'Motivos para el altruismo, es decir, para ser buena persona'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 14 de Noviembre de 2021
Alberto Ruggieri, Getty Images.
'No nos sentiremos aburridos o carentes de satisfacciones en nuestra vida. Pero más importante aún, sabremos que no hemos vivido y muerto en balde, porque nos habremos convertido en parte de la gran tradición de aquellos que han respondido al mundo de dolor y sufrimiento en el universo intentando hacer de este mundo un lugar mejor'. Peter Singer, Ética para vivir mejor.

El filósofo de la moral australiano Peter Singer narra una triste historia para ejemplificar hasta qué punto vivimos insensibles al dolor y sufrimiento que gran parte de la humanidad, de nuestros contemporáneos, ya sea a la vuelta de la esquina o a miles de kilómetros de distancia, padece ante nuestra indiferencia. Suele poner en sus conferencias un video de una pobre niña de tan solo dos años atropellada por una furgoneta. El conductor no se paró, pero es que hasta tres viandantes la sortearon mientras yacía moribunda. Una segunda furgoneta pasó por encima y le destrozó las piernas, nadie hizo nada hasta que un barrendero avisó a las autoridades. La niña falleció en el hospital. Los que la atropellaron y los primeros viandantes ignoraron esta tragedia como si el moribundo cuerpo de la niña fuera una molestia que obstaculizara su camino al trabajo o al ocio.

Y probablemente sería cierto, que la mayoría reaccionaríamos ante una tragedia tal mostrando nuestra ayuda y dolor, pero aquello en lo que hace hincapié Singer es que tragedias iguales a ésta suceden cada segundo de nuestra vida, lo que ocurre es que no las vemos o más bien preferimos no verlas

Si nos preguntan qué hubiéramos hecho nosotros, indignados, todos exclamaríamos que no nos comportaríamos con tal brutal indiferencia. Y probablemente sería cierto, que la mayoría reaccionaríamos ante una tragedia tal mostrando nuestra ayuda y dolor, pero aquello en lo que hace hincapié Singer es que tragedias iguales a ésta suceden cada segundo de nuestra vida, lo que ocurre es que no las vemos o más bien preferimos no verlas. Suceden a miles de kilómetros, niños que fallecen debido al hambre, de la misma edad que la niña atropellada, o debido a la falta de medicinas que podrían salvarles la vida, o de la violencia de guerras sin sentido. Alimentos y medicinas que cualquiera de nosotros tenemos al alcance en una farmacia, a bajos precios. Para ellos, para sus familias, inalcanzables, mientras nosotros dejamos que alimentos y medicinas caduquen y las arrojamos a los vertederos por toneladas. Hemos visto como los países occidentales acaparaban vacunas contra la COVID-19, hasta tener que tirarlas por pasar la fecha de caducidad, mientras gran parte de la población mundial carece de acceso a ellas. 

No hace falta irse a miles de kilómetros para vivir esta situación trágica de niños o adultos que malviven por falta de sustentos o cuidados básicos

No hace falta irse a miles de kilómetros para vivir esta situación trágica de niños o adultos que malviven por falta de sustentos o cuidados básicos. Todos conocemos como en nuestras urbes hay espacios llenos de miseria donde se dan situaciones, sino similares, casi,  y a las que ignoramos como ignoramos la miseria que vemos por el centro de nuestras urbes, pasando al lado como si las vidas destrozadas que ejemplifican, fueran una mera distracción de los escaparates llenos de innecesarios productos de lujo ante los que babeamos. Miles de niños mueren a diario por hambre o enfermedades fácilmente subsanables, ¿tanta diferencia existe con la niña del ejemplo, para ignorarlos por el mero hecho de que no suceda a unos pocos metros de nuestro deambular? Moralmente no hay ninguna diferencia que justifique nuestra indiferencia, afirma Singer, como tampoco que no compartan nuestra nacionalidad o nuestra etnia. Si alguien pretende justificar moralmente ayudar a alguien en base a estos factores, etnia o nacionalidad, y no a otros, comete una aberración ética. La cuestión es si cada uno de nosotros podemos hacer algo o no para revertir esta situación. Podemos exigir a los gobiernos que votamos que hagan algo, a los políticos que son responsables que no miren a otro lado. A las empresas a las que enriquecemos que no expolien recursos de estos países y dejen en la miseria a sus gentes para alimentar nuestra bien nutrida despensa, y todo lo que queramos, pero la pregunta ética que debemos hacernos es si en nuestros propios hábitos no hay nada que podamos alterar para cambiar la vida de alguna de estas personas. Pongamos un ejemplo sencillo: pensamos en el problema de los plásticos y porqué seguimos comprando botellas de agua embotellada en plástico cuando la que sale de nuestros grifos no solo es perfectamente bebible, sino que es igualmente sana, por mucha mercadotecnia con la que nos inunden. Si realmente somos conscientes de este tipo de lujos innecesarios, porqué seguimos actuando igualmente así. No es tan diferente, en las consecuencias a medio y largo plazo que este tipo de actitudes tienen, con la de aquellos que en su deambular obvian una tragedia que sucede a pocos metros. Cuantitativamente quizá, pero en lo cualitativo moralmente, no hay gran diferencia. En ambos casos miramos a otro lado, eludiendo nuestra responsabilidad moral.

