Artículo de opinión por Agustín Martínez

El más allá junto a Puerta Real

Ciudadanía - Agustín Martínez - Jueves, 5 de Marzo de 2026
Un artículo de Agustín Martínez imprescindible. Para leer y compartir.
Imagen de archivo de una concentración de vecinos y vecinas de Norte recordando que también son Granada.
IndeGranada
Imagen de archivo de una concentración de vecinos y vecinas de Norte recordando que también son Granada.

Mientras el mundo se va al garete por obra y gracia del matón naranja y en España estemos a un chupito de que el presunto pederasta de la Casa Blanca nos bombardee por no hacerle suficientemente la pelota, conviene ir pensando en el más allá, siendo muy curioso que lo tengamos mucho más cerca de lo que imaginan.

Granada se gusta. Se mira en el espejo de su historia, se peina con el orgullo de ser la capital andaluza con mayor renta media y se engalana para una Capitalidad Cultural Europea a la vuelta de la esquina. Con casi cinco millones de turistas paseando por sus calles empedradas y dejando sus divisas en hoteles de cinco estrellas y restaurantes de autor, la ciudad proyecta una imagen de éxito rutilante. Pero bajo ese barniz de progreso y sofisticación, late una herida abierta que supura indignidad: nuestro particular “más allá”, como con nuestra proverbial malafollá bautizamos a la Zona Norte, y muy particularmente el abandono sistémico de enclaves como Molino Nuevo.

Es una paradoja obscena la de que apenas cinco kilómetros de los palacios de la Alhambra y de los foros donde la élite política se llena la boca con palabras como "igualdad" y "solidaridad", exista una realidad que nada tiene que ver con la cuarta economía de la eurozona, sino que evoca la precariedad extrema de Monrovia. Ignorar esto no es un descuido administrativo; es una decisión política y social. Es una ceguera voluntaria que convierte a Granada en una ciudad de dos velocidades, donde la frontera no es un muro de hormigón, sino un muro de indiferencia institucional.

¿De qué "igualdad" hablamos cuando los derechos básicos más elementales son un lujo que se le arrebata a los más vulnerables?

¿De qué "igualdad" hablamos cuando los derechos básicos más elementales son un lujo que se le arrebata a los más vulnerables? El caso del colegio Luisa de Marillac es el epitafio de la ética pública granadina. Mientras la ciudad sueña con grandes infraestructuras y eventos de gala, en las aulas de este centro los profesores se enfrentan a un desafío que parece extraído de un relato distópico: niños y niñas que asisten a clase sabiendo que las únicas comidas que recibirán en el día serán las que les ofrece el centro, aunque se haya quedado fuera de las subvenciones de la Junta de Andalucía.

Lo más doloroso, lo que verdaderamente debería hacernos arder la cara de vergüenza, es la perpetuación de la miseria. En el Luisa de Marillac ya se han visto casos de alumnos cuyos hijos también asisten a clase en el mismo colegio, atrapados en un bucle generacional de exclusión que nadie parece querer romper. Si un niño nace en Molino Nuevo, su código postal es una sentencia de muerte para sus aspiraciones antes siquiera de que aprenda a leer.

"Granada no será una ciudad justa, ni solidaria, ni igualitaria mientras el bienestar de unos se levante sobre la invisibilización de otros."

Resulta paradójico que se aspiremos a ser el referente cultural de Europa mientras permitimos que una parte de nuestros vecinos vivan en condiciones de exclusión casi medieval. ¿Qué cultura estamos defendiendo? ¿La cultura de la apariencia? ¿La cultura que se limita a los museos y las óperas mientras a diez minutos en coche hay familias que pasan noches enteras a oscuras y sin calefacción?

Si Granada no es capaz de reconocer a los vecinos de la Zona Norte como ciudadanos de pleno derecho, nuestra candidatura a la capitalidad cultural es un cascarón vacío, un fraude intelectual

La cultura, en su sentido más elevado, es la capacidad de una comunidad para reconocerse en el otro. Si Granada no es capaz de reconocer a los vecinos de la Zona Norte como ciudadanos de pleno derecho, nuestra candidatura a la capitalidad cultural es un cascarón vacío, un fraude intelectual. No hay belleza en un monumento si a su sombra crece el hambre y el frío por omisión de socorro de sus gobernantes.

Pero la responsabilidad no es solo de la clase política, aunque su negligencia sea criminal. Es de una sociedad que acepta con naturalidad este "apartheid" económico. Nos hemos acostumbrado a que Molino Nuevo sea una zona invisible en nuestro mapa mental. Nos reconforta pensar que "eso queda lejos", o peor aún, culpabilizar a las víctimas de su propia situación para calmar nuestra conciencia.

Es una indignidad impropia de quienes se dicen modernos. Mientras un solo niño en Granada dependa de la impresionante tarea del colegio para comer, mientras ese colegio sufra cortes de luz que impiden su funcionamiento básico, y mientras la brecha entre el centro rutilante y la periferia olvidada siga ensanchándose, cualquier discurso sobre el progreso de esta ciudad es papel mojado.

Granada tiene una deuda histórica con su Zona Norte. Y no se paga con caridad ni con parches temporales; se paga con justicia, con inversión real y con la valentía de admitir que, hoy por hoy, nuestra mayor o menor opulencia es un insulto a la decencia. Hasta que no seamos capaces de iluminar la realidad de Molino Nuevo con la misma intensidad con la que iluminamos nuestros monumentos para el turista, Granada seguirá siendo una ciudad pequeña, egoísta y profundamente injusta.

Agustín Martínez