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De qué nos sirve la ira

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 17 de Febrero de 2019
'El grito 1', de la colección 'La edad de laira', de Oswaldo Guayasamín.
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'El grito 1', de la colección 'La edad de laira', de Oswaldo Guayasamín.

'La ira es locura pasajera, conque domina tu pasión para que ella no te domine'. Quinto Horacio Flaco.

Náufragos de la ira, abandonamos cualquier ápice de sentido común que estuviera presente en nuestra consciencia, o de bondad, que estuviera presente en nuestro corazón. Nos dejamos arrastrar por los océanos de la pasión reconvertida en odio, y preferimos ahogarnos, regocijados en el calor de las llamas que nos destruyen, si con ello nos llevamos con nosotros a aquellos que culpamos de nuestros males, con o sin razón, qué más da, pues una máxima universal que siempre se cumple, exacta como los latidos de un corazón sincero, es la perdida de cualquier razón que pudiéramos tener, cuando nos dejamos arrastrar al fango de los comportamientos que provoca la ira. No hay peor pasión, más destructiva, hermanastra inseparable del odio, hija ciega de la sinrazón, madre aciaga del rencor. Todos nos hemos dejado llevar por la ira, todos, salvo aquellos que hacen de ella la guardiana de su estupidez y viven permanentemente acogidos en su seno, y todos, nos arrepentimos al instante de esa ceguera que guió nuestra mano, que nos hizo pronunciar palabras de hiel, o aun peor, desatar la oscuridad que tenemos dentro, quién sabe con qué nefastas consecuencias.

La sabiduría popular, que a veces también se equivoca, atribuye a la ira la voz del corazón, y no deja de tener razón en la sinrazón de su argumento, lo que también debería no dejar de señalar, es que ese es un corazón roto, envenenado, tan centrado en el dolor propio, que ha dejado de funcionar como tal, pues es incapaz de reconocer a los corazones ajenos, como sus iguales, tan solo le queda supurar y causar tanto dolor como siente

Cualquier actuación dominada por la ira o por sus sucedáneos, el mal humor o la impaciencia, rara vez es comprendida o aceptada por aquellos que nos rodean, más aun si de alguna manera nos respetan o tenemos autoridad sobre ellos. Chan Yu, un filósofo chino que vivió en los tumultuosos tiempos, para aquella lejana región del mundo, del siglo IV a. C, aconsejaba a sus dirigentes: Un soberano no puede poner en pie un ejército en un arrebato de ira, ni un general debe luchar sobrecogido por el resentimiento. La ira ofusca la mente, siempre, es una pena que nuestros políticos, no solo no se dejen llevar por este antiguo, pero sabio consejo, sino que en su ceguera prefieran alimentar la ira en el corazón de sus fieles, con tal de inutilizar cualquier atisbo de sentido común que tuvieran, y utilizarles como soldados, prescindibles, como lo son siempre aquellos que se limitan a seguir ordenes, en su guerra por el poder. La sabiduría popular, que a veces también se equivoca, atribuye a la ira la voz del corazón, y no deja de tener razón en la sinrazón de su argumento, lo que también debería no dejar de señalar, es que ese es un corazón roto, envenenado, tan centrado en el dolor propio, que ha dejado de funcionar como tal, pues es incapaz de reconocer a los corazones ajenos, como sus iguales, tan solo le queda supurar y causar tanto dolor como siente.

Pocos males no se alimentan de la ira, en las personas o en las sociedades. Males físicos, males morales, la mayoría de ellos se alimentan directa o indirectamente de abandonar la lucidez de una decisión meditada, proporcionada, pensada, y abandonarse a responder al mal con el mal, al dolor con el dolor, a la violencia con la violencia. Tantas vidas desperdiciadas por sumirse en ese abismo de la naturaleza humana, tanta sociedad corrompida, comportándose como lobos cazando a los más débiles en brutales cazas de brujas, tan solo por buscar un alguien a quien culpabilizar de sus propias taras, de sus propios defectos. Tantos líderes políticos, en nuestra historia reciente, agitando banderas llenas de ira, abriendo el paso al enfrentamiento entre hermanos, solo por conseguir un voto más, solo por avanzar un centímetro en su ansia por el poder, solo  por alimentar a los lobos que buscan victimas con las que saciar su propia incompetencia, sin importarles lo más mínimo dejarnos un futuro estéril, con sus campos de esperanzas tan llenos de sal, que nada podrá crecer en ellos durante generaciones.    

No hay justicia que sobreviva a la ira. La barbarie humana no tiene límites, y ya hayamos sufrido el mal causado por alguna injusticia, por alguna violencia sin sentido, o la empatía nos haga simpatizar con aquellos que la han sufrido, dejarnos llevar por la ira y pretender en nombre de la justicia que se repare la injusticia, no puede sino llevarnos al peor de los abismos de la naturaleza humana

