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Séneca o cómo sobrevivir en un mundo que arde

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 27 de Octubre de 2019
Imagen de disturbios en Barcelona, la semana pasada.
Antena 3
Imagen de disturbios en Barcelona, la semana pasada.
'Con el fuego se prueba el oro, Con las desgracias los grandes corazones'. Lucio Anneo Séneca

Las calles arden en Barcelona, ante la estupefacción de cualquiera que no se encuentre en el mismo estado febril que los extremistas de uno u otro lado, unos quemando, otros echando gasolina. El mundo, en lógica correspondencia de estupidez globalizada, arde en guerras de nueva generación, algunas con bombas de baja intensidad, pero con las mismas víctimas inocentes que las de alta intensidad; Siria, Afganistán, Irak, y tantas decenas de otros territorios en África u otros continentes donde las poblaciones tienen la desgracia de no caer en el prototipo de blancos, adinerados y pertenecientes a países del primer mundo. Se unen a las hogueras guerras comerciales que dejan por el camino víctimas, igualmente inocentes, que ven arruinadas sus esperanzas de construirse una vida digna. Todo con los nuestros primero por bandera, a saber quiénes son los nuestros. El combustible necesario para el fuego indiscriminado lo proporcionan políticos incompetentes, o con síntomas totalitarios en su credo, que actúan como bomberos distópicos al estilo de Fahrenheit 451, quemando aquello que no comprenden, como el diálogo, la tolerancia, o el respeto a las reglas democráticas más elementales.

No solo es el mundo el que arde, sino nuestra vida, azotada por desgracias que inesperadamente nos despiertan de nuestra ensoñación; enfermedades, caídas varias en desgracia, reveses económicos, problemas en el trabajo o por no encontrar trabajo, y un largo mantra de eventualidades

No solo es el mundo el que arde, sino nuestra vida, azotada por desgracias que inesperadamente nos despiertan de nuestra ensoñación; enfermedades, caídas varias en desgracia, reveses económicos, problemas en el trabajo o por no encontrar trabajo, y un largo mantra de eventualidades. A eso se une el inexorable paso del tiempo, que agosta nuestras esperanzas de primaveras por venir, y tan solo nos deja un eterno invierno que esperar. Por si fuera poco los sempiternos mal de amores, que antes endulzaban los amaneceres y ahora amargan los crepúsculos. Todo se acumula para que como boxeadores noqueados al borde del K.O. nos tambaleemos en la lona de una existencia que ha dejado de tener sentido.

Qué hacer entonces ante un mundo que arde, por uno u otro motivo. El pensador cordobés, no el que suscribe, sino su antepasado de hace dos milenios, Lucio Anneo Séneca no tenía la respuesta, pero sí tenía algunas respuestas. Tan validas antaño, en pleno apogeo del Imperio Romano, como hoy día, en plena decadencia de los todopoderosos imperios occidentales, y de un capitalismo que se encuentra en estado crítico. Sus enseñanzas, como poco, algo de consuelo ofrecen, y quizá, si dejamos actuar un poco a la razón, hasta cierta orientación pueden regalarnos en tiempos sombríos. Gratis, que no es poco. Y si tenemos suerte, nadie nos obligara a tener el mismo destino que el desgraciado Séneca, al que su antiguo pupilo Nerón le obligó a abrirse las venas, ante la disyuntiva de que se lo llevasen los pretorianos para sufrir torturas y una muerte indigna.

