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El debate entre ciencia y política y la COVID-19

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 11 de Octubre de 2020
culturacientifica.com
'Al carro de la cultura española la falta el carro de la ciencia'. Santiago Ramón y Cajal

La ciencia, de repente, de ser una marginada a la cola de nuestros tablones de noticias diarias, a quién le importaba los avances en medicina, biología, física, o cualquier otro, si tenemos noticias frescas del nuevo modelo anual del IPhone, ha pasado a tener tal relevancia, que no podemos levantarnos sin leer esperanzados alguna nueva luz proveniente de ella, que ilumine la oscuridad en la que la pandemia nos ha sumido. O quizás, alguna mala noticia relativa a nuevas formas de contagio, la lentitud de una posible vacuna o lo falibles que son los medicamentos recomendados. ¡Maldita ciencia que nos dice la verdad nos guste o no! Verdad que solemos obviar frente a relatos que nos engañan, pero encauzan nuestros temores, odios y frustraciones hacía cualquier culpable que se nos cruce; el gobierno, el extranjero que llega desolado a nuestras costas, o esas feministas que se les ocurrió celebrar el 8M.

La relación entre ciencia y política en medio de una pandemia debiera ser lo más estrecha posible entre ambos ámbitos, para dilucidar qué medidas aplicar. No menos importante tendría que ser la transparencia en la comunicación, para explicar con claridad  las decisiones que se toman, en base a qué criterios y cómo salvan vidas, que es de lo que al final se trata

Hoy día, no hay tertulia política que se precie, en cualquier medio de comunicación, que no haya incorporado a un científico, habitualmente especializado en medicina, biología o en cualquier otro ámbito que pudiera estar relacionado con la salud, para informar, advertir, o ayudarnos a comprender algo de lo que estamos viviendo con la pandemia. Es comprensible, en estos tiempos donde buscamos como ciudadanos un clavo ardiendo al que agarrarnos para tratar de salir de la confusión y el caos en el que la pandemia nos ha envuelto. Necesitamos de la claridad de criterio que puede apórtanos la ciencia. Igualmente, no hay gobierno que no se haya arropado en comités científicos a la hora de elaborar y justificar las políticas, especialmente las más duras para la economía y la ciudadanía, que se han tenido que llevar a cabo. Nuestro país arrastra desde hace tiempo un importante déficit de atención y recursos a la ciencia, que por mucha intención e inversión  que pongamos, no podremos solucionar en unos meses, se necesitaran muchos años de esfuerzos mantenidos. Nada fácil cuando al terminar la pandemia se desplace el interés público, y la política se olvide de “urgencias”. Como decía Fernando Simón; tal vez algún día seamos un país que vivamos de la ciencia, pero ahora vivimos del turismo. No podemos olvidar desgraciadamente, en el panorama que tenemos, la confusión que grupos extremistas ayudados por políticos populistas, han causado negando que el coronavirus existiera, o que era una simple gripe exagerada para controlar nuestra libertad. Esos mismos que se manifestaban con cacerolas porque se les quitaba la libertad…de infectar.

La relación entre ciencia y política en medio de una pandemia debiera ser lo más estrecha posible entre ambos ámbitos, para dilucidar qué medidas aplicar. No menos importante tendría que ser la transparencia en la comunicación, para explicar con claridad  las decisiones que se toman, en base a qué criterios y cómo salvan vidas, que es de lo que al final se trata. Cada una tiene un papel; la ciencia aportando conocimiento y criterios científicos, advirtiendo también, de que se aprende cada día, y que se desaprende, que lo que creemos un día no es una verdad absoluta, que se trata de ensayo y error. La política, gestionando las medidas recomendadas y adaptándolas a otros ámbitos, ajenos a la ciencia, para procurar el mayor bien posible al mayor número de personas. Ni los expertos en un ámbito concreto están preparados para gestionar la complejidad de acciones que afectan a ámbitos muy diversos, ni los gestores políticos están preparados para tomar decisiones en esos ámbitos sin disponer de análisis, criterios y propuestas elaboradas por aquellos que saben del tema en concreto, en este caso nuestra salud.

Algo parecido sucede entre ciencia y política, no se trata de confrontar una con la otra, o desprestigiar a una para elogiar a la otra. Ambas han de trabajar conjuntamente, teniendo bien claro qué labor tiene cada una. No se puede exigir medidas científicas, y luego eludir la responsabilidad de lo que suponen, ni eludir la responsabilidad a la hora de evaluar dificultades en su puesta en marcha o consecuencias, pues esto es cosa de políticos

Esa debiera ser la idea, sin embargo estamos asistiendo, especialmente en nuestro país, a momentos de enorme confusión y desconfianza entre ciencia y política, interfiriendo la una en la otra cuando deberían complementarse, con el resultado de añadir confusión a una ciudadanía atónita, que ya no sabe a qué clavo agarrarse, ardiendo o no.  No se trata de dicotomía entre ciencia y política, como si hubiera que elegir o una u otra, sino de la sinergia de ciencia y política, que es lo que falla, y es la única manera de afrontar una pandemia con éxito. Cuidando la salud por un lado, atendiendo al interés común por el otro. Tan falsa es esa dicotomía entre ciencia y política, como aquella que estuvo, y está, de moda, entre salud y economía. Sin salud, la economía se terminará por hundir, sin cuidar la primera a corto plazo, no hay recuperación económica ni a medio ni a largo. Hasta el Fondo Monetario Internacional avisa de que es mejor para la economía el confinamiento que medidas más laxas que no atajen radicalmente la pandemia. Ese falso dilema salud/economía termina siendo malo para la salud y malo para la economía. Algo parecido sucede entre ciencia y política, no se trata de confrontar una con la otra, o desprestigiar a una para elogiar a la otra. Ambas han de trabajar conjuntamente, teniendo bien claro qué labor tiene cada una. No se puede exigir medidas científicas, y luego eludir la responsabilidad de lo que suponen, ni eludir la responsabilidad a la hora de evaluar dificultades en su puesta en marcha o consecuencias, pues esto es cosa de políticos. Como no se puede eludir, por parte de la política, la responsabilidad a la hora de la toma de decisiones, por duras que sean, en economía, libertades, etc., diciendo que es cosa de científicos, es responsabilidad de la política asumir las consecuencias de su gestión. Una pandemia es cosa de todo el mundo, ciencia, política, y ciudadanía, que también tenemos nuestra cuota (de responsabilidad)

