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La máquina de contar mentiras

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 9 de Diciembre de 2018
Charle Chaplin, en 'El gran dictador' (1940).
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Charle Chaplin, en 'El gran dictador' (1940).

'Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti'. Friedrich Nietzsche

El fascismo es una máquina de contar mentiras. Una maquina perfectamente engrasada para seguir a pie juntillas la máxima de Adolf Hitler: Las grandes masas caen más fácilmente víctimas de las grandes que de las pequeñas mentiras.  Y ahí estamos, no haciendo caso a las lucidas palabras  de Nietzsche y seguimos creyendo las mentiras que vierten, mientras más grandes mejor, ni siquiera se preocupan por adornarlas o verterlas poco a poco. Les basta con ese famoso se dice, multiplicado hasta el infinito por la voracidad de las redes sociales, que no suele ser, sino empezar ya a contar media mentira. Cualquiera que haya leído el programa, por llamarlo de alguna manera, de ese engendro bastardo de los movimientos fascistas que se llama Vox, se habrá dado cuenta que su programa se limitaba a cuatro exabruptos típicos de cualquier populismo intolerante; Patria, Religión, Machismo y Racismo. No con estas palabras, claro, pero  aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Ni siquiera necesitan recordar sus mentiras, para evitar caer en contradicciones, no necesitan argumentar, ni dudar, ni pensar, eso sería de pusilánimes y poco patriotas. No creen en esta Constitución, que nos permitió salir del periodo más negro de nuestra historia y recuperar una democracia que nunca debimos perder, y aún menos creen que es democrático y sano, que nuestra máxima norma de convivencia se adecue a los problemas actuales de la ciudadanía, les basta con agitar, y a ser posible golpear, con la bandera española, mientras más grande mejor, al tozudo demócrata, y se acabó la discusión. La bandera por encima de esta Constitución, o de cualquier otra de la que la ciudadanía quisiera dotarse democráticamente.

El fascismo es una máquina de contar mentiras. Una maquina perfectamente engrasada para seguir a pie juntillas la máxima de Adolf Hitler: Las grandes masas caen más fácilmente víctimas de las grandes que de las pequeñas mentiras.  Y ahí estamos, no haciendo caso a las lucidas palabras  de Nietzsche y seguimos creyendo las mentiras que vierten, mientras más grandes mejor, ni siquiera se preocupan por adornarlas o verterlas poco a poco. 

Su discurso es simple, arcaico, tosco y mentiroso hasta la saciedad. Como cualquier populismo fascista busca encontrar un enemigo exterior que culpabilizar por los problemas propios. Sí, existe violencia machista, menos de la que dicen, claro, pero es culpa de los inmigrantes, y si los datos les dicen que no entienden de matemáticas, que las estadísticas son las que son, tozudas, como su ideología, que son los machos españoles los que practican este terrorismo contra las mujeres en su inmensa mayoría,  dan la misma respuesta que Donald Trump a cualquiera que le critica, la prensa miente, los datos mienten, todos mienten, menos yo, aunque sea el mayor mentiroso del mundo. La culpa del paro también la tienen, cómo no, los inmigrantes, da igual que curiosamente con la crisis haya muchos menos que en la época de prosperidad, que algo debieron contribuir, incluyendo el que aun tengamos un sistema de pensiones. Qué más da que a nadie impongan ni sus costumbres ni sus religiones y que además, como es lo normal en un país democrático, si alguno quebranta la ley se le castiga con la misma, o mayor ejemplaridad, que a alguien nacido aquí. Como si estuviéramos en los años barbaros de la dictadura, los toros y la caza son las mejores expresiones culturales que debemos proteger, pues esos piojosos progresistas amenazan con leyes medioambientales sus derechos naturales a hacer lo que les dé la gana. Hay que reconocer que la derecha, incluso la que en España llamamos civilizada, siempre ha tenido ese componente de libertarismo conservador, que bien reflejó Aznar cuando defendía el derecho a conducir con más de unas cuantas copas de vino, pues los españoles de bien, siempre saben controlarse, más que esa DGT con sus controles de alcoholemia. Otra cosa es, si los que beben fueran inmigrantes o rojos peligrosos, que ya sabemos que no tienen ningún control cuando beben y solo causan problemas. Ironía, sí, pero desgraciadamente no tan lejos del pensamiento simplista y retrogrado de algunos.

Se trata de reconquistar, en una nueva cruzada, santificada por los sectores más reaccionarios de la Iglesia Española, a la España autentica,  donde los homosexuales y lesbianas, ocupen el lugar que les corresponde, como ciudadanos de segunda, y si quieren ser anormales, que tengan mucho cuidado de ser vistos en público, no sea que incomoden a las familias de bien. Familias de bien dispuestas a contratar inmigrantes siempre que estos sepan cuál es su sitio, sirviéndoles, cobrando sueldos de miseria y abrazando el nacional catolicismo que fortalece el espíritu nacional. Pagar impuestos es cosa de rojos, que quieren quitarles  la riqueza  ganada con el sudor de su frente, y si no hay dinero para sanidad, o para educación, o para protección social, es porque esos pobres no se lo han ganado, y es mejor dejarles que se extingan. Las mujeres deben ocupar el sitio que naturalmente les corresponde, ser buenas amas de casa y obedecer al marido, y cuidar devotamente a los hijos, muchos a ser posible, ya que el aborto lo practican las mujeres que se dejan llevar por el libertinaje, algo impropio de una sociedad decente. El libertinaje, en todo caso, es patrimonio del macho que disponga de adecuados prostíbulos para su solaz y merecido descanso.

