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¿Quién alimenta ahora a Vox?

Blog - Hombres de Luz - Domingo Funes - Miércoles, 9 de Enero de 2019
Abascal (derecha), con Ortega y Serrano.
E.P.
Abascal (derecha), con Ortega y Serrano.

Después de los miles de análisis que todos hemos tenido la oportunidad de leer o escuchar acerca de la contundente irrupción de Vox en la política andaluza, algunos de ellos realmente brillantes, es muy complicado aportar algo nuevo sobre este acontecimiento y sus importantes consecuencias en la política de nuestra tierra. Sin embargo, hay algo que me ha llamado la atención y sobre lo que quería reflexionar, aunque sea de forma breve. Es evidente que en los países de nuestro entorno, los movimientos de extrema derecha se están abriendo hueco de forma preocupante, por lo que en esa pulsión global tenemos una de las causas directas del ascenso de la ultraderecha en nuestra tierra. En consecuencia, muchos coincidiremos en señalar que esa es, en parte, una realidad que trasciende nuestras fronteras y que ha encontrado en el inmigrante el “chivo expiatorio” perfecto al que responsabilizar de buena parte de los males que aquejan a los nacionales.

Pero al margen de esta causa global, me cuento entre los que piensan que la lucha entre el Partido Popular y Ciudadanos por el espacio político de la derecha ha espoleado el crecimiento de Vox.

La línea dura en Cataluña con la idea de una España recentralizadora de fondo, la creciente hostilidad con los inmigrantes y los matices al discurso feminista, especialmente en lo tocante a la violencia de género y al supuesto trato diferente ante la justicia de hombres y mujeres, han estado muy presentes en la batalla que se libra entre un recién llegado a la presidencia de los populares, Pablo Casado, y el propio Rivera

La línea dura en Cataluña con la idea de una España recentralizadora de fondo, la creciente hostilidad con los inmigrantes y los matices al discurso feminista, especialmente en lo tocante a la violencia de género y al supuesto trato diferente ante la justicia de hombres y mujeres, han estado muy presentes en la batalla que se libra entre un recién llegado a la presidencia de los populares, Pablo Casado, y el propio Rivera. Esa confrontación puso en el centro de la agenda política un discurso en el que Vox tenía todas las de ganar. Y ya saben, para fotocopia, original.

Creo que hasta ahí, con todas las precisiones que cada uno quiera hacerle a este relato apresurado, podemos estar más o menos de acuerdo. Pero si bien fueron populares y ciudadanos los que prendieron la mecha de esta escalada del partido de Abascal, ahora, es la izquierda la que alimenta su crecimiento. Y lo hace con aspavientos de mal perdedor, amenazando torpemente con cordones sanitarios y arremetiendo contra los populares cuando estos, muy preocupados por la fuga de electores, y en un intento por neutralizar el crecimiento de su hijo pródigo Vox, hacen guiños a sus votantes invitándoles a volver a la casa común de la derecha de la que tanto se enorgullece Aznar.

La izquierda sigue sin ser capaz de ponerse de acuerdo, sin ser capaz de explicar o articular un modelo, más allá de los manoseados y recurrentes lugares comunes, que permita a la sociedad andaluza albergar esperanzas de un futuro mejor para todos; sin ser capaz de reflexionar por qué después de 36 años Andalucía sigue entre las regiones más pobres de Europa; sin ser capaz de explicar por qué el capital político del 4-D se ha ido por el sumidero de la historia

En esta línea, el PSOE-A, a través de su portavoz parlamentario, Mario Jiménez, sigue sin digerir la inminente pérdida del Gobierno y habla de riesgo de “regresión franquista” –si, en Andalucía, el socialismo ha rescatado el término que guardaba en el baúl de las consignas, al lado de las que emplea para defender festividades como la Toma de Granada…– y Teresa Rodríguez, por su parte, dice que hay que regresar a las calles, con ese lenguaje vetusto y de aristas cortantes en el que se encuentra tan cómoda, ese tras el que parece parapetarse para evitar salir de su zona de confort y arriesgar con propuestas de vocación mayoritaria, incluso para esos 400.000 andaluces que, cabreados y hastiados, han optado por Vox; andaluces que merecen un respeto y que, antes que insultarles sin más, igual es más útil ofrecerles alternativas a sus inquietudes o, en última instancia, explicarles adecuadamente por qué la formación que lidera Santiago Abascal no es la solución a los problemas, sino que, al contrario, puede ser fuente de otros mayores. Salir a la calle. Como si en la calle estuviera siempre la respuesta a todos nuestros problemas y no en las instituciones para las que los hemos elegido.

La izquierda sigue sin ser capaz de ponerse de acuerdo, sin ser capaz de explicar o articular un modelo, más allá de los manoseados y recurrentes lugares comunes, que permita a la sociedad andaluza albergar esperanzas de un futuro mejor para todos; sin ser capaz de reflexionar por qué después de 36 años Andalucía sigue entre las regiones más pobres de Europa; sin ser capaz de explicar por qué el capital político del 4-D se ha ido por el sumidero de la historia, desperdiciado en manos de quien ha demostrado no creer en la autonomía que tanto nos costó alcanzar; y sin ser capaz de explicar, en fin, por qué los intereses andaluces siempre ceden ante otros.

Por eso, en este momento, si bien la lucha fratricida entre PP y Cs creó las condiciones ideales para la eclosión de Vox, es la izquierda la que si no atiende al “síntoma” y persiste en su histriónica reacción a los resultados electorales, puede ser la fuente de su principal crecimiento.   

Imagen de Domingo Funes

Domingo Funes (Granada, 1967) es Licenciado en Derecho por la UNED y abogado en ejercicio, trabajando en las ramas administrativa y civil, fundamentalmente, y defensa de los consumidores. En los últimos años ha compaginado su profesión con la colaboración en el Grupo Editorial Tres Ediciones, especialmente en Granada Económica, uno de los periódicos del grupo, donde coordina la sección de opinión. Hijo del éxodo rural de los 60, pasa su juventud en el barrio granadino de la Chana, donde su familia se instala proveniente del pequeño municipio de Salar.