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Progreso y tecnología

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 20 de Agosto de 2017
Evitar que para que algunos avancen, otros tenga que retroceder.
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Evitar que para que algunos avancen, otros tenga que retroceder.

'La técnica se define por el conjunto de medios empleados por los hombres para emanciparse de las necesidades y de las penalidades naturales'. Michel Onfray, Antimanual de filosofía.

'Cada periodo de la evolución técnica aporta, con su equipo de instrumentos, máquinas, la aparición de accidentes específicos, reveladores “en negativo” de los esfuerzos del pensamiento científico'. Paul Virilio, Un paisaje de acontecimientos.

El progreso humano parece ineludiblemente unido a la tecnología. La humanidad es el único animal que, desde sus orígenes, ha luchado denodadamente por escapar de la incertidumbre de la naturaleza. Nuestro destino parece dibujarse en una línea ascendente, que cada vez nos hace más independientes de las leyes que rigen al resto de especies que habitan el planeta. Acciones de control y agotamiento del medio ambiente, que están llevando a muchas de esas especies al límite de la extinción. Últimamente, hasta coqueteamos con escapar de la última frontera, la muerte. O bien, a través de avances en terapias genéticas que vayan aumentando los años de nuestra existencia, como siempre con la tecnología parece importar más la cantidad que la calidad, o bien, con esos intentos, que parecen de ciencia ficción, pero que ya hay mucho dinero, y científicos, en ello, y que pretenden lograr un mapa informático de nuestro cerebro, que en un futuro permita trasladar toda la información que allí reside, a un entorno virtual, cuando nuestro frágil cuerpo natural perezca, y que se nos conceda la dichosa inmortalidad, tan buscada. A unos pocos privilegiados, como siempre.

Lo que rara vez nos paramos a pensar, como suele suceder con las cosas que nos proporcionan comodidad y nos facilitan la vida, es que el progreso siempre tiene dos caras; toda acción conlleva una reacción, toda ganancia conlleva una perdida

Lo que rara vez nos paramos a pensar, como suele suceder con las cosas que nos proporcionan comodidad y nos facilitan la vida, es que el progreso siempre tiene dos caras; toda acción conlleva una reacción, toda ganancia conlleva una perdida. Esa parece una ley moral del universo que ni siquiera nuestra soberbia tecnológica parece capaz de evadir. Cuando se trata de utilizar un medicamento miramos la receta hasta la última coma buscando las contraindicaciones, pero en lo que se trata del uso de la tecnología, la aceptamos como si fuéramos infantes a los que les ofrecen un banquete de chuches y a los que, lógicamente, lo que menos les preocupa es el ineludible empacho posterior. Progreso y tecnología parecen destinados a darse un abrazo, la pregunta del millón es, si no será un abrazo del oso, que acabe por transformar la utopía, que debería guiar el progreso, en una desastrosa distopía.

El futuro del planeta no se encuentra en peligro por casualidad, o porque las leyes de la naturaleza sean inconscientes de nuestro bienestar, que lo son, sino por nuestros abusos intentando controlar esas leyes y nuestra desenfrenada arbitrariedad en el uso de los recursos materiales que nos proporciona el planeta, a unos pocos, no a la inmensa mayoría, una vida más cómoda. Hemos ganado a corto plazo en comodidad en nuestro nivel de vida, hemos perdido, a medio y largo plazo, en perspectiva de futuro para las próximas generaciones. 

Pensemos un poco en algo sencillo, que se nos ha hecho imprescindible, una anécdota, pero que puede ayudar a entender mejor ese abrazo del oso; la dependencia del teléfono móvil, como en su momento fue el automóvil, que nos dotaba de la libertad para poder movernos de un sitio a otro a nuestro antojo, y hoy día, es causa de múltiples quebraderos de cabeza, no solo por la enorme contaminación que producen, sino por el colapso que han provocado en las grandes ciudades, llevándolas a límites de inhabitabilidad. 

Hoy día, pensar en no llevar el móvil con nosotros a cualquier sitio que vayamos, nos produce una profunda ansiedad. Nos permite estar siempre comunicados, que es bueno, nos permite tener siempre una ventana al mundo, que es bueno, nos permite tirarnos las horas muertas jugando a juegos tan tontos como adictivos, en lugar de leer, por ejemplo, que cada cual juzgue si es bueno o malo, nos permite tener miles de amigos virtuales en las redes sociales, a los que no importamos un carajo, que no es tan bueno, y además sirve como teléfono ¿qué más se puede pedir? Quizá un poco de moderación en su uso, que no siempre tuviéramos que comprar el más caro y el más bonito, cada año, que los ojos y las palabras de las personas con quienes estamos, físicamente, sean más importantes que los videos graciosos que los amigotes mandan, o esas conversaciones banales con otras diez personas a la vez, o cien, que en algunos casos también estarán físicamente con otras personas, a las que son incapaces de mirar a los ojos y escuchar lo que tienen que decirles,  porque lo que la pantallita les dice es infinitamente más importante, y urgente, al parecer.

