Recicla las pilas

'Los motivos por los que resulta tan difícil convencer'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Septiembre de 2021
IndeGranada
'Muchos gritan y discuten hasta que el otro calla. Creen que le han convencido. Y se equivocan siempre'. Noel Clarasó

El irónico escritor británico Oscar Wilde decía que es muy peligroso escuchar, porque si se escucha al otro se corre el riesgo de ser convencido. La triste verdad es que normalmente oímos lo que nos dicen, pero rara vez escuchamos lo que nos quieren decir. Nada nos fastidia más que admitir que estamos equivocados y que alguien tiene razón, y ese alguien no somos nosotros. Un simple ejercicio, hecho en la intimidad, para que no nos avergoncemos, debería bastar para reflexionar sobre lo difícil que nos resulta ser convencidos: tratemos de recordar la última vez que cambió alguna de nuestras creencias más firmes, e incluso de las menos firmes, en base a escuchar argumentos que nos demostraran nuestro error. Los argumentos pueden resultarnos más o menos razonables, pero en realidad mientras aparentemente los escuchamos, nuestro cerebro ya está pensando en la mejor manera de rebatirlos, más que en tratar de comprender y evaluar los argumentos por si fueran más certeros que los nuestros. Más allá de postureos del tipo de “soy una persona razonable” o “estoy abierto a cambiar de opinión”, lo cierto es que rara vez sucede, de facto, algo así. Rara vez estamos dispuestos a admitir que alguna de nuestras creencias es errónea. Nos resulta difícil convencer porque nos resulta difícil ser convencidos.

De la dificultad de convencer al otro ya nos quejamos a diario, de lo que no viene acompañada esa queja es de la autocrítica propia, porque adolecemos del mismo defecto, lo difícil que resulta convencernos

De la dificultad de convencer al otro ya nos quejamos a diario, de lo que no viene acompañada esa queja es de la autocrítica propia, porque adolecemos del mismo defecto, lo difícil que resulta convencernos. Durante la pandemia ha habido ejemplos extremos de la dificultad de convencer a aquellos que no desean ser convencidos, de la existencia del coronavirus, de la gravedad y mortalidad de la enfermedad, de la necesidad de seguir protocolos de protección, y de la enorme ventaja de las vacunas para salvar vidas y recuperar la normalidad. Por muchos argumentos racionales que se empleen, por mucha evidencia científica que se ejemplifique, o por muchas imágenes terribles que acompañen la evidencia, hay un irredento grupo que lo niega todo, y lo seguirá negando a no ser que se vean en la terrible desgracia de sufrir las peores consecuencias. Solemos calificar a este tipo de personas como irracionales, ignorantes, y seamos sinceros, algo cretinos, cuando se ha tratado de colaborar para salvar vidas, y ellos han mantenido su cerril posición. Y es comprensible nuestra irritación, pero más allá de que este sea un ejemplo extremo de lo que se ha venido a llamar el sesgo de confirmación, es algo más común de lo que pensamos. El sesgo de confirmación es la tendencia a cribar la información que recibimos, y si es necesario alterarla, para que favorezca aquello que ya creemos, y no la alternativa. Olvidamos o dejamos de lado aquello que no nos conviene, y potenciamos aquello que sí, si con ello favorecemos nuestra creencia.

En algunos casos se debe a la ignorancia o a carencias en nuestra educación, pero personas con elevados niveles de cultura, educación, y bastante inteligentes, también lo poseen. La inteligencia no nos hace más autocríticos

En algunos casos se debe a la ignorancia o a carencias en nuestra educación, pero personas con elevados niveles de cultura, educación, y bastante inteligentes, también lo poseen. La inteligencia no nos hace más autocríticos. Esto se debe a que hay un legado biológico en nuestra evolución que ata nuestras emociones a las creencias, y es terriblemente difícil eludir esa conexión, pues alterar una creencia nos afecta emocionalmente. Y nuestra tendencia es creer aquello que emocionalmente nos hace sentir cómodos, y descartar todo aquello que nos lleve a la incomodidad. Así de sencillo, así de cruel.

Los hechos están ahí, pero decidimos no verlos o alterarlos.  Pongamos el ejemplo del cambio climático, y las toneladas de evidencias que demuestran como la acción humana está alterando significativamente el clima, y el daño que esto va a suponer, no solo para la generación presente, sino lo duro que va a resultar para las próximas, pero sigue habiendo gente, incluido un grupo de científicos (no muy numeroso eso es cierto) que deciden no creerlo. Nuestro cerebro funciona de tal manera que elige qué hechos creer y qué hechos obviar. No es solo cuestión de educación o personalidad, es algo biológico. Nuestras creencias se entrelazan con aquello que nos hace tan humanos, sino más, que la parte lógica; los deseos, las pasiones, los sentimientos.

