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Enemigos íntimos: liberalismo versus comunitarismo

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 25 de Noviembre de 2018
Fotograma de 'The Crowd' (1928), dirigido por King Vidor.
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Fotograma de 'The Crowd' (1928), dirigido por King Vidor.

El hombre no puede, por sí solo, sino muy poca cosa; es un Robinson abandonado; solo en comunidad con los demás es poderoso. Arthur Schopenhauer.

El sistema liberal, que tantos bienes ha producido a la humanidad, pero a la que igualmente ha llevado a unos cuantos callejones sin salida, se encuentra en una profunda crisis; política, social y moral. Las raíces de esta crisis vienen de lejos, desde los orígenes de su hegemonía en occidente, a partir de la Revolución francesa y el auge cultural de los movimientos ilustrados. En el siglo XIX encontró profundas reticencias en los movimientos tradicionalistas y reaccionarios, encarnados en el romántico ideal de nación. En el siglo XX el fascismo devastó un sistema resquebrajado por el auge del nacionalismo, las secuelas de la Primera Guerra Mundial y las crisis económicas del capitalismo, pero tras la Segunda Guerra Mundial, parecía que los sistemas liberales entraban en un periodo de estabilidad que prometía tiempos felices, especialmente con el auge del Estado de Bienestar en Europa occidental y el establecimiento de un sistema bipartidista que procuraba estabilidad. Un liberalismo democrático que oscilaba entre más liberalismo económico o más bienestar y protección social, pero con un sistema político relativamente estable y unas libertades democráticas consolidadas. Todo ello ha entrado recientemente en ebullición, con crisis de legitimidades del sistema liberal democrático, incremento del autoritarismo y la xenofobia, y el sistema bipartidista saltando en pedazos. A la cocción se añade auges desaforados de nacionalismo y semillas de movimientos fascistas que crecen en popularidad vertiginosamente. Todo ello acompañado de líderes políticos desquiciados, y un desconcierto moral que se encuentra en el origen de una desorientación social inédita en tiempos contemporáneos.

La naturaleza del ser humano es tribal, comunitaria, en sus genes ancestrales se encuentra grabado a fuego la necesidad de otros para sobrevivir. Necesitamos identificarnos con otros con los que compartimos hábitat para dotarnos de un sentido, ante la incapacidad de encontrar uno propio, y para protegernos, de nosotros mismos y de los demás

La naturaleza del ser humano es tribal, comunitaria, en sus genes ancestrales se encuentra grabado a fuego la necesidad de otros para sobrevivir. Necesitamos identificarnos con otros con los que compartimos hábitat para dotarnos de un sentido, ante la incapacidad de encontrar uno propio, y para protegernos, de nosotros mismos y de los demás. Somos animales tribales, y como tales desde nuestro nacimiento como especie nos hemos apoyado mutuamente. En la prehistoria los yacimientos arqueológicos nos han mostrado como existía esa solidaridad y esa protección, donde los fuertes cuidaban de los débiles, incluidos los ancianos, que poco o nada podían aportar ya, más allá del apreciado valor de la experiencia, y del respeto por su contribución a la supervivencia de la tribu. Miles de años después, la maduración de  la civilización que ha acompañado la creación de los Estados, no ha borrado la huella cultural y la añoranza de esa necesidad de refugio.

