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La incertidumbre y el aleteo de una mariposa

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 6 de Septiembre de 2020
'La regla del efecto mariposa establece que la conducta de los sistemas complejos con numerosas variables mutuamente independientes es y siempre será, en una palabra impredecible'. Zygmunt Bauman

Simplificando la cuestión, que entre tanto caos que nos rodea, es algo que deberíamos hacer más a menudo; existen dos tipos de personas: aquellas que creen que pueden controlar todo lo que les pasa alrededor, y los que aceptamos el papel que un insignificante acontecimiento, sucedido a una vida de distancia de la nuestra, puede afectar a cualquier plan que metódicamente hubiéramos planificado, y desvanecerlo con la misma facilidad con la que una simple brisa puede desbaratar un castillo de naipes. Un general sabio aprende, desde su primera batalla, que sus planes tan meticulosamente preparados, solo tienen vigencia hasta que ésta comienza. En medio de esa simplista, pero no menos cierta clasificación de la conducta humana, caben tantas variables como queramos, pero en ese equilibrio entre el azar y la necesidad, entre la presunción de ordenados acontecimientos que esperamos conduzcan nuestra vida, y el desmoronamiento que en ellos causa el simple aleteo de una mariposa, al otro lado del mundo, se define toda la frágil belleza de la incertidumbre que supone vivir, y no tan solo existir.

Con el mismo entusiasmo, que si nos hubiera salido cruz, y tuviéramos mala fortuna, nos desvincularíamos, culpando al engañoso azar de habérnosla jugado. Si sale algo bien, corre de nuestra cuenta, si sale algo mal, siempre podemos echarle la culpa a la mala suerte

Jacqueline Russ define el azar como todo suceso o acontecimiento desprovisto de toda finalidad, aunque reviste la apariencia de ésta última. Cuántas veces nos hemos apropiado de un acontecimiento azaroso, que nos salió cara, en esa tirada de moneda al aire que decide nuestro destino. Nos apropiamos de la fortuna que hemos tenido, y presumimos que todo ha salido tal y como lo habíamos planeado. Con el mismo entusiasmo, que si nos hubiera salido cruz, y tuviéramos mala fortuna, nos desvincularíamos, culpando al engañoso azar de habérnosla jugado. Si sale algo bien, corre de nuestra cuenta, si sale algo mal, siempre podemos echarle la culpa a la mala suerte. La etimología árabe de la palabra azar esconde una poética belleza que nos lo dice todo: zahr significa flor. En la taba, antecesor del dado cuadrado, se dibujaba una flor, que finalmente en una acepción vulgarizada del término acabaría por apodar a los dados. De ahí, la deriva filológica que terminaría por incorporar tal palabra a nuestro acervo lingüístico. Y algo de paradójica poesía encontramos en equiparar, la buena o mala suerte asociada a un acontecimiento azaroso que impacta en nuestra vida, con una flor, tan bella como frágil.

Una cosa es la apariencia de control, que por ejemplo sistemas económicos como el capitalismo dicen tener, y otra la amarga y tozuda realidad del nulo control que realmente tienen, sometidos al azar de cualquier fortuito acontecimiento, como un virus fuera de control, que azarosamente saltó de su anfitrión animal a la especie humana