Frente al tópico de la prudencia que, no sin razón, tenemos de las enseñanzas estoicas, Séneca nos dice que en la adversidad a veces es aconsejable elegir caminos atrevidos. El control de las pasiones es necesario, pero un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que solo le falta abrir la boca para caer en ella

Con las imágenes de tanto nacionalismo exaltado que vemos por uno u otro lado , no está nada mal comenzar reconociendo el cosmopolitismo abrazado por el estoicismo, tan bien representado en la figura de nuestro filósofo, que reflejaba con estas palabras, despreciadas hoy día, tan pertinentes para mañana: mi nacimiento no me vincula a un único rincón. El mundo entero es mi patria. Lo primero en lo que insiste nuestro antepasado es en que en la filosofía hay respuesta suficiente para cualquier crisis, porque es un saber eminentemente práctico, o al menos así hemos de tomarnos sus enseñanzas. Para Séneca somos otro animal más, pero con dos ventajas que nos hacen ser el animal más fuerte; la razón y la sociabilidad. Tan solo hace falta aplicar unas gotas de una,  y algún aliño de la otra a nuestras vidas y pensamientos. A pesar de la imagen que tenemos del prototipo de sabio estoico como alguien distante, y es cierto que existe cierta frialdad en sus enseñanzas, relacionarnos y confiar en los demás es parte de sus consejos; fiarse de todo el mundo y no fiarse de nadie son dos vicios: pero en el uno se encuentra más virtud, y en el otro más seguridad. Uno de los grandes dilemas éticos que nos encontramos en la vida; aprender a confiar en los demás y arriesgarnos a que nos decepcionen, o no fiarnos de nadie, encerrarnos en nosotros mismos. Sin duda más seguros, pero también con una vida más estéril.  Frente al tópico de la prudencia que, no sin razón, tenemos de las enseñanzas estoicas, Séneca nos dice que en la adversidad a veces es aconsejable elegir caminos atrevidos. El control de las pasiones es necesario, pero un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que solo le falta abrir la boca para caer en ella. Una cosa es la contención, tan necesaria para vivir con virtud, como las pasiones, adecuadamente dirigidas y moderadas, para no convertirnos en un cadáver en vida.

Cercado por una situación política altamente inflamable, rodeado de gente poco dispuesta en la corte de Nerón a contener sus pasiones, más bien a darles rienda suelta, ya en su época se intentó despreciar al filósofo, que tanta prudencia y buen gobierno intentó enseñar al emperador que ordenó su muerte.  Se acusaba a Séneca de no vivir conforme a la continencia que aconsejaba; con cierta ironía, reconociendo en parte su fracaso, admitía que las costumbres de los filósofos no están conformes con sus preceptos; pero si no viven como enseñan, enseñan cómo se debe vivir. Qué le vamos a hacer, no está mal para un filósofo comenzar reconociendo lo evidente, que somos seres humanos, imperfectos y contradictorios, pero que lejos de la perfección, el camino a la virtud sigue siendo imprescindible, si queremos dotar de cierta dignidad nuestro deambular por la vida, al menos intentarlo. Ante el caos que nos rodea, esos fuegos provocados por circunstancias que no controlamos, sociales, políticas o personales, mantengamos cierto control autárquico de nuestro comportamiento, cierta autosuficiencia de criterio, de control de los impulsos de las pasiones, propias o ajenas, que no es contradictorio con practicar una benevolencia alejada de la pasividad o del esnobismo que algunos parecen llevar como bandera de su autosuficiencia.  En de Vita Beata lo deja claro: la Naturaleza me ordena servir a los hombres, sean éstos esclavos o libres, libertos o libres por nacimiento. Allí donde hay un ser humano hay lugar a la benevolencia. El reconocimiento a tu memoria, una vez que te hayas ido, es igualmente importante. Lo que haces en tu vida, la benevolencia que siembras, importa, una vez que ya no estés: Mira que todos te amen mientras viven y que puedan lamentarse cuando mueras. Aunque solo vivamos una vez, hagamos que el recuerdo de nuestra vida sea una inspiración, que no caigamos en el olvido de la indiferencia de quienes nos recuerden, o en la malevolencia del odio o el desprecio por nuestras acciones, una vez que el olvido nos relegue. Amad para ser amados, tan simple consejo nos da, tan complicado de seguir.

