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Tecnociegos

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 25 de Octubre de 2015
Nos convertimos en seres tecnológicos.
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Nos convertimos en seres tecnológicos.

"A cualquiera con un martillo, todo le parece un clavo".

Antigua sabiduría popular

"A cualquiera con un móvil, todo le parece una foto".

Nueva sabiduría popular

Paul Goodman, inquietante pensador para el poder institucionalizado estadounidense (eso que se llama Establishment), uno de los iconos de la New Left, socialista, libertario y pensador clave para entender el movimiento contracultural americano de los años sesenta, dejó una cita en su obra New Reformation,  que introduce y a su vez sirve como anticipada conclusión al dilema que pretendemos presentar en este texto : “Se base o no en la nueva investigación científica, la tecnología es una rama de la filosofía moral, no de la ciencia”. Fallecido en los primeros setenta, ni siquiera hubiera podido imaginar la totalitaria presencia que en las primeras décadas del siglo XXI ha tenido la tecnología, invadiendo la vida individual y colectiva de manera nunca vista, y esto tan sólo ha comenzado.

Vale, ya oigo crujir los engranajes del lector, avezado consumidor de las últimas novedades tecnológicas, pensando; bah, ya está aquí otro de esos profetas iluminados que critican Internet, el móvil, la automatización y cualquier cosa similar que se haya creado desde la edad de piedra, mientras, está escribiendo desde un ordenador, conectado a internet y mirando el whatsapp cada dos por tres. Y sí, ciertamente hubiera acertado en la descripción de lo que estoy haciendo, pero no en la definición de mi forma de pensar. No tengo nada contra la tecnología, ni contra su uso ni su abuso, si éste se diera. Lo que estoy diciendo es que la tecnología marca nuestra manera de “estar en el mundo”, redefine nuestro lenguaje, cambia conceptos esenciales en nuestra manera de comportarnos socialmente, en definitiva, afecta a nuestra manera de vivir, amar, existir. Y es hora de que reflexionemos sobre en qué medida nos afecta, para al menos, si no elegir a dónde nos llevan esas olas que no podemos controlar, sí de qué manera queremos situarnos en ellas.

De inicio, deberíamos ser conscientes que toda nueva innovación tecnológica es tanto una carga como un beneficio, no una cosa u otra, sino ambas. Freud nos pone un ejemplo en su pesimista obra “El malestar de la cultura”; ciertamente es maravilloso poder coger el teléfono y oír a un hijo que vive a miles de Kilómetros, y qué decir de poder saber tras un largo viaje oceánico  si un amigo llegó a salvo. Pero, continua el padre del psicoanálisis, si no se hubiera extendido el uso del ferrocarril raramente el hijo hubiera necesitado irse a miles de kilómetros a encontrar trabajo, y si no se hubiera extendido y popularizado los viajes oceánicos, lo mismo sucedería con ese querido amigo. Qué decir hoy día, que todos estamos conectados con todos las veinticuatro horas del día y sabemos a través de las redes sociales hasta el más mínimo detalle de la vida de amigos, conocidos e incluso desconocidos. Seguro que ese avezado lector al que me refería antes, ahora pensaría que esos llamados “inconvenientes” son un avance increíble en el progreso del ser humano, capaz de ir más lejos y llegar hasta los lugares más recónditos del planeta. Y sí, volvería a tener razón, y sin duda yo no podría estar más de acuerdo con ese análisis, pero lo que Freud quiere recalcar es que cada avance tecnológico suele venir acompañado de indudables ventajas, y cubre muchas necesidades, pero deberíamos pararnos un poco y ver cuántas de esas necesidades vienen creadas o promovidas por ese mismo avance.

Lo que el pensador austriaco y otros muchos han preferido, es reflexionar pacientemente antes de dejarse llevar por ese entusiasmo  parecido al de un ciego primer amor, que nos invade con cada nuevo avance tecnológico. Porque la clave es entender hasta qué punto debemos repensar conceptos como el de felicidad debido a estos avances. Si nuestra felicidad depende de satisfacer unos deseos que dependen en gran medida de imposiciones y presiones sociales, y no hay duda que en nuestra sociedad capitalista es así,  cuántas veces nos sentimos insatisfechos y terriblemente infelices si no disponemos de un móvil que nos permita, por ejemplo, ver videos en 4K (aunque haya científicos que digan que hay calidades que son imperceptibles a la percepción humana).

Un viejo dicho dice que a cualquier persona con un martillo todo le parece un clavo, viniendo a decir que una vez que nos armamos con una herramienta determinada nuestra percepción se estrecha y se focaliza en el uso meramente práctico al que está destinada esa herramienta, metafóricamente hablando. Hoy día esa metáfora es fácil llevarla al móvil, ya no se trata de estar conectados por si hubiera una necesidad o una urgencia, o por el placer de hablar con alguien querido que se encuentra terriblemente lejos. Ahora creamos necesidades que antes ni teníamos ni echábamos de menos. Parece que lo más importante de un móvil no es que nos comunique con esa persona distanciada sino que sirva como disco duro de nuestra memoria inmortalizando cada cosa que hacemos a cada minuto de nuestra vida. En un concierto, en un bar, en un paseo, en una conversación, ¡en un beso! cada instante nos parece una foto. Hemos de inmortalizar gráficamente cada uno de ellos, cuando lo que debería importarnos es inmortalizar el sentimiento que acompaña a cada momento, y dejar su recuerdo a la sabiduría de nuestra memoria, que no es sino nuestra alma, aquello que realmente somos, la suma de preciosos fragmentos, trágicos, cómicos,  de amores u odios, afectos y desafectos, sabiamente reconducidos para darnos sustrato y crear nuestra personalidad.

¿Acaso no estamos destruyendo nuestra personalidad con estas obsesiones?, más allá de perdernos lo maravilloso del momento, ¿Por qué esa obsesión por sacar fotos de cada obra de un museo que vemos en lugar de centrarnos en la experiencia, única, de su observación? ¿Acaso no hay mil fotos mejores que la que podamos hacer? Pero claro, la que importa es la nuestra. Como estar en un concierto en el que lo más importante es que los demás sepan que estuvimos, no los sueños que la música nos ayudó a despertar.

Y éste ejemplo podría amplificarse a muchos otros. No se trata de renunciar a las herramientas que nos facilita la tecnología, se trata de entender que la ciencia, la base de esa tecnología tiene la obligación de estudiar las leyes de la naturaleza, desbrozarlas hasta que entendamos cada aspecto de ella, y manipularla, si es necesario. Pero quien debe decidir los limites no son los tecnólogos, son los seres humanos que se dotan a través del debate racional de la política, de elementos democráticos para decidir. La ética, como parte indispensable de la filosofía política no debe poner límites a la ciencia, pero si decidir que uso hacemos de ella, especialmente de su tecnología, no vaya a ser que al final o bien unos pocos sean los únicos beneficiados o bien ese uso sin reflexión provoque necesidades que en realidad tan sólo busquen a través de su extensión, beneficiar a otros pocos.

Más allá, y quizá mucho más importante,  es que un uso sin reflexión moral redefina conceptos tan poco cuantificables como la felicidad, el amor, la creatividad, la sabiduría, la solidaridad, en fin, lo que dignifica la existencia humana ¿no? Nuestra época parece haber renunciado a la felicidad, no por miedo al fracaso, sino por temor a ser felices, ¿sabríamos que hacer con nuestra vida entonces?

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”