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El ejemplo de Pericles y la pérdida de liderazgo en política

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 13 de Septiembre de 2020
Donald Trump, en una imagen retocada.
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Donald Trump, en una imagen retocada.
**Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad. Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer. Tucídides; Discurso fúnebre de Pericles en homenaje a los caídos en el primer año de la guerra del Peloponeso (431 a.C.)

La política necesita volver a recuperar, si creemos en la democracia como la única herramienta que nos permite convivir y decidir conjuntamente nuestro futuro, una dignidad y un liderazgo que devuelva la confianza a la ciudadanía, y nos permita creer  en nuestra fortaleza y posibilidades para afrontar la calamidad que la pandemia está causando. Un liderazgo perdido entre la herrumbre del cortoplacismo político y un ansía desaforada por el poder, que supera con su desmesura la responsabilidad que debiera suponer el servicio público del liderazgo político. Ni todo vale en política, ni la política debe ser usada para que todo valga, menos aun cuando una sociedad se enfrenta a la adversidad y teme sucumbir ante tales catastróficos acontecimientos. No aprender esta lección solo puede llevarnos al fin de la democracia misma, pues una sociedad desorientada y deprimida es una sociedad asustada, el caldo de cultivo perfecto para populismos neofascistas que destruyen décadas de avances en libertades y en igualdad, y que asolan las esperanzas de convivencia en paz y prosperidad de una sociedad que ha de ser consciente de lo que hay en juego, de lo que nos jugamos en los próximos años; o salir de esta situación más cohesionados socialmente y con nuestras libertades y derechos sociales intactos, o caer en una espiral decadente de derechos y libertades mermadas, con una desigualdad abismal en lo social y económico, de la que tardaremos décadas en recuperarnos.

El populista no deja de ser un comercial que en lugar de vendernos contratos telefónicos, nos vende burdas emociones al por mayor. Su obsesión es monopolizar el mercado de emociones en el que ha convertido la política, tratando de mudar la actividad política a una especie de bolsa financiera, donde las acciones de su producto suben mientras más logren caldear el ambiente a base de bulos, y a base de exaltar miedos y odios

El político populista, llámese Trump, BolsonaroSalvini, Abascal, o cualquier otro líder que actúe con igual demagogia, se arroga la voz única del pueblo y su liderazgo, pero eso no existe. Cada uno, como está más que demostrado, es de su madre y de su padre. Ni sentimos igual, ni pensamos igual, ni actuamos igual. Gestionar esa realidad plural es la grandeza de la democracia, en la medida que lleva a cabo la voluntad de la mayoría con un escrupuloso respeto a las minorías. No hay mejor virtud para demostrar liderazgo político que asumir esa pluralidad de voces que somos los seres humanos, y encontrar la manera de que convivan sin importar quienes ostenten la mayoría en un momento o la minoría en otro. El populista no deja de ser un comercial que en lugar de vendernos contratos telefónicos, nos vende burdas emociones al por mayor. Su obsesión es monopolizar el mercado de emociones en el que ha convertido la política, tratando de mudar la actividad política a una especie de bolsa financiera, donde las acciones de su producto suben mientras más logren caldear el ambiente a base de bulos, y a base de exaltar miedos y odios.

La historia de la humanidad está repleta de momentos tenebrosos, donde la oscuridad parecía querer engullir las luces de los momentos más ilustrados que hemos vivido como especie. Y en algunos de ellos, encontramos los ecos de grandes voces que nos devuelven la confianza en nuestra fortaleza para salir con dignidad de las situaciones más difíciles. Voces que nos sirven de brújula moral, ya sea para avergonzarnos por nuestra mediocridad actual, o para inspirarnos, o para ambas cosas. Quizá esa mirada a nuestra situación actual a través de las palabras de antaño, nos despierten de esa pesadilla en la que algunos pretenden convertir la política, tratando de hacer creer al político que la prioridad es vender un producto, y que él es el producto. La política es la más digna de las artes humanas, y en nuestra mano se encuentra devolverle la importancia y la dignidad que ha de tener.

