Un verano en el Parque de las Ciencias.
Con motivo de su regreso el 8 de julio, te ofrecemos un análisis de su obra en tres entregras para coleccionar

Bob Dylan en ocho discos (I)

Cultura - Manuel Alberto P. - Viernes, 3 de Julio de 2015
Según me comentó el orientador escolar del Parque de las Ciencias, cada mil años cae un asteroide en Granada. Afortunadamente, las posibilidades de que aterrice Bob Dylan en nuestra ciudad son mucho mayores. Ya pudimos disfrutar de él en Abril de 1999 y lo volveremos a hacer el próximo 8 de julio, además de la fantástica visita a Motril en julio del 2004. Pese a que Heisenberg formuló el principio de incertidumbre en 1927, que insinuaba que cualquiera materia se altera por el hecho de ser analizada, proponemos una serie de tres entregas para demostrar que a la obra dylaniana no le afecta ni el agua regia.
Bob Dylan.
Bob Dylan.

Bucear entre los treinta y seis álbumes de estudio de Dylan es como ver los goles de Fernando Torres, no sabes con cuál quedarte. Como homenaje al día que nos visita (ya podrías haber venido el 30, Bob), elegimos ocho.

THE FREEWHEELIN’ BOB DYLAN. 1963

Cuando se habla de la edad que tenía Orson Welles cuando rodó “Ciudadano Kane”, veintiséis años, se suele olvidar que un desinhibido Bob, solo tenía veintiuno cuando empezó a grabar esta obra maestra. Sabedor que vivimos en un mundo político, Dylan vierte en el disco canciones como “Oxford Town” describiendo lo sucesos que rodearon el ingreso en la Universidad de Missisipi del primer alumno negro, James Meredith; o “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, visión apocalíptica y profética de la crisis de los misiles, con ecos de Ginsberg y Baudelaire, pero también de Robert Graves y de Poe. También hay espacio para el Dylan enamorado  de “Girl From The North Country” o despechado de “Don’t Think Twice, It’s All Right”, que aún hoy suena tan fresco que los adolescentes pueden utilizarlo para cortar con su pareja por guasap. El disco se abre con su himno por antonomasia, “Blowin In The Wind”, posiblemente la canción más conocida de los que no conocen a Dylan y la más odiada de los que sí. Utilizada y versionada sin piedad, llevada a los púlpitos por los curas molones que querían acercar la liturgia a los jóvenes, sigue siendo hoy un sencillo poema en tres acordes. Producción simple de John Hammond, con apenas acompañamiento acústico en algunas canciones descarnadas que explotarán en matices armónicos en conciertos futuros.

BRINGING IT ALLL BACK HOME (1965)

Los tiempos estaban cambiando y la electricidad entra en la música de Dylan como demuestra el potente comienzo de “Subterranean Homesick Blues”, basada en una canción de Chuck Berry y del que se hará un video sublime, mil veces imitado. Toda la cara A es eléctrica (hay que escucharlo en vinilo, por supuesto), mientras que la B es acústica. Este álbum abre la llamada “Era ácida” de Dylan, donde la influencia de las drogas se empiezan a notar, tanto en las letras como en la música. “Mr. Tambourine Man” comienza directamente desde el estribillo, lo que le da un ritmo avasallador a esta historia basada a partes iguales en el guitarrista Bruce Langhorne y en la película “La Strada” de Fellini y con los humos brumosos que olvidan el hoy hasta el mañana. “It’s All Right, Ma (I’m Only Bleeding)” es todo un ensayo desde las sombras, cuando rompen el mediodía, recordando que el dinero maldice cuando calla y evidenciando que tanto el sabio como el necio acaba muriendo. Famosa por el verso de su séptima estrofa que nos recuerda que hasta el presidente de los Estados Unidos debe desnudarse de vez en cuando, ha sido jaleada en sus conciertos coincidiendo con los paulatinos escándalos presidenciales. El anuncio de una conocida marca de cerveza se arrogó humorísticamente la aparición del fenómeno mechero en los conciertos (hoy día sustituido por los móviles con su Shazam para pillar la canción que suena) cuando en realidad apareció espontáneamente con esta canción en la gira de 1974, tal como sale en la portada de “Before The Flood”. La de este disco es enigmática, con fotografía de Daniel Kramer en la que además de sus gustos musicales, literarios y mujeres ajenas, nos demuestra que a los genios les encantan los gatos.

