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El hambre y el frío son nuestra brújula moral

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 20 de Enero de 2019
P.V.M

                  ''No se pueden alimentar hambrientos con estadísticas'. D. L. George

Nada como los inviernos, con la crudeza de sus condiciones, para desvelar las miserias morales que acompañan nuestra hipocresía, al albor del calor de un techo donde refugiarnos, y al calor del vapor de una comida caliente que nos reconforte, algo tan natural para nosotros, tan milagroso para aquellas frías estadísticas bajo las que escondemos el abandono de tantas personas. Estadísticas que nos informan del desolador efecto que el desamparo produce a las personas que hemos desalojado de nuestras vidas, barridos bajo la alfombra que mide la presunta decencia de nuestras ciudades. Ciudadanos de tercera que malviven a la intemperie, sin un hogar, sin un techo, sin saber cuándo será su próxima comida. Con la acogedora y única compañía de una mascota que parece despertar en nuestros indiferentes corazones más misericordia y simpatía que el ser humano al que acompaña.

Es inmoral que algunos países, de los que nos hemos servido durante siglos, explotando sus recursos, esclavizando a sus ciudadanos, colonizando sus culturas, malvivan entre hambrunas y guerras, que alimentan la bonanza de nuestras industrias armamentísticas o de nuestras multinacionales y su avaricia,  porque el valor de una vida, ya sabemos, depende de donde nazcas

Es inmoral que algunos países, de los que nos hemos servido durante siglos, explotando sus recursos, esclavizando a sus ciudadanos, colonizando sus culturas, malvivan entre hambrunas y guerras, que alimentan la bonanza de nuestras industrias armamentísticas o de nuestras multinacionales y su avaricia,  porque el valor de una vida, ya sabemos, depende de donde nazcas. Guerras, hambrunas que vemos a través de las diferentes pantallas con las que nos anestesiamos de las tragedias que suceden a tantos kilómetros de nuestra vista, y nos sirven de excusa para mirar a otro lado, o como mucho soltar algún céntimo a alguna ONG, que acalle el oprimido eco del dolor de nuestras consciencias, sin embargo, a pocos metros, en cada calle de nuestra ciudad, en cada entrada de un centro comercial, al que fervorosos vamos a gastar el dinero que nos sobra en fraudulentas rebajas, de artículos que no necesitamos, ahí, también están. Olvidados, al igual que esos rostros derrotados que vemos en las pantallas, con la mirada perdida que acompaña al que ha vivido suficiente miseria, para no esperar ya nada más de la vida,  salvo la misericordia que ponga fin al dolor. A pesar de estar tan cerca de nosotros, que podemos tocarles,  no hay sino ceguera ante su maltratada carne y sus olvidadas historias. La compasión es superada por el desprecio. Seguro, nos decimos a nosotros mismos, o nos dicen, que se lo han buscado; por las drogas, el alcohol, o por su incapacidad para evitar el fracaso, o dado el relato que nos venden esos miserables que se esconden en un rancio patrioterismo, si son extranjeros, porque han venido a robar nuestros trabajos y a vivir del cuento. La tozuda realidad desmiente esas miserables mentiras, pero, desde cuándo nos ha importado que nos mientan mientras tengamos gulas que alimentar, u odios en los que encauzar nuestra frustración. La mayoría de esos extranjeros sostiene con salarios de miseria y condiciones laborables deplorables esos mismos recursos, que entre otras cosas, alimentan a los voceros del odio.

Tienen cualquier rostro, de cualquier edad, de cualquier sexo, pero ante todo tienen historias, como las nuestras, no tan diferentes, salvo algún detalle, a veces minúsculo, que separa la miseria de la supervivencia

Tienen cualquier rostro, de cualquier edad, de cualquier sexo, pero ante todo tienen historias, como las nuestras, no tan diferentes, salvo algún detalle, a veces minúsculo, que separa la miseria de la supervivencia. Algunos tuvieron la desgracia de nacer en condiciones de ínfima pobreza, donde cada minuto que respiraban debían demostrar que la vida merecía ser vivida, a pesar de su dureza, ya fuera a miles de kilómetros de aquí, o dentro de nuestras necias fronteras, otros nacieron a escasos metros de nuestras confortables moradas. Todos tienen familias, padres, abuelos, hermanos, hijos, que tuvieron que abandonar, o que les abandonaron a ellos, por las miserias de la vida. Algunos hasta tuvieron éxito en algunos momentos de su vida, y quizá incluso miraran con la misma indiferencia que la nuestra a los hijos de un dios bastardo, que hemos olvidado en callejones donde arrinconamos lo que nos produce repulsa. Al igual que nosotros, no dejan de ser historias llenas de alegrías y dolores, de amistades  y desprecios, de seres que han amado, han sido amados, que han ganado y que han perdido, que tuvieron alguna buena suerte, y que ahora solo les cabe esperar la clemencia de tener alguna suerte. Lo creamos o no, todos podemos terminar enfermos, o asolados por alguna desgracia, y como estos casos, caer en el olvido por la indignidad de una sociedad que carece de moral y no se preocupa por aquellos que pierden el alocado tren en el que estamos montados, camino a ninguna parte. A todos, aunque no nos guste reconocerlo, nos puede pasar, pues no dejamos de ser marionetas de las inclemencias de la vida, y los abandonados no son, sino las marionetas a las que aquellos que manejan los hilos ya no encuentran ninguna utilidad, y arrojan a la basura sin preocuparse por lo que suceda con los despojos.