No hay justicia que sobreviva a la ira. La barbarie humana no tiene límites, y ya hayamos sufrido el mal causado por alguna injusticia, por alguna violencia sin sentido, o la empatía nos haga simpatizar con aquellos que la han sufrido, dejarnos llevar por la ira y pretender en nombre de la justicia que se repare la injusticia, no puede sino llevarnos al peor de los abismos de la naturaleza humana. Michel de Montaigne, el estoico pensador francés, en una lúcida reflexión, en un siglo, el XVI, no especialmente dotado de ellas, denunciaba a aquellos padres que cegados por el comportamiento de sus hijos respondían con violencia, pues eso no es educación, es venganza, como cualquier uso de la violencia con la que se responda a algún mal comportamiento. La justicia no puede dejarse llevar por la ira, por el mismo principio, por mucho que la empatía con la victima nos haga comprender el dolor sufrido, pues el juez ha de mantener siempre el frío ánimo de la razón y la mesura del castigo apropiado, o confundiremos venganza, causar tanto dolor como nos han causado, con justicia, reparar, en lo posible, el mal causado y tratar de corregirlo para evitar males mayores. Nos jugamos mucho en mantener la justicia, como la política, alejada de las hogueras de la ira. Ejemplos históricos de los desbarajustes causados, cuando hemos permitido que agrietasen ese principio, hay múltiples.

Es curioso, y significativo, que aquellos que han sufrido la injusticia en su propia carne, brutalmente a veces, su experiencia, le hace más inmunes a la ira, mientras que aquellos que no la sufrieron en propia carne, por esconder su cobardía en causas que creían que no iban con ellos, son los que más agitan los fuegos de la venganza, preludio de las tormentas de la ira, que una vez desatadas, sabemos donde comienzan, nunca donde terminarán. El problema de confundir ira con justicia, es que mientras la primera requiere de una actuación inmediata, de un castigo espontaneo, la otra necesita de tiempo, de búsqueda de la verdad, de causas y efectos de cualquier posible acción. Otro de los graves problemas de dejarnos llevar por la ira, es actuar, no solo extralimitándonos, sino injustamente, al habernos equivocado en los aparentes motivos que aducimos para la ira. Lo triste es que, avergonzados, por habernos dejado arrastrar por esa ciega furia, ni siquiera somos capaces de reconocer el error, y preferimos asentarnos en la injusticia cometida. Séneca, en un revelador escrito sobre la ira, cuenta una significativa anécdota: Pisón, destacado cónsul romano, condenó a muerte a un soldado por creer que había abandonado en una misión a un compañero, en un acto de ira. Cuando se iba a ejecutar la sentencia el soldado presuntamente abandonado volvió. El verdugo y los dos soldados, fueron a ver a Pisón, creyendo que éste se alegraría de no haber obrado mal y cometido una terrible injusticia. Los tres terminaron condenados a muerte, el primero, porque ya tenía una condena, al segundo, que se había perdido, por ser la causa de la condena del primero, y al verdugo, por no haber cumplido la orden.

Frente a la ira, la naturaleza humana encuentra su mejor defensa en una virtud capaz de eludir esta desgraciada pasión; la paciencia. Cuántos errores habríamos evitado si cuando alguien llevado por la ira ha arremetido con improperios contra nosotros, hubiéramos dejado que la tormenta pasase, en lugar de dejarnos arrastrar por ella, y combatir fuego con fuego

Frente a la ira, la naturaleza humana encuentra su mejor defensa en una virtud capaz de eludir esta desgraciada pasión; la paciencia. Cuántos errores habríamos evitado si cuando alguien llevado por la ira ha arremetido con improperios contra nosotros, hubiéramos dejado que la tormenta pasase, en lugar de dejarnos arrastrar por ella, y combatir fuego con fuego. La ira es un cáncer que afecta a lo mejor que hay en nosotros, agresivo, y terriblemente contagioso, una sola persona con ira es capaz de arrastrar a una multitud con ella, si no somos capaces de ponerle freno. La templanza de ánimo es la mejor salvaguarda contra la enfermedad de la ira, siempre que no dejemos que nos contagie. Debemos dejarla ir o darle una salida ponderada, pues guardarla en nuestro interior, aparentando serenidad, solo puede provocar un mal mayor, pues tarde o temprano terminará por romper el dique de contención causando males mayores. Montaigne cuenta a este respecto la anécdota de Diógenes, al observar a Demóstenes recluirse en una taberna para evitar ser visto en sus cercanías, cuanto más retrocedes, más te adentras en ella. Preferible es dar una mesurada salida a nuestras pasiones, controlando en todo momento su intensidad, que aguantar, hasta que en un momento dado, perdamos el control, y la ceguera que acompaña el estallido de ira nos lleve con ella.

A veces, cierto grado de enfado, que no ira, es inevitable, y no necesariamente perjudicial, pero en esos casos hay que evitar que desbarremos sin ton ni son, y paguen justos por pecadores. Y si el enfado es inevitable, dejémosle  el menor tiempo posible, y démonos espacio para volver a recuperar la serenidad. Aprender a controlar los enfados, evitando que la ira nos contagie, no solo depende de elegir bien la duración, y el objetivo, sino la gravedad de los motivos, pues pocas cosas hay más dañinas que acostumbrarnos a desahogarnos con virulencia ante infortunios menores, cuya importancia es mínima, si la analizamos con cierta y necesaria mesura. Hemos de recordar que rara vez que dejamos salir a la ira,  la controlamos, es ella la que siempre termina por controlarnos, sacando lo peor que hay en nosotros. De qué nos sirve la ira, nada más que para que, si tenemos buen corazón, y la cabeza en su sitio, nos arrepintamos prontamente del daño causado, y si no tenemos buen corazón, ni la cabeza en su sitio, para que paguemos duramente por el dolor causado, propio o ajeno, y nos arrepintamos más pronto que tarde.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”