La situación de confusión se agrava  con dos hechos; el primero desde el ámbito  de la política; algunos políticos usan la palabra ciencia, y hablan de criterios científicos sin la transparencia debida, para seguir su propia agenda y ganar lo que los asesores llaman el “relato”. Cuando la política utiliza la ciencia para la confrontación de relatos nada bueno puede salir, entre otras cosas porque el método científico por su propia naturaleza carece de certezas absolutas y está sometido a una serie de cribados críticos a los que la política no sobreviviría. La ciencia no entiende de votos, ni de plazos, entiende de evidencias y contraste de las mismas, de experimentar a través del ensayo y error, de múltiples discusiones sobre diferentes perspectivas de un problema, y asumiendo que toda conclusión puede tener un factor de provisionalidad. Necesita un continuo testeo de sus evidencias y sus soluciones no son mágicas. Así funciona la ciencia, pero no la política, y tampoco debería, son dos cosas bien distintas. Alejarnos de maniqueos enfrentamientos entre ciencia y política, como si hubiera que elegir una u otra, blanco o negro, es la solución. Una ha de guiar, la otra decide en base a las evidencias científicas, e implementa como aplicar la mejor solución teniendo en cuenta todos esos factores ajenos a la ciencia que complican cualquier análisis científico.

Extremismos a los que lo último que preocupa es el reino neutral de la ciencia, que por otro lado tampoco existe como tal. Ni todo científico ha acertado desde un principio en decirnos cómo actuar, ni toda actuación política se ha dejado llevar por el relato. En ambos campos ha habido errores y aciertos

El segundo hecho, que añade confusión, es que ante esta situación la ciencia ha reaccionado, con una gran parte de razón, pero también con algún que otro equivoco en sus reacciones, como es el manifiesto “En salud, ustedes mandan pero no saben”. Un manifiesto lleno de argumentos y buenas razones para reclamar que la política deje de lado esta estúpida lucha por el relato y gestione la pandemia atendiendo al bienestar general. Haciendo caso a los análisis y las propuestas técnicas que demandan los epidemiólogos y científicos que están estudiando la pandemia. Hasta ahí perfecto, el problema es que el uso despectivo de la política, que en algún párrafo hacen, no solo le hace un flaco favor a la justicia de sus reivindicaciones, sino que añade confusión al mezclar competencias y no comprender que la política ni es, ni debe ser únicamente dejada en manos técnicas, y reivindicar el necesario papel de la ciencia, de los especialistas médicos, a la hora de elaborar criterios y soluciones, no puede ser a costa de desprestigiar a toda la política, pues eso es abonar que termine por ser peor, para la política, pero también para la ciencia. Esa situación de desprestigio y desconfianza solo puede terminar por abrir paso a soluciones populistas que utilizarán este desprestigio de la política democrática para imponer una agenda mucho más peligrosa que la propia pandemia. Extremismos a los que lo último que preocupa es el reino neutral de la ciencia, que por otro lado tampoco existe como tal. Ni todo científico ha acertado desde un principio en decirnos cómo actuar, ni toda actuación política se ha dejado llevar por el relato. En ambos campos ha habido errores y aciertos.

Más acertado parece el tono, el contenido de ambos manifiestos sigue siendo perfectamente válido e imprescindible, de la reivindicación de una auditoría independiente reclamada por parte de los científicos hace ya unas semanas, para analizar qué medidas han funcionado y cuáles no, e intentar a partir de ahí elaborar una guía útil, tanto para nuevas oleadas del SARS-COV-2 como preparar nuestro sistema de salud para cualquier otra eventualidad potencialmente desastrosa. Aprender de los errores, que debe ser no solo principio de la ciencia, sino de la política. Y ahí la ciencia le tiene ganado mucho terreno a la política. Un científico está constantemente cuestionado a la hora de dar luz a sus investigaciones, lo hemos visto estos meses con los supuestos medicamentos eficaces, que no lo eran tanto, o con los problemas de control de las vacunas y el alcance de su efectividad. Y si no rectifica por cuenta propia, hay suficientes controles en la comunidad científica para que lo hagan otros y se rectifique una conclusión, si esta se demuestra precipitada. La política adolece de estos controles, y es imprescindible que se dote de ellos, que deje de lado relatos,  captación de votos, y se preocupe por aquello que (todos) dicen hacer; poner en primer lugar la salud. Ciencia y política pueden, y deben, trabajar conjuntamente para el beneficio común, y no es tan complicado, siempre que no convirtamos a la una, o a la otra, en meras herramientas para los relatos que en cada momento nos convengan, para arañar unos míseros votos que cuestan vidas y sufrimiento. Parafraseando a nuestro maltratado nobel de medicina Ramón y Cajal, a la política española le ha faltado durante mucho tiempo la rueda de la ciencia, pero la ciencia también ha de ser consciente que es una rueda entre otras tantas que dirigen el carro de nuestra vida, y o vamos unidos en la misma dirección, o quién sabe si no terminaremos descarrilando.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”