Un verano en el Parque de las Ciencias.

Más allá del bien y del mal (La brújula moral)

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 22 de Enero de 2017
P.L.R.

'El minutero de la vida. La vida se compone de unos pocos momentos aislados. Sumamente llenos de sentido, y de intervalos en los que, a lo sumo se proyectan sobre nosotros las sombras de esos momentos. El amor, la primavera, una bella melodía, la montaña, la luna, el mar-todo nos habla plenamente una sola vez al corazón, si es que todas esas cosas llegan alguna vez a expresarse por entero. Pues muchas personas no conocen en absoluto ninguno de esos momentos y ellas mismas son intervalos, silencios en la sinfonía de la vida real'. Friedrich Nietzsche.

Más allá del bien y del mal, qué nos quiere decir el atormentado pensador alemán con esa frase que ha resonado como un martillo resquebrajando un cristal, y golpeando con dureza los frágiles y atormentados restos de eso que hemos venido en llamar modernidad. Añadimos a esa proclama otro aldabonazo llamado Dios ha muerto, y ya tenemos la sospecha instalada en el corazón de la vanagloriada Ilustración. Algo no va bien, el hombre sigue prisionero, a pesar de los liberales profetas que auguraron un nuevo tiempo de libertad. Para Freud, seguimos prisioneros de nuestro subconsciente, nuestras pulsiones más básicas que determinan nuestros comportamientos y taras. Para Marx, las cartas están marcadas en el juego de la economía y la gran mayoría de los hombres siguen siendo esclavos de unos pocos. Para Friedrich Nietzsche, las cadenas alcanzan la esencia de la humanidad, la moral de esclavos impuesta durante milenios que nos impide ser aquello que podríamos ser, hombres y mujeres verdaderamente libres. Tres maestros de la sospecha que nos mostraron las sombras que amenazaban el sueño de la razón ilustrada en el siglo XIX.

Dios ha muerto es la frase que nuestro autor pone en boca de un personaje en La gaya ciencia. Un individuo que busca desesperadamente, linterna en mano, a Dios, sin encontrarle, con tal vehemencia y desesperación que todo aquel que le ve no piensa, sino, que está perturbado. No es que para Nietzsche Dios hubiera muerto, los mitos se desvanecen, no mueren, o que la religión y su dañina moral de esclavos hubiera perecido, sino que a estas alturas (siglo XIX) el ser humano debería ya haber comprendido que el tiempo de los sentidos absolutos ha terminado. Creer en Dios es creer que debemos obediencia a una fuente imaginaria que nos dice todo aquello que debemos y no debemos hacer, da sentido a lo que debe parecernos bien y debe parecernos mal. Pero esto, ya no es posible, como no es posible seguir creyendo en los conceptos de bien y de mal tal y como, nos los han enseñado. De ahí, que se enorgulleciera en denominarse un inmoralista, y de ahí, el título de uno de sus libros más famosos, Más allá del bien y de mal. Si ya no tenemos que someternos a esa moral, a esos conceptos que tanto daño han hecho al destino de verdadera libertad de los seres humanos, ¿qué hay más allá?; el futuro, que como todo futuro es, o debería ser, a la vez aterrador, lleno de incertidumbres, pero igualmente lleno de promesas, de estimulantes cosas por hacer. Imaginemos una persona criada en una prisión, toda su vida, que no ha conocido sino los cerrojos que le decían por dónde podía pasear y por donde no, cuya celda era el único mundo conocido salvo lo poco que podía vislumbrar en los paseos al patio acompañado siempre por los carceleros. Siempre comiendo lo mismo, salvo en alguna ocasión, donde le daban migajas de un banquete al que nunca podría acceder por derecho propio, y siempre confraternizando con otros cuando se lo permitían y bajo la atenta mirada de aquellos que le dictaban qué podía y qué no podía hacer. Sin conocer otro mundo. Cómo se sentiría si de repente los muros de esa cárcel se derrumbaran y los guardias abandonaran la prisión; desconcertado y muy posiblemente tan temeroso de salir a ese mundo sin reglas que tanta seguridad le daban, que lo rechazaría.

Lo primero que sentiría es miedo y pánico, tan desorientado como una oveja perdida sin el amparo del rebaño y sin la vigilancia de los perros pastores. Con valentía y voluntad, poco a poco, sentiría la emoción de descubrir que no hay reglas, no más que aquellas que le ayudarían, con muchos errores y heridas en el camino, a aprender a construir sus propios sentidos, a dotarse de otras reglas, que dieran su propio valor a la vida, sin dependencia de valores ajenos impuestos que la constriñeran. Tendría el derecho a elegir que le negaron al nacer, al aprisionarle en los muros de la prisión de la moral y las costumbres de su sociedad y de su época.

Como esa persona encarcelada toda su vida, somos para Nietzsche, prisioneros, con miedo a dejar de tener reglas y valores ajenos, con miedo a la responsabilidad de construir valores propios. La moral de esclavos que durante milenios han sido los grilletes de nuestra cárcel, es un canto fúnebre que santifica la muerte. La moral que ha de sustituirla ha de ser una moral que por el contrario cante a la vida. La historia genealógica de la moral nos descubre las ilusiones, los engaños, que hay tras los conceptos de bien y de mal que hemos heredado.  No puede haber una moral universal, una moral para todos, porque la moral despojada de mitos no puede ser sino particular y por tanto contingente y dependiente de una época concreta.