¿Es una exageración de sus propuestas e intenciones? Sí, probablemente, aunque dudo que sus líderes se encontraran a disgusto en este tipo de sociedad, que no es una distopía lejana en el tiempo, la vivimos aquí durante una terrible dictadura que duró cuarenta años, y sus nostálgicos hacen nuevos creyentes, con nuevos disfraces, que no esconden sino el mismo ropaje. No nos damos cuenta que el fascismo, y es hora de llamar a las cosas por su nombre, en sus inicios siempre se viste de demócrata, siempre comienza aceptando las reglas del juego, y siempre comienza jugando a ser víctima porque ellos son los únicos que le dicen la verdad a la gente. Nuestro insigne poeta Larra decía que el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer. Y eso es lo que sucede con el ascenso de este tipo de ideologías, basadas en mentiras que buscan desatar emociones desacerbadas, y eso no deja de ser un terrible fracaso colectivo de las sociedades plenamente democráticas, que deberían ser conscientes del cuidado que han de tener de proporcionar a sus ciudadanos valores; libertad, solidaridad, igualdad, justicia, que les doten de sentido y den valor a una convivencia democrática y plural.

Se trata de reconquistar, en una nueva cruzada, santificada por los sectores más reaccionarios de la Iglesia Española, a la España autentica,  donde los homosexuales y lesbianas, ocupen el lugar que les corresponde, como ciudadanos de segunda, y si quieren ser anormales, que tengan mucho cuidado de ser vistos en público, no sea que incomoden a las familias de bien

No hay necesidad de dar soluciones complejas, a problemas complejos, que sin duda tienen nuestras sociedades, cuando es mucho más rentable crear problemas ficticios, y a partir de ellos utilizar la estupidez humana, alimentada por su credulidad para extender el miedo.  El malestar que utilizan para despertar ese miedo existe, pero no tiene nada que ver,  ni en su génesis, ni en su solución posible, con las mentiras que enarbolan y que se propagan a la velocidad viral de un tweet. Se trata de no dar tiempo a que la gente piense, reflexione, dude; el miedo y el odio bastan para destruir cualquier incredulidad, dejarse arrastrar por la ira es más fácil que por la compasión. Simplificar hasta el extremo de una mala caricatura al otro, al extranjero. Extranjeros que comienzan siendo gente que procede de otros países, para a continuación ser también extranjeros aquellos que viven su sexualidad de otra manera, o mujeres que solo piden tener las mismas oportunidades y derechos que los hombres, y a ser posible que no las violen o las maten, si no es mucho pedir. Son brujas, putas, según sus propias palabras, feministas radicales que quieren castrar al hombre que se comporta como tal. Extranjeros son también aquellos que no comparten su concepción univoca de España, o que no comparten su religión, o su ideología. Todos al final, que no seamos como ellos, somos extranjeros a sus ojos. Y ya sabemos la consideración que les tienen. 

No habría tinta en el mundo que se agotase en la búsqueda de los motivos para la credulidad, e imbecilidad, del ser humano, que cae una y otra vez en los mismos errores. No sería honesto, y no seré yo quien culpabilice, o desprecie, a los que les hayan votado, pues lo honesto es admitir que es un fracaso colectivo de nuestra sociedad democrática, que esta gente con esta ideología no sean absolutamente marginales. El dramaturgo español, Jacinto Benavente,  decía con la lucidez propia de un literato que  la peor verdad cuesta un gran disgusto; la mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños, y por fin el disgusto grande. Es hora de admitir la verdad de este fracaso colectivo y ponerle, ahora que estamos a tiempo, solución, pues las mejores mentiras que el fascismo nos cuenta, comienzan con pequeños disgustos, pequeños recortes de derechos, que si no nos afectan directamente, no le damos importancia, o de derechos políticos propios de nuestra pluralidad democrática, como las autonomías, y el respeto a las peculiaridades lingüísticas y culturales de nuestro rico país, y se termina con el disgusto grande de ver nuestra democracia y libertad, que tanto nos costó conseguir, agostada en el páramo del fascismo. 

No habría tinta en el mundo que se agotase en la búsqueda de los motivos para la credulidad, e imbecilidad, del ser humano, que cae una y otra vez en los mismos errores. No sería honesto, y no seré yo quien culpabilice, o desprecie, a los que les hayan votado, pues lo honesto es admitir que es un fracaso colectivo de nuestra sociedad democrática, que esta gente con esta ideología no sean absolutamente marginales

Recientemente se realizó un estudio en un país nórdico sobre el acoso escolar, sobre esos abusones que hacen la vida imposible al que es más débil que ellos, al que es diferente a lo que ellos creen que debe ser la norma. El estudio concluyó que lo que habitualmente se practicaba, o bien centrarse en aislar o civilizar al abusón, o centrarse en cuidar a la víctima, no bastaba. Los abusos no disminuían, y encontraron la clave, en sí, tratar de incorporar valores en la tozuda mente del abusón, y sí, en procurar que la víctima estuviese cuidada y atendida, pero lo más importante no era eso, sino todos esos alumnos que miraban indiferentes, que en silencio se mantenían aparte. Trabajar con ellos, hacerles solidarios del dolor de la víctima, hacerles comprender que su diferencia, en todo caso, enriquecía, que su debilidad, no era tal, sino la fuerza de todos. Y ponerse siempre del lado de la víctima frente al abusón. Y así, la tendencia cambió, los abusos disminuyeron. El fascismo no deja de ser otro abusón, que quiere acabar con el diferente, y amedrentar al resto, corroer nuestros valores de libertad, igualdad, pluralidad y justicia social. En nuestra mano está dejar de ser indiferente, somos más, y sí, la razón está de nuestro lado. ¿Seguiremos asistiendo indiferentes a sus abusos o tomaremos finalmente partido por el agredido y nos haremos más fuertes y libres con nuestra solidaridad?

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”