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Agenda de Granada / Guía Kul

La posverdad y la estupidez humana

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 15 de Enero de 2017
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"La duda lleva al examen, y el examen a la verdad". Pedro Abelardo, filósofo francés, (1079-1142)

"Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula, y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga". Diderot, filósofo y literato francés (1713-1784)

Posverdad es el término que, en su original inglés, post-truth, fue elegido como palabra del año por el Diccionario Oxford. Parece evidente que los tiempos que vivimos han fragilizado aquello que podríamos considerar verdad, independientemente de cual sea la acepción del término que aceptemos, más o menos laxa. De tal manera que hasta filósofos que voltearon significativamente las ortodoxas concepciones metafísicas de verdad imperantes en sus tiempos, como Nietzsche, palidecerían ante el uso y el abuso de la posverdad en la sociedad en la que actualmente vivimos. 

Durante siglos ha habido variadas, plurales y sabias búsquedas sobre aquello que podría considerarse verdad, con toda su complejidad, que contrasta con la apabullante sencillez, y porque no decirlo estupidez, de eso que se ha venido en llamar posverdad. La posverdad no sólo atenta contra todas estas concepciones en su infinita variedad, sino que también pone en cuestión a esa forma de verdad que expresa la sabiduría popular a través del sentido común.

Ah, claro, se nos olvidaba ¿qué es eso de la posverdad? No es sino otro nombre para aquello que tradicionalmente hemos considerado simplemente mentiras, independientemente de que uno creyera en una concepción u otra de la verdad. Rumores que se propagan intencionadamente para confundir.  Mentiras tan simplificadas y absurdas que, en su origen, en nuestro siglo, tan sólo los grandes aparatos de propaganda estatal, amparados por férreas dictaduras podían imponer a la sociedad bajo su yugo. Ejemplos tradicionales encontramos en la historia en toda época; la propaganda que calumnia y miente sobre el otro, el diferente, el enemigo, al que hay que exterminar. Un maestro en su uso fue Goebbels en el régimen nazi, para socavar cualquier crédito que tuvieran los que consideraban enemigos del Estado, ya fueran comunistas, judíos, gitanos o homosexuales, y convertirlos en objetivo a despreciar y perseguir por parte del pueblo.

Numerosos ejemplos también encontramos en el último año, el desaparecido 2016, que tantas alegrías nos ha dejado. Las mentiras sobre los datos reales de la economía británica debido a su pertenencia a la Unión Europea, y lo perjudicial que le resultaba ser miembro, y lo beneficioso que supondría salir de ella. O las mentiras sobre el papel de los inmigrantes en la destrucción de empleo para la clase media blanca en el Reino Unido, o en los mismos Estados Unidos. Las mentiras de Trump en su campaña sobre la participación de Obama y Hillary Clinton en la fundación del Estado Islámico, que son comparables a las que en su momento hubo sobre la presencia de armas de destrucción masiva en Irak, u otras muchas que podríamos recordar. La paranoia de la conspiración antes patrimonio de unos pocos exaltados y fanáticos, hoy día democratizada hasta límites insospechados. Mentiras que tristemente políticos prometedores como Corbyn, líder del laborismo inglés, parece haber aceptado últimamente como única manera de afianzar su alternativa al gobierno conservador.

¿Qué ha ocurrido para que esas mentiras que hasta hace nada constaban tantos esfuerzos a esas elites interesadas en manipular a la opinión publica funcionen hoy día tan bien, y se extiendan con tanta facilidad? Dos factores esenciales para empezar, y algunos otros que se les podrían añadir. El primero no es nuevo, es básico, y siempre ha sido el ingrediente esencial que hace que esas mentiras funcionen; el recurso a nuestros prejuicios más básicos arraigados en nuestras emociones más primitivas. No importan los hechos o las evidencias que una y otra vez puedan responder a esas mentiras; importan que esas emociones que despierta la propaganda de la posverdad nos inunda, y a su vez encontramos enseguida cómplices que sienten como nosotros; que estamos siendo manipulados y engañados y solo unos pocos iluminados, convertidos en nuevos mesías, son lo suficientemente valientes para decirnos la verdad, como Donald Trump, dejo a la imaginación del lector los ejemplos patrios. Las miserias que encontramos en nuestro día a día por fin tienen culpables y una explicación. Estúpida e irracional, vale, pero una explicación. Una imagen en Facebook, un estúpido meme, o un tweet, de la posverdad, vale más que mil palabras con evidencias, o que mil imágenes de la verdad, cualesquiera de ellas.

