, no en la siguiente.

La normalidad que nos venden es una sociedad de consumo, unida a la vampirización capitalista de su repudio, para convertirla en una moda más de la que sacar beneficio, agosta la vitalidad de nuestra sociedad. La democracia no puede subsistir sin respetar, y dejar su espacio a aquellos que se sienten inadaptados, fuera de lugar, comprender su rechazo, y dejarles que sean libres. No juzgar con esa facilidad inquisitorial a quienes acusamos de no encajar, y dejarles vivir. Inadaptados que en su búsqueda  de una amistad sin fronteras clasistas o estereotipadas, encuentran su razón de ser, porque tienen el mismo derecho a la diferencia, que el resto a la normalidad. ¿Cómo filosofar para inadaptados? Dejándoles que sean ellos mismos.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”