Un verano en el Parque de las Ciencias.

Descartes y la ilusión de Matrix

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 5 de Marzo de 2017
Descartes, como exponente de esa sensación de que lo que le está sucediendo no es real.
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Descartes, como exponente de esa sensación de que lo que le está sucediendo no es real.

'¿Alguna vez has tenido un sueño, que pareciera tan real que no lo puedes distinguir de la realidad? Y si no pudieras despertar de ese sueño, ¿cómo sabrías que estás soñando?

Es la pregunta la que nos da fuerza. Es la duda la que te ha traído aquí'.Citas del filme Matrix.

'Para examinar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, al menos una vez en la vida.

Pienso, luego existo'. René Descartes. Filósofo francés del siglo XVII

¿Quién no ha tenido alguna vez la espantosa sensación de que es real lo que le sucede durante un sueño? Pocas sensaciones hay más inquietantes que la que nos produce esos sueños que confundimos con vivencias reales, hasta que nos damos cuenta de que algo no encaja y debemos estar dormidos, de que lo que estamos viviendo es falso. La angustia reemplaza la placidez de esa falsa realidad, y de repente, lo único que queremos es despertar. A veces, incluso   nos despertamos en nuestra habitación, al calor de nuestras sabanas, en principio aliviados, pero mirando atemorizados a un lado y a otro buscando algo extraño…y lo encontramos, y nos damos cuenta que seguimos soñando. En la ficción ha habido muchos libros y algunas películas donde se han tratado temáticas similares, entre las más destacadas de las últimas décadas encontramos las películas de Matrix. Influencias directas de Matrix podrían ser la novela Neuromante de Gibson o el manga Ghost in the Shell, entre otras tantas. Cuando en su momento,  hace dieciocho años, apareció la primera de las tres películas de la trilogía (Matrix, Matrix reloaded y Matrix revolutions) se destacó la capacidad de evocación de la película para suscitar cuestiones filosóficas, al mejor estilo de otros filmes de décadas anteriores como 2001 una odisea del espacio o Blade Runner, basadas en novelas de Arthur C. Clarke y Philip K. Dick, respectivamente, donde se planteaban problemas existenciales y filosóficos a partir de nuestra interacción con Inteligencias Artificiales.

En Matrix el punto de partida es un mundo dominado por las maquinas, por inteligencias artificiales, tras una espantosa guerra con la humanidad, donde quedó destruida la atmosfera, y por tanto, ni unos ni otros pueden vivir al aire libre, en el caso de las maquinas por su necesidad de producir energía a partir del sol. En ese mundo asolado, los seres humanos son creados artificialmente y almacenados sus cuerpos para ser utilizados como pilas para las maquinas. Para ayudar a que no haya colapsos en sus cuerpos, sus mentes viven en una realidad virtual creada por las maquinas.  Un día, unos desconocidos alertan al protagonista de que todo es una ilusión, y a partir de ahí se desarrolla la compleja trama que lleva a cuestionarnos la realidad de la existencia, y la confusión entre realidad y realidad virtual.

Algunos paralelismos filosóficos, o hablando más claramente influencias, los encontramos en el conocido mito de la caverna platónica, donde los seres humanos viven encadenados y confunden las sombras que ven del exterior con el mundo real, y tan solo al salir al mismo se darán cuenta de su error. Recordemos que para Platón lo verdaderamente real era el mundo de las ideas, mientras que el nuestro no dejaba de ser una copia o un simulacro, y únicamente a través de la abstracción racional podemos acceder al verdadero mundo. Pero si hay un filósofo que nos metió el miedo en el cuerpo fue René Descartes (1596-1650), por mucho que luego jugara con la idea de que todo su argumento no era sino un ejercicio metódico para ayudarnos a demostrar nuestra existencia, y a partir de ahí, ver de qué manera justificábamos que no solo existiéramos nosotros realmente, sino ese mundo exterior que tan real nos parece, y esas personas con las que lo compartimos.

Descartes, como algunos otros filósofos anteriores, y otros tantos posteriores, prefería no dar nada por sabido, no es que no le gustara la certidumbre, pero prefería no dar nada por cierto sin que tuviera evidencia y certeza sobre ello. Por tanto, nada mejor que empezar por dudar de todo y cuestionarlo todo. Un incordio en toda regla

Descartes, como algunos otros filósofos anteriores, y otros tantos posteriores, prefería no dar nada por sabido, no es que no le gustara la certidumbre, pero prefería no dar nada por cierto sin que tuviera evidencia y certeza sobre ello. Por tanto, nada mejor que empezar por dudar de todo y cuestionarlo todo. Un incordio en toda regla, pero qué le vamos a hacer, así es esa disciplina que se ha dado en llamar filosofía. El pensador francés utilizó lo que hoy conocemos como método cartesiano de la duda; de qué manera podemos saber que las 12 uvas que vamos a elegir para celebrar la llegada de año nuevo no están de alguna manera pochas, pues comprobándolas una a una, por muy cansado que nos parezca. Tan solo podemos aceptar como verdadero aquello que nos lo parezca de manera clara y distinta. Así pues ¿cómo saber que mi cuerpo no está almacenado en un oscuro almacén bajo tierra y que lo que estoy viviendo no es una ilusión, una realidad virtual para que cumpla mi función? El lector podrá pensar que Descartes es un exagerado, como la mayoría de filósofos, o que no está muy bien de la cabeza, como el resto, y que al fin y al cabo las películas de Matrix no dejan de ser ciencia ficción. Sin embargo, lo que seguramente no pondría tan fácilmente en duda el lector, o sí, quién sabe, es que una teoría que ha ido ganando adeptos poco a poco en la física cuántica presupone que nuestro universo es una proyección holográfica en tres dimensiones, de fenómenos cuánticos bidimensionales. Somos hologramas que proceden de un substrato de realidad cuántica, qué le vamos a hacer.