HIGHWAY 61 REVISITED (1965)

Tres meses después del disco anterior, y después de su primera gira por Inglaterra, filmada en el impagable documental de D. A. Pennebaker “Don’t Look Back”, Dylan comienza a grabar un nuevo disco en el que se desmarcará definitivamente de todos los movimientos en lo que habían querido encasillarle: canción protesta, política, folk viejuno… Después de comprobar por las versiones de otros artistas que sus canciones se podían bailar, sabe que él las puede hacer mejor que nadie y fabrica una impresionante colección en un disco imprescindible. Igual que John Houston no se fiaba de la gente que no bebía, hay que tener cierto resquemor de los aficionados a la música que no tengan al menos una copia de este disco en sus estanterías.  Se abre con “Like A Rolling Stone”, verdadero momento de la historia de la música en que el rock abandona la adolescencia y se hace adulto. A partir de una secuencia-tipo de la música popular “tónica-subdominante-dominante” parecida a la de “La Bamba” de Ritchie Valens, Dylan resume lo que había sido la música hasta el momento y avanza lo que será en el futuro en una sinfonía de seis minutos que aún hoy no ha sido superada. Pero hay más, mucho más en este feliz encuentro del folk con el blues con letras fantásticas como en “Ballad Of A Thin Man”, auténtico artículo de opinión del momento, esa revolución cultural de los 60 que pretendía cambiar la realidad con poesía; la canción que da título al disco, una de las favoritas del autor; y la indescriptible “Desolation Row”, grabada a última hora en formato acústico por expreso deseo de Bob, relato de lo que ve el autor desde la ventanilla de un taxi y que pocos premios Nobel de literatura acertarían a escribir. La música es compacta: o en vano a partir de este disco el componente musical tendrá el mismo peso que las letras, sin escamotear melodías. Destaca la guitarra de Mick Bloomfield y el órgano de Al Kooper, en adelante seña de identidad del sonido de Dylan. No hay duda de si el puente pertenece al aire o al camino: le pertenece enteramente a él.

BLONDE ON BLONDE (1966)

Dylan rompe con Spinoza y rechaza el  determinismo que defiende la ausencia ontológica de la libertad. Un salto hacia delante. Con sus fieles Robbie Robertson y Al Kooper, se instala en Nashville y contrata a solventes músicos de estudio, con Bob Johnston como productor, que ya había estado a los mandos de la mayoría de canciones del anterior. Y en unas frenéticas sesiones, se lanza a componer canciones como los adorados churreros elaboran sus adorables productos, mientras los músicos jugaban a las cartas en otra estancia. Como el que se va a pescar, como si Proust dijera voy a escribir “En busca del tiempo perdido”. De este prolífico momento surgen canciones como diamantes que dieron lugar al primer disco doble de la historia. Letras surrealistas, preñadas de imaginería y con un poso amoroso en alguna de ellas, como en la que cierra el disco, “Sad-Eye Lady Of The Lowlands”, caudalosa canción de once minutos dedicada a Sara Lownds, con quien se había casado el año anterior. Cuentan los músicos que su grabación, rabiosamente en directo, se les hizo interminable toda vez que sus clímax armónicos para terminar la canción eran interrumpidos por una nueva estrofa de Dylan, que emergía de nuevo una y otra vez para colmar de cumplidos a su amor. Antes, Dylan ha vagabundeado por todos los estilos musicales en canciones como “Just Like A Woman”, “Visions Of Johanna”, “I Want You” o “Stuck Inside in Mobile”, auténticos clásicos. Es el disco que le presenta más libre y más salvaje y que, como describió en su célebre entrevista en Playboy en 1978, se plasmó ese sonido de mercurio que escucha en su cerebro. Maravilloso disco que influyó en todo tipo de artistas, desde Tom Waits, Bruce Springsteen o nuestro Enrique Tierno Galván, que utilizó la primera canción del disco para una conocida soflama.

THE BASEMENT TAPES (1975)

La historia de este disco evoca los entresijos del talento: Bob Dylan en 1967, reponiéndose del accidente sufrido con su Triumph, felizmente casado y alejado temporalmente de la vorágine de las giras, se junta con unos amigos en los sótanos de una mansión, la Big Pink, a hacer lo que más le gusta, componer y tocar. De estas sesiones salió una impresionante colección de canciones, publicadas en primer lugar en 1975 y más tarde en una versión completa en 2014. Y también salió un grupo, The Band, acompañante de Dylan en sus giras setenteras y solvente grupo rockero con excelentes discos. Musicalmente, una vuelta al folk y al blues campestre. Las letras, en principio inofensivas, presentan algunas dobles vueltas como en “Tears Of Rage”, “This Wheel’s On Fire” o “I Shall Be Realeased”. Probablemente fue el “bootleg” más conocido y filtrado de la historia, de la que fueron apareciendo canciones tocadas por diferentes artistas.