Si alguien es indiferente, y considera que carecer de comida, de techo, o de asistencia médica, sea quien sea, se lo tiene merecido, y que una sociedad que no se ocupa de proporcionarles un mínimo de dignidad no es inmoral, no tiene mucho sentido que siga leyendo, pues este texto se sostiene por ese único pilar, recordarnos dónde reside la brújula moral más básica de nuestras consciencias y de nuestras acciones

Si alguien es indiferente, y considera que carecer de comida, de techo, o de asistencia médica, sea quien sea, se lo tiene merecido, y que una sociedad que no se ocupa de proporcionarles un mínimo de dignidad no es inmoral, no tiene mucho sentido que siga leyendo, pues este texto se sostiene por ese único pilar, recordarnos dónde reside la brújula moral más básica de nuestras consciencias y de nuestras acciones. Y la clave de esa responsabilidad es preguntarnos ¿podemos hacer algo para que esto no suceda a nivel individual, social y político? Peter Singer, filósofo moral, lo tiene meridianamente claro, es el mismo ejemplo que si vemos a un niño que se cae a una ciénaga: ¿merece la pena ensuciarnos y estropear nuestras ropas por rescatarle? La respuesta parece clara, pues la diferencia con abandonar a tanta gente a las inclemencias de la vida es la misma. ¿Merece la pena sacrificar un poco de nuestro bienestar por mejorar sus condiciones de vida? ¿Merece la pena emplear un poco de nuestro tiempo colaborando con organizaciones cuyo único objetivo sea ayudar a devolver un mínimo de dignidad a sus vidas? ¿Merece la pena apoyar aquellas políticas que tengan en cuenta esas historias olvidadas y las rescaten para darles visibilidad? ¿Merece la pena ponerse del lado de las víctimas y no permitir que sus vidas sean ninguneadas por las políticas de aquellos que aun teniendo todo no dejan de querer más?  Las respuestas a esas preguntas, y no otras, son nuestra brújula moral. El ejemplo del estanque sigue siendo válido para demostrar la corrupción moral de aquellos que defienden hacer algo solo en el caso de los nuestros. Acaso ¿si observamos a aquellos que se encuentran unos metros más allá del niño que nosotros y no hacen nada, justificaremos por la distancia su inacción? ¿Acaso si el niño no es de los nuestros por nacimiento, etnia, religión o quién sabe qué, no debemos hacer nada?

Deberíamos no dejarnos arrastrar por los fangos que en el siglo XXI perviven de esas ideologías, y que florecen como la peste en la suciedad, y preocuparnos más por los rostros y las historias de esas personas despojadas de un mínimo de dignidad que malviven en nuestras esquinas, sean de dónde sea, sean quienes sean, porque es un deber moral, de cualquier sociedad que se considere digna de la palabra justicia

No podemos olvidar tampoco una imprescindible clarificación etimológica, porque la historia demuestra, que para los defensores de esta impostura moral que reclama ayudar solo a los nuestros, término del que hacen su bandera, la hipocresía en la aplicación del término es la norma. Para los nazis, lo primero eran los alemanes, pero no los alemanes judíos, aunque se diera la circunstancia que la mayoría llevaba más siglos viviendo en tierras alemanas que los de pura sangre. Por supuesto, tampoco lo eran los gitanos, o gente de otras etnias que no fueran arios, aunque llevasen tanto o más tiempo en aquellas tierras. Luego se unieron a la fiesta los que a pesar de ser arios, y por tanto alemanes de pura cepa, no vivieran la sexualidad de la misma manera, y merecían ser despojados de derechos, en primer lugar, y luego torturados y asesinados. Tampoco terminaron por ser de los nuestros los que pensaban de manera diferente, fueran marxistas o liberales, qué más da, siempre que no fueran de los nuestros. Deberíamos no dejarnos arrastrar por los fangos que en el siglo XXI perviven de esas ideologías, y que florecen como la peste en la suciedad, y preocuparnos más por los rostros y las historias de esas personas despojadas de un mínimo de dignidad que malviven en nuestras esquinas, sean de dónde sea, sean quienes sean, porque es un deber moral, de cualquier sociedad que se considere digna de la palabra justicia.

Lo que es evidente es que alimentar al hambriento, curar al enfermo, y dar cobijo al sin techo, es un deber moral de nuestras sociedades, es una obligación política, social, y también individual,  no algo que deba dejarse al albur de la caridad

La moral se rige por el deber, por la obligación, la caridad por la compasión, si es honesta, o por la hipocresía, si se trata de aparentar. Lo que es evidente es que alimentar al hambriento, curar al enfermo, y dar cobijo al sin techo, es un deber moral de nuestras sociedades, es una obligación política, social, y también individual,  no algo que deba dejarse al albur de la caridad. Una sociedad que deja al libre arbitrio de la caridad estas acciones, es una sociedad que no cumple con su deber moral, que bendice al que nace con privilegios y desprecia al que ha tenido la mala fortuna de nacer en la cuna equivocada. Una sociedad que no cuida al que ha tenido la mala fortuna de caer en los precipicios que asoman en cada encrucijada del camino, y que con un poco de mala suerte podríamos ser cualquiera de nosotros, y ese nosotros sí que merece la pena enarbolarlo con orgullo, el nosotros que no diferencia entre historias, porque todos somos historias, el nosotros que entiende que la igualdad es tratar desigual al que se encuentra en situación de desventaja, por cualquier motivo, nacimiento, enfermedad, sexo, vida sexual, cultura, etnia, y es en ese nosotros, que entiende de lágrimas y sonrisas, de arrugas y sufrimiento, que surcan las historias escritas en nuestros rostros, donde  debemos buscar la brújula moral que nos indique el camino, siempre que decidamos tener una, porque visto lo visto, arrojarla a la basura, junto a los abandonados, es la opción más popular.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”