El segundo factor, a estas alturas, el avezado lector o lectora, se lo habrá supuesto, ay, las dichosas redes sociales y el pésimo uso que hacemos de ellas, en este caso en lo relativo a la veracidad de la información que recibimos. Cuántas estupideces leemos, ya sean de tipo épico sobre oscuras manipulaciones internacionales o ya sean posverdades mucho más pequeñas, de temas locales, o incluso sobre amigos y conocidos. Rumores sin ningún fundamento, ni dato objetivo que pueda aportarse para confirmarlo, pero que, sin embargo, nos las creemos porque confirman nuestros más estúpidos prejuicios, personales o localistas.  La posverdad convierte las creencias de nuestros prejuicios en verdades confirmadas, tan sólo porque están en las redes y si se leen allí, será por algo.

El recientemente fallecido Umberto Eco denunciaba con desesperación este fenómeno en el que se renuncia, para confirmar nuestras creencias, a cualquier contraste fidedigno. La duda desaparece por la conveniencia que nos da creer aquello que perjudica a quienes no nos caen bien, a los otros, sean quienes sean esos otros, de otra ciudad, de otra comunidad autónoma, de otro país, de otra raza, de otra religión, de otro sexo, de otro equipo de futbol, etc.  Como muestra ahí quedan sus duras palabras pronunciadas poco antes de su muerte: Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas.

Eso no significa que las redes sociales, como cualquier uso de Internet, no pueda ser beneficioso para los seres humanos, pero como cualquier instrumento, depende del uso que hagamos de ellos. Y sin la duda, sin la búsqueda radical de un conocimiento contrastado, sin argumentos racionales que lo sustenten, sin pruebas, debate y evidencias, sin todo esto, la sabiduría que debería democratizar las nuevas formas de comunicarnos, se convierte irremediablemente en estupidez. Una importante responsabilidad descansa en las grandes empresas de la comunicación en Internet, ese caldo de cultivo de la posverdad; sean Facebook, Twitter o Google, que, a pesar de sus promesas, de momento bien poco han hecho por evitar que la mentira descarada tenga el mismo valor que la verdad, por muy plural que ésta sea. Y a pesar de las dudas que en los últimos años vienen acaeciendo al periodismo tradicional, que tentado por la velocidad a la que transcurre la información ha perdido credibilidad, contraste y coherencia, bien es cierto que, un núcleo importante de ese periodismo tan denostado por aquellos que con la red piensan que todos somos o podemos ser periodistas, se ha mantenido firme en la defensa de la credibilidad y la veracidad, por muy impopulares y poco emocionales que sean frente a la posverdad y por mucho que no les ayuden a mantenerse a flote en este mundo de la comunicación tan despiadado con el periodismo de la veracidad frente al populismo de la posverdad.

Otros factores que podemos añadir y que han permitido el reinado de la posverdad los señala con dureza el filósofo Daniel Innerarity para quien una de las principales características de la fragmentación tan propia de nuestros tiempos es el desconcierto. La fragmentación en identidades abstractas, por ejemplo, la casta y el pueblo, en nuestro país, o blancos y negros en EEUU, o múltiples disyuntivas que podríamos hacer de este tipo, ayudadas a consolidarse por la intercomunicación de las redes sociales. El problema es que en vez de actuar para favorecer el dialogo y la comunicación honesta y fluida entre lo diferente, actúa como crisol para todo lo contrario, separarnos aún más. Donde hay múltiples razones objetivas complejas para el malestar de unos y de otros, se simplifican, generalmente con enemigos abstractos, esa casta, o aquellos de otra raza o religión, o como decíamos antes, de otra comunidad autónoma o manera de vivir la propia sexualidad. El hecho es, que donde la solución pasa por aceptar la complejidad, la comprensión del otro, el dialogo, se pasa por el contrario a las barricadas.

Los motivos para el malestar, que los hay, de muchas de estas identidades fragmentadas en busca de soluciones a su precaria situación no pasan por la condescendencia de esas elites políticas o económicas que dominan el mundo, pero desde luego no pasan tampoco por simplificar y unificarlo todo en un enemigo común. De eso nace también el reinado de la posverdad, con los resultados que estamos viendo; crece el miedo, crece la violencia, crece lo que nos separa, mientras que tendríamos que estar compartiendo razones y emociones y buscando en la complejidad de motivos para el descontento soluciones, ni simples, ni fáciles, ni focalizadas en enemigos abstractos donde descargar la frustración y el odio. Restaurar la confianza en unos mínimos que nos pongan de acuerdo en nuestras diferencias es el primer paso. ¿Seremos capaces de hacerlo?

No será posible sin aceptar que mí verdad ha de empezar siempre en una duda, y que puede terminar convirtiéndose en otra, y que no hay verdad donde se comienza por un axioma y se termina en dogma. Vivir con la incomodidad que siempre acompañan algunas verdades complejas es a largo plazo mucho mejor que aceptar la simpleza de las cómodas mentiras que a corto plazo nos confortan.

 

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, ésa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrio. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ése curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico complete mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ése empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”