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Por qué somos tan egoístas

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 20 de Octubre de 2019
Obra de Ray Turner, de la serie 'Good man, bad man'.
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Obra de Ray Turner, de la serie 'Good man, bad man'.
 'Nuestro primer y único amor es el egoísmo'. Christian N. Bovée

'De todas las variedades de virtud la generosidad es la más estimada'. Aristóteles

La vida, si decides escuchar sus enseñanzas y aprender lo que te ofrece, es una gran maestra, que no te adoctrina, no te marca cuáles son los límites del bien y del mal, cuál es el comportamiento moral adecuado, o cuál no, eso es algo que  has de aprender en base a aquello que has vivido y cómo decides actuar y comportarte. Podrás ser juzgado, justa o injustamente por las costumbres sociales, o por las leyes que rijan en cada país, pero el juez último de la moralidad de tus actos no recae sino en tu propio interior, en tu propia conciencia. En lo que se refiere a la moralidad, no hay juzgado de última instancia más allá al que recurrir. Habitualmente en filosofía moral se suele apelar a grandes dilemas para explicar qué comportamientos son morales, cuáles no, o que alternativas éticas disponemos ante situaciones límites. Si tuviéramos que mentir para proteger a alguien perseguido injustamente, por ejemplo, un judío en la Alemania Nazi, o un homosexual en los países en los que son perseguidos, qué deberíamos hacer. Para la mayoría con cierto sentido de la justicia, o de la compasión, mentir, para Kant, ni siquiera eso lo justificaría, en base a una presunción bastante cruel; que abrir la espita de la mentira por muy buenas que sean las intenciones, perjudicaría a largo plazo a toda la sociedad. Otros ejemplo clásico de dilema moral es verte en una encrucijada trágica; tener que salvar a unos pocos o a unos muchos, siendo los pocos niños, y los muchos adultos, a los que atropellaría un tren desbocado, y tú has de decidir qué hacer moviendo una palanca que alterará el destino final del tren sin control. Dependiendo de la ética o la moralidad que te aconseje, habrías de tomar una u otra terrible decisión.

El hecho es que la vida, salvo en países menos afortunados, y con menos libertad y justicia que el nuestro, no suele ponernos ante encrucijadas morales tan crueles, pero sí ante dilemas morales, que definen quiénes somos de verdad, más allá del teatro de la sociedad el que nos disfrazamos para aparentar

El hecho es que la vida, salvo en países menos afortunados, y con menos libertad y justicia que el nuestro, no suele ponernos ante encrucijadas morales tan crueles, pero sí ante dilemas morales, que definen quiénes somos de verdad, más allá del teatro de la sociedad el que nos disfrazamos para aparentar. Pondremos un ejemplo, una tesitura moral, que aparentemente es inocua, o al menos eso nos decimos a nosotros mismos cuando nos enfrentamos a este tipo de decisiones, que seguramente todos los lectores habrán afrontado alguna que otra vez. Un amigo se dejó olvidada una chaqueta, con algunos objetos en su interior en un local de copas. Dejarnos algún objeto en un momento de despiste en un local público, sean prendas de ropa, móviles, o cualquier otro objeto cotidiano a todos nos habrá pasado. Cuando mi amigo fue a preguntar a los responsables, le dijeron que no tenían la chaqueta, pero vieron a la persona que se la llevó, que estaba tomando algo en el local. Es muy probable que al igual que hemos olvidado algo, hayamos encontrado algo; ante esto nos encontramos con un dilema, qué hacer: nos quedamos el objeto, o lo dejamos al albur de los propietarios del local para que se lo devuelvan al dueño. Aquellos que toman la decisión de llevarse el objeto extraviado, que en gran parte de los casos, ni siquiera necesitan, se dicen así mismos que no es robar, aunque legalmente sí podría ser un hurto, se dicen que el problema es de quien lo ha dejado allí abandonado, que si a ellos les pasara, seguramente se lo llevarían otros, por qué no hacer lo mismo.

Nos excusamos en la ingratitud con la que nos han respondido en otras ocasiones al realizar algún acto honorable o justo, para dejarnos llevar por el egoísmo. El escritor Pierre Mac Levés lo expresaba de esta manera: la ingratitud no descorazona a la verdadera caridad, pero sirve de pretexto al egoísmo. Más allá de la legalidad o no, que no compete al ámbito moral, es el egoísmo, que salvo en caso de supervivencia extrema no es un instinto natural en una especie social como la nuestra, el que dictamina nuestro comportamiento. El egoísmo lo aprendemos, como el racismo, u otros comportamientos que deberíamos tirar al vertedero de la vida. Víctor Hugo, el escritor francés, nos puso en su novela Los miserables ante ese espejo egoísta que alimenta nuestra indiferencia; el egoísmo social es un comienzo del sepulcro. Razón no deja de tener; pues son los pequeños actos de miseria moral, aquellos que nos decimos que no tienen importancia, que se esconden en los recovecos de nuestra conciencia, los que abren la espita a la indiferencia, hermanada con el egoísmo, que nos lleva al cruel fracaso moral ante las encrucijadas que se nos presentan. 

Por qué preocuparnos por lo que otros sufren, si no es nuestro problema, si es de las instituciones públicas, llámese pobreza por ejemplo, o son desgracias que transcurren a miles de kilómetros. Qué nos importa lo que les pase a los demás

Si tanto suelen destacarse en las noticias gestos de generosidad, como devolver una cartera perdida con dinero, o arriesgar un poco la propia integridad física por ayudar alguien en un accidente o ante una agresión, es porque lo que domina en nuestra sociedad no es la generosidad, sino el egoísmo. De ahí, que destaquen tanto esos actos tan incomprendidos para el egoísta que tanto ha arraigado en nosotros, que siempre nos anima a la ceguera para nos preocuparnos más que por nosotros mismos, nuestros intereses, nuestros objetivos, ajenos al daño que podemos causar por el camino. No ya directamente, sino también por omisión. La omisión, no hacer nada porque nos decimos que no es asunto nuestro, otra de las grandes olvidadas de la indiferencia moral. Por qué preocuparnos por lo que otros sufren, si no es nuestro problema, si es de las instituciones públicas, llámese pobreza por ejemplo, o son desgracias que transcurren a miles de kilómetros. Qué nos importa lo que les pase a los demás.

