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Los mitos del romanticismo

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 3 de Diciembre de 2017
'The Lady Of Shalott' (1888), de John William Waterhouse.
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'The Lady Of Shalott' (1888), de John William Waterhouse.

Entre todas las formas míticas que nuestra cultura, la occidental, ha engendrado, pocas lo hicieron con tanta fuerza y con tanta persistencia como el romanticismo. No solo impregnó la literatura, la filosofía, el arte y la política del Siglo XIX, a veces como alternativa complementaria del Siglo de las Luces, a veces como enmienda a la totalidad, sino que su perfume impregna hoy día, cuanto tantos otros mitos culturales han caído en el olvido, muchas de las manifestaciones sociales, políticas o culturales de nuestras sociedades. A poco de acercarnos a cumplir dos décadas del siglo XXI, parece lógico y razonable, dos conceptos antagónicos y anatema para el romanticismo, que con un ligero toque de bisturí conceptual nos acerquemos a vislumbrar de cerca qué hay realmente detrás de algunos de estos mitos románticos que tanta presencia aún mantienen en nuestro subconsciente colectivo.

Podríamos definir el romanticismo como aquel movimiento cultural, nacido a finales del XVIII y en plena boga durante gran parte del XIX, que encumbraba la libertad creativa, la figura del genio, la fantasía y la poderosa fuerza de los sentimientos, que acompañados por la férrea voluntad, son capaces de derribar cualquier dique (la mayoría erigidos por la fría lógica de la racionalidad o de la realidad) que se interpongan en el camino de una misteriosa fuerza vital que nos mueve

Podríamos definir el romanticismo como aquel movimiento cultural, nacido a finales del XVIII y en plena boga durante gran parte del XIX, que encumbraba la libertad creativa, la figura del genio, la fantasía y la poderosa fuerza de los sentimientos, que acompañados por la férrea voluntad, son capaces de derribar cualquier dique (la mayoría erigidos por la fría lógica de la racionalidad o de la realidad) que se interpongan en el camino de una misteriosa fuerza vital que nos mueve. Un destino de gloria, individual o colectivo, aguarda a los valientes que se atreven a seguir su corazón, y si fracasan, ¿acaso no hay gloria en la épica del fracaso? Todo muy romántico, tan bonito como esos memes que copan las redes sociales con frases tan pretenciosas y voluntariosas como vacías, en la mayor parte de los casos. Empecemos a diseccionar con el bisturí algo sencillo, un derivado cultural cuyas raíces son más antiguas, pero al que la influencia del movimiento romántico en el XIX le dio un impulso aún mayor; el amor romántico.

Revelador resulta el ejemplo que emplea la Real Academia de la Lengua Española para definir la cualidad de romántico: “atraía a las mujeres por su valentía y su romanticismo”. ¿Qué hombre no quiere comportarse románticamente? Y, ¿qué mujer no desea ser cortejada por un pretendiente pendiente de sus más ínfimos deseos? Estereotipos que desgraciadamente no han dejado de perpetuarse en la cultura popular de mil maneras diferentes (solo hace falta ver cualquier programa de telerrealidad para darse cuenta de su persistencia) y con los que se sigue bombardeando a los niños y niñas para que adoptan estos roles como si fueran naturales; el hombre apasionado, fuerte, controlador, que ha de proteger a la mujer, débil, frágil e indefensa, necesitada de protección permanentemente. Incluso en estos tiempos, donde la mujer ha encontrado espacios para descubrir que es tan libre y fuerte como el hombre, los rescoldos del mito romántico siguen presentes en muchas de las manifestaciones culturales y sociales cotidianas. De tal manera, que en la mente de muchos adolescentes y jóvenes, se confunde el acoso a una chica de la que están interesados con el romanticismo. Algo que viene de lejos, en la tradición popular entre otros múltiples ejemplos tenemos la versión de La Cenicienta de Charles Perrault: Aschenputtel, que es como se llama Cenicienta en el cuento del escritor francés, resiste varias veces las peticiones del guapo y rico príncipe, que llega a cubrir de brea las escalinatas del palacio para que la joven no escape de sus atenciones, hasta que al final, ésta más resignada que convencida, decide contraer matrimonio. La confusión entre acosador y  pretendiente romántico no deja de ser un rescoldo más, de las cenizas de los malentendidos creados por los mitos del romanticismo; el control del hombre sobre la mujer se manifiesta en ser aquél que provee de caprichos a la mujer, mientras ésta acepta gustosa la jaula de cristal en la que el varón la encierra, y acepta su papel de prisionera con sus responsabilidades de guardiana del hogar, en tanto el varón cumpla con su rol de ser su proveedor de caprichos, y aquél que ha de alimentar el hogar. Caprichos que se regulan según la satisfacción con la que la mujer cumple su papel en este esperpento romántico.

Todos sabemos que el amor, y la convivencia en pareja, tienen poco que ver con estos cuentos románticos que se introducen en las dúctiles mentes de los adolescentes y de los jóvenes, como si fuera aquello a lo que han de aspirar en sus relaciones. No, el amor no es cuento romántico, es un camino lleno de encuentros y desencuentros, que se mueve en un precario ejercicio de  toma y daca, de renuncias y de límites forzados entre la pasión que deviene en cariño y mutua protección y el deseo que rara vez sigue un camino al unísono, devastado por el tiempo. A veces ese equilibrio funciona, otras tantas no, pero un poco de escepticismo que acompañe la ilusión inicial no viene mal como vacuna de males futuros incubados por un romanticismo de opereta inoculado en nuestra infancia.