En los años ochenta del pasado siglo una serie pensadores, en clave social, política y moral, aventuraron el desatino de los sistemas liberales, que habían socavado tanto las comunidades y dado tanto poder al individuo y al Estado, que terminaron por desequilibrar la balanza. Pensadores de muy diversa procedencia ideológica, algunos más conservadores, otros más reformistas en sus planteamientos, y otros incluso radicales, pero en todos ellos había un elemento común, la crítica a la incapacidad de los estados modernos liberales de dotar de un sentido común a una sociedad, de un propósito. Sociedades que ya por aquel entonces empezaban a mostrar signos de desconcierto, a los que hay que sumar la crisis del Estado de Bienestar en nuestro actual siglo, sistema que acogía a aquellos en riesgo de ser expulsados del sistema. Ante ellos, desde sus diversas ópticas, surgía una solución, dar una vuelta de tuerca al concepto clásico de Comunidad, y encontrar en ese reelaborado concepto elementos de cohesión  social, política y moral. Las críticas al liberalismo, tal y como las plantea Allen Buchanan, especialmente en clave ética, pero subsumible a los ámbitos social y político, señalan debilidades que curiosamente son admitidas también por teóricos y paladines de sistemas democráticos liberales como John Rawls. Las criticas vienen a decir que las sociedades liberales pagan un precio demasiado alto; desarraigo afectivo, exceso de individualismo con la consiguiente pérdida de la solidaridad como valor, perdida de la identidad cultural, que aglutina a las comunidades, y desapego del individuo respecto a su entorno. La comunidad pasa a ocupar un lugar secundario en las prioridades de los individuos, ser ciudadano, en el sentido liberal, tiene otros valores no compatibles del todo con los de la Comunidad. La participación política es instrumental y eso repercute en la progresiva desafección de la sociedad y sus valores respecto a una vida buena. El liberalismo al focalizarse en el individuo en tanto garante de una vida feliz, o en su papel de ciudadano, como contribuyente instrumental al funcionamiento del Estado, olvida sus compromisos con la comunidad a la que pertenece, se desarraiga, y la familia deja también de ocupar una preeminencia en la escala de valores de esa vida buena. Un olvido marca el devenir liberal, se olvida que no todo se elige en la vida, no la comunidad que permite el arraigo social y que no se elige, al nacer o criarse en ella, perdiendo de vista que esta comunidad te protege, pero exige unos compromisos a cambio. Se critica la preeminencia de la Justicia en el liberalismo en tanto virtud esencial de la sociedad, pues para estas corrientes de pensamiento comunitario su primacía lleva a equívoco, pues a pesar de su importancia, su función es reparadora de errores, pero la virtud más elevada la marca la pertenencia a la comunidad, no la Justicia en sí.

Cuatro movilidades acentúan y fragilizan la identidad en las sociedades contemporáneas; la geográfica, la social, la de las parejas, y la política. A todo ello hay que sumarle la tecnológica, que está marcando un abismo entre generaciones. El ejemplo comunitarista se centra en el abandono del lugar donde uno ha crecido y tiene arraigos familiares, para buscarse la vida, que en la simbología liberal pareciera una aventura, un destino de autoafirmación que ayuda a madurar y ser libres

Michael Waltzer cree que en realidad estas críticas no son tanto una alternativa al sistema liberal, sino una señal de alarma cuando se producen grietas en el mismo, intermitentes a lo largo del tiempo, y que necesitan ser corregidas a tiempo, si queremos evitar males mayores, como el populismo o el fascismo, que son muy diferentes de estos movimientos que reivindican la comunidad, pero comparten algunos rasgos; apego a las tradiciones de las comunidades, exceso de sentimentalismo en su reivindicación y poner en primer lugar los valores comunitarios y sus símbolos, por encima de la libertad individual. Reivindicaciones rebosantes de sentimentalismo demagógico, las neofascistas y populistas, que los convierten en posibles beneficiarios de estas crisis, no con la intención de corregir el sistema, sino de romperlo. Los tempranos escritos del joven filósofo Marx ya avisaban, en clave comunitarista, del desarraigo que para el individuo supone la sociedad burguesa y sus valores, provocando egoísmos que dividen a la ciudadanía, y creando individuos aislados. Una segunda critica de Waltzer tiene unos arraigos sociológicos y éticos más profundos, el liberalismo olvida que no somos nada si perdemos de vista que nacemos en una determinada familia que posee unos determinados valores, un determinado arraigo en una comunidad, que nuestros parientes, amigos, familiares, amantes, compañeros de trabajo, tienen valores que a su vez nos determinan, y que no elegimos, y pertenecen a nuestro mundo vital. El liberalismo dibuja un individuo ideal, que no tiene nada que ver con el individuo social que somos. Cuatro movilidades acentúan y fragilizan la identidad en las sociedades contemporáneas; la geográfica, la social, la de las parejas, y la política. A todo ello hay que sumarle la tecnológica, que está marcando un abismo entre generaciones. El ejemplo comunitarista se centra en el abandono del lugar donde uno ha crecido y tiene arraigos familiares, para buscarse la vida, que en la simbología liberal pareciera una aventura, un destino de autoafirmación que ayuda a madurar y ser libres. Los comunitaristas, sin embargo, dicen que la realidad es mucho más sombría, y que el desarraigo producido aumenta notablemente la infelicidad, más que lo contrario.
 

