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La indiferencia y el éxito en la vida

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 7 de Enero de 2018
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'Cada día que pasamos preocupados por nosotros mismos, cada hora que ocupamos pensando en nosotros mismos, cada minuto que empleamos balbuceando sobre nosotros mismos, cada segundo que usamos mirándonos a nosotros mismos; son días, horas, minutos y segundos que malgastamos buscando soluciones sobre nosotros mismos.'

Hace tiempo que un fantasma recorre el mundo empresarial, y como los virus se ha ido extendiendo progresivamente a ese conglomerado ideológico que rige la bienaventurada sociedad de consumo, máxima expresión del fin de los tiempos; el capitalismo asentado como la única opción de convivencia entre los seres humanos. O eso nos dicen. Ese fantasma no es otro que el triunfo del egocentrismo que encuentra sus raíces en el desarraigo de cualquier capacidad empática con la que la naturaleza dotó a nuestra especie. Ser pragmático lo llaman, cuando en realidad lo que quieren decirte al mejor estilo del Quevedo dibujado por Pérez Reverte, es que la frase que define la mejor manera de tener éxito en la vida es aquella pronunciada en una novela protagonizada por el personaje: Que cada chucho se lama su pija. El egocentrismo tan denostado en otros tiempos, aunque fuera por pudor, y que sin embargo ahora se ha ido rehabilitando y convirtiéndose en la nueva moda para tener éxito en la vida. Si miramos como funciona nuestra educación, los sistemas que empleamos para enseñar a nuestros niños y niñas como deben insertarse en la sociedad, veremos que a medida que van avanzando en la jerarquía educativa se abre paso el lema de que la única manera de conseguir tus metas es preocuparte esencialmente por ti, y si acaso te sientes en algún momento generoso, quizás puedas dedicar algunas migajas a los demás. Todo es competición, ya que parece que no hay maná para todo el mundo, y nuestro éxito ha de cimentarse sobre el fracaso ajeno.

El capitalismo es el paraíso de las modas, incluyendo las que componen las recetas del éxito; hace tiempo empezó a hablarse de inteligencia emocional por esos gurús que nos dictaban magistralmente las claves para escalar en nuestros trabajos y para mejorar el producto final; si comprendemos mejor las emociones de la gente con la que trabajamos, podremos realizar un mejor producto.

El capitalismo es el paraíso de las modas, incluyendo las que componen las recetas del éxito; hace tiempo empezó a hablarse de inteligencia emocional por esos gurús que nos dictaban magistralmente las claves para escalar en nuestros trabajos y para mejorar el producto final; si comprendemos mejor las emociones de la gente con la que trabajamos, podremos realizar un mejor producto. Recordemos que en el fondo nuestra sociedad ha convertido todo en producto, y por tanto todo es susceptible de ser comprado o vendido. Todo funciona por modas, que es la mejor manera de mantener un absurdo mercado en permanente renovación. Parece que la inteligencia emocional  es ahora un paradigma en caída libre. Esos mismos gurús ahora se alinean con otra moda que ha ido incrementándose con el paso del tiempo; se reivindica al psicópata como modelo del mejor jefe empresarial,  no al criminal, pero sí al que muestra igualmente cualquier falta de empatía. Si buscamos en Google veremos la cantidad de artículos que hay dedicados a ese modelo de responsable ejecutivo. La falta de empatía es la que le permite ser pragmático en situaciones límites, no dejarse llevar por las banales emociones y conseguir el fin último que es, como no, tener éxito en el objetivo de la empresa, sea cual sea. La eficacia y la eficiencia encuentran su santo grial en aprender a liberarse de esas emociones que conforman el sentimiento moral, esa consciencia que nos alerta de que algo no estamos haciendo bien, que puede que no seamos responsables directos del dolor y del fracaso ajeno, pero que mirar a otro lado, no tender la mano, no empatizar, también es causa responsable del mismo. Nos guste o no.

Se trata pues de apagar esa alerta moral, y cómo lo hacen; reescribiendo la historia, que es la manera que tienen los que llevan las riendas de convencernos de las cosas más peregrinas. Se consigue hacer pasar lo perverso por lo adecuado. En la historia del pensamiento moral no es un dilema nuevo, no solo a nivel teórico, sino a nivel práctico. Veamos algunos ejemplos que siempre se han utilizado para demostrar la utilidad de apagar el interruptor moral de la empatía hacía el sufrimiento del otro. Lo que importa es el bien de la mayoría, no el de la minoría, eso nos dicen. Sigamos sus argumentos utilizando conocidos ejemplos morales, algunos reales, otros experimentos teóricos; Imaginemos que somos un oficial al mando de un pelotón de soldados atrapados por el enemigo, y la única manera de sobrevivir es apresurar el paso, pero no podemos hacerlo con la rémora de los heridos. Si el resto quiere sobrevivir, el oficial, ejemplo del ejecutivo exitoso, ha de abandonar a los débiles. Posiblemente mueran en terrible agonía, prisioneros o torturados por el enemigo, pero qué demonios, hay que ser realistas, pragmáticos, y más vale que sobreviva la mayoría.