BLOOD ON THE TRACKS (1975).

A Dylan, como comentó, le supuso diez años vivirlo y dos componerlo. Verdadero disco de esa metástasis del amor que es el dolor, describe en sus diez sangrientos cortes su ruptura con Sara, volcando pasión y rabia a partes iguales, en magníficas composiciones como “Tangled Up In Blue” (traducida en los discos publicados en España como “Atrapado en el azul”, engañando incluso a Ismael Serrano, para que luego digan de la LOGSE), “Simple Twist Of Fate”, “Idiot Wind” o ese western en miniatura que es “Lily, Rosemary And The Jack Of Heart”. Benjamín Prado, otro loco dylanita (valga la redundancia) tomó prestado “Shelter From The Storm” para uno de sus volúmenes. Musicalmente fue grabado dos veces dado que a Dylan no le convencían las primeras tomas. Un disco al que recurrir cuando lo necesitamos pues consigue adaptar sus letras a nuestras cuitas personales sin ningún esfuerzo: ya Tolstoi decía que las personas que son desgraciadas se parecen y las que son felices tienen motivos diferentes… ¿o era al revés?

DESIRE (1976)

En junio de 1975 paseaba Dylan por Nueva York cuando reparó en una guapa chica que llevaba un gran estuche. Aunque probablemente le interesó más lo primero, del segundo emergió un violín que se convirtió un año después en la seña de identidad de este disco. En efecto, los rizos de violín de Scarlett Rivera ribetean unas inspiradas composiciones de temática variada (homenajes a presuntos mafiosos -“Joey”- y al boxeador Huracán Carter), aunque sigue predominando el amor y el desamor: Dylan le hace caso a Camus y se imagina a Sísifo feliz. Grabado en una noche, cierra el álbum “Sara”, dedicada a la mujer que estaba a punto de ponerle una demanda de divorcio y que escuchaba los versos tras el cristal de grabación y que le hará comprender que un beso en la mejilla de alguien al que has besado en otros sitios indica que la has perdido para siempre. Jacques Levy, psicólogo clínico y director teatral, figuró como coautor de alguna de las letras.

LOVE AND THEFT. 2001.

El once de septiembre de 2001, mientras se caían las torres gemelas de Nueva York, se ponía a la venta este disco. Producido por Kack Frost (otro seudónimo de Robert Zimmerman) presenta una colección de homenajes a toda la historia popular de la música americana, rejuvenecida como un espejo al que le quitan el polvo. Como Nietzsche y su eterno retorno, “Summer days”, recoge el momento en el que el rhythm and blues muta tardíamente en rock and roll. “Po’ Boy” es un blues de los años 20 que suena con la tecnología actual. “Moonlight” recoge fantasmalmente todo el espíritu de las “murder ballads”. Dylan es honesto consigo mismo y desde el título anuncia que es un álbum de amor y de robos, destinado a la inmortalidad. Y es que musicar metáforas que no son tuyas es una metáfora perfecta de la historia de la música. Su voz, sueño de todo otorrino de un seguro médico privado, nos recuerda una vez más, parafraseando a un célebre violinista, que no es el mejor cantante pero sí el más grande.

Y ocho más....

The Times-They-Are A Changing (1964).

La protesta de un Dylan que no se siente cómodo como cantante protesta.

John Wesley Harding (1967).

La calma tras la tempestad ácida.

Nashville Skyline (1969).

Dylan intenta cantar bien… y le sale.

Planet Waves (1974).

La felicidad matrimonial hecha disco.

Oh mercy  (1986).

Tras años dando tumbos, Daniel Lanois le marca la senda.

Time out of mind. (1997).

Última colaboración con Lanois y disco tenebrista, marcado por su superada enfermedad cardiaca.

Modern Times (2006).

¿Por qué empeñarse en escuchar basura contemporánea si aún quedan clásicos por oír?

Tempest. (2012).

Magnífica colección de canciones, con letras sombrías y música que fusiona una vez más folk con country, swing o blues.