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No mentirás

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 23 de Septiembre de 2018
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'Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula, y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga'. Denis Diderot

No es cosa banal la mentira, aprendemos a mentir incluso antes de conocer qué es la verdad; nos mentimos a nosotros mismos, mentimos a la gente que amamos, mentimos a aquellos que despreciamos, mentimos porque creemos hacer el bien, mentimos para obtener algo, mentimos para salvaguardar nuestras miserias, o sencillamente por el placer que nos provoca engañar a otras personas. Se elogia al buen mentiroso y hasta se le admira, mientras despreciamos al que se atreve a decirnos la verdad, por inoportuno o por desagradable. Vivir una agradable mentira, por mucho daño que a largo plazo nos haga, siempre ha sido más cómodo que aceptar el dolor que la verdad nos produce. No toda mentira es igual, claro está, ni toda intención que encontramos tras ella es la misma. Hay diferentes tipos de mentiras, diferentes intenciones en el mentiroso, y antes de proclamar esculpido en piedra el mandato moral de no mentir, nunca, por ningún motivo, debemos explorar más a fondo la tipología del mentiroso y la gramática del sentido de la mentira. Todos hemos mentido, todos mentimos, todos sabemos que volveremos a mentir. Tan necesario como la verdad es distinguir al mentiroso que nos daña, del que nos cuenta mentiras por ingenuidad o falta de conocimiento, o de aquel que  cree que una mentira nos ayudará a vivir mejor, aunque ya sabemos lo que nos dice la sabiduría popular; de buenas intenciones están los cementerios llenos.

Se elogia al buen mentiroso y hasta se le admira, mientras despreciamos al que se atreve a decirnos la verdad, por inoportuno o por desagradable. Vivir una agradable mentira, por mucho daño que a largo plazo nos haga, siempre ha sido más cómodo que aceptar el dolor que la verdad nos produce

Michel de Montaigne, en sus Ensayos, distingue entre aquellos que dicen mentiras sin saber que lo son, creyendo en conciencia que lo que cuentan es verdad, y aquellos que mienten yendo contra su conciencia, pues son plenamente conscientes de que no están diciendo la verdad: Estos inventan todo de principio a fin, o disfrazan y alteran un fondo de verdad. Cuando lo que han hecho es disfrazar y cambiar las cosas, difícilmente dejarán de delatarse si se les hace contar varias veces lo mismo. Nos advierte el pensador francés de los riesgos que corren los que elevan la retórica de la mentira a un arte, y no cejan de elogiar a aquél que la practica con asiduidad, con tal de conseguir mejores negocios, o medrar en el ascenso al poder, pues tarde o temprano, al construir la falsedad sobre frágiles cimientos, estos terminan por derrumbarse, atrapando al mentiroso en sus escombros. No resulta muy complicado trasladarnos al mundo moderno y observar que los seres humanos seguimos atrapados en los cantos de sirenas del arte de la falsedad, por los mismos mediocres motivos que hace tantos siglos; poder, ambición o dinero, con las mismas consecuencias, a sufrir tarde o temprano. Montaigne advierte de la importancia de la educación para corregir nuestra natural tendencia a la mentira fácil, cuyo objetivo suele ser únicamente egoísta, y nos advierte de evitar que se convierta, con otro defecto propio de la infancia, la obstinación, en un vicio maldito.

Goethe, el poeta germano, culpabiliza al humano don de la palabra, al lenguaje, de habilitarnos para mentir, pues es lo que nos permite ocultar o disfrazar aquello que pensamos, algo que jamás ocurre con el resto de especies con la que compartimos el planeta. La palabra, el lenguaje, que debía ser el instrumento que diera voz a nuestros pensamientos, se convirtió en algo bien diferente, una estrategia de supervivencia más sutil que unas garras o dientes afilados, pero igualmente mortal. Fernando Savater, el filósofo español, analiza el papel que tendrían hoy día los diez mandamientos de la teología judía y cristiana, y nos advierte del peligro de no constreñir adecuadamente el octavo mandamiento, no levantarás falso testimonio ni mentirás,  al contexto adecuado. Al igual que en una buena cosecha, se ha de cribar el buen grano del que está corrompido, el contexto, la intención de la mentira, y a quién se dirige, es esencial para calificar de beneficiosa o perjudicial la mentira. Destaca tres casos que ponen en peligro los valores de una sociedad democrática y moderna: las mentiras del maestro que tiene que educar, encaminar al alumno a la búsqueda de la verdad, o de la veracidad, y a sabiendas, prefiere inculcar falsos conocimientos, con tal de manipular al alumno al que debería liberar, dotándole de los instrumentos para discernir la verdad de la mentira. Las mentiras del periodista que no distingue entre información y opinión, que deja que sus fobias y sus filias determinen aquello que nos cuenta, y que nos trata como masa indigna de conocer los hechos y crear nuestra propia opinión libre, y por ello pretende dirigirla desde un primer momento. Y el tercer tipo de mentira, quizá el más peligroso, por muy acostumbrados que estemos a ella, y apenas la penalicemos, la del político, que miente sobre sí, sobre su pasado o sus méritos, o que nos miente sobre sus intenciones, diciendo una cosa y haciendo la contraria, no porque la realidad le haya corregido, o haya honestamente cambiado de opinión, sino por obtener un puñado más de votos o adhesiones.

