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Psicópatas o santos

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 30 de Septiembre de 2018
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'Si no hubiera sido inventada la sociedad, el hombre seguiría siendo una bestia salvaje, o, lo que es lo mismo, un santo'. Mijaíl A. Bakunin

Hay días en los que te levantas, oyes las noticias, y te preguntas si no pertenecerás a una especie de animales psicópatas, que debería extinguirse más pronto que tarde. Te preguntas cómo un ser humano, aparentemente sano, sin enfermedad mental que le califique como un psicópata clínico, incapaz de sentir empatía alguna, puede asesinar a una mujer y a sus hijos, tan solo por haber dicho ¡ya basta! a ser un saco de boxeo de sus frustraciones. Entonces, recuerdas la miseria de la historia humana, y que en el presente se sigue escondiendo a la vista del banal lujo de las sociedades occidentales y decides que lo mejor es quedarse en la cama, desolado. Otras veces, oyes el sacrificio que personas en la plenitud de sus vidas, de forma desinteresada hacen por otros, incluyendo dar su propia vida, por salvar a desconocidos, o aquellos, a los que les importa más ayudar a los más débiles, a los que lo necesitan, que la bandera en la que se envuelven o el color de su piel, o el acento con el que hablen, y decides que merece la pena levantarse.

¿Somos psicópatas o somos santos? ¿Nacemos siendo buena gente y la sociedad y las circunstancias nos educan en los peores instintos? o por el contrario ¿somos mala gente que sin el freno de la fuerza coercitiva de la sociedad y del Estado terminaríamos dando rienda suelta a una violencia y una guerra continuada de unos contra otros?

¿Somos psicópatas o somos santos? ¿Nacemos siendo buena gente y la sociedad y las circunstancias nos educan en los peores instintos? o por el contrario ¿somos mala gente que sin el freno de la fuerza coercitiva de la sociedad y del Estado terminaríamos dando rienda suelta a una violencia y una guerra continuada de unos contra otros? Más allá de psicópatas naturales, que existir, existen, es uno de los debates más interesantes de la historia del pensamiento, desde que nació la civilización. Hasta qué punto la convivencia ordenada en leyes, garantizada por la fuerza, fue una necesidad, para evitar que acabáramos los unos con los otros y que los fuertes devoraran al débil. O el nacimiento de ese ser social, fue nuestra expulsión del paraíso, donde convivíamos en paz unos con otros, con nuestros instintos naturales de bondad, y la civilización lo único que hizo fue alimentar lo peor que se escondía en nosotros y que no salía a la luz en ese estado natural. Las fábulas del buen salvaje o la del cruel salvaje, que han alimentado nuestra historia y contaminado debates filosóficos, antropológicos, o históricos. Debates, que según una u otra toma de postura, han tenido sus influencias en el pensamiento político, y en nuestro ordenamiento jurídico; ni el derecho, ni el liberalismo, ni el capitalismo, ni la socialdemocracia, ni el comunismo, ni el anarquismo, serían lo mismo sin esa perspectiva previa que iluminó sus senderos teóricos y prácticos. Vamos a examinar la cuestión, sin dar una única respuesta, pues esa únicamente pertenece al lector, desde dos perspectivas contrapuestas, de dos pensadores claves, Hobbes y Rousseau.

'El Estado, esa creación humana, está destinado a poner fin a la barbarie natural'. (Hobbes)

Para el filósofo inglés, somos  una especie de psicópatas, al menos en nuestro estado natural. Habría que empezar por aclarar que ese estado “natural”, tanto en Hobbes como en Rousseau son metáforas, no son tan ingenuos de hacer una extrapolación antropológica de la historia de la humanidad. Somos seres temerosos asegura el pensador inglés, el miedo es nuestra emoción más primigenia. Heredero de Maquiavelo, que aconsejaba a su príncipe elegir el temor por encima del amor: es preferible que te teman a que te amen, le decía al príncipe, porque el poder puede controlar el miedo, pero no el amor. Además éste último requiere reciprocidad, mientras que el otro no depende más que de uno mismo. El miedo, esa emoción tan básica que nos acompaña desde el nacimiento, es lo que permite controlar al psicópata que todos tenemos dentro,  a través del Estado, cediendo toda autoridad al mismo, toda libertad, salvo la autodefensa de la propia vida. A través del miedo gobernamos y en un Estado organizado legalmente superamos ese egoísta estado de guerra perpetua en el que conviviríamos, si fuera nuestra naturaleza sin freno la que dominara. ¿De dónde viene ese miedo? Viene de que somos seres primariamente pasionales, dominados por apetitos y aversiones. Por nuestra naturaleza todos queremos lo mismo, pero los recursos son limitados y no todos podríamos obtenerlos.