Contención y prudencia son los sabios consejos para garantizar un futuro no dominado por el odio y el resentimiento, no podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas. Con tanta hoguera en Cataluña no estaría nada mal que algunos se aplicaran el cuento de las enseñanzas de Séneca

En una época en la que para algunos todo parece solucionarse con castigos, mientras más duros mejor, como si aún fuéramos espectadores en el circo romano ansiando ver sangre derramada a espuertas, la sabiduría estoica de Séneca tiene otra recomendación que darnos, una cosa es la justicia, otra el castigo. En De ira y De clementia nos anima a castigar a los culpables, algo necesario para que la justicia prevalezca, pero el castigo que mejor corrige, en orden a la reforma del culpable, es el más blando, y no debe infligirse por rabia ni por deseo de venganza. Dejarnos llevar por las pasión de la rabia, para castigar, aún con la razón de nuestro lado, ni permite que el culpable rectifique, ni revierte los daños causados. Contención y prudencia son los sabios consejos para garantizar un futuro no dominado por el odio y el resentimiento, no podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas. Con tanta hoguera en Cataluña no estaría nada mal que algunos se aplicaran el cuento de las enseñanzas de Séneca.

Para el estoicismo, en general, tanto el auspiciado por los sabios griegos como el proclamado por los pensadores latinos, la felicidad es el objetivo final de toda virtud practicada en la vida. Cierto, que no son nada utópicos en lo social estos pensadores, no es que no crean en las reformas, pero todo ha de vincularse a la eudaimonía, esa felicidad personal que se trata de conseguir en la vida. No se trata tanto del deber, en un sentido cristiano o kantiano, qué debo hacer, como qué tipo de persona quiero ser, y qué tipo de vida he de llevar para poder ser ese tipo de persona, y alcanzar el equilibrio necesario para una vida feliz.

Otro consejo político que nos da, y de sufrir presiones políticas de unos y otros, algo sabía el pensador cordobés, es que aquellos que aspiran al poder han de aprender el arte de ser capaces de soportar el odio. En correspondencia con sus enseñanzas en la vida personal, si te dedicas a la política, responder al odio con odio es lo peor que puedes hacer. Soportar ese odio, o incomprensión, es parte del oficio, del precio que has de pagar. Un término, apátheia (imperturbabilidad) se abre paso para explicar la principal virtud de aquel que comprende que nada te puede herir, si no te dejas llevar por el descontrol de las pasiones. Las tuyas puedes controlarlas tú mismo, las ajenas no, pero sí el efecto que causen en ti, y como respondas ante los exaltados. Y para ello, tanto en tu vida, como en la visión cosmopolita de la política que predicaban los estoicos, nada mejor que dejar que la razón sea tu guía. No dejes que las emociones desbordadas propias o ajenas perjudiquen ni el bienestar, ni la felicidad a la que tenemos derecho a aspirar. Se puede criticar, y de hecho es criticable, el exceso de idealismo que pretenden los estoicos al practicar un intelectualismo político tan alejado de la realidad, y de cómo funciona la sociedad, pero lo que no se puede hacer es caer en el  otro extremo del patetismo, entendiendo como tal el exceso de bilis emocional que parece predominar en nuestras vidas. No hay más calma que la engendrada por la razón, apuntala Séneca.

El estoicismo nos enseña que para aprender a convivir, con la razón al timón, antes que la imagen pública o social que deseemos exportar, nos dediquemos a reforzar nuestro comportamiento personal; el rigor en nuestras costumbres, la autoexigencia. Se centra en aquello que queremos ser, antes que aquello que hemos de hacer. Y aun teniendo razón aquellos que critican esta limitación en el pensamiento de Séneca, u otros pensadores estoicos, sin primero esculpir adecuadamente la virtud en tu personalidad, en tú carácter, todo lo que nos propongamos hacer, se construirá sobre cimentos tan frágiles, que de un modo u otro terminarán por derrumbarse, arrastrándonos en su caída.

Una era construye ciudades. Una hora las destruye, en esa frase de Séneca se resume la tragedia del comportamiento humano, lo que nos cuesta construir, lo fácil que es destruir.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”