Se trata pues de apagar esa alerta moral, y cómo lo hacen; reescribiendo la historia, que es la manera que tienen los que llevan las riendas de convencernos de las cosas más peregrinas

Pasemos a un ejemplo histórico con el que estarán familiarizados los que hayan visto la película Dunquerque estrenada recientemente; al principio de la Segunda Guerra Mundial cientos de miles de soldados británicos se encontraron arrinconados por el ejército alemán en Dunquerque, dada las dificultades para la evacuación se ordenó salvar  a aquellos que pudieran ser útiles para en un futuro poder seguir luchando y abandonar al resto. Al final la mayoría logró salvarse. El tema sigue siendo el mismo que el ejemplo anterior a mayor escala; sacrificar a una parte para salvar al resto. Una de las cosas que no suelen ponerse de manifiesto es que eso se logró gracias a que cientos de pequeñas embarcaciones con civiles dispuestos a poner en riesgo sus vidas, por solidaridad y empatía, hacía sus soldados, se la jugó en la evacuación. En los setenta se popularizaron en la psicología social muchos ejemplos que pretendía demostrar que en situaciones límites  es ese desapego emocional, esa crueldad egocéntrica, la que permitía sobrevivir, y que los liderazgos los ejercían aquellos más indiferentes al dolor ajeno.

Y si nuestra minusvalía empática nos hace incapaces de convertirnos en esos líderes, siempre nos quedará el alivio de seguirles como corderitos en sus desalmadas decisiones, después de todo, son los que nos van a salvar de nosotros mismos y nuestra dependencia emocional que nos hace tan débiles

El otro día un artículo de un reputado periódico nacional, escondido entre la omnipresente temática catalana, venía a reivindicar a esa persona a la que habitualmente despreciamos por su egoísmo y desapego, como una persona a la que vincularnos, por nuestro propio beneficio. El argumento venía a ser en el fondo el mismo que los anteriores, pero se muestra más sofisticado;  se basaba en un estudio de la universidad de Plymouth cuya tesis era que las personas con psicopatías eran esenciales para el funcionamiento de la sociedad debido al pragmatismo de su desapego emocional. No se trata de psicópatas en el sentido criminal que disfrutasen con el dolor ajeno y no sintieran ningún reproche en su consciencia, sino personas centradas en sí mismos, antisociales, o narcisistas, como esa persona que en una empresa busca ligar con todos o todas, simplemente para demostrar que puede, eludiendo cualquier mínimo compromiso,  o aquel con quién nunca se puede contar para algún favor ( todos conocemos desde nuestro sistema educativo a esas personas que siempre esperan que los demás hagan algo por él, cuando siempre encuentra alguna excusa para no hacer nada por los demás). O aquel capaz de cualquier cosa con tal de escalar un puesto. Los denominaba psicopáticos, en lugar de psicópatas, ya que no tienen de por sí tendencias criminales. El estudio en realidad profundizaba en lo mismo que esos conocidos experimentos de la psicología social en las universidades estadounidenses en los setenta; que esas personas que muestran esa falta de empatía, son las que en situaciones límites, donde hay que sacrificar a alguien para salvar al resto, no muestran vacilación, mientras que el resto, normales, con conciencia moral y empatía, muestran sus dudas y vacilaciones, que pueden llegar a paralizarnos. Ya sabemos que estas conclusiones no suelen llevar a situaciones reales de vida o muerte, sino que se emplean en ese fantasma que recorre nuestro mundo para educar a los ejecutivos que controlan las decisiones, a los políticos que han de tomarlas, para la vida en general. Si una mujer está embarazada y eso supone una pérdida para la empresa, por qué no hemos de despedirla, o esa persona que tiene alguna enfermedad crónica y que resulta un lastre, por qué no despedirla, o esa otra que se esfuerza, pero no puede alcanzar los resultados de los demás, qué importa que tenga una familia que cuidar, es un lastre, pues fuera. Ya desde el sistema educativo se implanta esa manera de entender la vida.

Y si nuestra minusvalía empática nos hace incapaces de convertirnos en esos líderes, siempre nos quedará el alivio de seguirles como corderitos en sus desalmadas decisiones, después de todo, son los que nos van a salvar de nosotros mismos y nuestra dependencia emocional que nos hace tan débiles.

La misma historia de siempre, el fin justifica los medios, con los mismos tres ejes; lo cuantitativo que es mesurable por encima de la quimera de lo cualitativo (pocas cosas más cualitativas que la moral). El egoísmo por encima de la solidaridad, que no lleva a ningún premio, y el pragmatismo, hay que ser realistas, por encima de cualquier estúpido idealismo que solo nos distrae de lo importante

La misma historia de siempre, el fin justifica los medios, con los mismos tres ejes; lo cuantitativo que es mesurable por encima de la quimera de lo cualitativo (pocas cosas más cualitativas que la moral). El egoísmo por encima de la solidaridad, que no lleva a ningún premio, y el pragmatismo, hay que ser realistas, por encima de cualquier estúpido idealismo que solo nos distrae de lo importante. Nadie se hace las preguntas que deberían inquietarnos; quién decide qué es lo mejor para la mayoría, y en qué nos estamos convirtiendo, como personas y como sociedad, cuando nos insensibilizamos ante el dolor ajeno, cuando nuestros líderes, en empresas o en política, destacan por su insensibilidad al dolor concreto, en aras  a un supuesto bien global. Qué lejos queda ese ejemplo del médico de La Peste, la novela de Albert Camus, dispuesto a cumplir con su deber moral, con su compromiso con el dolor concreto de las personas que le rodeaban, ajeno a su propio bienestar, negándose a sacrificar a nadie. Dispuesto a no abandonar a nadie.

Esto es educar en valores, algo que debería encontrarse en el epicentro de nuestro sistema educativo, mostrar a los niños y las niñas que no hay porqué abandonar a nadie, que juntos somos más fuertes, que el débil no es una lacra, porque está en juego algo más que los beneficios personales o empresariales, está en juego un modelo de ser humano, de sociedad, pero parece que no es precisamente este tipo de preocupaciones las que se encuentran en el corazón de nuestras enseñanzas. Mientras el virus de la indiferencia, de la falta de empatía se extiende, ahora como sinónimo de personalidad exitosa, con la desvergüenza declarada de que es lo mejor para toda la sociedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”