'El Estado, esa creación humana, está destinado a poner fin a la barbarie natural'. (Hobbes)

La discordia, que proviene de nuestras pasiones, procede de tres motivos; La competencia, la desconfianza y el afán de gloria. La primera causa impulsa a atacar al otro por beneficio propio, la segunda para lograr seguridad, y la tercera para ganar reputación. Somos seres por naturaleza desconfiados. Y lucharíamos unos contra otros salvo si nos frenara el miedo a un daño superior al beneficio esperado. Y la prueba del algodón es, y vale para el XVII y para el XXI, nuestra obsesión por la seguridad. Puertas blindadas, urbanizaciones, vallas, alarmas para proteger las casas, murallas virtuales o reales en nuestras fronteras, ejércitos armados hasta los dientes. No se puede decir que tengamos mucha confianza en el prójimo. Pareciera claro que somos seres egoístas guiados por nuestras pasiones, especialmente la del dominio sobre el otro. La moral no es natural, es una creación de la civilización, que necesita de la fuerza coercitiva convertida en ley para funcionar. Para Aristóteles, el hombre se define como animal social, por su naturaleza, el pacto social nos permite aspirar a ser virtuosos, y por tanto felices, fin último. En Hobbes ese pacto social tiene tan sólo un ingrediente básico, el miedo. Supongo que esa es una de las preguntas que deberíamos hacer: ¿cuál es el pegamento de nuestra sociedad? ¿La búsqueda de la felicidad como planteaba el filósofo griego o el miedo, tal y como apunta el filósofo inglés? Cabría pensar que el ser humano ha renunciado a la felicidad porque de encontrarla ni siquiera sabría qué hacer con ella. La vida abrigada por el miedo siempre primará la seguridad sobre la libertad, y para Hobbes no tenemos otra alternativa que renunciar a la libertad, porque el ser humano es egoísta, despiadado, brutal, ruin y peligroso. Somos civilizados al estar obligados por esa convivencia organizada en torno un Estado, que debe ser todo lo brutal que necesite serlo, para garantizar la seguridad. Tan sólo cabe oponernos si amenaza nuestra propia supervivencia. No hay lugar para el amor, la generosidad, la bondad o la buena fe.

Cabría pensar que el ser humano ha renunciado a la felicidad porque de encontrarla ni siquiera sabría qué hacer con ella. La vida abrigada por el miedo siempre primará la seguridad sobre la libertad, y para Hobbes no tenemos otra alternativa que renunciar a la libertad, porque el ser humano es egoísta, despiadado, brutal, ruin y peligroso

 
Otra perspectiva contrapuesta la encontramos en Rousseau: Cuando el hombre está en sociedad, se trata en primer lugar de proveer lo necesario, y luego lo superfluo; enseguida vienen los placeres, y después las inmensas riquezas, y después los esclavos; no hay un momento de reposo; y lo más singular es que cuanto menos naturales son las necesidades, más aumentan las pasiones y, lo que es peor, el poder de satisfacerlas; de suerte que tras largas prosperidades, tras haber engullido muchos tesoros y destruido muchos hombres, mi héroe terminará por degollar a todos hasta ser el único amo del universo. Tal es, en resumen, el cuadro moral, si no de la vida humana, al menos de las pasiones secretas de todo hombre civilizado.

