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Obediencia indebida

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 13 de Agosto de 2017
El caso de Juana Rivas, una clara evidencia de la colisión entre ética y legalidad.
P.V.M.
El caso de Juana Rivas, una clara evidencia de la colisión entre ética y legalidad.

'Este que os domina tanto no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo, y no tiene ni una cosa más de las que posee el último hombre de entre los infinitos que habitan vuestras ciudades. Lo que tiene de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya (…) Pero podéis libraros si ensayáis no siquiera a libertaros, sino únicamente a querer ser libres. Estad resueltos a no servir más y seréis libres. No deseo que lo forcéis, ni lo hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más; y lo veréis como un gran coloso al que se le ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe'. Étienne de la Boêtie, Discurso de la servidumbre voluntaria, 1547.

Que el ser humano esconde en su corazón una lucha eterna entre la sumisión y la rebelión, no es un secreto. Es la historia de la humanidad encarnada entre el deseo de unos pocos de dominar y unos muchos de aceptar ser dominados o rebelarse. Cuando ya no queda nada que perder, cómo no rebelarse, cómo no alzarse con orgullo de las cenizas en las que han pretendido convertir tu vida y decir no. Es triste tener que llegar a esos extremos para rebelarse. Qué ocurre con quienes, a pesar de saber que algo va mal, que unos pocos están abusando, deciden mirar para otro lado. Qué excusas se ponen a sí mismos para justificar su pasividad, o su colaboración, a pesar de las migajas que les arrojan para que se sientan conformes.

Qué ocurre con quienes, a pesar de saber que algo va mal, que unos pocos están abusando, deciden mirar para otro lado. Qué excusas se ponen a sí mismos para justificar su pasividad, o su colaboración, a pesar de las migajas que les arrojan para que se sientan conformes

Obviando a los que dominan, claro, y centrándonos en los dominados, tenemos el miedo, algo natural. Tenemos la indiferencia, mientras no seamos nosotros los directamente afectados no es asunto nuestro. Tenemos el egoísmo, quizá el silencio y la servidumbre sirvan para que en lugar de migajas nos den una parte más importante del pastel. Y tenemos un concepto, que siempre me ha llamado mucho la atención: el de obediencia debida; eres parte de un engranaje social o político, que para funcionar necesita de una jerarquía, de una cadena de mando. Y para que el engranaje funcione correctamente y no descarrile, toda pieza ha de cumplir su parte. A veces es la fuerza bruta la que vigila que nadie se salga del papel que ha de cumplir, especialmente en esas dictaduras totalitarias que carcomen la dignidad del ser humano, pero en otras tantas ocasiones, en sociedades democráticas,  somos nosotros, los engranajes de esa gran maquinaria, los que decidimos mirar a otro lado o justificar esos abusos de poder que se esconden bajo apariencias democráticas. La mayor parte bajo el paraguas de la legalidad. Se estable así un conflicto entre lo “legal” y lo ético. Donde lo “legal” es el paraguas que garantiza nuestra supervivencia y cooperación como sociedad, el sacrificio a la libertad y justicia individual necesario, para la cohesión social o política, y lo ético, no deja de ser un desvarío simpático, que tiene un valor como motivador, como un cuento para infantes, pero que no tiene ningún valor real, y mucho menos por encima de la legalidad.

Ejemplos hay muchos; si nos vamos a un extremo, tenemos el conocido caso de Eichmann, el oficial nazi, que ejerció con abnegada devoción su papel burocrático en organizar el exterminio de millones de personas.  Su “excusa”, cómo no, la obediencia debida. Él era parte de un sistema legal, servía a un gobierno que llegó al poder con el voto popular, que estableció una constitución que amparaba su trabajo, y además en tanto miembro del ejército, no era quién para discutir la jerarquía. Se limitaba a cumplir órdenes y cumplir con la mayor eficiencia su trabajo.

El caso de Juana Rivas, como poco, nos hace pensar que algo chirría en ese encaje entre lo ético y lo legal, entre la justicia y la legalidad

Bajando el escalafón de la barbarie, tenemos el caso del ejército americano (aunque otros tantos ejércitos podrían servir de ejemplo), donde en base a la obediencia debida, cumplir órdenes, se han cometido barbaridades, aparentemente bajo el mando de un gobierno democrático, garantista, y legal. Sus acciones no son éticas, pero ya sabemos que la legalidad no pretende entrar de lleno en el ámbito ético, eso se deja para divagaciones de vagos especulativos. Curioso es, que esa obediencia debida, termine también por afectar a la propia maquinaria jerárquica, y su eficiencia. Un análisis de un comité de expertos explicaba la incapacidad táctica del ejército americano en sus recientes conflictos, debido al anquilosamiento de su estructura de mando, pues la obediencia debida, el aceptar ordenes siempre sin cuestionar nunca nada, lo que había provocado es que en la cadena de mando solo hubieran sobrevivido aquellos que pensaban igual, con lo que su adaptación para responder a situaciones cambiantes en el campo de batalla era nula.

Hoy día, vemos cómo sucede continuamente en muchos escalafones de las administraciones públicas, de diferentes ámbitos, donde la “obediencia debida” a la hora de consolidar el propio puesto, y esperar el momento oportuno para ascender, prima más que cuestionar aquello que no funciona con la garantía ética que debiera, aunque cumpla plenamente la legalidad del ordenamiento interno.  

