Disfruta del Mundial en Sierra Nevada
ROGELIO VIGIL DE QUIÑONES Y ALFARO (1862-1934)

El médico granadino que 'descubrió' la vitamina B1 sin saberlo y mantuvo vivos a los 'últimos de Filipinas'

Ciudadanía - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 27 de Octubre de 2019
Una historia de heroicidad, pero también de un descubrimiento médico vital que salvaría vidas y que Gabriel Pozo Felguera en este brillante reportaje rescata del olvido para rendir un más que merecido homenaje a Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro. No te lo pierdas.
Por esta fotografía de la revista Iris (Barcelona, septiembre de 1899) España conoció a los oficiales de Baler: los tenientes Rogelio Vigil de Quiñones y Saturnino Martín Cerezo. En pie, el asistente de Cerezo. Fueron los únicos oficiales supervivientes.
Por esta fotografía de la revista Iris (Barcelona, septiembre de 1899) España conoció a los oficiales de Baler: los tenientes Rogelio Vigil de Quiñones y Saturnino Martín Cerezo. En pie, el asistente de Cerezo. Fueron los únicos oficiales supervivientes.
  • Consiguió frenar la mortífera enfermedad beri-beri del destacamento poniendo en práctica lo aprendido en su destino anterior del Valle de Lecrín

  • Intuyó que la ingesta de hierbas, calabazas y cáscaras de naranja ayudaban al organismo a procesar los alimentos y convertirlos en energía

  • Granada capital nunca le ha reconocido como vecino suyo, a pesar de vivir aquí, estudiar el bachillerato, la carrera de Medicina y ejercer durante 11 años como galeno rural

Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro fue el médico de los últimos de Filipinas. Era granadino, greñúo para más señas, pero ha pasado por la historia local sin pena ni gloria, sin reconocimiento. Otro ilustre más para la galería local de olvidados. Sólo porque nació en Marbella de casualidad. Jugó de niño por las calles del Realejo, estudió en el Instituto de Granada y se licenció en la Facultad de Medicina de la UGR. Antes de irse a Filipinas estuvo ejerciendo de médico rural en el Valle de Lecrín, durante once años. Allí aprendió cómo sobrevivían sus vecinos a las hambrunas, a base de comer verde como los animales; fueron técnicas que después le sirvieron para mantener con vida a los soldados de Baler. Descubrió, sin saberlo, lo importante que era tiamina (la vitamina B1 posterior) para la supervivencia. Gracias a él pudo existir el mito de los últimos de Filipinas.

Probablemente, si el médico granadino Rogelio Vigil de Quiñones no hubiese llegado a Filipinas unos meses antes de la caída del imperio español, los 33 supervivientes del sitio de Baler no hubiesen llegado a capitular más o menos honrosamente. Tras 337 días de asedio por los guerrilleros tagalos de aquellas islas. No hubiesen llegado a Barcelona esqueléticos, desdentados y con graves problemas de salud. Lo más probable es que hubiesen llegado cinco años después en los ataúdes repatriados de los 22 compañeros que cayeron víctimas del hambre y las enfermedades, en su mayoría (El gobierno filipino devolvió sus cenizas en marzo de 1904 y expresó su reconocimiento al valor).

Si el médico granadino Rogelio Vigil de Quiñones no hubiese estado en el sitio de Baler, lo más probable es que ningún soldado español hubiese conseguido sobrevivir a las enfermedades

Si el médico granadino Rogelio Vigil de Quiñones no hubiese estado en el sitio de Baler, lo más probable es que ningún soldado español hubiese conseguido sobrevivir a las enfermedades. De hecho, quince de ellos murieron por el beri-beri, una enfermedad causada por avitaminosis; incluso el propio Rogelio padeció esta misma enfermedad.

En este artículo no pretendo repetir la pérdida de Filipinas ni el cerco de Baler, pero sí refrescar la memoria y ensalzar el comportamiento del médico granadino del destacamento.

Familia arraigada en Granada

Los Vigil de Quiñones y Díez de Oñate eran familia linajuda andaluza, ligados a Granada y Guadix. Antonio Vigil de Quiñones y Díez de Oñate hizo carrera militar desde mediados del convulso siglo XIX; estuvo a las órdenes Manuel Pavía y Lacy y de Prim en la batalla de Alcolea (1868). Ascendió a capitán por heridas de guerra. Muy poco después, debido a sus relaciones con el general granadino Manuel Pavía, consiguió plaza en un cuartel de Granada para asentarse definitivamente y poder dar estudios a su numerosa prole.