La confusión entre acosador y  pretendiente romántico no deja de ser un rescoldo más, de las cenizas de los malentendidos creados por los mitos del romanticismo; el control del hombre sobre la mujer se manifiesta en ser aquél que provee de caprichos a la mujer, mientras ésta acepta gustosa la jaula de cristal en la que el varón la encierra, y acepta su papel de prisionera con sus responsabilidades de guardiana del hogar

Más allá del amor romántico, el bisturí conceptual de la lógica y la racionalidad, nos descubre la banalidad de los orígenes del nacionalismo;  El sentimiento nacionalista nació como una reacción al cosmopolitismo ilustrado. Recordemos los tiempos convulsos que vivía Europa con el expansionismo francés posterior a la Ilustrada Revolución francesa. En la mentalidad de los pueblos ocupados la necesidad de construir algo que les uniera frente al ocupante les impulsó a reivindicar tradiciones, incluyendo absurdas supersticiones, u otras manifestaciones propias, sin duda con valor, como la poesía o la literatura en su lengua, que junto a otros rasgos culturales de origen diverso formaron el batiburrillo de eso que llamaron el alma del pueblo. Una esencia indefinible en términos racionales, lo que servía a su vez para deslustrar y reaccionar conservadoramente a la reivindicación ilustrada de la razón como motor de progreso. Ya conocemos como termina esa historia, en nuestras propias carnes nacionales, con la vuelta de la España más tiránica e intolerante tras la guerra de la independencia. Exultante en lo nacional, hundida en sus ansias de libertad ciudadana, sacrificada por la libertad colectiva del pueblo español, significase lo que significase eso. Tampoco hace falta derramar mucha tinta, aunque sea electrónica, para ver los males que el nacionalismo causó en Europa en siglos posteriores y cuyos mitos siguen hoy día alimentando los nacionalismos que reviven en pleno siglo XXI, llenos de las mismas ensoñaciones y los mismos cuentos románticos que en el siglo XIX en el que muchos vislumbraron su nacimiento. Nadie sabe muy bien que esencia tiene un pueblo, pero qué más da mientras les sirva para continuar con los delirios románticos que provoca, inmunes a cualquier debate racional.

La historia es otro de los dulces preferidos de los mitos románticos; el patrimonio histórico se reivindicó como parte de esa necesidad de construir una identidad propia, identificando historia con tradición, lo que inevitablemente llevó a descartar la revisión crítica y racional del pasado impulsada por la ilustración, y alimentar la historia con cuentos tradicionales identitarios, sin importar su veracidad. Exaltando cualquier hecho pasado, por poco edificante que hubiera sido, dándole un matiz romántico que lo dulcificara y convirtiera en héroes a personajes que como poco se habían comportado con una moral bastante dudosa. Todo al servicio de construir un espíritu nacional.

El romanticismo, y sus muchos mitos, de los cuales tan solo hemos vislumbrado algunos, vinieron para quedarse en el subconsciente colectivo de nuestra cultura. No todo es negativo en su legado, entre sus virtudes se encuentra alertarnos de los excesos que la propia ilustración, con mitos propios, pretendía imponer, algunos de los cuales también persisten hoy día

La razón, tan venerada como instrumento de progreso y de avance científico en la Ilustración, empezó a verse con desconfianza; la fe, la fantasía, los sentimientos, la intuición, o la vuelta a la religión, todo valía con tal de quitarse de en medio ese incordio de la racionalidad que te obligaba a ser rigurosamente crítico con tus creencias. Curiosamente fue Kant, con su distinción entre intelecto y razón, una de las vías que se utilizaron para desmembrar la critica a de la razón ilustrada a la religión.  El intelecto era el depositario de toda la estrechez de miras de la ciencia, de su miopía para no ver la totalidad de la realidad, que esta concepción romántica de la razón sí era capaz de vislumbrar, a través de la intuición y los sentimientos.

La naturaleza fue otro de los elementos esenciales del romanticismo; salvaje, incontrolable, como el verdadero espíritu del viajero romántico y  del alma de los pueblos. Esta reivindicación de la naturaleza alejada del riguroso análisis que habían iniciado los  naturalistas ilustrados vino a identificar la naturaleza con la divinidad, en un sentido panteísta; las manifestaciones sensibles no eran sino fenómenos que mostraban que existía algo suprasensible, más allá.

El romanticismo, y sus muchos mitos, de los cuales tan solo hemos vislumbrado algunos, vinieron para quedarse en el subconsciente colectivo de nuestra cultura. No todo es negativo en su legado, entre sus virtudes se encuentra alertarnos de los excesos que la propia ilustración, con mitos propios, pretendía imponer, algunos de los cuales también persisten hoy día. El valor de la deconstrucción de estos mitos, de estos prejuicios, en el sentido etimológico de creencias no sometidas a juicio crítico, que damos por hecho por habernos empapados de ellos desde nuestro nacimiento, es descubrir que toda luz arroja una sombra, y toda sombra esconde una luz. Pararnos un poco a pensar en las muchas sombras arrojadas por la pasión desenfrenada de un romanticismo exasperado, puede ayudarnos a tener un poco de perspectiva de las taras de nuestro pasado, que atrapan a nuestro presente y nos impiden construir un futuro en el que demostremos que hemos aprendido  al menos, un poco,  de nuestros errores. No es una banal tarea pendiente, la que a nivel individual y colectivo tenemos por delante, en estos u otros mitos de nuestro subconsciente colectivo como sociedad.

 

 

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”