Hasta qué punto ese desbocado progreso tecnológico no aumenta las ya considerables brechas entre pobres y ricos

Nadie se plantea ser un fundamentalista que aborrece de la tecnología. En ningún caso, entre otros motivos, porque la mayoría de los que así se presentan usan igualmente la tecnología cuando la necesitan. Y para hipocresías, ya tenemos los telediarios de la 1. De lo que se trata es de ponderar su uso, y no cerrar los ojos a los inconvenientes, y lo que aún es más importante, analizar en manos de quiénes se encuentra esa carrera desenfrenada por el progreso tecnológico, y si realmente sirve a nuestros intereses en busca de una mejor vida, y más feliz, o nos atan con nuevas cadenas, de las que apenas somos conscientes. En un primer momento, la técnica nos valió para sobrevivir a un medio terriblemente hostil, desde el invento del fuego, a nuestra habilidad para fabricar herramientas. Más tarde, cuando la supervivencia estaba más que garantizada, la técnica era la que nos permitía hacer nuestra vida más y más agradable. Cada paso que dábamos gracias a la tecnología introducía nuevos desafíos y problemas, que solucionábamos también gracias a su uso. Problemas que, por cierto, antes no existían, que también es bueno ser plenamente conscientes de ello. 

Cada avance tecnológico está diseñado para hacernos la vida más cómoda, pero cada avance tiene su contrapunto negativo, como incide en hacernos ver el filósofo francés Paul Virilio; la aparición del ferrocarril, de barcos cada vez más grandes, de aviones, provocó la posibilidad de accidentes específicos cada vez más desastrosos. Cada avance en la manipulación genética de los alimentos aumenta nuestras posibilidades de acabar con el hambre, pero también se abre a la posibilidad de efectos desastrosos en los cultivos y en las formas más tradicionales de vida, sin contar con accidentes en dicha manipulación de efectos aún más desastrosos. Todos recordamos la enfermedad de las vacas locas, o no, la facilidad del ser humano para no querer recordar lo que no le conviene es increíble. De la carrera armamentística y su poder tecnológico para destruir el planeta cientos de veces, mejor no hablamos.

Cada avance tecnológico está diseñado para hacernos la vida más cómoda, pero cada avance tiene su contrapunto negativo, como incide en hacernos ver el filósofo francés Paul Virilio

La naturaleza nunca había estado tan amenazada como hoy día; deforestación, desechos nucleares que contaminarán durante muchos miles de años y no sabemos qué hacer con ellos, la contaminación de los hidrocarburos que ha contribuido tanto al cambio climático, que después de este verano, pocos con sentido común podrán dudar, o las ciudades, cada vez más hostiles a una vida de calidad, que tienden a apilar a los seres humanos, con sus respectivos suburbios, donde se pretende barrer a todos aquellos que han perdido la carrera por el progreso, y a quienes los ciudadanos respetables, prefieren mantener lo más lejos posible de su vista, no sea que su pobreza les ofenda. 

Porque, ahí se encuentra la pregunta fundamental; hasta qué punto ese desbocado progreso tecnológico no aumenta las ya considerables brechas entre pobres y ricos; ni un quinto de la población puede permitirse disfrutar de cada nueva pijada tecnológica que les hace, en teoría, más fácil la vida, mientras el resto lucha cada día por su supervivencia, y por poder llevar un plato medio decente de comida a su casa, de poder tener una. Todo eso sin que haya una planificación seria a medio y largo plazo de los efectos del progreso tecnológico en el mercado de trabajo. Un estudio reciente del MIT, el centro neurálgico de avances tecnológicos, hablaba de que los expertos están ya trabajando en modelos de futuro donde hasta un ochenta por ciento de la población se encuentre en paro ¿cómo pensar qué esa situación pueda ser sostenible? Estos mismos expertos, tan optimistas ellos, piensan que la tecnología ya nos dará una solución, lo que es lo mismo que tener una deuda millonaria de juego, y seguir apostando, pensando que nos va a tocar una millonada que no solo nos quitará la deuda, sino que nos hará llevar la gran vida.

Solo nos queda pararnos un poco a pensar en las consecuencias de cada acción que realizamos, y el precio que pagamos por ellas. Desde el abuso y la deshumanización que provoca una excesiva dependencia de tecnologías que no necesitamos, hasta seguir con nuestro desorbitado nivel de vida y progreso tecnológico sin pararnos a pensar en el resto de seres humanos con los que compartimos planeta, o las futuras generaciones a las que vamos a legar un planeta esquilmado. Ya sabemos dónde vamos, la cuestión es ¿vamos a hacer algo al respecto?

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”