Callejón de las Campanas de Santo Domingo (actual Paco Seco de Lucena); en la casa número 8 (primera por la izquierda) vivió unos años la familia Vigil de Quiñones y Díez de Oñate.
Calle Santiago, en cuyo número 49 (actualmente sustituido por unos bloques) vivieron los Vigil de Quiñones hasta principios del siglo XX.

Así fue cómo la familia del ya comandante de infantería quedó establecida definitivamente en Granada a partir de 1870. El matrimonio traía ya cuatro hijos, nacidos en sus anteriores destinos (uno en Valencia, otro en Marbella y dos en Ronda); el quinto ya nació en Granada, a los pocos meses de su llegada.

Aunque nacido en Marbella el 1 de enero de 1862, vivió en Granada a partir de los ocho años. Siempre en el entorno de la parroquia de Santo Domingo. Comenzó los estudios de bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanzas en 1875, con trece años cumplidos, para finalizarlos cuatro años más tarde. 

El tercero de ellos, Rogelio, es el protagonista de nuestra historia. Aunque nacido en Marbella el 1 de enero de 1862, vivió en Granada a partir de los ocho años. Siempre en el entorno de la parroquia de Santo Domingo.  Comenzó los estudios de bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanzas en 1875, con trece años cumplidos, para finalizarlos cuatro años más tarde. Fue un alumno bastante brillante, pues sacó todas las asignaturas con sobresalientes, matrículas de honor y premios extraordinarios.

Rogelio decidió seguir los pasos de su hermano Francisco, en el ramo de la Medicina. Justo cuando éste finalizaba la carrera, la comenzaba Rogelio en la misma facultad de la calle Rector López Agüeta. En el viejo edificio anexo al Hospital Provincial (San Juan de Dios) permaneció Rogelio Vigil de Quiñones hasta licenciarse en el curso 1884-85. En la Facultad de Medicina no fue tan brillante como lo había sido en el bachillerato, se movió en el nivel de aprobado/bueno.

Expedientes de Rogelio Vigil del Instituto de Secundaria y de la Facultad de Medicina de Granada.

Por aquellos años, la Facultad de Medicina de Granada gozaba de un prestigio extraordinario debido al elenco de catedráticos y profesores con que contaba. Rogelio Vigil recibió lecciones de Antonio García Carrera, Federico Olóriz Aguilera, Eduardo García Solá, Benito Hernando Espinosa, Antonio Velázquez de Castro y Fosati, Arturo Perales Gutiérrez, etc.

Al licenciarse en Medicina no quiso seguir los pasos de su hermano Francisco, que había entrado en la Escuela de Medicina Militar. Prefirió hacerse médico rural, ya que estaba muy concienciado por las penurias que había conocido en los años anteriores con motivo del terremoto de Alhama (1884) y la mortífera epidemia de cólera (1885). Decidió aceptar el puesto de médico de Talará a partir de 1886; en la práctica, eso significó ser médico de todos los pueblecillos de los alrededores que conforman actualmente la cabecera del Valle de Lecrín (Talará, Acequias, Chite, Mondújar, Murchas y Béznar). Cuanto Rogelio se hizo cargo de su consulta, la zona estaba envuelta en miseria e insalubridad: recuérdese que en Murchas se hundieron el 90% de las casas durante el terremoto y fallecieron 9 personas. Y para más inri, el cólera se había llevado a la tumba a 437 personas en toda la comarca.

En el Valle de Lecrín iba a permanecer como médico rural durante los once años siguientes, hasta 1897. Allí aprendió cómo sus habitantes sobrevivían manteniendo una dieta en la que se aprovechaban todos los recursos del campo. Los habitantes del Valle eran delgados y fibrosos, sin apenas grasa. Comían pan moreno (con salvado o integral), muchas verduras cultivadas, verbajas, collejas, verdulagas silvestres, cáscaras de naranja

En el Valle de Lecrín iba a permanecer como médico rural durante los once años siguientes, hasta 1897. Allí aprendió cómo sus habitantes sobrevivían manteniendo una dieta en la que se aprovechaban todos los recursos del campo. Los habitantes del Valle eran delgados y fibrosos, sin apenas grasa. Comían pan moreno (con salvado o integral), muchas verduras cultivadas, verbajas, collejas, verdulagas silvestres, cáscaras de naranja. Rogelio observó cómo los cadáveres del cementerio desvencijado de Mondújar, e incluso los vivos, conservaban casi completas sus dentaduras. Era evidente que la dieta vegetariana del Valle, aunque pobre, era saludable. Había algunos ancianos que llegaban a ser septuagenarios. Que para el momento no era poca edad.