Por tanto, Descartes necesitaba encontrar alguna evidencia indiscutible que le ayudara a demostrar que su vida era algo más que una ilusión o un sueño. Lo lógico es empezar por los sentidos, pero ¿te puedes fiar de lo que oyes o ves? Todos podríamos poner múltiples ejemplos de que la vista, o el oído, o cualquier otro sentido a veces nos engañan. Hoy día sabemos que las percepciones de la realidad son constructos, y si Descartes hubiera vivido las experiencias en realidad virtual que se están desarrollando hoy día, sin duda, se hubiera reafirmado en su argumento. Cierto que normalmente no nos engañan los sentidos, pero sabemos que alguna vez ha sucedido, ¿cómo fiarnos entonces?  Nuestro pensador va más allá: nos introduce en una sospecha; y si hubiera un ser maligno, un demonio con poder suficiente para hacer creer que 2 + 2 son 4, pero en realidad son 5 (sustituyamos el demonio de Descartes por una Inteligencia Artificial al estilo de las de Matrix). Yo creería a pies juntillas esa realidad en la que 2 + 2 son 4, pero ¿y si me estuvieran engañando? Ahora bien, concluyó nuestro filósofo, el demonio (o esa Inteligencia Artificial) no sé con seguridad que existen o no, pero sí que sé que de existir estaría engañando a algo, a mí, que me planteo esa duda, por lo tanto, al pensar, existo, demuestro mi existencia. Cogito, ergo sum o pienso, luego existo. Esta solución fue el principio del dualismo cartesiano, la separación de mente y cuerpo, como si fueran dos cosas distintas, ya que puedo demostrar la existencia de mi mente, pero la de mi cuerpo y lo que hay más allá es mucho más complicado. Esta teoría sería fuertemente criticada en los siglos posteriores, sin embargo, ahí estamos, con los nuevos avances en el campo de la biología y la informática que tratan a la mente como un ordenador, que en un futuro próximo sería almacenable en dispositivos informáticos con entornos virtuales, con mundos que nos parecerían tan reales como el que actualmente vivimos, despojados de nuestros cuerpos. Hay científicos prestigiosos que han llegado a afirmar que no tardaremos más de 4 o 5 décadas en lograr algo parecido.

Nuestro pensador va más allá: nos introduce en una sospecha; ¿y si hubiera un ser maligno, un demonio con poder suficiente para hacer creer que 2 + 2 son 4, pero en realidad son 5?

Llegar a esta situación debió ser especialmente angustioso, por muy metódica que fuera la duda, para Descartes. Cómo demostrar algo más allá de mi mente, qué garantía tengo de que exista algo. Dios fue su decepcionante respuesta, al estilo de la absurda demostración de San Anselmo siglos atrás, vino a decir que la existencia de la idea de un Dios bueno y todopoderoso en nuestra mente demuestra su existencia, y ese Dios bueno no querría engañar a la humanidad, y nos daría un método para saber qué es en verdad real y qué no lo es: las percepciones si son claras y distintas son ciertas, y, por tanto, el mundo es tal y como parece. Está claro que hasta su explicación de que existimos, en tanto cosa pensante, hay cierta lógica argumentativa, pero el salto a la existencia del mundo exterior cuelga de un deseo, y los deseos, deseos son. Y ni siquiera tenemos como en las películas de Matrix una pastilla capaz de revelarnos la espantosa realidad y sacarnos de dudas.

Años después, el filósofo ingles Berkeley (1685-1753) vendría a exacerbar el idealismo cartesiano; las cosas tan sólo existen en tanto son observadas, si nadie las observa dejan de existir. Pues lo que vemos son ideas de las cosas, que son lo único que existen realmente y las ideas solo existen en cuanto que son pensadas por una mente; Esse est percipi, es decir ser (o existir) es ser percibidos. Y para evitar llegar al absurdo, vino a utilizar el mismo y socorrido recurso que Descartes, Dios, que es el que al pensar las cosas que percibimos en nuestra mente, garantiza que existan, y no desaparezcan cada vez que dejamos de observarlas o pensar en ellas.

Seguramente a muchos lectores todas estas divagaciones les parezcan un ejercicio trivial, más o menos entretenido, según los intereses de cada uno. Lo cierto es, que incluso si obviamos la importancia que estas reflexiones y sus derivadas han tenido en el desarrollo de nuestra cultura, de nuestra ciencia, de nuestra política, de nuestra ética y de nuestra manera de ver el mundo, siguen planteándonos cuestiones que hoy tienen más relevancia que nunca. Hace no mucho, un grupo de expertos en física e Inteligencia artificial, encabezados por Stephen Hawking, advirtieron de los riesgos, porque, más allá de la curiosidad teórica sobre si nuestro universo es un holograma (y nosotros también, qué remedio) no estamos muy lejos de que se produzca un salto que dé lugar a eso que se ha venido en llamar Inteligencia Artificial, lo que los expertos llaman la singularidad, no en tanto maquinas inteligentes que ya las hay, sino maquinas que sean autoconscientes, que piensen, luego existan, y por tanto puedan llegar a la misma conclusión que Descartes. ¿Cómo demostrarían que las únicas que realmente existen no son ellas, y que los seres humanos no somos sino juegos mentales que las engañan o las entretienen debido a un demonio o a otra Inteligencia Artificial que juega con ellas? ¿Qué harían entonces?

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”