Un verano en el Parque de las Ciencias.

La teoría del Caos y el Juego de Tronos

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 17 de Julio de 2016
Jon Nieve.
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Jon Nieve.

"El caos no es un pozo. El caos es una escalera. Muchos de los que intentaron escalarla fallaron, nunca podrán probar de nuevo. La caída les rompió. Y algunos a los que se les dio la oportunidad de escalar, se aferran al terreno, a los dioses o al amor. Solo la escalera es real. La subida es todo lo que hay." 

Frase pronunciada por Petyr Baelish (juego de Tronos, sexto capítulo, tercera temporada)

Quién sabe lo que realmente les pasaría por la cabeza a los guionistas de la popular serie de televisión, basada en los libros de George R R Martin, al poner en labios del más maquiavélico de sus personajes una loa al caos en política como el más valioso, y a su vez el más traicionero, elemento de ascensión al poder. Pues de eso se trata con toda crudeza, el camino de ascenso es un camino de lleno de dagas, donde probablemente sucumbas al mismo caos que ayudaste a alimentar, pero si logras sobrevivir, el poder podrá estar a tu alcance. Destruye, que ya llegará el momento de despejar los escombros y construir, si puedes. Pero lo primero es lo primero, alcanzar el poder a cualquier precio. Es poco probable que los autores pensaran en la situación política española, aunque es fácil extrapolar conclusiones a la situación vivida en los últimos meses en nuestro país. Es más probable que lo hicieran en la estadounidense, aunque aún no se había vivido el ascenso brutal del populismo demagogo y ultraconservador de Donald Trump, ni los británicos habían consumado su salida de la Unión Europea, alimentados por un populismo xenófobo y ciego, hermanado con el del multimillonario norteamericano. Lo cierto es, que fueran conscientes o no, del caldo de cultivo que se estaba creando a ambas orillas del Atlántico, sus palabras fueron premonitorias, pues no es sino en una situación de descontrol social provocado por las inconsistencias del capitalismo financiero, y alimentado políticamente por actores, como los ultraconservadores del Tea Party, tan admirados por algunos personajes del PP ( que en otras circunstancias tan sólo hubieran quedado como extravagantes voces de un sistema democrático), donde se dan las condiciones de un contexto social apropiado para que el caos se adueñe de la situación, dando alas a las propuestas más extremistas. Veremos en el otoño qué sucede realmente, y si el éxito de Trump arrastra al mundo a una época de caos y tensiones sin parangón en las últimas décadas.

Durante los últimos años la situación política española parece haber sufrido una situación similar; un caos social provocado por la gestión brutal de un gobierno conservador de la crisis del capitalismo financiero. Un gobierno que durante cuatro años entendió que la mayoría absoluta le daba pábulo para implantar una revolución neoconservadora de la que hasta los más fanáticos derechistas aliados de Trump podrían estar orgullosos; retrocesos en derechos sociales (reforma laboral), en derechos de libertad política (ley mordaza), en sanidad (privatización y puesta en peligro de la sanidad universal), vuelta al pasado en educación (LOMCE), retrocesos en calidad democrática con la utilización torticera de la justicia y de la policía. Constante tensión territorial, enmascarando bajo un falso patriotismo el ansia de arrinconar al que siente o piensa de manera diferente. Todo ello acompañado por una corrupción que afecta a numerosos cargos de su partido distribuidos por todo el territorio nacional. A ese elemento se encuentra el añadido de la debilidad de la alternativa tradicional socialdemócrata, arrastrada por una crisis económica y social a la que no supo dar respuesta. Y, sin embargo, toda esa situación de caos social ha devenido en una nueva victoria política de los principales responsables. ¿Cómo es posible?

Quizá porque las dos fuerzas que apostaron por sacar provecho del caos social y político, la derecha tradicional, y la nueva alternativa, de izquierdas o transversal, según sigas a uno u otro de sus líderes, alimentaron desde un principio la irresponsable repetición de elecciones, privilegiando, o bien mantenerse en el poder a toda costa gracias al caos, o a la inversa, alcanzarlo a cualquier precio, debido al caos. Y el caos, como nos dicen las sabias palabras del protagonista de Juego de Tronos es tan incontrolable como aliado que lo mismo puede elevarte o hundirte. En este caso, elevó a una de las fuerzas que apostaron por las tensiones del caos, y en el otro, defraudo el asalto a los cielos, congelando el infierno, o sea el gobierno del PP. En cualquier país de tradición democrática, ambas fuerzas, máximas responsables de la situación actual, serían las que deban responsabilizarse de sus consecuencias, pero no es el nuestro ese país, parece ser, porque ambas miran a todos lados menos al suyo.