Voluntario a Filipinas

En 1892 murió su hermano Francisco en Cuba; a partir de 1895, Rogelio tuvo que tallar a decenas de jóvenes reclutados a la fuerza para marchar a las colonias americanas, donde las cosas se estaban poniendo feas. La potencia emergente EE UU estaba atizando el fuego para quitar esas tierras a España.

En aquel ambiente de alistamiento, en 1897 decidió Rogelio apuntarse como médico militar para ir a Filipinas. Sus biógrafos no han descartado que fuese debido a un desengaño amoroso. Esta colonia asiática se había convertido en el siguiente objetivo yanqui tras arrebatarnos Cuba y Puerto Rico. Sus padres ya habían muerto y él era soltero; así es que, con 36 años, se alistó voluntario. Embarcó en Barcelona el 4 de diciembre de 1897 en el valor de línea Isla de Mindanao; arribó el 2 de enero de 1898. El ambiente que se encontró a su llegada al hospital militar de Malate era de preguerra, los independentistas filipinos no dejaban de hostigar a los españoles. Evidentemente, instigados por EE UU.

Pronto se percató Rogelio de que el personal sanitario militar era escasísimo (131 médicos) para un contingente de 43.650 hombres. Las instalaciones sanitarias y el aparataje, tanto o más precario que en Lecrín. Pero sobre todo vio cómo las enfermedades tropicales causaban el 90% de las bajas.

Comienza la pesadilla de Baler

En febrero de 1898 fue enviado al pueblo de Baler (costa Este de la isla de Luzón) para abrir una enfermería. Su guarnición era de 50 soldados, más tres oficiales. Rogelio apenas tuvo tiempo de montar su hospital antes de que en mayo de 1898 EE UU hundiera la flota española en Cavite y declarase la guerra abierta.

El ejército español, los guardias civiles y los carabineros en Filipinas cayeron rápidamente. No así el destacamento de Baler, que, aislado del mundo, se aprestó a atrincherarse en la iglesia del pueblo y resistir. Y vaya si resistieron: nada menos que 337 días, entre finales de junio y el 2 de junio del año siguiente, 1899. Fue casi un año en el que sufrieron continuos asaltos de los independentistas tagalos, bombarderos, emboscadas y engaños.

La vida dentro del reducido recinto de la iglesia de Baler debió ser terrible para el batallón encerrado. Al menos los primeros meses, durante el verano, tuvieron comida con los sacos de arroz, latas y las provisiones que acopiaron. Pero los alimentos frescos y la carne comenzaron a faltar muy pronto. Eran precisamente los que contenían la tiamina. El arroz ya se consumía por entonces descascarillado, con lo cual su salvado se había llevado la tiamina. Y la tiamina era imprescindible para convertir los alimentos en energía.

El doctor Vigil había descubierto la vitamina B1 sin saberlo y su importancia en la alimentación humana. Sin la tiamina, o avitaminosis por B1, los organismos de los soldados no podían transformar los pocos alimentos en energía; enflaquecían, sus sistemas nerviosos y vasculares dejaban de funcionar bien y les llevaban a debilidad extrema y la muerte. Y se les caían los dientes

Los problemas de salud empezaron a aparecer pronto entre los soldados. La enfermedad del beri-beri, unida al escorbuto y la disentería, comenzaron a hacer estragos. Muchos más que las balas de los filipinos. Durante el otoño empezaron a caer como chiches los jefes y soldados españoles; fallecieron 15, incluidos el capitán Enrique de las Morenas y el teniente Alonso Zayas. Incluso Rogelio Vigil también enfermó de beri-beri. Llegó un momento en que la mayoría de soldados no se tenían en pie debido a las enfermedades y a la inanición. Quedó como jefe de la guarnición el teniente Martín Cerezo, auxiliado por el teniente médico provisional Rogelio Vigil de Quiñones. Éste pasaba consulta y hacía guardias transportado sobre una silla de mano.

El 14 de diciembre de 1898, Rogelio Vigil se encontraba gravemente enfermo de beri-beri, además de herido en un riñón por metralla de cañón. Propuso que debían comer algo verde, como calabazas que veían en las inmediaciones o, de lo contrario todos morirían, poco a poco de beri-beri. Incluso llegó a decirle al teniente Martín Cerezo que tenían que hacer lo imposible por seguir comiendo hierba o productos verdes, porque él ya se daba por muerto.