Y el problema es que en tiempos de crisis, tiempos duros, el individuo pierde el norte, pierde su seguridad, su sentido,  y esto descoloca a las propias sociedades, que se fragilizan, desvertebran su capacidad de proteger a sus miembros, se vuelven introspectivas

Por su propia naturaleza el liberalismo, a nivel moral y político, en el sentido más auténtico, ética y políticamente, es rebelde, transgrede, se cuestiona a cada paso del camino, la duda es su centro, la certeza inalcanzable. Todo lo contrario que el comunitarismo, que rechaza por naturaleza todo lo que pueda poner en juego la aparente seguridad de la certeza de las tradiciones, de preguntas cuyas respuestas se aprenden de padres a hijos, de generación en generación y nunca se cuestionan. Al menos si llevamos al extremo antagónico ambas posiciones. Y el problema es que en tiempos de crisis, tiempos duros, el individuo pierde el norte, pierde su seguridad, su sentido,  y esto descoloca a las propias sociedades, que se fragilizan, desvertebran su capacidad de proteger a sus miembros, se vuelven introspectivas. Ni aquellas comunidades, llamémosles familia, etnia, nación, clase social, religión, que confunden que una persona nazca o crezca en su seno con una fidelidad incondicional a su etnocentrismo, pidiendo que el individuo renuncie a todas sus aspiraciones y metas individuales, pueden ser algo bueno, por mucho refugio que ofrezcan. Ni lo son, las que pregonan una visión exclusivista y antagónica a otras comunidades. Ambas visiones comunitaristas se enfrentan a las posiciones liberales, más tendentes a negociar la pluralidad de modos de vida en sus sociedades. Cierto que el liberalismo, como modelo, a veces ha incrementado en exceso al individuo frente a lo colectivo, pero la solución no se encuentra en dinamitar la libertad de elección de modo de vida, ni la convivencia plural entre modos de vida diferentes.
 

El sueño comunitarista parte una idea que permanece en el subconsciente de su ideología, sin terminar de manifestarse. El ser humano no ha alcanzado suficiente madurez para ser libre, o quizá por su naturaleza nunca lo podrá ser verdaderamente. El  ser humano no solo es un animal social, político, en el sentido aristotélico, es un ser comunal, que tiene cadenas que no solo no elige, sino que desarraigarse de ellas le produce una metamorfosis para la que no está preparado; tradición, lengua, familia, comunidad, ese arraigo es parte esencial del mismo. Las crisis que estamos observando parte de no reconocer ese hecho esencial. No es una perspectiva ética ni ideológica, la comunitarista, que comparta en su mayor parte, pero obviarla no nos ayudará a superar las crisis que se nos avecinan. Tiempos para dudar, para pensar, para elegir, para respetar, que en el fondo no es otra cosa que elegir la promesa de libertad que en su centro, más allá de errores, alumbró el liberalismo, que en el XVIII, con la Revolución francesa, nos liberó de cadenas, preparados o no.

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”