'Nunca es nunca'

Me hice adulto en el Cementerio de San José. Allí es donde descubrimos que la vida va en serio y que no tenemos vidas infinitas. Nuestra generación -tulipán, espinete, walkman, vaqueros nevados, regreso al futuro...- creyó que siempre iba a ser joven. La cuarentena nos pilló de tardeo, así que le dimos una patada para adelante a la vida, tuvimos hijos por los pelos y llegamos poco hechos a la parte donde la cosa se pone fea.
Y un día te ves en aquel lugar, en la periferia de la Alhambra, con una luz tan hermosa y una atmósfera tan irreal. Allí, embriagado de pésames y lamentos, intentando parecer adulto y actuando como si fueras un señor responsable y totalmente consciente de lo que está pasando a tu alrededor. Definitivamente, no estábamos preparados.
Mi mejor amigo murió de un infarto en el verano del 22. Es un trago amargo, largo y denso que pasa muy lento. Aprendes a llevarlo sobre la marcha porque nadie te instruye en las artes del olvido. La ausencia significa, sobre todo, silencio. Silencio que pesa, que duele y que ocupa mucho espacio. Un silencio cruelmente invariable. Es la lógica existencial. Aplastante e irreversible. Pero nos sigue extrañando.
Y vives mucho tiempo extrañado, sin entender nada. Pensaba que tendríamos más tiempo. Sigues adelante por si el mundo te vuelve a resultar familiar. Vuelves a empezar, pero queda un peso que no se va. Sobrevivir a tu gente puede matarte. Y descubres cada día que la realidad puede ser un lugar espantoso. Aprendes el verdadero significado de la palabra “nunca”. Nunca es “nunca”. Y tú debes vivir con un gran “nunca” encima.
No era mi amigo pero prefería el mundo con Ferreira dentro porque adoro la gente educada por encima de todo y él lo era
Juan Ramón Ferreira murió el último día de 2025. También le falló el corazón. Y eso me hizo recordar. Un señor encantador, un tío muy majo. Siempre iba impecable. Un granadino estiloso y seductor que formaba parte de nuestro paisaje. No era mi amigo pero prefería el mundo con Ferreira dentro porque adoro la gente educada por encima de todo y él lo era.
Pienso en sus hijas y en el “nunca” que empezarán a llevar a cuestas. En los días que pasan despacio, todas las cosas que tenías que haber dicho, la primera vez que recuerdas algo y descubres que todavía estaba ahí esperando ser revivido. Te preguntas cuántos de esos te quedarán todavía. El último bar donde estuvisteis queda ahí al lado y hoy hay otros sentados en la misma mesa.
No quieres que la vida continúe. Oiga, usted no se ría; caballero, quédese en casa; señora, no cruce la calle; por favor, no vivan despreocupadamente. ¿No ven que mi amigo se ha ido y no volverá?
Su entierro fue un lleno total. Cuando una persona joven muere, suele ser así. A medida que te vas haciendo viejo, van cayendo los invitados a tu futuro entierro. De alguna forma, la vida es una carrera por ver quién sube al cementerio como espectador y quién como primer tenor.
Mientras tanto, vivimos rodeados de cosas que se pueden arreglar, corregir, editar, cambiar de mil maneras. No pasa nada. La mayoría de las situaciones tienen vuelta atrás. Pero la muerte no puede deshacerse. Define lo definitivo. Por eso deberíamos darle más espacio mientras estamos vivos. Enseñar a nuestros hijos a masticar la pérdida, a hacerle sitio al dolor. Decirles que sí pasa, que no todo se puede deshacer, que algunas cosas dolerán siempre.



















