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La democracia en la Atenas de Pericles

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 28 de Mayo de 2017
Fidias mostrando el Partenón a sus amigos. Sir Lawrence Alma-Tadena, 1868.
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Fidias mostrando el Partenón a sus amigos. Sir Lawrence Alma-Tadena, 1868.

'La felicidad es dada por la libertad, y la libertad por el coraje'. Pericles, Elogio fúnebre.

Atenas, siglo V a. C., considerada la edad de oro de la Grecia clásica y el nacimiento de la democracia. Ciudad de uno de los estadistas más recordados en la historia de la humanidad, Pericles. Fue su tío abuelo, Clístenes, el que con sus reformas inició las semillas de la democracia que encontraría su culmen en el político ateniense. Un culmen, que, salvando las injusticias propias de la época-no podían participar activamente en política ni los esclavos ni las mujeres- aún se utiliza para equiparar sus logros con los actuales de las democracias modernas. Lo más curioso de Clístenes fue que su llegada al poder estuvo impulsada por los espartanos, que no eran los más progresistas de la época, esperando que aprovechando su influjo al derrocar a la tiranía existente, implantara una oligarquía aristocrática de corte conservador, que mantuviera relaciones de subordinación con ellos. Lección de historia política vigente hoy día, que nos enseña que, a veces, las estratagemas conservadoras para colocar en puestos de responsabilidad a personajes más afines, que tengan una imagen más amable que ellos, con la pretensión de mantener sus intereses, pueden provocar efectos contrarios. Clístenes promulgó su reforma en el 508 a.C., entre otras medidas introdujo el sufragio universal de los ciudadanos, el sorteo para ostentar cargos públicos, con el fin de evitar la corrupción, que como vemos es tan antigua como la misma humanidad, y el equilibrio de todas las clases sociales en la gestión de los asuntos de la polis. Se acabó así con la restricción de que para poder ejercer un cargo público hubiera que pertenecer a una clase noble o tener determinado nivel de renta. 

Uno de los elementos más polémicos introducidos por el jerarca ateniense fue el ostracismo. La asamblea de ciudadanos podía decidir que uno de ellos acumulaba demasiado poder y prestigio político, y eso le convertía en un peligro para la propia democracia. Tras la votación mayoritaria se podía decidir enviarlo 10 años al exilio, que tan solo podía revocarse con otra votación popular de la asamblea

Uno de los elementos más polémicos introducidos por el jerarca ateniense fue el ostracismo. La asamblea de ciudadanos podía decidir que uno de ellos acumulaba demasiado poder y prestigio político, y eso le convertía en un peligro para la propia democracia. Tras la votación mayoritaria se podía decidir enviarlo 10 años al exilio, que tan solo podía revocarse con otra votación popular de la asamblea. Una medida que fue muy criticada, ya en esa época, porque permitía el abuso de la voluntad popular para eliminar adversarios políticos. Ahí si encontramos en el haber de las democracias modernas introducir los mecanismos de equilibrio e independencia de poderes para intentar evitar abusos de este tipo. Una de las anécdotas más conocidas de esta época, como crítica al sistema del ostracismo, fue la de un político ateniense, Arístides, que dirigiéndose desde su casa a la asamblea que iba a votar su exilio, se encontró con un labriego que no le reconoció y le pidió que inscribiera su nombre en la piedra que se utilizaba a modo de papeleta electoral. Arístides, que debía tener algo de sangre fría, sin inmutarse, le escribió su propio nombre en la piedra al labriego, tras lo cual,  le preguntó qué le había hecho ese personaje  para merecer ese castigo. Nada-le respondió el labriego- pero estoy harto de oír como le llaman Arístides el justo

Los impuestos en la Atenas de Pericles no funcionaban como los de nuestra época. Las liturgias era la forma en la que los ciudadanos más pudientes contribuían al bienestar y a la defensa militar de la ciudad. En lugar de que su dinero fuera directamente al Estado, ellos se encargaban de patrocinar directamente actividades culturales, sociales o militares. Cada año se sorteaba quiénes, entre los ciudadanos con un elevado poder monetario, patrocinaban los festivales o se convertían en trierarca; durante un año habrían de mantener el trirreme que se le asignaba, más allá de un soporte básico que sí que provenía del erario público. Recordemos la importancia del cuidado de los barcos militares en Atenas, la gran potencia marítima de la época. 

Los impuestos en la Atenas de Pericles no funcionaban como los de nuestra época. Las liturgias era la forma en la que los ciudadanos más pudientes contribuían al bienestar y a la defensa militar de la ciudad

Una de las principales reformas patrocinadas por Pericles fue introducir un salario de dos óbolos por día a cada ciudadano que tuviera que ejercer de jurado. Cada año se elegían por sorteo 6000 ciudadanos, que luego eran asignados también por azar a juzgar cada caso. Esto permitía que las clases más desfavorecidas también pudieran involucrarse activamente en la administración de la justicia, ya que sin esa ayuda a pesar de la letra de la ley que se lo permitía, hubiera sido imposible que se dedicaran a ella. Otras medidas instauradas en la época fueron el theorikón; una subvención que permitía a las clases populares asistir al teatro. El teatro que era algo mucho más importante de lo que resulta hoy día, pues allí cada representación era un rito social, y gran parte de las obras que se estrenaban trataban de cuestiones de actualidad política. En las tragedias de manera más moderada y en las comedias de manera más sarcástica, pero en ambas se hacía crítica política de los jerarcas del momento, incluyendo al propio Pericles. Digamos que esta subvención le permitía al pobre estar al tanto de lo que se cocinaba en la ciudad, y sentirse parte de ello. Medidas de este tipo fueron incorporándose poco a poco, desde un sueldo a los miembros del Consejo, a los magistrados, e incluso subvenciones a los ciudadanos que pudieran tener más dificultades para asistir a las asambleas donde se trataban los temas de gobierno de la ciudad. La Atenas del siglo V a. C. era consciente que sin medidas concretas de carácter económico que hicieran reales el espíritu de la ley, ésta  se convertía en papel mojado. Cuántas veces hoy día debatimos sobre el derecho a la vivienda en la Constitución española, que no vale para nada, o el derecho a poder llevar una vida digna, pero nos encontramos con que todo queda en papel mojado si no encontramos ayudas públicas reales que equilibren los desequilibrios de nuestra sociedad. El debate que estos meses ha llegado al Congreso sobre un salario mínimo vital que permita un mínimo de vida digna a cada ciudadano y a cada ciudadana, hubiera encajado perfectamente en el espíritu de la Atenas del siglo V a.C. Estas medidas suponían un avance radical en la democracia, pues al establecerse por ley, impedían que el patrocinio de los más poderosos fuera utilizado como un arma política demagógica, al comprar voluntades. De esta manera, cada ciudadano tenía posibilidades de participar activamente en política independientemente de quién estuviera en cargos de responsabilidad en ese momento e independientemente de su situación económica o social. 