La explicación principal, puesto que me niego a creer en la indecencia de la gran mayoría de las personas, es que tenemos tan asimilados el papel sumiso en los engranajes en los que nos instalamos; sean sociales, familiares o políticos, que preferimos mirar a otro lado porque no es nuestra responsabilidad vigilar la legalidad

Sociedades democráticas, como la nuestra, disponen de un amplio abanico de leyes que velan por la igualdad en un estado de derecho, y donde las leyes al menos se preocupan, más o menos, de respetar principios éticos generalmente aceptados, y donde, sin embargo, hemos asistido a espectáculos bochornosos, que no se pueden explicar, más que por la obediencia debida, o quizá por los otros motivos iniciales que hemos delimitado más arriba; miedo, indiferencia o egoísmo, a ver qué caía en el bolsillo propio. Instituciones, como las de Madrid, o las de Valencia, o en Granada, el Ayuntamiento, donde se han cometido tropelías. De verdad, nadie, de los cientos o miles de personas que se encontraban allí, en ese escalafón burocrático, donde pudieron ver que algo no andaba bien, que se pretendía justificar decisiones bajo un amparo “legal”, pero que el tufo inmoral que despedían, no solo auguraba ese choque entre lo legal y lo ético, sino qué la propia legalidad se cuestionaba. Nadie, decidió hasta muchos años después, hacer nada. Cómo es posible. La explicación principal, puesto que me niego a creer en la indecencia de la gran mayoría de las personas, es que tenemos tan asimilados el papel sumiso en los engranajes en los que nos instalamos; sean sociales, familiares o políticos, que preferimos mirar a otro lado porque no es nuestra responsabilidad vigilar la legalidad, qué decir de la ética de los comportamientos.

Otro sitio donde funciona manu militari el principio de obediencia debida, son los partidos políticos, que en tanto instrumentos esenciales de la ciudadanía deberían ser un ejemplo de transparencia y escrupuloso respeto a la legalidad democrática, no solo la suya, sino la de leyes superiores, y más aún, toda decisión debería estar amparada por la ética. Qué curioso que sus órganos disciplinarios se llamen comités de ética, cuando en gran parte de los casos no deja de ser otra mano más del poder ejecutivo. Montesquieu se hubiera partido de la risa con la consideración de que en verdad se pretende un funcionamiento democrático, legal y garantista, cuando los jueces dependen directamente del poder ejecutivo. Y que miedo me da, cuando se aprueban cosas por unanimidad. Cómo si la pluralidad, y la diversidad, incluso entre quienes comparten una base ideológica, fueran un mal a erradicar.

También, en estos partidos políticos, ha debido haber mucha gente que en base a la obediencia debida, mirase a otro lado, o sería impensable el número de casos de corrupción habidos, en los que responsables políticos están implicados. Al menos, parece que la reacción de la sociedad está haciendo que esos engranajes se muevan y aprieten menos; la puesta en marcha de primarias, donde los militantes han podido ejercer en libertad su voto, ha trastocado alguna de esas jerarquías. Queda mucho, sin duda, entre otras cosas, abrir los partidos mucho más a la transparencia, a la ciudadanía, permitiéndole participar en la elección de sus candidatos institucionales, y promoviendo listas abiertas en las elecciones, además de otros mecanismos, pero por algo se empieza.

Resistirse, rebelarse, no es un derecho, es un deber, en esos casos donde la injusticia choca contra la legalidad

El filósofo francés Michel Onfray insiste en su Antimanual de filosofía en una idea: el derecho no puede obligaros cuando la moral os retiene. Si no hubiera existido una rebelión, pacifica, pero orgullosa, de aquellos que sufrieron el yugo de sistemas legales, amparados en el derecho positivo, y que se pusieron de frente ante lo que consideraron leyes injustas, y que atentaban contra principios éticos superiores, en tanto seres humanos, hoy día la sociedad estadounidense seguiría discriminando, hoy día en Sudáfrica, millones de ciudadanos serían esclavos del Apartheid. Sin poner por delante nuestra dignidad, nuestra ética, que no puede sobrevivir mientras traten a otros, iguales a nosotros, de manera injusta, aun amparándose en la legalidad, lo que estamos haciendo es ayudar a perpetuar sistemas básicamente injustos, más o menos legales. Resistirse, rebelarse, no es un derecho, es un deber, en esos casos donde la injusticia choca contra la legalidad. Todos tenemos en mente que algún desequilibrio se produce, entre justicia y legalidad, a pesar de vivir en un Estado de Derecho. El caso de Juana Rivas, como poco, nos hace pensar que algo chirría en ese encaje entre lo ético y lo legal, entre la justicia y la legalidad.

Si existe un choque entre lo que consideramos ético, y lo que consideramos legal, la solución es evidente; no sostengamos más a quienes permiten esta perversión. Sin el consentimiento del oprimido, sin su anuencia dócil, las tiranías, de cualquier tipo, incluso las que se esconden bajo apariencias democráticas lo tendrían mucho más difícil. La ley y el derecho existen para servir a la dignidad ética de la humanidad, a la justicia, a la libertad y a igualdad. Si fallan en hacerlo, si pervierten esos principios bajo el escondite de lo burocrático, donde nadie se responsabiliza finalmente de nada, y todos miran a otro lado, el deber es la rebelión, la resistencia, el levantar la voz, o la dignidad ajena no sobrevivirá, pero tarde o temprano, la tuya tampoco.

Cada vez que oigamos la palabra obediencia debida, o algo que nos suene a lo mismo, deberíamos saltar como si nos hubieran pinchado, y más allá de cualquier paraguas legal, pensar que hay algo aún más importante;  analizar con cuidado, si además de legal, es ética esa obediencia debida, no vaya a ser que resulte ser una obediencia indebida.

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”