Catorce soldados hicieron una arriesgada salida y consiguieron regresar con verduras y frutas frescas. A partir de ese momento, el beri-beri comenzó a remitir y durante el resto del sitio ya no volvió a morir ningún soldado más por falta de tiamina en su alimentación. El último muerto por beri-beri ocurrió en febrero de 1899. Cultivaron calabazas y cogieron todas las hierbas de los alrededores por indicación del doctor Vigil de Quiñones. El doctor Vigil había descubierto la vitamina B1 sin saberlo y su importancia en la alimentación humana. Sin la tiamina, o avitaminosis por B1, los organismos de los soldados no podían transformar los pocos alimentos en energía; enflaquecían, sus sistemas nerviosos y vasculares dejaban de funcionar bien y les llevaban a debilidad extrema y la muerte. Y se les caían los dientes.

Además, los sitiados consiguieron más tiamina para sus cuerpos al tener la suerte de que se les acercaran dos bueyes en los meses de febrero y marzo, que fueron abatidos y devorados hasta que la carne sobrante se les pudrió.

[No obstante, la vitamina B1 tardaría muchos años todavía en ser descubierta como tal para la ciencia. A partir de 1912, el médico holandés Christiaan Eijkmaan empezó a formular que los alimentos contienen “aminas vitales” (vitaminas), esenciales para la salud. Esas aminas vitales se encuentran principalmente en la carne, los cereales, las legumbres y las verduras frescas. Paralelamente, los médicos japoneses también habían empezado a comprobar que el beri-beri se curaba comiendo salvado de arroz. Aspectos todos ellos que Rogelio Vigil ya había intuido e intentado poner en práctica a medida que los soldados pudieron salir a recolectar frutas, verduras y cazar los dos bueyes.]
El grupo de 33 posó en el cuartel Jaime I de Barcelona. REVISTA IRIS.
Cabecera y noticia de El País, de 24 de abril de 1899, con la que comprendieron el 2 de junio que España había vendido Filipinas y se había retirado de la colonia.

Final agridulce

La resistencia de 337 días en la iglesia de Baler tuvo su final el 2 de junio de 1899, cuando los tenientes Martín Cerezo y Vigil de Quiñones se convencieron de que España había capitulado medio año antes y vendido las Filipinas a EE UU. Consiguieron traer vivos a España a los 33 supervivientes de los 57 (más tres religiosos) que se encerraron un año antes. Llegaron a Barcelona el 1 de septiembre, en medio de un ambiente de notable indiferencia.

Rogelio Vigil de Quiñones fue agasajado en Madrid por el colectivo de médicos militares e invitado a ejercer como médico militar de carrera. En los primeros días de octubre se desplazó a Granada para descansar unas semanas con su familia y recuperar la salud. Unos meses después tomó la decisión de ingresar en el Cuerpo de Sanidad Militar; lo hizo por oposición en septiembre de 1900.

 

La Revista la Alhambra dio cuenta el 15 de octubre de 1899 que el ilustre médico de Baler se encontraba de regreso en Granada.

En 1902 ya empezó a tener destinos en varias ciudades de la Península. No obstante, los destinos mejor pagados y con mayores posibilidades se encontraban en el Protectorado del Norte de África. Allí acudió Rogelio como médico militar. Su hoja de servicios está repleta de actuaciones; en 1909 embarcó en Barcelona con destino a la guerra de Marruecos y estuvo yendo y viniendo al conflicto durante muchos años; tuvo varios destinos más en Jerez y Sevilla, hasta que en 1926 decidió retirarse y establecerse en Cádiz. En esta ciudad tenía a su familia, ya que se casó en 1910 (con 48 años) con Purificación Alonso Ruiz; esta joven le dio seis hijos.

Se jubiló de comandante médico. En vida se le negó la máxima condecoración militar española (la cruz de San Fernando), pero le impusieron la cruz de 1ª clase María Cristina.

Rogelio Vigil de Quiñones falleció en 1934 en Cádiz. Sus restos fueron trasladados años después al Panteón de los Héroes de las Campañas de Cuba y Filipinas (en Madrid). Se jubiló de comandante médico. En vida se le negó la máxima condecoración militar española (la cruz de San Fernando), pero le impusieron la cruz de 1ª clase María Cristina. (A su compañero Martín Cerezo sí le dieron la laureada de San Fernando y llegó al generalato). Hubo quejas de compañeros de la sanidad militar por este agravio. (Incluso las hay en la actualidad).

A su viuda no se le concedió una pensión de 9.000 pesetas anuales hasta el año 1953.