La investigación trataba de demostrar hasta qué punto una creencia previa nos ancla, y nos impide aceptar nueva información si ésta no consolida lo que previamente ya creíamos. Y demostró la hipótesis sobradamente

Una investigación dividió en grupos a unas personas para ver cómo afrontaban las evidencias científicas sobre el cambio climático; por un lado aquellos que firmemente estaban convencidos, y por otro lado aquellos que no tanto. A algunos les dijeron que las evidencias habían cambiado, y que ahora los datos demostraban que el cambio climático no iba a ser tan dañino. Los que no creían en este hecho, por no confiar en la ciencia, rápidamente confiaron en estos “datos” científicos, porque apoyaban su creencia anterior. Los que creían en que la ciencia demostraba que había cambio climático, no creyeron esta “evidencia” científica y no alteraron sus creencias, a pesar de su confianza previa en la ciencia. Lo mismo sucedió  a otro grupo cuando les dijeron que había “evidencia” de que el cambio era mucho peor de lo previsto. Los que ya creían en el cambio climático lo aceptaron sin reservas, y rápidamente admitieron esta nueva “evidencia”. Los que no, no se movieron un ápice de su posición previa. La investigación trataba de demostrar hasta qué punto una creencia previa nos ancla, y nos impide aceptar nueva información si ésta no consolida lo que previamente ya creíamos. Y demostró la hipótesis sobradamente..

La información pues, aparentemente neutral, polariza más que une, dependiendo si confirma nuestra creencias o no. Si  analizamos la evolución de los medios de comunicación observamos hasta qué punto muchos de ellos eligen qué información, y de qué manera han de presentarla, para complacer a su nicho de consumidores. Tratan de no alienarles, enfadarles, o que se produzca desafección con ellos,  y las adecuan más a sus creencias, que a lo que está sucediendo en la realidad. Aquella famosa frase de no dejes que la realidad estropee una buena noticia nunca ha sido más cierta que en estos líquidos tiempos. 

El experimento lo hicieron sobre el control de armas y cómo éste reducía los crímenes. Aquellos más inteligentes que estaban en contra, eran más tendentes a manipular y alterar estas estadísticas para negar esa evidencia

Nuestro cerebro está programado para mantenernos en esa zona de confort: otra investigación realizó un escáner  del cerebro de dos personas mientras debatían sobre temas que les proporcionaban; si estaban de acuerdo en la información, los escáneres mostraban actividad elevada cuando escuchaban los argumentos del otro con los que estaban de acuerdo, si por el contrario estaban en desacuerdo, había un apagado de estímulos en esa zona del cerebro, no procesaba esa información, no escuchaba plenamente lo que la otra persona decía. Su cerebro no mostraba, literalmente, la misma actividad que cuando sí escuchaba al otro al estar de acuerdo. Una investigación  realizada  en la Universidad de Yale concluía que mientras más inteligente eres, más tiendes a seleccionar y manipular la información para que se adapte a lo que ya previamente crees. El experimento lo hicieron sobre el control de armas y cómo éste reducía los crímenes. Aquellos más inteligentes que estaban en contra, eran más tendentes a manipular y alterar estas estadísticas para negar esa evidencia.

Si nos preguntamos por qué es tan complicado ponernos de acuerdo, la respuesta no está en que unos seamos más listos y los demás más ignorantes, sino en nuestra tendencia a tan solo creer aquello que deseamos creer. Encontrar la verdad no suele importarnos, por muy inteligentes que seamos, sino procesar información que nos haga sentir cómodos y confiados en aquello en lo que creemos. 

El componente que más emocionalmente les apelaba como padres. Y proteger a sus hijos de esa enfermedad, con esas terribles consecuencias, era lo que permitió ese terreno común para el entendimiento

Y el problema, cómo no, es esa parte emocional, que no sabemos educar desde pequeños, que nos controla más de lo que debería, especialmente cuando se trata de buscar la verdad de lo que está realmente sucediendo. Si queremos convencer a alguien, porque realmente hay datos y evidencias para apoyar nuestro convencimiento, no podemos obviar ese componente emocional. Otro estudio de la universidad de California trató de convencer a padres anti vacunas de la necesidad de que sus hijos se vacunasen. Un grupo de estos padres era especialmente reticente por el miedo a que provocase autismo. Los investigadores trataron de convencerles de dos maneras diferentes; una de manera racional, proporcionando toda la evidencia científica que desmentía el vínculo entre la vacunación y el autismo. Estrategia que fracasó estrepitosamente. Otra estrategia eludió hablar del supuesto vínculo entre las vacunas y el autismo, y se centró en mostrar las enfermedades que evitaban estas vacunas y en mostrarles imágenes de los devastadores efectos que tenían en los niños no vacunados. Y funcionó. En este tipo de debates nos centramos más en lo negativo y olvidamos aquello que realmente es positivo, en concreto las vidas que salvan las vacunas. El componente que más emocionalmente les apelaba como padres. Y proteger a sus hijos de esa enfermedad, con esas terribles consecuencias, era lo que permitió ese terreno común para el entendimiento.

Quizá la próxima vez que nos quejemos de lo difícil que es convencer a alguien reevaluemos nuestra propia dificultad para ser convencidos, y tratemos de centrarnos en aquello que nos une, que activa e ilumina esas partes de nuestro cerebro que nos hacen sentir confortables y escuchar al otro, y no tanto centrarnos en aquellas que nos desunen, y apagan nuestra capacidad de escuchar.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”