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'Rousseau y la búsqueda de la justicia social'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 17 de Octubre de 2021
Indegranada
El primer individuo al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir “esto es mío” y encontró a gentes lo bastante simples como para hacerle caso, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no le hubiera ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o cegando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que las frutas pertenecen a todos y que la tierra no es de nadie. Jean-Jacques Rousseau, “Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres” (1755).

Aunque pudiera parecerlo, este esclarecedor párrafo no pertenece al Manifiesto Comunista de Marx y Engels, sino a un filósofo francés, Rousseau, que vivió con anterioridad, e influenció el pensamiento filosófico que desembocaría en las tres grandes corrientes surgidas en el XIX que pretendieron poner coto a la opresión del ser humano; socialismo, comunismo y anarquismo. Opresión que en nombre de la revolución industrial, del progreso de la técnica, alcanzaría su máxima expresión a lo largo del siglo XX, con el añadido de dos devastadoras guerras mundiales como colofón al desvarío. Muchas cosas han cambiado en estos siglos; se ha avanzado en algunos lugares, en otros no tanto, en los derechos sociales de los trabajadores, se han derrotado algunas formas de imperialismo, como el colonialismo, aunque algunas otras formas, más sutiles, pero igualmente dañinas, como el colonialismo económico persisten. Se ha avanzado en la protección de la infancia, a la que no se explota en infames fábricas, y en los derechos de las mujeres, aunque todavía persisten numerosos puntos negros donde lo uno y lo otro se produce sin impudicia, e incluso en los países más avanzados en lo social como el nuestro, todavía, hoy día, hay quien vocifera para que las mujeres den pasos atrás en las conquistas de sus derechos llamándolas brujas.

Quien hoy día critique la necesidad de la denuncia de Rousseau o de la rebeldía de Marx y Engels antes las atrocidades cometidas por el inicio del capitalismo en el XIX, merecería ser transportado en una máquina del tiempo a aquellos tiempos y ser condenado a vivir en condiciones infrahumanas, en una fábrica sin derechos sociales, sin sanidad, sin futuro

Quien hoy día critique la necesidad de la denuncia de Rousseau o de la rebeldía de Marx y Engels antes las atrocidades cometidas por el inicio del capitalismo en el XIX, merecería ser transportado en una máquina del tiempo a aquellos tiempos y ser condenado a vivir en condiciones infrahumanas, en una fábrica sin derechos sociales, sin sanidad, sin futuro. Condenado a una existencia miserable de por vida, sin esperanzas para ellos ni para sus hijos. Nada ha proporcionado más justicia que la sanidad y la educación universales. No hay mejor manera de equilibrar el juego de la vida, que está tremendamente truncado por los tahúres que poseen todo el capital y juegan con nosotros a su antojo. Aquellos que en nombre de la libertad socavan estos dos logros, educación y sanidad pública, sirven a los mismos intereses, con otros rostros, que los mismos que justificaban en el XIX la explotación de niños, mujeres y trabajadores en nombre del progreso.

Rousseau nació plebeyo, y vivió de primera mano las injusticias que denunció. Su educación autodidacta, y sus orígenes humildes, le alejaron de esos ilustrados procedentes de la burguesía y de la nobleza que elaboraban bellos e inspiradores panfletos…desde la comodidad de sus lujosas viviendas. Su vida errante, y los despropósitos que ya se vislumbraban en las urbes, con cada vez más población en condiciones infrahumanas, como prolegómeno a lo que se viviría con la revolución industrial, le alertaron de que no todo valía en nombre del progreso. La sociedad ha alimentado la voracidad del egoísmo humano, de lujos innecesarios, de satisfacciones de pasiones que lo devoran todo.  No hay un contrato establecido libremente que iguale las condiciones, como los filósofos más liberales proclamarían, todo es un montaje de los ricos para explotar a los pobres. De ahí, de ese control de los que poseían todo, nace la protección del derecho a la propiedad y las leyes para salvaguardarlo. En su Discurso sobre la desigualdad denuncia que sea este derecho a la propiedad sobre el que se construya una sociedad civil, pues no es sino el fundamento de una desigualdad perenne entre los seres humanos. Este escrito de juventud iniciaría una evolución lógica en el pensamiento del filósofo francés que culminaría con el Contrato social. Hay remarcables diferencias entre ambas obras, producto de la lógica evolución de su pensamiento hacía una sociedad radicalmente democrática, que quebrara las cadenas impuestas desde arriba hacia abajo. ¿Cómo mantener los derechos individuales en una sociedad más justa? A través de un concepto problemático, que ha dado lugar a interpretaciones dispares a lo largo de los siglos: la Voluntad General que es la que subsume estos derechos a los intereses de la mayoría.