Curiosamente para el filósofo ilustrado los sentimientos también priman sobre la razón, como en Hobbes, razón que peca de analítica y contemplativa, en ese estado natural metafórico. El pensador francés sustituye el “pienso, luego existo” cartesiano por “siento, luego existo”. Ese sentir, en su forma natural, responde a un amor a sí mismo, que derivaría no en un egoísmo al estilo de Hobbes, sino en la compasión hacía el otro. Y la razón comete un grave error al intentar analizar y controlar esas fuerzas naturales que encontramos dentro de nosotros y que deberían guiar todas nuestras acciones. Instinto de conservación y piedad son nuestras fuerzas primigenias, nuestra bondad natural, propia del santo, vestigios del paraíso perdido. Pero todo paraíso termina por caer, y nos vimos obligados a exiliarnos al infierno de la sociedad, y lo que era instinto de conservación se torna en amor propio, y en feroz individualismo y egoísmo. De ahí, la necesidad de potenciar el otro instinto natural, la piedad, la compasión, la empatía, que debe guiarnos a causar el menor mal ajeno, incluso en la lucha por nuestro propio bienestar.

Todo paraíso termina por caer, y nos vimos obligados a exiliarnos al infierno de la sociedad, y lo que era instinto de conservación se torna en amor propio, y en feroz individualismo y egoísmo. De ahí, la necesidad de potenciar el otro instinto natural, la piedad, la compasión, la empatía, que debe guiarnos a causar el menor mal ajeno, incluso en la lucha por nuestro propio bienestar

Es posible, a través del clamor de la conciencia, cuya fuerza moral se encuentra en la primacía del sentimiento de piedad, promover la justicia, y aspirar a la libertad e igualdad, y combinar así el interés propio con el colectivo. Rousseau señala que “el error de Hobbes no es establecer el estado de guerra entre hombres independientes ahora socializados, sino presumir este estado natural en la especie, y haberle dado como causa los vicios de los que él es efecto…” Son pues, las leyes y la formación de la sociedad, los causantes de los vicios en el ser humano. Volvamos pues a esos instintos naturales que dan lo mejor de nosotros mismos y desoigamos los cantos de sirena del rugir materialista de la sociedad, que nos obliga siempre a competir los unos contra los otros, a cualquier precio. Hay cierta sabiduría intuitiva en ese pensamiento de Rousseau, sólo basta con observar como los niños y las niñas se tratan de forma natural unos a otros, sin prejuicios de color de piel, estatus social o diferencias por género. Es a través de la “educación” social y familiar donde aprenden a marginar y a maltratar al otro por las “diferencias”. O ese patriarcado  terrorista cuya cultura posesiva causa tanto dolor. La voz de la conciencia, la voz del corazón, nos dice el filósofo, nos habla de compasión, de padecer con los demás, buscar el bien común. Sin embargo, la razón, corrompida por los valores predominantes en nuestra sociedad, prima el interés particular, egoísta, por encima de todas las cosas. El amor propio creado por la sociedad corrompe el amor de sí, natural. El primero que valló un terreno, y dijo “esto es mío”, fue el fundador de la sociedad civil. Al compararnos con los demás, a través de los impostados valores sociales, el otro se convierte en enemigo, tiene más riquezas que yo, a las mujeres u hombres que yo deseo, los honores que yo debería tener. Todo por escuchar esos valores corrompidos. Las pasiones desenfrenadas del hombre social asfixian la piedad natural y  la sustituyen por maldad, avaricia, ambición. Ante esto, sólo cabe la introspección, recuperar los instintos naturales, y desechar todos esos valores artificiales. Y ahí, la educación a los niños y las niñas, es esencial, pues la virtud y la justicia tienen su arraigo natural en ellos.  Si tan solo las cultiváramos desde su más tierna infancia.

Quién sabe quién tiene razón sobre nuestra naturaleza, si somos psicópatas domesticados por la autoridad del Estado o santos corrompidos por la presión y valores egoístas de la sociedad.  Lo cierto es, que  expulsados del  ficticio paraíso, es hora de detener nuestro camino al infierno, y  como simples seres humanos, la gran mayoría ni buenos, ni malos, ni psicópatas, ni santos,  tomar la responsabilidad de cambiar nuestra naturaleza o nuestra sociedad, o ambas cosas, e ir en la dirección adecuada.

 

           

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”