Un verano en el Parque de las Ciencias.

Libertad, ¿para qué?

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 20 de Septiembre de 2015
Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957.
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Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957.

"Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre"

(Albert Camus)

Libertad ¿para qué?, esa fue la estupefacta respuesta de LeninFernando de los Ríos, enviado por el PSOE para decidir si se integraban o no en la emergente  III Internacional lideraba por los líderes de la revolución rusa. El filósofo español, uno de los fundadores del socialismo en nuestro país, le preguntó dónde quedaba la libertad de los individuos en el planificado futuro de la nueva Unión Soviética. No pretendo analizar ahora a fondo el eterno dilema de la libertad y cómo se ha entendido esta a lo largo de la historia, pero sí recordar que algunos de los más desastrosos experimentos sociales se han producido cuando olvidamos la importante pregunta por la libertad del individuo en la lucha por la emancipación del ser humano.

Y pocos pensadores han sido tan conscientes de la necesidad de no renunciar al individuo y su libertad como Albert Camus, despreciado por la derecha, vilipendiado por la intelectualidad orgánica de la izquierda de su tiempo. Apenas reivindicado como emergente referente ético e intelectual progresista en las últimas décadas.

Hay una anécdota muy importante en su vida que define, como ninguna otra, la lucha contra los absolutismos dogmáticos que en nombre del bien común, se llenan la boca de la palabra justicia o libertad y aplastan cualquier pregunta, cualquier divergencia, cualquier retazo de dignidad apelando a un futuro del que ellos saben todo y el resto no sabemos nada.

A los tres días de haber recibido el Nobel de literatura el filósofo francés de origen argelino, se encontraba en Suecia dando una conferencia, El artista y su tiempo. Fue agresivamente interpelado por un joven activista argelino sobre la lucha por la independencia que en esos momentos sucedía en Argelia, reclamando justicia para su pueblo.  Albert Camus, que se había criado en ese país y sentía un gran apego a esa tierra, le respondió que en esos momentos se estaban poniendo bombas en los tranvías, y que su madre, humilde trabajadora toda su vida, podría encontrarse en uno de ellos, y que entre la justicia y su madre la elegía a ella. Evidentemente, como sucede hoy día, su comentario quedó reflejado en los grandes titulares, sin profundizar en el fondo de la cuestión, y durante el corto resto de su vida, pues falleció no mucho después en accidente de tráfico, Camus fue insultado, perseguido por la intelectualidad ortodoxa que le tachaba de reaccionario conservador. Nada más ajeno, ni a su compromiso, ni a su vida, ni a su ética, ni a su política. Pero, siempre los dogmas absolutistas necesitan víctimas con las que alimentar su sed de “justicia”.

Cualquiera que haya profundizado un poco en su teatro, ensayos o novelas, podrá dar fe de la preocupación del escritor por la dignidad del ser humano, por la lucha contra la injusticia, “yo me rebelo luego somos”, una frase de El hombre rebelde en la que parafraseando a Descartes cifra la verdadera identidad y reconocimiento del individuo en el paso del yo al nosotros, pero el fin nunca justifica los medios, hay precios, como la  dignidad de cada uno de los seres humanos, que siempre ha de estar por encima de cualquier mayúscula que empleemos en la defensa de la justicia o la libertad.

Preferir al hombre abstracto al concreto es uno de los más terribles errores cometidos por cualquier movimiento emancipador. La dignidad de la defensa de la justicia ha de basarse en ser plenamente conscientes de nuestro pasado, de lo que le debemos a nuestro futuro,     sabiendo que no hay razones absolutas que sacrifiquen al ser humano concreto, de carne y hueso, con la excusa de cualquier noble causa. Tal y como venía metafóricamente a decirnos en  La peste, más vale ser “médicos” y luchar contra el mal aritméticamente, sabiendo que nunca podrá ser vencido en su totalidad, que erigirse en salvadores de una causa o un pueblo, sin importar cada rostro, cada mirada, cada esperanza, cada sueño de cada uno por los que merece la pena sacrificar el presente.

A pocas semanas de las elecciones en Cataluña no sé dónde vamos, como sociedad, como país, como nación o naciones, como Estado o como federación de estados. Lo único que me gustaría es que reflexionásemos un poco sobre las enseñanzas de la historia, y que se puede y se debe defender la libertad, la justicia, la solidaridad, la identidad o las identidades que cada uno quiera, pero la historia tiene sus lecciones, la ética tiene sus enseñanzas y la política debería tener en cuenta que no hay principios absolutos que merezcan ser defendidos si se hace a costa de cada uno de esos rostros arrugados o tersos que han puesto su esperanza en un futuro mejor.

Al fin y al cabo la verdadera libertad y la verdadera justicia encuentran su semilla en dejar de aprendernos las respuestas y empezar a hacer las preguntas.

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”