Un verano en el Parque de las Ciencias.

La infanta, la exministra y Pirrón de Elis

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 12 de Marzo de 2017
La Infanta Cristina y Ana Mato.
diariocritico.com
La Infanta Cristina y Ana Mato.

'La ignorancia puede ser curada, pero la estupidez es eterna'.

Matt Arson

Últimamente parece haberse puesto de moda el valor de la ignorancia, especialmente utilizada como defensa, para no tener que afrontar responsabilidades morales o penales por algún hecho en el que hemos estado implicados. Tenemos las famosas y archiconocidas excusas de la infanta Cristina de Borbón,  que parecía ignorar todos los asuntos por los que su marido Urdangarin  ha sido recientemente condenado, o Ana Mato, ex ministra del PP, que también hizo gala durante el juicio a su exmarido de ignorancia, en todo aquello por lo que se le estaba juzgando. En ambos casos utilizaron su presunta ignorancia como prueba de su más sincera inocencia.  Más allá de que realmente estas personas hayan sido ignorantes de las actividades delictivas de sus parejas, o de que la justicia entienda que la ignorancia, de ser cierta, es una excusa válida para desentenderse de cualquier responsabilidad penal que ocurra en una actividad, en la que estas participando directa o indirectamente, y beneficiándote, es indudable que ignorancia y responsabilidad son dos términos que  están estrechamente relacionados. No solo en los últimos tiempos, aunque ahora sea cuando se haya puesto de moda, en realidad es historia antigua. O mítica, ¿acaso no pudo argumentar Eva que era ignorante de las intenciones de la pérfida serpiente al persuadirla del mordisco de la manzana? Y, que esa ignorancia, debería haberla salvaguardado del estricto juicio de Dios que la exilió a ella y a su pareja Adán del paraíso. Se ve que la justicia divina es más estricta que la humana al considerar que la ignorancia no es excusa de inocencia.

El conocimiento parece entenderse como una carga, pues nos exige responsabilidad a la hora de actuar, o irresponsabilidad en caso de no hacerlo. La ignorancia, sin embargo, parece más que una carga, una bendición. Al no aceptar la carga del conocimiento, uno pretende desembarazarse de la carga de la responsabilidad. Bendita inocencia, como la de los bebes cuya única preocupación es cuándo alimentarse o cuándo recibir una caricia.

Tan extremo era su escepticismo, el de Pirrón, no el de la infanta o la ex ministra, que cuando se vio en medio de una terrible tormenta que amenazaba con destruir el barco en el que viajaba, mantuvo su imperturbabilidad, pues no podía creerse que esa tormenta fuera real, y mientras los marineros caían presa del pánico, él se mantuvo sereno, como si le diera igual que el barco se hundiera o no

Un inquietante pensamiento se abre paso, y si resulta que al criticar tan cruelmente,  como hacemos, a la infanta y a la exministra, estamos siendo injustos, y en realidad ambas se muestran en sintonía con una sabiduría antigua de más de dos milenios, y se comportan como auténticas discípulas y seguidoras de las enseñanzas filosóficas de Pirrón de Elis. Uno de los fundadores del escepticismo, corriente filosófica llena de sabios que alabaron el valor de la ignorancia ante la imposibilidad del conocimiento. Todo lo que conocemos puede ser puesto en duda, nadie sabe realmente nada, así que, la mejor manera de no caer en el engaño es dudar de todo y mantenerte escéptico acerca de la posibilidad de cualquier conocimiento. O sea, tal y como diría un snob, o un pijo, de nuestro tiempo; vale, puede que resulte un poco raro que  mi pareja de repente gane dinero a espuertas, pero uno no se puede fiar del conocimiento, puede que ese dinero tenga una procedencia que no huela muy bien, pero acaso me puedo yo fiar de mis sentidos, incluso del común, no será mejor poner entre paréntesis todas esas sospechas y mostrar que en realidad, como todo es dudoso, al igual que el cambio climático, aunque se nos caiga la luna en la cabeza debido a su causa, lo mejor es no saber nada, pues si uno no sabe nada, no es responsable de nada, y no comete el error de juzgar y equivocarse.

Pirrón, fue uno de los más claros antecedentes filosóficos de nuestros ignorantes personajes. No conocemos mucho de su vida, salvo por un par de fuentes indirectas, Especialmente Diógenes Laercio, con su Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, y Sexto Empírico, que siglos después recopilaría sus enseñanzas en Esbozos pirrónicos. Parece ser que vivió en el siglo IV a. C. y que fue muy famoso en su época, seguramente casi tanto como un tronista de Tele 5 en la nuestra. Nombrado sumo sacerdote de Elis, su ciudad, en su honor los filósofos fueron exentos de impuestos. Esperemos que nuestros dirigentes actuales no copien esa propuesta y eximan de impuestos, no ya a los filósofos, que no somos nadie, sino a los tronistas que parecen haber ocupado nuestro espacio mediático, y les liberen de pagar impuestos, en caso de que lo hagan. Por las crónicas que nos han llegado parece que llevo su amor por el escepticismo y por tanto por la ignorancia, demasiado lejos, y si no hubiera tenido a su lado personas menos ignorantes, y más responsables y amantes del conocimiento, probablemente su vida hubiera terminado antes. Claro está, que lo mismo les hubiera podido ocurrir a nuestra infanta y a nuestra ex ministra, si tanta ignorancia y dejación de conocimientos sobre lo que pasaba a su alrededor exhibían. Menos mal, que debían tener gente que sí que se responsabilizaba, o lo hubieran pasado realmente mal.