El pensador polaco Zygmunt Bauman, al tratar de arrojar algo de luz a la obsesión humana por predecir lo impredecible o calcular lo incalculable, cuenta el origen del llamado efecto mariposa que tanto éxito popular ha tenido en una cultura marcada por el vértigo de los cambios, para los que ni estábamos preparados hace unas décadas, ni lo estamos ahora. El sociólogo nos cuenta como un investigador en la década de los sesenta, Edward Lorenz trabajó arduamente en un modelo de predicción meteorológica que pudiera aplicarse indistintamente en cualquier lugar del mundo. Para ello incorporó a su modelo casi un millar de variables, pero terminó por darse cuenta que una ínfima variación en alguna de ellas era capaz de provocar cambios desorbitados en el resultado final. Incluso una pequeña variación, cuya medición debería haberse descartado por insignificante, podría ir creciendo con el tiempo y alterar desmesuradamente las conclusiones. Descrito con una sensibilidad poética que rara vez, salvo excepciones, utilizan los científicos, Lorenz afirmó que una mariposa que aletease en Pekín, podía afectar a la formación y el itinerario de los huracanes en el golfo de México, muchos meses después y a miles de kilómetros de distancia. El efecto mariposa se aplica a sistemas complejos, y la vida, hasta la más sencilla, no deja de estar sometida a  múltiples variaciones, y hasta la más pequeña de ellas, puede alterar nuestro rumbo, sin depender de nuestra voluntad. Decisiones que pueden estar tomadas a una vida de distancia de la nuestra, y ajenas a cualquier intencionalidad de afectarnos, y sin embargo, pueden cambiar drásticamente nuestras circunstancias. Una cosa es la apariencia de control, que por ejemplo sistemas económicos como el capitalismo dicen tener, y otra la amarga y tozuda realidad del nulo control que realmente tienen, sometidos al azar de cualquier fortuito acontecimiento, como un virus fuera de control, que azarosamente saltó de su anfitrión animal a la especie humana.

Gurús disfrazados de sabios que con grandilocuentes palabras esconden el vacío de su ignorancia. Mientras más crece el mundo en complejidad e interconectividad, más sometidos estamos a las caóticas leyes de lo impredecible

No nos iría mal, o expresado con mayor claridad, nos iría mucho mejor, si una vez aceptado el incontrolable papel del azar en nuestras vidas, desconfiáramos de todos aquellos que nos dicen saber cómo controlar el futuro. Gurús disfrazados de sabios que con grandilocuentes palabras esconden el vacío de su ignorancia. Mientras más crece el mundo en complejidad e interconectividad, más sometidos estamos a las caóticas leyes de lo impredecible. Aceptarlo estoicamente no nos cura de sus efectos, pero al menos nos serena y ayuda a navegar cuando las aguas más calmas de nuestra vida se ven agitadas por imprevistas  e inoportunas tempestades. La historia nos enseña lecciones, y los acontecimientos del pasado nos dan algunas pistas de los acontecimientos del presente, si sabemos vislumbrarlas, pero no nos da certezas. La conducta humana en su inconsistencia, es una de las variables más impredecibles de cualquier algoritmo predictivo sobre el futuro.

La libertad humana se construye sobre esta realidad, si el destino ya estuviera decidido por estadísticos acontecimientos desmenuzados hasta el más ínfimo detalle, qué probabilidad de elegir tendríamos. Podemos elegir bien, mal o regular, y aun así no tendríamos el control absoluto, porque interactuamos con incontables variables que se nos escapan. Algunas de ellas ni siquiera se producen en el mismo espacio o tiempo de las nuestras. Algunas variables las podemos conocer, pero la mayoría son desconocidas. Nos amargue o no, ese es el sabor que acompañará siempre la vida humana, y al que llamamos incertidumbre. Sería de tontos no aceptar, como dice Bauman que la inseguridad acerca del presente y la incertidumbre acerca del futuro son nuestros compañeros de viaje constantes en el viaje de la vida.

Nunca seremos capaces de ganar la guerra contra la incertidumbre, no con un éxito absoluto, como bien claro nos indica la persistencia del efecto mariposa en nuestras vidas, en nuestras sociedades y en nuestro interconectado mundo, pero la satisfacción de ganarle, de vez en cuando, alguna batalla a la incertidumbre, debido a estar bien preparados, no nos la quita nadie

