Un verano en el Parque de las Ciencias.

Intelectuales versus 'influencers'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 29 de Enero de 2017
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'Al intelectual se le debe exigir que busque la verdad, no la que la encuentre' (Diderot)

A poco que dediquemos alguna de las pocas neuronas que mantenemos en funcionamiento a analizar el estado del mundo, mientras el resto de las neuronas dormitan acariciadas por los placeres culpables o la falta de uso, no haría falta mucho esfuerzo para llegar a la conclusión de que la gente ha perdido la cabeza, o se ha vuelto un poco más estúpida que de costumbre, que, pidiendo perdón de antemano, ya es cosa difícil. Cierto es, que últimamente parecen florecer opiniones optimistas sobre lo bien que van las cosas, y los amplios motivos que tenemos para pensar así, pero si volvemos a utilizar esas escasas neuronas críticas que mantenemos en funcionamiento, uno no sabría si pensar si una organización secreta de adoradores de Paulo Coelho se ha apoderado del cerebro de los articulistas que lo proclaman a los cuatro vientos, al más inquietante estilo de Los Ladrones de Cuerpos, esa popular novela y película de ciencia ficción donde seres queridos eran sustituidos por dobles perfectos de origen alienígena con el fin de conquistar el mundo, o, que a Dolores de Cospedal, se le ha vuelto a ir la mano en la propaganda del Partido Popular para hacernos ver que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Cómo podría ser de otra manera donde todo el mundo, de arriba abajo, de derecha a izquierda, de este a oeste y de norte a sur, mira a esos personajes que llaman con el cursi título de influencers para saber qué pensar, qué decir o qué hacer, sobre los múltiples males que aquejan al mundo, o a nuestro ombligo. Ya sea dilucidar qué cosas hemos de comer para mantenernos sanos, ya sea para explicarnos los múltiples beneficios de salir a correr con la ropa más hortera posible a las seis de la mañana, llueva o nieve, para convertirte en un runner de provecho. Ya sea para aleccionarnos sobre cómo resolver la crisis de la economía, o la representatividad de los políticos en las instituciones, o ser feliz cual mariposa succionando polen en un campo de amapolas. Es decir, sobre cualquier asunto, banal o serio que se nos ocurra. Las empresas, pobres y ricas, serias y no tanto, se pirran por hacerse con sus servicios, y asociar su marca a ellos. Luego les pasa lo que les pasa, que tarde o temprano dejan ver que o bien no conocen realmente de lo que están hablando, o que son unos impresentables machistas, o peores cosas, pero mientras, como tienen legiones de seguidores, merecen la pena. Los influencers están en todas partes, pueden ser youtubers, uno de sus medios de comunicación favoritos donde acumulan millones de suscriptores, y convierten opiniones estúpidas en trending topic, o sea la hostia de leídas y compartidas, o pueden disfrazarse de tertulianos y twitteros, o de periodistas serios en las tertulias televisivas, aunque la veracidad y el mandamiento periodístico de separar opinión de información sea mera broma para ellos.

Básicamente un influencer es una persona, que no se sabe muy bien porqué, tiene la pátina de ser experto en algún tema, sea política, economía, o en su versión más popular para indicarnos el mejor estilo hipster de llevar una barba, por ejemplo. Preocupa más la cantidad de gente que le sigue, que la razón, el conocimiento o el criterio que tenga para hablar de un tema. Porque otra de las características, no de todos, pero sí de muchos de ellos, es que valen tanto para un roto como para un descosido. Lo mismo te arreglan tu vida disfuncional, te explican cómo ligar con la mujer o el hombre deseados en dos pasos, o qué hacer para que la sociedad del bienestar no se termine de ir al carajo.

 Allí donde antes se alzaba la figura de los intelectuales, a los que se respetaba por su seriedad, compromiso, y capacidad para hacernos reflexionar, dudar y ayudarnos a tomar decisiones por nosotros mismos, ahora se alzan los influencers. Influencers que no son sino una copia estúpida y banal de alguien cuyo pensamiento debería servirnos de referencia, a tanto que empleemos esas escasas neuronas que mantenemos activas, pero esos son los tiempos que vivimos. Pensar ¿para qué?

Siendo honestos habría que reconocer que la relación de la sociedad occidental con los intelectuales es un poco esquizofrénica desde hace tiempo; por ejemplo, políticos y comunicadores gustan de apoyarse en palabras de intelectuales para dar peso a sus propios argumentos, pero si da la casualidad que esos argumentos van en contra de sus opiniones, no tardan mucho en acusarles de elitistas, y apelar sin sonrojarse a la democracia popular, que vale más que cualquier opinión sustentada en argumentaciones racionales o en profundos análisis de expertos en la materia. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a opinar ¿no? Otra cosa es cómo se defina y cómo funcione realmente esa democracia popular a la que hacen referencia para contradecir la opinión argumentada de gente que sí sabe de lo que habla. Opiniones populares en muchos casos motivadas por argumentos propios de la posverdad, sin ningún debate serio previo, ni pluralidad, ni trasparencia.