Concepción Arenal, precursora de las ciencias sociales en el siglo XIX en nuestro país, lo destacaba con claridad en esta analítica frase; las hipócritas seguridades de la caridad oficial dejan al egoísmo la ventaja de mantenerse indiferente sin parecer cruel. Es un problema que no nos atañe, nos decimos. La hipócrita actitud que mostramos para justificar que actuamos correctamente, por ejemplo devolviendo la chaqueta en lugar de quedárnosla, lo refleja la socióloga en otra contundente frase: A veces damos el nombre de favor a la justicia y creemos de muy buena fe que fuimos buenos y generosos cuando no hemos sido más que justos. Un acto que debería ser natural, devolver aquello que no es nuestro, lo convertimos en virtud, y nos adulamos como si ese acto fuera extraordinario y requiriera de un sobresfuerzo. Mientras que lo natural es lo egoísta, quedarse con lo ajeno. Algo anda mal en nuestra moralidad cuando actuamos así, cuando consideramos casi heroico actuar correctamente.

La supervivencia, robar cuando te encuentras en estado de necesidad, para ti, o para aquellos que quieres o están muy necesitados, es ilegal, pero hay dudas razonables de que sea inmoral. Tu libertad moral, tu voluntad se encuentra gravemente condicionada en estos casos, pero eso no sucede en la mayoría de dilemas morales que afrontamos cotidianamente. Disponemos de libertad y de voluntad para actuar de una forma u otra, es nuestra elección. Descartes lo reflejaba con claridad metódica en sus reflexiones morales al hablar de las pasiones del alma: consiste, la verdadera generosidad, en parte en que conoce que esta libre disposición de sus voluntades es lo único que le pertenece y que solamente por el uso bueno o malo que haga de esa libre disposición puede ser alabado o censurado, y parte en que siente en sí mismo una firme y constante resolución de hacer lo bueno, es decir, no carecer nunca de voluntad para emprender y ejecutar todas las cosas que juzgue mejores. Abandonar el egoísmo, ser altruista, término creado por el sociólogo Comte para contraponerlo al egoísmo, y destacar la capacidad de desinteresarse de uno mismo, y amar al prójimo, depende de nuestra voluntad, y somos libres de ejercer esa virtud o no.

No se trata de renunciar a ayudarnos a nosotros mismos, a valorarnos, a querernos y respetarnos, a no minusvalorarnos, pero nada de eso justifica actuar egoístamente sin contar con intereses ajenos, sin entender que ayudar al otro a superar sus debilidades, cuando está a nuestro alcance, es nuestra fortaleza

John R. Searle, especialista estadounidense en filosofía del lenguaje y de la mente, trata de enumerar en un ensayo, Razones para actuar, qué nos lleva en el pensamiento moral a justificar actuar egoístamente o altruistamente; en nuestra cultura intelectual consideramos al egoísmo y al interés propio como algo poco problemático, pero consideramos que el altruismo y la generosidad exigen una explicación especial. Lo natural, en la ciencia, en la filosofía política es partir de la idea de que lo arraigado en la naturaleza humana y en la social es la búsqueda del interés propio; aunque hay el menos tres perspectivas que se han introducido para paliar el predominio del egoísmo como fuerza motora de nuestras acciones, personales o sociales: la sociobiología que cree que hay cierta herencia genética que nos predispone a actuar con altruismo, con grupos afines o con intereses comunes, dado que nos ayuda a sobrevivir. Otra corriente, viene a decirnos que tener en cuenta intereses ajenos, ser altruista, es una cuestión necesaria para actuar con prudencia, ya que no sabemos muy bien las consecuencias de determinadas acciones egoístas, y actuar con generosidad nos protege, en cierto modo, al hacernos útiles al grupo. Una última perspectiva heredada del kantismo, recurre a la libertad y a la autonomía moral de cada ser humano, algo parecido a las indicaciones de Descartes. Resumidamente es la regla de oro de la moralidad: actúa con los demás tal y como quisieras que los demás actuaran contigo. Volviendo al ejemplo de la chaqueta; si quieres que te devuelvan una chaqueta que has olvidado, devuélvela tú en el caso de encontrarla. Para Searle, con toda la razón, son tres motivos bastante frágiles, porque como mucho establecen condiciones para no ser siempre egoístas, pero no bases consistentes para que actuar con altruismo y generosidad sea la fuerza motora de nuestra moralidad.

No se trata de renunciar a ayudarnos a nosotros mismos, a valorarnos, a querernos y respetarnos, a no minusvalorarnos, pero nada de eso justifica actuar egoístamente sin contar con intereses ajenos, sin entender que ayudar al otro a superar sus debilidades, cuando está a nuestro alcance, es nuestra fortaleza. Cervantes lo expresaba con esta máxima; es envidia, pero generosa, la de quien mejora lo suyo, pero sin perjuicios. No causar mal, directa o indirectamente, para buscar el beneficio propio, no hay más, pero si hay menos en nuestra catadura moral. Hoy día muchos gurús de la motivación hablan de competitividad, cuando de lo que quieren hablar en realidad, es de los beneficios de ser egoístas en una sociedad donde lo que parece importar es escalar a cualquier precio

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”