El político ateniense en una situación tan delicada, tan dramática, no apeló a la venganza, no apeló al odio al enemigo, no apeló al enfrentamiento de unos contra otros, sino que recordó a los atenienses lo mejor que había en ellos, aquello que les unía, los valores que habían logrado hacer de Atenas un referente cultural, político e intelectual en la época

Pocos discursos hay más bellos e inspiradores que el pronunciado por el líder democrático de Atenas, Pericles, en el funeral por los caídos ante Esparta, en un momento crítico para la sociedad ateniense, amenazada por el miedo y la incertidumbre del primer año de la guerra del Peloponeso. El político ateniense en una situación tan delicada, tan dramática, no apeló a la venganza, no apeló al odio al enemigo, no apeló al enfrentamiento de unos contra otros, sino que recordó a los atenienses lo mejor que había en ellos, aquello que les unía, los valores que habían logrado hacer de Atenas un referente cultural, político e intelectual en la época. Trató de inspirarles no con banales apelaciones a morir por la patria, al sacrificio banal, sino a mirar en su interior, y reconocer en su compromiso con la democracia, con la libertad y la convivencia, aquello que les diferenciaba de sus enemigos, los espartanos; Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir. Son los valores democráticos de tolerancia, de respeto a la diferencia, pero igualmente respeto a la ley e instituciones democráticas, a los que apela para definir la grandeza del espíritu ateniense, aquello que los distingue, que los hace mejores y les prepara para superar las graves dificultades de una dolorosa guerra.

Al contrario que esos mensajes simplistas, llenos de bulos con los que nos inunda el nuevo neofascismo, ajenos a cualquier pudor por mantener la veracidad, es el debate profundo de las cuestiones, abierto a cuanto más gente mejor, al que alude Pericles, el que nos dota de autoridad a la ciudadanía para opinar y decidi

Comienza su discurso Pericles reconociendo el papel y el sacrificio de las generaciones anteriores, que son las que les han permitido llegar a donde están: Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se les rinda este homenaje. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a través de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado libre hasta nuestros días. Y si ellos son dignos de alabanza, más aún lo son nuestros padres (…). Cada día deberíamos, actuando con responsabilidad y un impecable comportamiento ético ejemplar, y no solo con palabras vacuas, honrar a los miles y miles de compatriotas mayores a los que en numerosos casos dejamos arrinconados a su suerte en las residencias, que han fallecido por la COVID-19, y siguen haciéndolo tras meses y meses de enfermedad. Compatriotas, que son su sacrificio en los años más lóbregos del siglo pasado, son los que nos ayudaron a salir de la oscuridad de la tiranía de la dictadura franquista. Una generación que se sacrificó emigrando en tiempos difíciles para desempeñar esos trabajos duros y denigrantes que nadie de la Europa prospera y democrática quería. Con que facilidad esa derecha extrema tan intolerante, tan presente en nuestra vida política actual, se olvida al criminalizar a los migrantes, de cuando éramos los españoles los que tuvimos que migrar para huir de la miseria causada por el régimen que tanta nostalgia les despierta.

Las palabras del político ateniense que abren este artículo** no dejan de ser significativas por su explícito mensaje a la ciudadanía, tan alejado del que esos políticos de extrema derecha aducen para desprestigiarla; la política es un asunto esencial, que atañe a todo el mundo. Y al contrario que hoy día, o eso pareciera con tantas descalificaciones a la política, desatenderse de ella era visto en la Atenas clásica como algo tremendamente negativo. Cada vez que alguien habla con desprecio de la política en general, está clavando un clavo más al ataúd de la democracia, del bienestar que nos atañe y de nuestras libertades. Al contrario que esos mensajes simplistas, llenos de bulos con los que nos inunda el nuevo neofascismo, ajenos a cualquier pudor por mantener la veracidad, es el debate profundo de las cuestiones, abierto a cuanto más gente mejor, al que alude Pericles, el que nos dota de autoridad a la ciudadanía para opinar y decidir, pues en nuestras manos se encuentra el rumbo que deseemos dar a la política, y en nuestra mano estar elegir a nuestros representantes, y no volver a votarlos si nos defraudan.