Seamos un poco serios; todo el mundo tiene derecho a estar informados con trasparencia y pluralidad, participar, opinar libremente y argumentar en los procesos de decisión que son importantes para aspectos esenciales de una sociedad libre y justa. Y todo voto ha de valer lo mismo, faltaría más. Sea en un consejo escolar, un partido político, o en la elección de representantes para instituciones democráticas. Pero, eso no quiere decir que toda opinión tenga el mismo valor, ni que una opinión por el hecho de ser mayoritaria sea la acertada. ¿Da eso paso a que las decisiones las tomen los “expertos”? No. Bienvenidos sean los argumentos que enriquezcan las tomas de decisiones realizados por gente que sabe de lo que habla, pero siempre que haya en verdad pluralidad que nos permita percibir puntos de vista diferentes y valorar democráticamente los más adecuados. El filósofo Bertrand Russell decía que aun cuando todos los expertos coincidan pueden muy bien estar equivocados (no hace falta irse muy lejos para buscar los ejemplos de las encuestas electorales aquí o fuera de nuestro país para ver que eso puede suceder), o más irónicamente tendríamos lo que nos decía el entrañable actor Peter Ustinov: La última voz audible antes de la explosión del mundo será la de un experto diciendo “es técnicamente imposible”.

Profundicemos un poquito más; A todos nos gusta recurrir al argumento de autoridad cuando estamos enzarzados en una discusión o cuando tratamos de convencer en un discurso; es decir, hacemos coincidir nuestra opinión con la de alguien cuya autoridad, por su prestigio intelectual es poco cuestionable. No, la gran mayoría de influencers no entraría en esa categoría. Lo primero que deberíamos tener claro es que recurrir a la opinión de otra persona, por mucha autoridad que tenga, para demostrar que tenemos razón, no es un motivo lógico de demostrar que la tenemos, busca más persuadir, que convencer racionalmente. Puede ayudar en la creencia de la veracidad de nuestro argumento, pero si este no está apoyado en buenas y solidas argumentaciones más allá de las apelaciones a la autoridad o emocionales, no estaremos demostrando nada. Y, en segundo lugar, porque la mayoría de las veces que utilizamos ese argumento de autoridad suele ser irrelevante, porque ese intelectual o experto puede serlo en un tema que no tiene que ver con el que nosotros tratamos de demostrar, o no tiene que ver directamente. Probablemente porque haya asuntos tan abiertos, que no subjetivos, en los que sea complicado dar dogma.

Quién le iba a decir a un experto y genio como Einstein que tendría que tragarse sus propias palabras pronunciadas en 1932 cuando afirmó que: No hay indicios que hagan pensar que algún día podrá producirse energía nuclear. Por cierto, Einstein es un buen ejemplo de cómo se pervierten los argumentos de autoridad, pues cada frase que pronunció en su vida, no ya sobre física, sino sobre el amor, la política o yo que sé, la flor más bonita del mundo, se utiliza para apoyarnos o reafirmarnos sobre temas que no tienen nada que ver con aquello de lo que realmente Einstein sabía. Einstein era un gran experto en física, pero podría ser igualmente un inútil en esos otros aspectos, o su opinión tener la misma autoridad que la mía sobre la belleza de una flor en concreto. Un experto en historia bien puede ayudarnos a entender las guerras medicas entre los griegos y los persas, pero hasta qué punto podría ser de ayuda su opinión para ayudarnos a entender los conflictos de la política contemporánea.

La dificultad de este debate; intelectuales, expertos, el valor de sus opiniones y el valor de las opiniones del “pueblo”, puestas en contraposición, es una dificultad que no viene de ahora, y de la perversión de esos influencers que pretenden sustituir a los intelectuales.  La dificultad se encuentra en las mismas raíces de la democracia. Ya los griegos se encontraron con estos dilemas. Al fin y al cabo, en la esencia de la democracia se encuentra el combate a la élite, incluido la intelectual, en la medida que se entiende que estos son mejores personas. Y esa lucha tiene su razón de ser, pero la igualdad política no ha de implicar que sobre un tema todos seamos buenos expertos y capaces de tomar buenas decisiones, ni que la opinión de todo el mundo tenga el mismo valor cualitativo sobre cuestiones morales o de gran calado social. Es este un debate muy delicado y complejo, que se mueve entre el populismo y el elitismo, y que uno u otro, son abismos en los que se debe evitar caer.

Y volvemos a lo que es verdaderamente importante; la educación libre, plural y crítica de las personas en todos los ámbitos de su vida; en su infancia, su adolescencia, su juventud y en su vida adulta, donde se ve sometido a los dilemas sociales, políticos y morales sobre los que debe decidir y ayudar a tomar decisiones. Si no construimos a las personas libres en base a una formación plural, critica, donde la duda sustituya al dogma, ocurre que se convertirán en lo que desgraciadamente sucede hoy día, en seguidores adormecidos de influencers que les dicen qué hacer y qué pensar. ¿No es absurdo que hagamos más caso a las opiniones políticas de un actor o de una actriz y las utilicemos como argumento de autoridad, que, a las opiniones de pensadores y filósofos, de politólogos, que han estudiado y analizado en profundidad esas mismas cuestiones? Y así sobre otros muchos temas de calado, cualquier persona famosa o famosilla, youtubers incluidos, es un referente para temas sociales y políticos o morales. Es ridículo, pero ahí estamos.  Es como si les dejáramos arreglarnos la calefacción o las tuberías rotas a gente que no tiene ni idea, pero como tienen imagen pública, ahí nos lanzamos a seguirles ciegamente.

Se puede defender la democracia sin caer en el elitismo, se puede defender al hombre y la mujer común sin populismo, se puede y se debe valorar y ponderar la riqueza de las aportaciones de aquellos pensadores que han aportado valor y nos ayudan a entender mejor el pasado, a vivir mejor el presente, y a prepararnos para el futuro. Es cierto que ellos son personas normales como nosotros, y que alguno puede incluso ser un cretino, como nosotros, pero su legado debe servirnos de inspiración para ser mejores, y ayudar a los que vienen detrás a serlo aún más.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”