Es la razón, que no es una herramienta meramente neutral, como no lo son los algoritmos con lo que pretenden controlarlo todo, la que debería hacernos llegar a la conclusión de que toda vida, por principio moral, posee el mismo intrínseco valor

Peter Singer cree que la respuesta ética adecuada se encuentra en lo que llama “altruismo efectivo”, que combina el sentimiento moral de la injusticia ante estos acontecimientos, la indignación moral que cualquier ser humano debería sentir, con el efecto práctico de nuestras acciones para tratar de hacer algo. No solo las emociones, sino el propio uso de nuestra razón debería llevarnos a reflexionar sobre cómo podríamos ser cualquiera de nosotros, o de nuestros hijos, los que por una mera cuestión de azar o mala suerte, o desplazamiento geográfico, se viera en una situación similar. Es la razón, que no es una herramienta meramente neutral, como no lo son los algoritmos con lo que pretenden controlarlo todo, la que debería hacernos llegar a la conclusión de que toda vida, por principio moral, posee el mismo intrínseco valor. Uno de los ejemplos que propone el filósofo australiano es el del altruismo de vilipendiados multimillonarios como Bill Gates, cuya fundación ha salvado, efectivamente, millones de vidas de niños y de niñas. Claro, es multimillonario, nos decimos, mientras que no todos los presentes podemos regalar un dinero que no nos sobra, como si sucede con el fundador de Microsoft.

Peter Singer nos pide que, con sinceridad, tratemos de reflexionar y responder a cuatro objeciones que solemos hacernos para evitar nuestro compromiso moral:

¿Acaso puedo marcar realmente la diferencia con mis modestas acciones? Sí que podemos marcar la diferencia. Cuántos de nuestros gastos son realmente necesarios para vivir con un nivel aceptable de bienestar, sin faltarnos nada esencial, incluido ocio, y cuánto desperdiciamos en las botellas de agua, permítanme la metáfora, de nuestro innecesario lujo. Cuántas enfermedades o vidas podríamos salvar. Aunque no fueran millones, como hacen las donaciones de los multimillonarios, una sola vida salvada de un niño o niña, sería moralmente igual de relevante.

¿Debo dejar de lado mis prioridades profesionales o personales para dedicarme al altruismo? No, qué sentido tiene ponernos como excusa este tipo de cuestión. Singer nos anima a tener éxito profesional, porque mientras más éxito tienes, equilibrado con una buena vida, más puedes comprometerte en un altruismo efectivo que cambie vidas de personas que no tienen esta oportunidad. Volvemos al punto anterior, qué sentido tiene poseer cuatro coches, o cinco casas, o, cambiar de móvil cada año o dos, si eso no altera ni tu estatus económico ni social, ni seamos sinceros, tu felicidad, más allá de acumular cosas porque sí. Ten éxito en la vida, económico y social, utilízalo para ser más consciente de aquello que realmente necesitas para tener una buena vida, y aquello con lo que puedes ayudar a que otras personas tengan, sino una buena vida, un mínimo de dignidad vital. No hace falta convertirte en voluntario y misionero, si no es esa tu vocación, puedes igualmente, con mayor efectividad incluso, contribuir a cambiar significativamente las vidas de aquellos en estado de necesidad.

Vivir una vida ética implica ser proactivos moralmente, no solo no matar, no robar o no engañar, o lo que sea que te convierta en un indecente moral

Vivir una vida ética implica ser proactivos moralmente, no solo no matar, no robar o no engañar, o lo que sea que te convierta en un indecente moral. Si nos sobra, compartamos una pequeña cantidad de aquello que no necesitamos, y demos algo a los que sí lo necesitan.

¿Son realmente efectivas las organizaciones no gubernamentales para confiar en ellas?  Algunas lo son más que otras, algunas se pierden en la burocracia o dilapidan recursos, mientras otras son muy eficaces a la hora de aprovecharlos al máximo. Ya que la evolución nos dotó de razón, y hoy día es muy fácil investigar, tomémonos la molestia de ver aquellas que merecen nuestra confianza. Singer suele poner un ejemplo; darle un perro guía a un ciego es sin duda una buena labor. Ahora bien, entrenar al perro, y a la persona que lo va a utilizar implica muchos miles de euros en gastos. Por ese mismo dinero, podemos evitar que cientos de personas en países subdesarrollados, que padecen cegueras evitables, terminen siendo invidentes. Hay que priorizar a dónde queremos que vayan nuestros recursos de la manera más efectiva posible. Y que causen el mayor beneficio posible. La lección es sencilla, empleamos un pequeño porcentaje de nuestro tiempo en investigar aquellas organizaciones, que las hay, que merecen nuestra confianza, y cuyo empleo de los recursos sea más efectivo, y beneficien a más gente y sirvan para paliar el mayor sufrimiento posible. De personas, pero también de animales, que son seres sintientes igualmente, y merecen un reconocimiento de unos mínimos derechos de decencia en su cuidado.

¿No es una carga muy grande la responsabilidad de ser altruistas y donar parte de lo que nos sobra? No solo no es una carga, sino que altera y cambia nuestro propio bienestar de maneras inesperadas. Dota nuestras vidas de un sentido que hace que vivir éticamente sea una opción vital que ilumina y alegra partes de nuestro corazón donde antes solo habitaban las sombras del rencor, el odio, el temor. Alimenta nuestra autoestima, porque nos hace conscientes del valor de nuestra vida, no solo por nuestro propio proyecto vital, sino porque nos habremos convertido en parte de la gran tradición de aquellos que han respondido al mundo de dolor y sufrimiento en el universo intentando hacer de este mundo un lugar mejor. Qué mejor sentido para no sentirnos inútiles que ayudar a cambiar la vida de personas que lo necesitan. No hay que hacer grandes sacrificios. No tienes que cambiar tu proyecto vital. No tienes que alterar nada esencial de tu bienestar, ni  renunciar a la comodidad o a los placeres. Solo poner un poco del tiempo que te sobra, donar algo de lo material que no necesitas, o es innecesario, que no te aporta calidad de vida, e intercambiarlo por algo tan modesto, tan importante, como ayudar a quien lo necesita. Vivan donde vivan, sea de la etnia que sean.

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”