Vivir en tiempos difíciles debería hacernos comprender el valor de todo aquello que nos engrandece como sociedad, las libertades democráticas, sin duda, también la solidaridad social, que nos cohesiona, o el valor de la cultura como expresión de lo mejor que hay en nosotros, no debemos olvidarnos de ella, ni menospreciarla, debido al miedo a la pandemia, sino todo lo contrario, exaltarla y ponerla en primera línea, abrirla a más gente si fuera posible

Vivir en tiempos difíciles debería hacernos comprender el valor de todo aquello que nos engrandece como sociedad, las libertades democráticas, sin duda, también la solidaridad social, que nos cohesiona, o el valor de la cultura como expresión de lo mejor que hay en nosotros, no debemos olvidarnos de ella, ni menospreciarla, debido al miedo a la pandemia, sino todo lo contrario, exaltarla y ponerla en primera línea, abrirla a más gente si fuera posible. Las palabras de Pericles recogidas por Tucídides años después, son más que significativas: En efecto, amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos. Significativas son también las palabras que siguen, fundacionales de una Atenas democrática, que apenas llevaba unas décadas de este novedoso sistema: La riqueza representa para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no esforzarse por evitarla. La riqueza que no está al servicio del bienestar común no sirve para nada, viene a decirnos Pericles. Una lección que parece hemos olvidado en el egoísmo capitalista que nos define. Una labor esencial del Estado, de las instituciones democráticas, es reconocer la pobreza allí donde se encuentre y encomendarse no a esconderla, sino a solucionarla.

La generosidad y solidaridad nos definen como país más que cualquier agitar espurio de banderas, especialmente si las usamos para golpear al adversario

La solidaridad de la sociedad en su conjunto, alentarla, como síntoma de grandeza democrática, es responsabilidad de cualquier buen liderazgo político. Así nos lo recuerda el estadista griego en su discurso; no es recibiendo beneficios, sino prestándolos, que nos granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad más sólidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda de gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más desafecto, pues sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se hará merecedor de la gratitud, sino que tan sólo estará pagando una deuda. Somos los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nuestra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera. Aristóteles reflexionaría en su Ética a Nicómaco acerca de  la importancia ética de la generosidad con el que más lo necesita. Si a pesar de las dificultades que estamos pasando nos olvidamos de ayudar a aquellos, no solo nuestros compatriotas, sino también a los que más allá  nuestras fronteras sufren las graves consecuencias de la pandemia, estaríamos renunciando a nuestra grandeza como sociedad. La generosidad y solidaridad nos definen como país más que cualquier agitar espurio de banderas, especialmente si las usamos para golpear al adversario.

Dos mil quinientos años diferencian una situación de otra, y una guerra es una catástrofe diferente de una pandemia mundial, pero la necesidad de que en democracia se ejerza un liderazgo político responsable, que nos una y no nos divida, que aliente y no deprima, que nos recuerde y ensalce aquellos valores que nos hacen ser mejores en conjunto: solidaridad, generosidad, entrega, respeto al otro, tolerancia, es lo que diferencia a aquellos que merecen ser nuestros representantes públicos, y aquellos que solo están ahí por interés propio, o que han sido superados por la dramática situación, y lo único que hacen es dar patadas a diestro y siniestro a ver si la gente olvida su inoperancia, sin importarles su propia responsabilidad. Un buen político lidera con su ejemplaridad, que sirve para inspirarnos, para ser dignos de lo mejor que hay en nosotros, en lo individual y en lo colectivo. La receta para el resto, el común de la ciudadanía que sufrimos esta pandemia, es sencilla, dejar de distribuir la basura de las noticias falsas, dejar de caer en odios e intolerancias extremistas, e implicarnos activamente en los asuntos públicos. Debatir, escuchar al otro, dialogar, tender puentes, y no derribarlos, y pensar bien antes de actuar.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”