El mundo conocido es una ilusión, el mundo de representaciones en el que nos movemos; la verdadera realidad es caótica, trágica, ciega, carente de todo sentido, y lo peor que podemos hacer es renunciar a aceptar esa terrible realidad y pretender racionalizar todo, o caer en la mentira de las ilusiones de los paraísos futuros.  Sócrates y las religiones representan para el filósofo alemán los dos causantes de ese error. Por eso es necesario ir más allá; convertirnos en artistas que modelemos nuestra propia vida como un artista modela su obra. En La gaya ciencia escribe: Como fenómeno estético, la existencia todavía nos es tolerable y mediante el arte se nos entregan los ojos y las manos y por encima de todo la buena conciencia para poder hacer de nosotros mismos un fenómeno tal.

¿Qué nos está diciendo realmente Nietzsche con estas palabras?; no tenemos una esencia, un yo estable, éste es dinámico y se va construyendo poco a poco, siempre sometido a las tensiones del caos que es el mundo real, y, por tanto, es nuestra obligación dotarnos de un estilo en nuestra vida, como el artista que realmente lo es, logra con su arte, dotarlo de personalidad propia. La construcción de nuestro carácter ha de seguir el mismo camino. A pesar de toda la propaganda y confusión sobre el superhombre, el Übermensch, no es sino ese ser humano que finalmente ha logrado crearse a sí mismo, con estilo, ha construido su carácter, que dotará de una marca particular el devenir de nuestro cambiante yo, sometido a una dinámica de tensiones que le harán naufragar una y otra vez, cambiar una y otra vez, pero algo ha de permanecer. Ese estilo, esa personalidad, que, de coherencia a nuestra imposible, pero también irrenunciable, búsqueda de sentidos.  Esa eterna lucha es la que logrará que convirtamos nuestra vida en una obra de arte.

A ese yo, construido con estilo propio, se oponen aquellos que, en lugar de aceptar la carencia de sentido del mundo y su caos real, abogan por un mundo ficticio, ya sean filósofos como Platón, con su mundo de las ideas, un mundo eterno e imperecedero frente a la inestabilidad y provisionalidad del nuestro, o ya sean aquellos que nos imponen una realidad verdadera en un alma y un cielo que nada tienen que ver con el cuerpo y la tierra donde vivimos. Nos quieren hacer creer que no tenemos el valor de aceptar lo real, y que esas ilusiones, esas mentiras, es lo único que puede hacer soportable nuestra vida. Pero dos consecuencias terribles sobrevienen a aceptar esa ilusión. Lo que importa es ese más allá, por tanto, el aquí y ahora, carece de valor, y por tanto perdemos la única oportunidad que tenemos de vivir, siempre pendientes de una ilusión. Y, en segundo lugar, aquellos que creen en ese más allá, ese otro mundo, no se conforman con su creencia privada, tratan de imponerla por todos los medios a los demás.

Existe mucha confusión, debido a una lectura superficial o interesada de los textos nietzscheanos, y también al propio estilo provocador y destructor del filósofo, sobre ese hombre fuerte y noble que representaba originariamente el bien, frente al débil y esclavo que era el representante de todo aquello que era malo, y que logró a través del resentimiento una transvaloración, y que la debilidad fuera considerada lo bueno, y la fortaleza, la voluntad de poder, lo malo. Nietzsche explica en las páginas de sus textos la genealogía de cómo surge la moral de los esclavos en la que vivimos, pero no reivindica que volvamos ese tipo de héroe homérico que era en realidad un bruto violento y con poco seso; un abusón de esos con los que de vez en cuando nos topamos en las esquinas de nuestra vida. El ideal al que el pensador alemán desea que miremos es ese individuo con la valentía y la fortaleza de mirar a los ojos al abismo del caos que es nuestra vida, sin sentido, y ser capaz de sobreponerse y como un artista dar valor, su propio valor, a nuestra vida, creando sentidos, frágiles y perecederos, como la existencia misma, pero con un eterno valor en cada segundo vivido. Porque cada segundo ha de ser eterno, como si siempre quisiéramos, una y otra vez vivirlo. Pues no habrá otra oportunidad.

No cabe otra pues que, ir más allá del bien y del mal, abandonar las falsas promesas de un paraíso por venir, sin caer en el error del nihilismo, en pensar que por que hemos roto con lo que creíamos la única interpretación de sentido posible, no hay otras que podamos construir. Es cierto que ya no podemos refugiarnos en la perfección de ese más allá eterno y perfecto, pero ese caos en permanente flujo está lleno de posibilidades, nuestra vida en permanente flujo es como la arcilla del alfarero, en nuestra mano está convertirnos en artistas que modelemos a nuestra manera nuestra vida, o dejar que esa arcilla que somos la moldeen a su gusto otros. Y así, la belleza, aún es posible, a pesar del dolor, de la desorientación, del abandono, de la provisionalidad de todo, podemos erguirnos para observar con orgullo la belleza creada a partir del informe caos, la belleza que hay en nuestra propia vida.

 Cierto que, con lo sencillo que es seguir esas estúpidas reglas tan hipócritas como aquellos que las dictaron, porqué hacer caso a las reflexiones de un pensador tan intempestivo, cuyo mundo lo formaron restos de estrellas caídas, tal y como Nietzsche decía: Solo soy un creador de palabras: ¿qué importan las palabras? ¿qué importo yo?

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”