En la Atenas de Pericles el órgano central de gobierno era el Consejo de los 500 (la bulé), elegidos por sorteo, que elaboraba la agenda de temas a debatir en la Asamblea (ecclesía) y entre sus funciones se encontraba el control de las finanzas de la ciudad, de los magistrados (los arcontes), la mayoría elegidos también por sorteo, y de las obras públicas

En la Atenas de Pericles el órgano central de gobierno era el Consejo de los 500 (la bulé), elegidos por sorteo, que elaboraba la agenda de temas a debatir en la Asamblea (ecclesía) y entre sus funciones se encontraba el control de las finanzas de la ciudad, de los magistrados (los arcontes), la mayoría elegidos también por sorteo, y de las obras públicas. Se ocupaba igualmente de las relaciones exteriores, de la diplomacia. El tribunal popular (heliea) también era elegido por sorteo, tal y como vimos más arriba. Por tanto el poder judicial, el legislativo y el ejecutivo dependían del sorteo en un porcentaje significativo. El tiempo de permanencia en los puestos era muy breve, para evitar las tentaciones de hacer del uso de los mismos una profesión, y para favorecer la rotación entre todos los ciudadanos; ser miembro de un tribunal solía durar un día, los miembros del consejo o magistratura lo  ostentaban durante un año, en el que recibían un salario. No se podía ser miembro del Consejo durante más de dos mandatos no consecutivos. De esta manera un alto porcentaje de los ciudadanos terminaba por detentar unas u otras responsabilidades en cualquiera de los tres ámbitos de gestión de la cosa pública.

El sistema quedaba así; la asamblea popular donde participaban los ciudadanos se ocupaba de votar las leyes y elegir a los funcionarios de alto rango. El Consejo de los 500 proponía las leyes, elaboraba la agenda de la asamblea popular, controlaba la labor de los magistrados y ejercía la política exterior de la polis. El Tribunal popular constaba de 6000 ciudadanos elegidos cada año por sorteo, de los cuales se elegían por el mismo sistema los que se ocupaban de los tribunales particulares de cada juicio diario. Estos tribunales tenían funciones parecidas a los de nuestra justicia, decidían entre los conflictos civiles entre ciudadano y también vigilaban la legalidad de las decisiones de la Asamblea. No existía una policía como tal con funciones de investigación, más bien se ocupaba del orden público o de ejecutar las sentencias. A veces, para salvaguardar el orden en las ocasiones sociales, esclavos pertenecientes al Estado se ocupaban de esa labor, o mercenarios escitas, armados con arcos.

Las Magistraturas eran un sistema mixto con una mayoría de funcionarios sorteados entre los ciudadanos y un número menor, cien, elegidos directamente por la asamblea

Las Magistraturas eran un sistema mixto con una mayoría de funcionarios sorteados entre los ciudadanos y un número menor, cien, elegidos directamente por la asamblea. Eran los encargados de ejecutar las decisiones legislativas. La asamblea popular, principal órgano soberano se celebraba cerca de la Acrópolis, en la colina de la Pnyx; ante cualquier catástrofe o acontecimiento de especial gravedad, natural o militar, no existía un órgano de gobierno que “masticara” la noticia y decidiera como transmitirla a la gente, los heraldos convocaban a la asamblea donde delegados moderaban el debate y los principales líderes hablaban, aunque cualquier ciudadano podía tomar la palabra. Y allí se decidía por votación la política a seguir. La asamblea tenía la última palabra siempre, podía en cualquier momento devolver una ley enviada por el Consejo de los 500, si no la aprobaba, para que la reelaborara o la dejara en el cajón. Imagino que algunos pensaran que las asambleas podían ser un lío de mucho cuidado, pero lo cierto es que el sistema funcionaba, y de hecho, si algún ciudadano pretendía entorpecer el funcionamiento con propuestas estúpidas o simplemente con la idea de perder el tiempo, se arriesgaba a ser fuertemente sancionado. Cuando finalmente una medida era aprobaba su formulación siempre empezaba por: La ciudad y el pueblo han decidido que…

No era un sistema perfecto, ni la utopía perfecta, pero tras dos mil quinientos años de historia de la humanidad, tan solo basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que aún tenemos mucho que aprender del espíritu de estos audaces atenienses que se atrevieron a poner en marcha un sistema democrático de gobierno, cuyos ecos aún resuenan con fuerza en las ansias de libertad de cada uno de los seres humanos que aspira a convertirse en algo más, ciudadano o ciudadana, conscientes de sus deberes como tales, pero igualmente con plenos derechos sobre nuestro destino común.  
Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”