Tan extremo era su escepticismo, el de Pirrón, no el de la infanta o la ex ministra, que cuando se vio en medio de una terrible tormenta que amenazaba con destruir el barco en el que viajaba, mantuvo su imperturbabilidad, pues no podía creerse que esa tormenta fuera real, y mientras los marineros caían presa del pánico, él se mantuvo sereno, como si le diera igual que el barco se hundiera o no. Tanto como Ana Mato respondiendo imperturbable a los fiscales sobre los presuntos casos de corrupción de su marido y su carencia de sospechas de los caros regalos que obtenía, ¿quién era ella para sospechar de algo así, si ningún conocimiento puede sostenerse en ningún pilar sólido?

Tres preguntas sustentan al buen escéptico: 1. ¿Cómo son realmente las cosas? 2. ¿Qué actitud debemos adoptar ante ellas? 3. ¿Qué le sucedería a alguien que no adoptara esa actitud?

Tres preguntas sustentan al buen escéptico: 1. ¿Cómo son realmente las cosas? 2. ¿Qué actitud debemos adoptar ante ellas? 3. ¿Qué le sucedería a alguien que no adoptara esa actitud? Veamos como respondió ante ellas el sabio Pirrón de Elis, y las enseñanzas que sus discípulas actuales pudieron extraer de ellas. Es imposible saber cómo el mundo en verdad es, por mucho que indaguemos, siempre vamos a encontrar una pregunta que responde a nuestra pregunta inicial, y así en un círculo infinito. Qué podemos hacer ante esa incógnita que en verdad es nuestra apariencia de conocimiento, esa falsa seguridad que esconde nuestra ignorancia, pues, ¡aceptarla! Ya que somos ignorantes y nunca dejaremos de serlo, suspendamos nuestros juicios (ya le hubiera gustado a nuestros personajes públicos que los jueces fueran pirrónicos y hubieran suspendido el suyo). De esa pretensión de conocimiento surge nuestra infelicidad, pues aprendemos a desear aquello que creemos conocer en base a que una cosa es mejor que otra, pero eso no es cierto, por tanto debemos librarnos de nuestros deseos y despreocuparnos de cómo salen las cosas. Ya vimos como la infanta y la exministra, ambas, tenían poco temor sobre el resultado de sus juicios. Algunos mal pensados pudieron creer  era debido a que la justicia no es igual para todos, pero quizá fue debido a una influencia en su carácter, del espíritu de la filosofía pirrónica, ¿Quién sabe? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar?

Por tanto, dejemos de preocuparnos por  el resultado de nuestras acciones o inacciones, diría Pirrón, pues es indiferente. Si aceptamos estas premisas, la lógica consecuencia será que más temprano que tarde nos quedaremos mudos, como todos esos testigos o inculpados en los juicios por corrupción del PP, que de repente, parecen olvidar todo y quedarse sin habla. También quizá, malinterpretamos que lo hagan por oscuros intereses, quizá resulte que en una convención del PP, les dio por regalar Esbozos pirrónicos de Sexto Empírico y todos se empaparon de sus enseñanzas. Ahí tenemos, como muestra de esta teoría, la actitud de nuestro presidente Rajoy, que parece no inmutarse absolutamente por nada, y que parece aceptar con imperturbabilidad esa experiencia casi religiosa que produce desentenderse de los asuntos mundanos o ignorarlos, y esperar que se arreglen solos, o no, pero que importa, si nada es cierto, y nada puede ser conocido.

Podríamos en un atrevido escorzo del pensamiento esbozar, como Sexto Empírico, la teoría de que Rajoy, la infanta y la exministra, consciente, o inconscientemente, son las verdaderas discípulas de Pirrón de Elis, de su inconfundible despreocupación por los hechos que le suceden a su alrededor, pues como la ignorancia es la única respuesta verdadera ante los hechos que nos preocupan, lo mejor es encogernos de hombros y sonreír como si nada de los sucedido fuera con nosotros. Qué fácil, si el resto del mundo pudiéramos hacer lo mismo e ignorar todas esas cosas que ellos ignoran, el problema es que esas cosas puede que a ellos no les afecten, pero a nosotros nos caen directamente en la cabeza, provocando que sea complicado ignorarlas. Ay, que dura es la responsabilidad del conocimiento para aquellos que la necesitamos para sobrevivir,  y no podemos permitirnos el lujo de la irresponsable ignorancia.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”