El tercer tipo de mentira, quizá el más peligroso, por muy acostumbrados que estemos a ella, y apenas la penalicemos, la del político, que miente sobre sí, sobre su pasado o sus méritos, o que nos miente sobre sus intenciones, diciendo una cosa y haciendo la contraria, no porque la realidad le haya corregido, o haya honestamente cambiado de opinión, sino por obtener un puñado más de votos o adhesiones

El siglo XX se convirtió, gracias a la expansión masiva y a la proliferación de medios de comunicación, en el siglo de la información, corroborado en el siglo XXI con el despegue y la casi universalización de Internet, con la consiguiente interconexión entre todos los seres humanos, muy a pesar de los obstáculos que en algunos países ponen a la libre circulación de información, ya sea por el control de su ciudadanía, o por tratarlos como menores de edad que no están preparados para conocer lo que sucede en el mundo. Hoy día, no es quien posee más dinero quien es más poderoso, sino quien posee más información, aunque usualmente lo uno lleva a lo otro. Antes era complicado distinguir información de opinión, o línea editorial, como la llaman, ante la avalancha de medios de comunicación, muchos de los cuales tenían intereses corporativos detrás, algunos de estos intereses más claros o explícitos, otros menos. Hoy día, es aún más complicado  vislumbrar la veracidad y honestidad de la información que recibimos, ya que ser un “medio de comunicación” está al alcance de todo el mundo con un ordenador y una conexión a internet, independientemente del rigor empleado, la fiabilidad de la fuente informativa, el adecuado contraste y la consabida separación de la información de la opinión. No parece que haya más solución para aquel que no desea dejarse arrastrar por el mar de mentiras, que se confunde con periodismo, que contrastar lo que unos y otros dicen y premiar a aquellos que muestran más veracidad y trasparencia en su labor, y que en verdad practican y creen en el periodismo, con todo lo que ello significa.  

Hay que tener especial cuidado con aquellas mentiras que no son falsas, no lo son en el sentido de que lo que nos dicen es verdad, pero ocultan deliberadamente aspectos, que de conocerlos, cambiarían el sentido que daríamos a las verdades que nos cuentan. Se da en el derecho, cuando cláusulas abusivas se camuflan en oscuras notas a pie de página o se esconden en juegos de palabras. Se da en la salud, cuando en las etiquetas de alimentos se tergiversa información real sobre sus componentes, o sobre sus efectos reales, magnificándolos, ninguneándolos, o inventándolos. Se produce cuando un político no es sincero sobre un problema, y solo nos dice lo que le beneficia, o lo que queremos oír, obviando deliberadamente información, pues en ese caso le perjudicaría decirnos toda la verdad, o se da cuando justificamos nuestras acciones contado tan solo lo que nos interesa, y no lo que realmente sucedió.

No toda mentira por omisión de parte de la verdad ha de ser dañina, a veces no decimos todo lo que sabemos porque esa verdad haría daño a personas queridas, o a personas inocentes. Kant proclamaba la obligatoriedad, en cualquier caso, de no mentir, está claro que es una predisposición moral absurda. Si mentir no nos beneficia egoístamente, y con ello hacemos algún bien, como sería ayudar a un prófugo de los nazis, a una mujer maltratada por su marido, o muchos casos similares donde verdad y justicia no se encuentran alineados, lo moral es precisamente mentir.

Hay que tener especial cuidado con aquellas mentiras que no son falsas, no lo son en el sentido de que lo que nos dicen es verdad, pero ocultan deliberadamente aspectos, que de conocerlos, cambiarían el sentido que daríamos a las verdades que nos cuentan

Hay mentiras que no solo no son dañinas, sino que nos hacen más humanos, y mejor personas. La ficción, por ejemplo, cualquier tipo de arte; el cine, la literatura, la poesía  no dejan de mentirnos, con la diferencia que es un juego que el espectador, el lector, el sujeto que disfruta del arte acepta, porque en la experiencia artística muchas veces se esconde más verdad, más sentido, que en el aparente realismo y veracidad de otras formas de narración humana. Aprendemos a través de esas falsedades cuestiones sobre las que habitualmente no reflexionamos, o que se ocultan en la aparente objetividad de la realidad. La cortesía, la buena educación, a veces nos obliga, si no queremos convertirnos en huraños ermitaños, a mentiras, algunas más flagrantes que otras, sobre lo bien que encontramos el aspecto físico de un viejo conocido, por mucho que éste se haya deteriorado, o lo a gusto que estamos en compañía de algunas personas cuyas vidas compartimos en cierto sentido, por trabajo, familia, o amistades comunes. Nadie dijo que las buenas mentiras no costasen un precio, pero esa es la diferencia con las más dañinas, no actúan en beneficio nuestro, en ocasiones más bien lo contrario.

A la hora de juzgar, de valorar una mentira, no hay mejor criterio que el que mide las consecuencias de nuestras acciones, y en concreto la utilidad de las mismas; si la mentira nos beneficia egoístamente, si hace daño a otras personas, si hace daño a la sociedad en la que vivimos, no debería tener lugar en nuestras vidas, ni individualmente, ni colectivamente, deberíamos desterrarlas y despreciar a aquellos que han decidido practicarlas y hacer de su forma de vida una mentira.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”