No hay estrategia ante la incertidumbre que garantice ningún éxito, lo que no significa que no haya que prepararse para las consecuencias. No tener certezas absolutas, no implica que debamos dejar de prepararnos para posibles acontecimientos, sucedan finalmente o no. Nunca seremos capaces de ganar la guerra contra la incertidumbre, no con un éxito absoluto, como bien claro nos indica la persistencia del efecto mariposa en nuestras vidas, en nuestras sociedades y en nuestro interconectado mundo, pero la satisfacción de ganarle, de vez en cuando, alguna batalla a la incertidumbre, debido a estar bien preparados, no nos la quita nadie. Apostar por la ciencia y la investigación no garantiza eludir las catástrofes naturales, ni las pandemias, ni es una garantía de poder predecirlas, pero sí puede ayudarnos con las consecuencias. Lo que hoy día pomposamente llamamos control de daños, que si hablamos de vidas humanas, evitar una sola gracias a un exceso de precaución, y al esfuerzo de invertir en ciencia, ya merecería la pena, no digamos si son millones las que están en juego, cuando nos venga la próxima pandemia, o un desastre climático, por poner un ejemplo,  para el que estamos comprando todas las papeletas de la lotería.

El efecto mariposa se ocupará de que siempre haya un elemento caótico incontrolable que altere cualquier pretendidamente perfecto algoritmo que pretenda descifrar certezas de lo que está por venir

La incertidumbre es una variable que nunca podremos descartar, ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo social, ni en lo personal. El efecto mariposa se ocupará de que siempre haya un elemento caótico incontrolable que altere cualquier pretendidamente perfecto algoritmo que pretenda descifrar certezas de lo que está por venir. De ahí la importancia de diseñar en todos los ámbitos contingencias a medio y largo plazo, algo que rara vez hacemos, y menos aún, debido al vértigo y la fragilidad que acompaña la velocidad de crucero en la que nos hemos embarcado. Vamos tan deprisa que son inevitables los accidentes. No hay una solución perfecta, pero si introdujéramos variables más pendientes del medio y del largo plazo en nuestras decisiones, individuales y colectivas, algo ganaríamos. Un político suele tener, únicamente, el horizonte de sus años de mandato como marco temporal, a la hora de decidir sus políticas. Rara vez trabaja para sentar las bases para medidas que aumentaran nuestra prosperidad y nuestro bienestar a largo plazo, si durante su mandato no se ven los efectos. No es solo culpa suya, aquellos que les votamos tenemos mayor responsabilidad, porque no valoramos nada más que decisiones efectistas y superficiales, la mayoría demagógicas, que en el mejor de los casos son meros parches a nuestros problemas, y en el peor, agravarán la situación a largo plazo.

Nuestra estúpida manera de vencer la incertidumbre es la de querer todo aquí y ahora, queremos ver resultados al día siguiente, sea en el trabajo, en el amor, en la economía, en la política, en una pandemia, o en cualquier ámbito de nuestra vida

Nuestra estúpida manera de vencer la incertidumbre es la de querer todo aquí y ahora, queremos ver resultados al día siguiente, sea en el trabajo, en el amor, en la economía, en la política, en una pandemia, o en cualquier ámbito de nuestra vida. Esa actitud debida al contagio del vértigo contemporáneo, que nos ha hecho creer que todo está a nuestro alcance con tan solo desearlo, deviene en consecuencias, a no ser que la mariposa aletee casualmente a nuestro favor, lo que no suele suceder. Poner un poco de pausa en nuestras decisiones. Tomarlas alejadas de la adrenalina que nos inunda cuando las emociones nos inundan; meditar, pensar a largo plazo, especialmente en las decisiones colectivas que nos afectan a todos, es imprescindible.

Los expertos nos dicen que durante muchos meses hemos de aprender a convivir con la enfermedad COVID-19, y que hemos de actuar con cabeza y mesura, siguiendo las recomendaciones sanitarias, pensando en nuestro propio bienestar, y especialmente en el del colectivo más vulnerable. Cualquier mala decisión nuestra, cualquier aleteo de nuestras alas, puede causar un daño enorme a cientos o miles de personas, cercanas o no. La COVID-19 la venceremos, si no seguimos tomando malas decisiones, pero la incertidumbre nunca desaparecerá de nuestras vidas, en nuestras manos está seguir las recomendaciones adecuadas, invertir en ciencia, bienestar social, salud y educación, y evitar que el aleteo de una mariposa al otro lado del océano, cause otra catástrofe de imprevistas consecuencias.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”