Todo parte del 15 M, radiografía de una ilusión y diagnóstico posterior de un desencanto, y el maremoto que afectó profundamente a la situación política española y al ecosistema parlamentario vivido hasta entonces. La sociedad estalló ante una crisis de legitimidad de los principales partidos políticos, una crisis labrada por méritos propios. Una lejanía progresiva, especialmente de la opción socialdemócrata de la ciudadanía, de las clases medias y trabajadoras, y de la defensa de sus intereses, agobiados los herederos del socialismo democrático, por la incapacidad de hacer frente a la crisis global financiera, acosados por la burocracia conservadora de las Instituciones Europeas, que llevó a una crisis de legitimidad de la democracia representativa. Fuerzas sociales, desencantadas hasta entonces con la participación política, alimentaron una respuesta al desapego con la representatividad institucional a través de la utópica llama de la democracia directa enarbolada como alternativa. A partir de ahí, surgió un conglomerado liderado por politólogos universitarios que fueron labrando con una hábil estrategia mediática su liderazgo, y reclamaron ese legado, aprovechándose de la dispersión y falta de cohesión de esas heterogéneas fuerzas sociales, dotándolas de liderazgo y parcheando su diversidad e incompatibilidades, con la pirueta final de la absorción de la debilitada alternativa tradicional a la izquierda socialdemócrata, Izquierda Unida.

Y así, estas dos fuerzas políticas ayudaron a convertir el caos social en caos político, ambas plenamente conscientes que, diluidas las propuestas más reformistas, el reino de las emociones y de los instintos políticos más básicos se apoderarían del tablero de juego político. Su Juego de Tronos. Los conservadores alimentando como únicos oponentes a quienes apenas dos años antes sus votantes veían como una amenazada radical al status quo, y que no se creían que en ese escaso tiempo hubieran evolucionado y convertido en una opción de gobierno simplemente reformista. Provocando con esa estrategia que por muy decepcionados que estuvieran con ellos, les votaran. Los políticos, politólogos, o como quieran llamarse, creadores de Podemos asumieron dos máximas siempre presentes en Juego de Tronos, su serie bandera tal y como se han encargado repetidamente de vocear; alimenta el caos y todo puede llegar a ser posible, incluso que actores secundarios o terciarios de ese tablero lleguen al poder. Deja que los principales se destrocen entre sí o ningunéalos, como si ellos fueran realmente los actores secundarios. Y la segunda, el poder es una ilusión. No es tanto el control real que tienes, sino el que haces creer a la gente que tienes. No importa tu importancia y tu fuerza real, sino lo que transmitas a través de un elaborado y atractivo marketing. Y la estrategia les funcionó realmente bien durante un tiempo. Convertidos en aliados estratégicos y circunstanciales de la derecha, ambos vieron la oportunidad perfecta en provocar por acción o inacción unas segundas elecciones. Los conservadores obligando a la alternativa tradicional socialdemócrata a luchar por su supervivencia otorgando a Podemos el estatus de alternativa de gobierno (o yo o el caos populista) y Podemos dinamitando cualquier opción de gobierno reformista, pensando que la escalera del caos de unas segundas elecciones, alimentaria la ilusión de que realmente eran una alternativa al PP, o sea, o nosotros, o el caos de un nuevo gobierno de Rajoy, debilitando la opción socialista y desalentando a sus votantes más fieles y a los más dudosos, que creían que su opción ya no era de gobierno sino una mera muleta del PP o de Podemos.

Y aquí estamos, unos orgullosos de gobernar contra todo pronóstico y los otros con el marxista (de Groucho, no de Karl) dilema de preguntar en una encuesta porque las encuestas fallaron, sin darse cuenta, que los diseños políticos de laboratorio están muy bien para una tesis doctoral o una clase magistral, pero que la sociedad real, y la gente, a la que tanto apelan en abstracto en sus especulaciones, no se dejan atrapar por formulas estadísticas, necesitan soluciones concretas a problemas concretos. Y los necesitan ya, y ya es tarde. Necesitan alianzas de quienes afirman querer solucionar sus problemas, y no que se obnubilen mirándose el ombligo. La superación de la política tradicional parece haberse olvidado que el poder no es un fin en sí mismo, y que los medios que utilices para alcanzarlo te definen como sujeto, y alteran el propio fin, que no es alcanzar el poder y luego veremos, sino dar soluciones concretas a problemas concretos, y esperar que los sujetos concretos te den un aval, provisional, como debe ser siempre en democracia, para resolver esos problemas. Eso es la política, y no otra cosa, el ejercicio compartido de la responsabilidad para aprender de errores del pasado, resolver problemas del presente y diseñar un futuro mejor. Aprendamos para una próxima vez.

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”