'Yo sí te creo, Anita'

Hasta los años ochenta del siglo pasado no se era importante si no se tenía una amante o, incluso, no se le había puesto piso a una querida. Subordinada laboral por lo común. Ser secretaria madura y de buen ver equivalía a sospecha segura de amancebamiento con el jefe. Poner huevos en distintos nidos y cuajar pollitos lucía mucho en determinadas instancias del poder (sobre todo empresarios, médicos y profesores universitarios). Sobre todo, si se iba cacareando a los amigos.
Hoy las tornas han cambiado. Si no te denuncian por acoso es que no eres nadie en este mundo. O no lo has sido. Tienes que ser obispo o por lo menos arcipreste. Diputado, concejal, mandamás de un partido o arrimado a un poderoso al que hacerle daño con tu denuncia. O alcaldesa. Todo el/la que se encuentre a esos niveles no está libre de desayunarse una mañana con una denuncia contra su persona. Procedente de maromo o de maroma. Nunca sospechas los heridos o cadáveres que has dejado en el costado de la huella, como dicen los pibes de allá.
La abundante cosecha de denuncias de tipo sexual, laboral o vecinal me ha llevado a meditar más de una vez sobre mi trayectoria laboral relacionada con el sexo de enfrente
Raro es el día que no salta una liebre para que los galgos de la prensa corran tras ella. Hay que pillarla y explotar su carrera lo máximo posible. Preferentemente en las tertulias televisivas. Aunque muchas/os parecen liebres y no lo son; tienen más pinta de conejas/os, comadrejas o hurones. La mayoría de las/os que inician los procesos de acoso acaban esfumándose en la niebla de los sumarios judiciales. Disueltos por la duda y en la inconsistencia. Denuncia y difama, que algo queda.
Condición invariable a todas las denuncias, casi diarias en prensa, es que ocurrieron tiempo ha. En vida de Viriato. Aducen que la amenaza, la angustia, la presión y el miedo insuperable les impidieron plantarse en el juzgado al instante. Arguyen haber acudido al juez años más tarde por la inoportunidad del momento de los hechos, porque todavía les condicionaba el yugo diario del/la acosador/a. A pesar de tu tardanza, yo sí te creo, hermana. Pero… en su momento cada cosa. Más vale llegar a tiempo que esperar años para decidirse a acusar.
La abundante cosecha de denuncias de tipo sexual, laboral o vecinal me ha llevado a meditar más de una vez sobre mi trayectoria laboral relacionada con el sexo de enfrente. A pesar de que no he sido nadie en la vida, ni obispo ni alcalde ni diputado. A lo más que llegué fue a simple mando intermedio en mi vida laboral y concejalucho de pueblo. Tampoco amo rico al que extorsionar. Por tanto, supongo que mi nivel de riesgo fue bajo.
Sueño si habrá alguna mente agazapada y apuntándome con llevarme al juzgado por acoso ocurrido tiempo atrás. Ahora que vivo jubilado, al margen del mundo y alejado de todo tipo de poderes. Medito muchas noches si cabe que alguna me tenga en su diana
Sueño si habrá alguna mente agazapada y apuntándome con llevarme al juzgado por acoso ocurrido tiempo atrás. Ahora que vivo jubilado, al margen del mundo y alejado de todo tipo de poderes. Medito muchas noches si cabe que alguna me tenga en su diana. Porque en mis trabajos estuve infinitamente más rodeado de liebres que de liebros. Y de alguna que otra comadreja. En mi larga trayectoria periodística tuve no menos de un centenar de compañeros y becarias/os a mi cargo. ¿Me propasaría con alguna/o de ellas/os? Aposta o sin darme cuenta. Es probable que de palabra lo hiciera. Imposible que de obra. Y pudiera ser que por omisión.
Siempre consideré y traté a mis compañeras/od como me gustaría que trataran a mi mujer y a mis hijos. Aquel consejo de mi padre de que no metiera la polla donde sacaba la olla lo he seguido siempre a rajatabla. No me he comido un colín, pero creo que me ha ido bien. Espero no haber sido un guarrete.
En mis siguientes etapas laborales siempre estuve rodeado de mujeres. Que conste que no las elegía yo, a la mayoría me las encontré puestas. Casi todas muy competentes, nunca dieron pierna a malos pensamientos. Al menos que yo me percatara. Y mira que con algunas había que contener la respiración en las distancias cortas.
Tampoco olvidaré los consejos de mi tutora de profesión, allá por 1978: “Come con muchas, viaja con las que tengas que hacerlo, reúnete con la que sea necesario. Pero nunca, nunca lo hagas en reservados; tras un viaje en tu coche, revisa si alguien te ha metido un pendiente o un tanga bajo el asiento. Y, a poder ser, evita sentarte dando la espalda a una puerta”. Con el tiempo se cumplieron las sentencias de Doña Pilar, unas en mi propio cuerpo y otras en los de compañeros. Por lo narrado, estoy completamente tranquilo de mi conducta de los últimos sesenta años.
Me invitaban a cogerla de la mano para entrar juntitos a la escuela. “Dale besitos, Gabrielete ─me pedía su madre─. Verás cómo se le pasa”. Y allí acudía yo tan contento, arrastrando a Anita de la mano, besándola en las mejillas para que no llorara y entrase al cole. Hasta que un día debió cansarse de mis babas y me puso la cara como un Santocristo
Ahora bien, no encuentro la paz cada vez que me acuerdo de mi vecinita Ana. Era una niña preciosa de cara, con ricitos rubios, llorona como ella sola, no quería ir al cole. Se enrabietaba cada mañana. Nuestras madres nos soltaban a unos metros de la puerta de párvulos. Me invitaban a cogerla de la mano para entrar juntitos a la escuela. “Dale besitos, Gabrielete ─me pedía su madre─. Verás cómo se le pasa”. Y allí acudía yo tan contento, arrastrando a Anita de la mano, besándola en las mejillas para que no llorara y entrase al cole. Hasta que un día debió cansarse de mis babas y me puso la cara como un Santocristo. Qué uñas más afiladas tenía la niñita. Nuestras madres quedaron mal, se acabó la amistad entre familias.
Anita se me aparece de vez en cuando como una pesadilla. Sueño que me quiere arrancar las entrañas de niño tan besucón. No sé qué fue de su vida. Vivo en vilo, con el temor a que algún día me tope con ella en alguna manifestación y acabe con mis huesos denunciado en una comisaría. Por acosador sexual.
Aunque, viéndolo de otro modo, ojalá aparezca Anita, me denuncie y me saquen en la tele: por fin sentiré que soy alguien importante.
Casos más inverosímiles se publican cada mañana en los medios.

