Rogelio Vigil de Quiñones ha dado su nombre a un parque en Marbella, el Hospital Militar de Sevilla llevó su nombre durante el tiempo que permaneció abierto (1980-2004), infinidad de calles en varios lugares tienen placas con su nombre. En Filipinas fue reconocida su hazaña. En Lecrín ha sido homenajeado… En cambio, en Granada, la ciudad en que estudió y se hizo médico, adonde regresaba cada vez que podía, nada le recuerda como un hijo ilustre.

Un teniente y tres soldados en el desfile del 12 de Octubre de 2019. Van vestidos de rayadillo, el uniforme usado por los soldados coloniales en 1898. (Esta unidad ya no existe).
La ilustrada familia del comandante del Realejo

El matrimonio Francisco Vigil de Quiñones-Josefa Alfaro estuvo dando tumbos por varios cuarteles de España desde que contrajeron matrimonio hacia 1858. Trajeron al mundo cinco hijos, que les fueron naciendo en las ciudades por las que pasaron.

El mayor de todos, Ildefonso Vigil de Quiñones y Alfaro, nació en Ronda en 1859; Francisco nació en Valencia al año siguiente, 1860. El tercero fue Rogelio, en Marbella (1862); la cuarta fue María Dolores, en Ronda, en 1867; y el benjamín fue Carlos, único nacido en Granada (1870), en el barrio del Realejo.

Precisamente Carlos nació en Granada nada más establecerse el matrimonio en esta ciudad, procedentes de Sevilla. El padre, recién ascendido a comandante de infantería, consiguió plaza en Granada por las facilidades y calidad que ofrecía su Instituto de Segunda Enseñanza y su Universidad para darles estudios a sus cinco hijos. La familia se ubicó primeramente en una casona donde vivían su padre y sus tías, en el Callejón de las Campanas de Santo Domingo (renombrada como Paco Seco de Lucena en el año 1904), en el número 8. Después seguirían siendo greñúos en su nuevo domicilio de la calle Santiago, 49. El abuelo Vigil de Quiñones era granadino y la abuela Díez de Oñate procedía de Guadix.

De los cinco hijos, fue Francisco el primero en comenzar el bachillerato, en Sevilla el curso 1869-70; completó el bachiller en el Instituto de Granada (entonces en la calle San Jerónimo) hasta 1874. Los cinco años siguientes los dedicó a licenciarse en Medicina y Cirugía en la Facultad de la calle Rector López Argüeta. Recién licenciado, ingresó en la Academia de Sanidad y fue destinado a la Fábrica de Pólvoras de El Fargue. En 1885 fue reclutado para Cuba, donde permaneció hasta su muerte por enfermedad en 1892.

El primogénito, Ildefonso, realizó el bachiller en el Instituto de Granada, pero entre los años 1875-80. Encaminó su vida hacia el mundo del Derecho, donde se licenció en 1884. Muy pronto marchó a Madrid a ejercer la abogacía. Llegó a ocupar varias veces la secretaría del Ministerio de Fomento, entre 1905 y 1909.

María Dolores fue un caso extraño en cuanto a los estudios. No conocemos si cursó el bachillerato cuando le hubiera correspondido por edad. Pero en el curso 1919-20 se matriculó como alumna libre en la Escuela Normal del Profesorado y sacó el título de maestra de instrucción pública. Tenía ya cumplidos los 52 años.

En cuanto Carlos, también encaminó su vida profesional hacia el mundo del Derecho. Se licenció en la Facultad de Granada en el periodo 1886-91. Nada más acabar, trasladó su expediente a la Universidad Central de Madrid; se doctoró en los años 1891-93, empezó a ejercer la abogacía a la sombra de su hermano Ildefonso y a preparar oposiciones a notaría. Consiguió la plaza de notario en Cuevas de Vera (actual Cuevas del Almanzora), el 10 de mayo de 1898, justo cuando su hermano estaba a punto de ser sitiado en Baler. A lo largo de su vida fue notario en varias ciudades españolas, para acabar en Madrid. Era muy aficionado a fumar en pipa un tabaco especial, mezcla de rubio y negro, que le fabricaban expresamente en Granada.

Buena parte de los descendientes de Rogelio Vigil de Quiñones residen en el entorno de Sevilla.

NOTA: En el destacamento de Baler había 15 andaluces, el primero de ellos el capitán De las Morenas (Chiclana de la Frontera). En el caso de Granada, además del doctor Rogelio Vigil, también regresó con vida Eufemio Sánchez Martínez, de Puebla de Don Fadrique. Este sobrevivió como labrador hasta 1939, cuando la muerte le sobrevino a los 62 años. Ambos fueron homenajeados la pasada primavera en Puebla de Don Fadrique por parte del Ejército de Tierra.