Se trata de que nadie pueda abusar del poder, que se encuentre repartido y recaiga en la comunidad, en la gente, en la ciudadanía, o como queramos denominarlo, y que nadie tenga tanto dinero como para tratar a otros como esclavos, y nadie tenga tan poco como para no tener otra opción que convertirse en tal

Locke y otros filósofos de la época abogaban por limitar la esfera de influencia del Estado, para garantizar la libertad de los ciudadanos, pero esa libertad para Rousseau nunca se podrá conseguir si ese mismo Estado no asume el control y evita que unos pocos sigan controlando los recursos económicos. Es ingenuo creer que la bondad de los que lo tienen todo o los nacientes imperios mercantilistas de la época se dedicarían a repartir riqueza e igualar la balanza. No hace falta mucha perspicacia para saber que, a pesar de las considerables diferencias entre ambas épocas, sucede lo mismo hoy día con aquellos que controlan el capitalismo financiero, llámense eléctricas o llámense como se llamen. La justicia social es lo último que se les pasa por la cabeza, si no hay un poder público que las obligue. Rousseau, fervorosamente, niega que la igualdad ante la ley, clásica formula liberal, permita a la sociedad en su conjunto ser libre y justa, si no hay fórmulas para equilibrar las cosas ante quienes ostentan más poder económico, político o si ya nos ponemos finos, judicial: Respecto de la igualdad, no debe entenderse que los grados de poder y riqueza sean los mismos, sino que, en cuanto al poder, esté por encima de toda violencia y no se ejerza nunca sino  en virtud del rango y de las leyes, y en cuanto a la riqueza que ningún ciudadano sea tan opulento como para poder comprar a otro, y ninguno tan pobre como para verse obligado a venderse. En román paladino, no se trata de que todos seamos copias y ganemos el mismo dinero, o tengamos el mismo poder, o seamos iguales como cromos. Se trata de que nadie pueda abusar del poder, que se encuentre repartido y recaiga en la comunidad, en la gente, en la ciudadanía, o como queramos denominarlo, y que nadie tenga tanto dinero como para tratar a otros como esclavos, y nadie tenga tan poco como para no tener otra opción que convertirse en tal. Ya se trate de hace tres o cuatro siglos o en la actualidad.

Si queremos sanidad pública, al alcance de todo el mundo, educación pública, al alcance de todo el mundo y creando niños y niñas críticos y verdaderamente libres, si queremos carreteras e infraestructuras para todo el mundo, si queremos que la cultura fluya y no dependa de mecenas, entonces la voluntad general ha de exigir a esos pocos que tienen mucho, que tengan un poco menos

Aunque hoy día se nos olvide con facilidad, cuando actuales líderes políticos ponen el precio de la libertad en una caña de cerveza, es incompatible pregonar el derecho a la libertad política, sin poner coto a una desigualdad económica abusiva, que limita ineludiblemente la libertad de los que no tienen para ganarse el pan. Rousseau renegaba de la intolerancia, como un dogma a desterrar de la sociedad, y tenía fe, no hay otra forma de decirlo, en que el ser humano alejado de un ambiente que saca lo peor de él mismo, acervando su egoísmo y avaricia, se comportaría con bondad. La Voluntad General es la que nos dice que por mucho que unos pocos, que tienen mucho, no quieran pagar impuestos, el bien de la comunidad exige que los paguen. Si queremos sanidad pública, al alcance de todo el mundo, educación pública, al alcance de todo el mundo y creando niños y niñas críticos y verdaderamente libres, si queremos carreteras e infraestructuras para todo el mundo, si queremos que la cultura fluya y no dependa de mecenas, entonces la voluntad general ha de exigir a esos pocos que tienen mucho, que tengan un poco menos, no para que dejen de ser muy ricos, sino para que la inmensa mayoría seamos un poquito menos pobres y tengamos derechos sociales y un mínimo de dignidad vital.

No es fácil, nunca lo ha sido, y es un problema complejo, de esos que a algunos políticos de última generación asustan, tratar de conciliar la libertad individual con los derechos colectivos. La misma pandemia nos ha puesto en el espejo muchas de estas dificultades. Más allá de corregir posibles abusos de poderes públicos para garantizar libertades individuales y derechos de las minorías, ineludible corrección a Rousseau, lo que no podemos olvidar son las lecciones del filósofo francés: nadie puede ser verdaderamente libre en lo político, sin un mínimo de igualdad social y económica que garantice su dignidad. Que garantice que unos pocos no sean amos de unos muchos, ni unos muchos siervos de unos pocos. Sin comprender y asumir esa premisa, no hay sociedad que cumpla un mínimo común de moralidad que nos permita construir un futuro mejor. La alternativa ya la conocemos, y quienes por activa o pasiva permiten que los voceros que llaman brujas a las mujeres en el congreso se salgan con la suya, tienen la máxima responsabilidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”