Un verano en el Parque de las Ciencias.

La soportable levedad del pensar

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Miércoles, 8 de Julio de 2015

      Filosofía, sí, pero que sustituya lo unívoco por lo diverso,  donde el caos juegue en las sombras del orden, donde la pasión se enrede en el tejido de la razón, y la indiferencia sea sentenciada al exilio allí  donde encuentre una sonrisa. Sí, filosofía, pero que acaricie allí donde la religión oprime, que sueñe allí donde la ciencia tema entrar, que libere aquello que la política oprime, que nos despierte del sonambulismo del poder. Sí, filosofía, pero ¿qué filosofía?

La filosofía, al menos  tal y como la entendemos hoy día, nació del asombro, hace 2700 años en esa tierra origen de la razón, abandonada en el presente por la sinrazón de los poderosos. Asombro ante aquello que el ser humano en su inquisitiva búsqueda frente a la naturaleza vio que le superaba. Asombro que no se quedó en el miedo a poderosos dioses que controlaban nuestra vida, sino que se propuso encontrar orden allí donde sólo aparentaba reinar el caos. Quién hubiera dicho tantos siglos después, que a pesar de la aparente madurez de la raza humana, a pesar de sobrevivir a épocas oscuras que devinieron en siglos de las luces, que a su vez terminaron por devorar a sus hijos, por encontrar la salvación en tecnologías que nos convertirían en los mismos dioses que una vez derribamos, quién diría, que el asombro ante los acontecimientos del mundo en que vivimos, que hemos creado, continua.

Hace unas décadas el escritor Milan Kundera jugaba en el título de su novela La insoportable levedad del ser, con la idea postmoderna de la debilidad del ser humano debido a la perdida de sentido, a la fragmentación de los tiempos en los que vivimos. La multiplicidad había sustituido a lo univoco, ya nada era igual, en el arte, en la política o en la religión. Hoy día el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman se refiere a estos tiempos como líquidos. El paso de lo “sólido”, estable y repetitivo a culturas y sociedades marcadas por su volubilidad, su flexibilidad y su “debilidad”.  La filosofía había ya iniciado hace tiempo el camino de la dispersión. El siglo XX marco el definitivo enterramiento de la Filosofía por las filosofías, del lenguaje, de la ciencia, del arte,  de la ética,  del conocimiento, de la mente y de los innumerables vericuetos por los que el saber humano se ha fragmentado. Porque más allá de la fragmentación del saber, sigue existiendo en el ser humano la necesidad de buscar respuestas, de buscar más allá de lo aparente, de no conformarse. Y en ese límite al que no llega la ciencia, o en esa zona oscura en la que devienen las religiones, en la incertidumbre a la que nos llevan los adelantos tecnológicos, allí, más que nunca sobrevive la necesidad del filosofar, si no queremos que el asombro devenga en miedo, y el miedo nunca fue un aliado de la vida. 

Inicié la primera entrada del blog con un aforismo sobre el concepto de filosofía que creo refleja los tiempos en los que vivimos, que no se resigna a la nostalgia o a la melancolía de sentidos perdidos, sino que encarna ese maravilloso asombro que marcó la infancia del nacimiento de la razón y que pretende, aún en la liquidez de los tiempos que nos circunscriben, encontrar motivos para pensar, la levedad de un pensar que ha de enseñarnos a buscar respuestas a esas múltiples preguntas que nos desorientan en nuestra vida diaria, que no se amilana por la inconsistencia, que desdeña la “gravedad” de la ortodoxia bajo cuyo peso la reflexión deviene en dogma. Perifraseando la famosa frase del presidente de los EEUU Obama, ¡es el camino estúpido!, el viaje de nuestra vida, no su destino, por lo que merece la pena la levedad de nuestro pensar, de nuestro vivir, de nuestro sentir.

Y esa y no otra es la intención de este blog, aceptar la soportable levedad del pensar sobre la multiplicidad de cosas que hoy día despiertan nuestro asombro, de lo particular a lo general, de lo ordinario a lo extraordinario.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”